Fuimos muy inocentes

El avance del sionismo religioso dejó de ser un fenómeno marginal para convertirse en un proyecto político y militar que erosiona la democracia israelí y amenaza con imponer una “halajocracia” disfrazada de modernidad. Frente a ese riesgo, aún persiste la posibilidad de recuperar un judaísmo plural, humanista y libre, capaz de enlazar memoria y futuro en un Estado democrático.
Por Rubén Ogorek

La complejidad israelí no es un slogan académico sino la trama que atraviesa cada rincón de la vida cotidiana.

Se cuela en las escuelas, en los tribunales, en el ejército, en la vivienda y hasta en la pregunta básica de qué significa ser judío en un Estado que pretende ser democrático mientras define su identidad en términos étnico-religiosos. El mosaico es frágil y las capas se amontonan con ashkenazíes y mizrajíes que arrastran desigualdades históricas, ciudadanos árabes palestinos atrapados en la paradoja de derechos formales y exclusiones materiales, un centro urbano secular y cosmopolita enfrentado a periferias más pobres y religiosas, un conflicto con el pueblo palestino que no deja de sangrar en los territorios ocupados de Cisjordania y Gaza y una vida pública militarizada al punto de borrar cualquier frontera entre lo civil y lo bélico.

En ese entramado se fue gestando una grieta decisiva que ya lleva más de medio siglo. Desde los días de la creación de Gush Emunim y los primeros asentamientos, el judaísmo religioso se inclinó hacia corrientes ultraortodoxas y mesiánicas que reducen la democracia a un trámite descartable camino a la teocracia, mientras el judaísmo laico y humanista se aferra a la Declaración de Independencia como promesa de igualdad. Lo que en otro tiempo parecía paranoia terminó convertido en proyecto organizado con recursos, cuadros y paciencia estratégica.

Tratando de entender las raíces de esta confrontación, me crucé casi por azar con la entrevista que Ayelet Shani le hizo a Yair Litman Nehorai en Haaretz el 23 de julio de 2025. Fue un punto de inflexión porque lo que hasta hace muy poco me parecía un riesgo abstracto apareció de la boca de Nehorai como un programa ya en marcha. Abogado y ex integrante del sionismo religioso, explicó que la Israel liberal subestimó durante décadas la amenaza de la hadatá[i]. Conociendo desde dentro la doctrina mesiánica de la escuela del rabino Kook, denunció cómo bajo líderes como Eli Sadan se incubaba una revolución silenciosa destinada a cambiar la esencia misma del Estado.

Sadan no fue nunca un personaje lateral. Es general en el ejército ideológico de Zvi Tau, presidente del extremista partido Noam, y fundador de la primera academia pre militar Bnei David en el asentamiento de Eli. Oficialmente se presenta como puente entre sectores, pero en la práctica creó la mayor fábrica de cuadros para socavar los valores democráticos desde el corazón del aparato militar. Desde 1988 se enseña allí que la palabra de un rabino pesa más que la orden de un comandante, y cuando esa convicción se filtra en brigadas de élite y en unidades de inteligencia deja de ser un detalle teológico para transformarse en un desafío existencial.

A esa estrategia de infiltración que se disfraza de patriotismo y termina en teocracia pura, Sadan la llamó “método Elkana”. Una pedagogía que no educa en  justicia  ni  en  igualdad  sino  en disciplina, fervor religioso y misión histórica presentada como mandato divino. Bajo esa lógica, el uniforme deja de ser un símbolo del Estado y pasa a ser atuendo sagrado, una extensión de la Torá en el campo de batalla. El principio es simple: no alcanza con predicar desde las márgenes, hay que ocupar los centros de poder, los cargos del Estado y sobre todo el ejército. Si en los ochenta las yeshivot hesder[ii] producían cabos, las academias premilitares moldean oficiales de carrera que llegan a puestos de comando. Así se fue armando un ejército paralelo de jóvenes convencidos de que su misión divina es fusionar a la Torá y al Estado en un solo cuerpo.

Eli Sadan, en un evento en el año 2016.

De esa cantera salieron figuras de alto rango como Ofer Winter, que comandó la División Paracaidista 98, o Avi Bluth, hoy general al frente del Comando Central, junto con otros oficiales de menor rango, pero con futuro asegurado que prometen arrastrar esa cosmovisión mesiánica hacia las decisiones militares en los territorios ocupados.

El rab Tau provee el dogma, Eli Sadan fabrica cuadros militantes, Har Hamor funciona como retaguardia ideológica y el partido Noam como brazo político. A ese cuadrado se suma el Foro Kohelet, que se presenta como centro académico, pero opera como usina de leyes y justificaciones jurídicas para vaciar la Corte Suprema y debilitar derechos ciudadanos. Mientras Tau predica la gueulá[iii], Sadan forma soldados obedientes, Kohelet redacta la letra fina que convierte esa teocracia en uniforme en política de Estado. Financiado por millonarios norteamericanos, Kohelet viste de análisis técnico lo que en realidad es un proyecto antiliberal.

La pinza se cierra con Orit Strook, Bezalel Smotrich e Itamar Ben Gvir. Strook, desde el Ministerio de Misiones Nacionales, reparte millones en asentamientos, academias y granjas estratégicas (Jerusalem Post, 19 de mayo de 2025). Smotrich, como ministro de Finanzas, desvía recursos hacia colonias y proyectos religiosos mientras asfixia la igualdad social. Y el diamante de la corona Ben Gvir, desde el ministerio de Seguridad Interna, convierte a la policía en un brazo militante, arma colonos, multiplica licencias de portación y redefine el orden como permiso para la violencia contra palestinos y disidentes. No es cohesión (beiajad) ni seguridad, es colonización de territorios y de conciencias.

De la periferia al poder: el camino silencioso del fanatismo

La cosmovisión de estos referentes del sionismo religioso dejó de ser extravagancia marginal para convertirse en el aire pesado que respira la sociedad israelí. Strook lo ejemplificó cuando declaró que los rehenes podían ser entregados en sacrificio con tal de prolongar la guerra santa en Gaza (Haaretz, 22 de julio de 2025). Al principio hubo conmoción, pero en pocos días sus palabras se convirtieron en rutina, ruido que se evapora como si la barbarie tuviera fecha de vencimiento corta. Para ella, los secuestrados no son personas sino cifras intercambiables, veintidós o treinta y tres, lo mismo da. Incluso sostuvo que la guerra debía seguir aun si todos morían. El desprecio por la vida se disfrazó de heroísmo y el cinismo se aceptó como coraje.

El contagio ideológico no se limitó a Gaza. El gobierno aprobó el plan de HaShomer Hajadash, una ONG creada en 2007 que se presenta como educativa, pero funciona como brazo nacionalista, con un presupuesto de más de treinta millones de dólares anuales. En 2025, Strook le transfirió cincuenta millones de shekels sin licitación con el argumento de que era el único proveedor posible. La receta es la de siempre: ocupar, poblar, colonizar, instalar aldeas estudiantiles y viviendas provisorias que terminan siendo permanentes, mientras el afuera se degrada y los beduinos y palestinos quedan reducidos a residuos humanos.

La colonización se viste de espiritualidad con rabinos que coronan a Netanyahu como emisario de Dios (Dror Grinblum, Haaretz, 17 de julio de 2025). La guerra con Irán no se interpretó como geopolítica sino como señal mesiánica. Netanyahu rezó en el Muro, bendijo a Trump como parte de la batalla cósmica y consolidó la alianza con los sectores que lo blindan a cambio de moldear el país desde dentro.

Todo esto se potencia con el gaslighting demográfico. Gaslighting es manipular hasta que la víctima desconfía de lo que ve y de lo que sabe. Moshe Koppel, fundador de Kohelet, lo dijo sin rubor: si no es ahora será en dos años porque la demografía garantiza el dominio religioso nacionalista. Con esa frase dejó en claro que no hablaba como académico sino como estratega de desgaste contra la corriente liberal. Presentó la natalidad como destino inevitable para desarmar la resistencia democrática.

Pero la realidad es más compleja. En 2024, la natalidad ultraortodoxa cayó al nivel más bajo en cuatro décadas, cada vez más jóvenes se secularizan en silencio y las políticas públicas pueden alterar horizontes si se invierte en educación, igualdad de

género y movilidad social. La demografía no es mandato divino, es un sistema vivo que responde a condiciones materiales.

Orit Strook

Los aliados inesperados

El terreno no lo prepararon solo rabinos mesiánicos. Tuvieron cómplices que a los ojos del israelí medio parecían socios respetables de la corriente liberal. En la segunda década del siglo XXI, Naftali Bennett y Ayelet Shaked se presentaron como modernizadores, con lenguaje de start-up y fotos de familia en las redes, mientras por debajo empujaban la hadatá. Bennett inundó las escuelas con programas de identidad judía teñidos de ortodoxia y financió ONGs nacionalistas disfrazadas de educativas. Shaked, desde Justicia, bloqueó a la Corte Suprema y colocó jueces con perfil religioso de derecha, preparando con delicadeza quirúrgica la ofensiva judicial que hoy nos venden como sorpresa. Lo que muchos creyeron pragmatismo centrista terminó siendo la llave de entrada a una “halajocracia” vestida de uniforme, y la ironía es que buena parte del electorado liberal los aplaudía convencido de estar votando modernidad.

Aunque haya matices, la imagen general es clara y preocupante. Rabinos mesiánicos formaron cuadros con paciencia estratégica, políticos que se vendieron como modernizadores actuaron como cómplices y la manipulación de la percepción pública convenció a muchos de que la derrota estaba escrita. El efecto es siempre el mismo: erosionar la confianza de los ciudadanos laicos, hacerles sentir que su voz no pesa y que el país ya no les pertenece.

Y aunque algunos de esos procesos tengan bases reales, el humanismo laico no puede bajar los brazos ni aceptar la falsa

equivalencia de dos proyectos como si fueran simétricos. No es lo mismo un horizonte que defiende pluralidad, diversidad y derechos que otro que busca imponer una “halajocracia” con uniforme. Nuestra carreta no está vacía, aunque lo repitan, está cargada de ciencia, cultura, valores sociales y pensamiento crítico.

Por eso, y precisamente porque la situación es compleja, renunciar no es opción. No podemos tragarnos el cuento de que la historia ya está escrita ni aceptar que la demografía manda como si fuera la gravedad. Debemos creer que todavía tenemos fuerza, que no somos minoría perdida sino mayoría silenciada y que si hablamos fuerte y claro todavía podemos cambiar el rumbo.

Tenemos que sostener la educación como espacio de libertad y no como laboratorio de obediencia, defender al sistema judicial como dique frente al abuso, hablar sin miedo y llamar fanatismo a lo que es fanatismo, aunque se disfrace de tradición. Israel es tanto nuestro como de ellos y lo que defendemos no es nostalgia sino futuro. Es el derecho de nuestros nietos a crecer en un país libre, plural y justo donde ser laico no sea rareza y donde lo judío no se reduzca a dogmas ni uniformes.

Devolvamos al debate público en Israel y en la diáspora un judaísmo simple y profundo, el de los relatos transmitidos, el de la tierra y las estaciones, el de las fiestas como paradas en el año y no como imposición, el de la mesa del viernes elegida y no obligada. El judaísmo sionista de la construcción de la tierra, la creación cultural y el deseo de paz, un judaísmo que respeta la diversidad y sabe enlazar memoria antigua con responsabilidad hacia el futuro.

Y por encima de todo no olvidemos que cuarenta y siete hermanos y una hermana siguen cautivos en Gaza, mientras los fundamentalistas que sostienen al gobierno hacen un uso cínico de ese dolor, convirtiéndolo en moneda política y en instrumento de chantaje para alimentar su fantasía de conquista.


[i] Con este concepto, se entiende la imposición de contenidos religiosos en marcos tradicionalmente laicos

[ii] Academias talmúdicas que combinan el estudio con el servicio militar

[iii] Redención