En unos días será Yom Kipur, y me siento a contemplar las fotografías de los secuestrados que cuelgan en cada rincón de Israel. Cuarenta y siete hombres y una mujer llevan ya casi dos años en los túneles de Hamas. Y también pienso en mi cuasi sobrino, Gadi Cotal, que esta semana se sumó a los casi mil soldados israelíes que han caído en esta guerra sin un objetivo claro. Casi dos años en los que nuestro gobierno prefiere continuar la guerra antes que traerlos de regreso. Casi dos años en los que Benjamin Netanyahu y su gobierno los sacrifican en el altar de su supervivencia política.
Y me pregunto: ¿qué se supone que debo hacer este Yom Kipur? ¿Cómo hablar de perdón cuando lo que siento es abandono? ¿Cómo hablar de compasión cuando tenemos un gobierno que no muestra ninguna hacia sus ciudadanos ni hacia los palestinos?
Como muchos de nosotros, conozco de memoria los rostros de los secuestrados y de los soldados caídos. No son solo un recuerdo: son una presencia. Cierras los ojos y están ahí. Y la pregunta que nos hacen no es solo “¿por qué esta guerra cruel?”, sino también “¿cómo pueden vivir con esto?”.
La crueldad de Hamas y la tentación de la venganza
Comencemos por Hamas. Son asesinos de niños, secuestradores de bebés, violadores de mujeres. Hicieron cosas que no se pueden describir con palabras. Sigue siendo imposible pensar siquiera en perdonarlos. No ahora, no en el futuro, nunca.Pero mi respuesta a su crueldad no puede ser convertirme yo también en alguien cruel. Mi respuesta no puede ser abandonar a nuestros secuestrados. La victoria absoluta sobre Hamas significa ser lo opuesto a ellos.
El filósofo francés Jacques Derrida habló de “el perdón de lo imperdonable”: la idea de que el perdón verdadero solo ocurre cuando se trata de algo que, en apariencia, no puede perdonarse. Él lo pensó en relación con crímenes históricos. Yo lo pienso hoy en un contexto político inmediato: ¿cómo perdonar a un gobierno que abandona a sus ciudadanos? ¿Cómo perdonar a una parte de la sociedad que se acostumbra a vivir con la destrucción total de Gaza?
Lo sorprendente es que mi respuesta resulta opuesta a lo que esperaba. Descubro que precisamente el perdón se convierte en la herramienta política más poderosa contra esta corrupción. No la ira: el perdón.
De Chile a Israel: la lección de la esperanza
Crecí bajo la dictadura de Pinochet en Chile, un régimen que mató, exilió, torturó y empobreció a millones de ciudadanos. Mi madre luchó contra esa dictadura, y aprendí de niño cómo la crueldad de un dictador no solo destruye cuerpos: también destruye almas. Y, sin embargo, la manera de derrotarlo no fue a través de la rabia, sino a través de la esperanza. En el plebiscito de 1988, la oposición chilena no hizo una campaña de odio, sino de alegría. Su lema fue “Chile, la alegría ya viene”. Entendieron que para derrotar a la oscuridad no basta con más oscuridad: hay que traer luz.
El pueblo chileno aprendió algo que me tomó años comprender: cuando alguien en el poder actúa con malicia o corrupción, la ira es exactamente lo que busca. La ira nos pone a la defensiva, nos vuelve reactivos, nos hace perder claridad. Así nos controla incluso a distancia.

Eso mismo entendió Yael Cotal, la hermana de Gadi, que en su discurso de despedida eligió enaltecer la vida y la alegría como una forma de mantener viva la memoria de su hermano… y de todos nosotros.
El perdón es un arma especial. Dice: “Veo lo que haces, sé cómo intentas manipularme, y elijo no jugar bajo tus reglas”. El perdón es una negativa a permitir que un poder cruel determine los marcos de nuestra vida.
Pienso en las familias de los secuestrados y en la familia de Gadi: cómo logran no perder la cordura en medio de un dolor inconcebible, cómo siguen hablando de amor y esperanza en lugar de odio y venganza. Eso no es ingenuidad: es estrategia política. Entienden que, si entramos en el juego de la ira, nos volvemos parte de la misma máquina que perpetúa la tragedia.
Hannah Arendt, que también vivió bajo un regímen totalitario, explicó que el perdón es un acto político revolucionario. Una sociedad incapaz de perdonar queda atrapada en ciclos de venganza, y los líderes corruptos saben explotarlo muy bien. Ellos siembran odio para dividir y dominar. Quieren que sigamos enojados, divididos, reactivos.
Me niego a que Netanyahu y su gobierno controlen mis emociones. Me niego a que me conviertan en alguien que vive desde la rabia. No porque renuncie a la crítica o a la lucha, sino al contrario: porque quiero que mi lucha sea efectiva.
Yom Kipur como liberación
El filósofo Paul Ricoeur distinguió entre reconciliación y perdón. La reconciliación es volver a confiar, estar dispuesto a olvidar. El perdón es distinto: no implica olvidar ni renunciar a la justicia, sino liberarse de la ira. Es dejar de permitir que el veneno controle nuestra vida.
En este Yom Kipur no pido perdón al gobierno. No espero perdón de los secuestrados ni de sus familias por no haber logrado traerlos. Me pido perdón a mí mismo: por las veces en que la ira me impidió pensar con claridad, actuar eficazmente, ver el panorama completo. Me pido perdón por las veces en que este régimen me hizo reactivo en lugar de proactivo.
Porque eso es lo que hacen los líderes corruptos: no solo roban dinero y abandonan a los secuestrados. También nos roban el alma pública. Nos convierten en una versión peor de nosotros mismos. Nos hacen vivir desde el miedo y la frustración, en lugar de desde la fe, el amor y la abundancia.
Yom Kipur 2025 no es un día de rendición. Es un día de liberación personal del control emocional del régimen. Un día en el que digo: “Veo lo que hacen, sé el precio que nos cobran, y no les permito robar también mi alma”.
El perdón es el acto de fe política más poderoso que existe. Gracias al perdón es posible vivir distinto, actuar distinto, elegir líderes distintos. El perdón niega el cinismo como destino, la ira como verdad de vida, y el abandono como política legítima.
En este Yom Kipur, al contemplar las fotografías de los secuestrados, no reclamo solo por su liberación. Reclamo también por la nuestra: la liberación de un gobierno que nos convirtió en una versión peor de nosotros mismos, y la posibilidad de volver a ser el pueblo que podemos ser.