Del grito de venganza al eco del Shofar 

A casi dos años del 7 de octubre, en este Rosh Hashaná el rabino Uriel Romano nos invita a transitar del dolor y la furia inicial hacia la compasión. Entre la justicia y la misericordia, recupera la tradición judía que desafía a no ceder al odio y propone, en el eco del Shofar, reencontrar la humanidad como la verdadera victoria del pueblo judío.
Por Rabino Uriel Romano

Han pasado casi dos años. Son 24 meses. Son 730 días desde aquel fatídico 7 de octubre. Cada Rosh Hashaná que llegue en adelante, el “sábado negro” volverá inevitablemente a irrumpir en nuestra memoria colectiva. Ese día debía ser el cierre de una maratón espiritual que había comenzado tres semanas antes con el sonido del Shofar. En vez de coronar ese proceso con celebración y plegaria, vivimos la tragedia que transformó, parafraseando a los Salmos, “nuestro día baile en duelo” (30:12).

Así como todos sabemos dónde estábamos cuando explotó la AMIA o cuando se desplomaron las Torres Gemelas, también recordamos dónde nos encontró la noticia del 7/10. En mi caso, era Shabat: sin televisión, sin teléfono, salí a caminar hacia la sinagoga como cualquier sábado. Pero mi director ejecutivo me esperaba en la puerta. “Tenés que saber lo que está pasando”, me dijo antes de entrar. Entonces todavía se hablaba de un centenar de muertos y apenas una decena de secuestrados. Y ya sonaba imposible. Luego llegaron las imágenes, los videos, las primeras 48 horas de un desconcierto que aún hoy se graba en la piel.

Recuerdo también la primera emoción que me atravesó: la furia. Quería venganza. No me bastaba pedir justicia ni la devolución de los secuestrados. No me alcanzaba la exigencia de eliminar a Hamas como amenaza. Quería que no quedara nada de Gaza. Que se convirtiera en un desierto, en un “parking lot”[i]. Lo escuché también de israelíes en mis viajes posteriores: expresiones de Sodoma y Gomorra modernas. Durante días me repetí esas palabras, convencido de que reflejaban lo que sentía. Y me asusté: había perdido toda compasión.

A los pocos días ese sentimiento comenzó a incomodarme. No era yo. No era el judaísmo que me inspira. Y entonces recordé un pasaje talmúdico en el cual los Sabios dicen que incluso Dios reza cada día, y lo que pide es que “Mi atributo de misericordia supere a mi atributo de justicia estricta” (b. Berajot 7a). Esa frase me interpeló. Y decidí añadir cada noche, antes de dormir, una plegaria personal: “Sea Tu voluntad, Dios, que mi misericordia domine mi instinto de venganza, de odio y de justicia implacable.”

Creo que no fui el único. Muchos compartimos ese tránsito: de la sangre hirviendo a la búsqueda de humanidad. Es natural que, frente a la barbarie, la indignación nos consuma. Pinjás en la Torá sintió ese celo; Elías lo encarnó. La sangre inocente clama no solo por justicia, sino también por la sangre del verdugo. Pero la tradición judía enseña que no podemos quedarnos en ese lugar. Que la primera reacción -humana y comprensible- debe ser luego atravesada por una segunda: la de la compasión.

Por eso me preocupan las frases que sigo leyendo y escuchando y que se multiplican años después: “No hay inocentes en Gaza”, “Que no quede un palestino vivo”, “Que sus ruinas se conviertan en un resort sobre el Mediterráneo”. No soy experto en guerras urbanas ni en derecho internacional. No me corresponde juzgar las decisiones tácticas del ejército israelí ni las políticas de su gobierno. Pero sí me corresponde -nos corresponde- señalar la retórica de odio que nos deshumaniza. No somos eso.

Contra la trampa de la generalización

El antisemitismo siempre se construyó sobre la generalización: “todos los judíos son iguales”. No podemos caer en el mismo error. No todos los palestinos son Hamas. No todos son culpables. La Torá nos enseñó hace más de 3.000 años que incluso en la guerra hay límites, que no todo está permitido. Y los profetas nos recordaron que la Teshuvá, el arrepentimiento, siempre es posible, incluso para nuestros enemigos, como Yoná en Nínive.

El dolor propio nunca puede justificar la ceguera frente al dolor ajeno. En esta guerra también hubo excesos, errores y horrores. Y hubo -hay– sufrimiento inocente del lado palestino. No podemos hacernos impermeables. Defender a los nuestros es natural; el tribalismo es parte de nuestro ADN cultural. Pero la tradición judía nos desafía a ir más allá de ese instinto. A reconocer humanidad incluso en el rostro del enemigo.

En Yom Kippur leeremos la historia de Jonás. Dios envía al profeta a predicar Teshuvá a Nínive, la capital del imperio asirio que había destruido el reino del norte de Israel. Justamente a ellos. A uno de los enemigos más crueles. Y aun así Dios no les cierra la puerta de la Teshuvá. ¿Cómo podríamos nosotros cerrar de antemano la posibilidad de reconciliación con los palestinos? ¿Cómo podríamos negar que la transformación es siempre posible?

Pronto volveremos a escuchar el sonido del Shofar. Maimónides escribió que es un decreto cuyo sentido último desconocemos. Pero el Midrash enseña algo más: “Cuando Israel hace sonar el Shofar, el Santo, bendito sea, se levanta de su trono de justicia y se sienta en su trono de misericordia” (Pesikta deRav Kahana 23:3).

Ese es mi deseo para este año: que el Shofar nos devuelva la capacidad de compasión. Que nos ayude a vencer el instinto de venganza. Que nos recuerde que, al lado de la exigencia de justicia, por la vuelta de nuestros secuestrados y de la lucha contra el terrorismo, no podemos perder nuestra humanidad. Porque, como enseñaron los Sabios: “el pueblo judío se distingue por tres cualidades: somos compasivos, sentimos vergüenza ante nuestros errores y practicamos la bondad” (Yevamot 79a).

Que el eco del Shofar nos devuelva a nosotros mismos. Que nos recuerde que somos “compasivos hijos de compasivos”, que no somos jutzpanim[ii] sino un pueblo capaz de reconocer sus errores, y que practicamos bondad incluso con quien creemos que no la merece. Porque esa es nuestra victoria más grande: no perder la humanidad que otros intentaron arrebatarnos.


[i] Playa de estacionamiento.

[ii] Desvergonzados, soberbios.