Una sola cláusula metodológica debería ser antepuesta como premisa a cualquier acercamiento a la cuestión del antisemitismo: el antisemitismo no guarda relación ni tiene nada que ver con cualquier cosa que hagan o pudieran hacer los judíos. Por el contrario, conectar, en la forma que fuese, el antisemitismo con la conducta de los judíos es ella misma una perspectiva que puede ser denominada antisemita. La cuestión es difícil porque el establecimiento de la relación entre el antisemitismo y la conducta de los judíos reconoce una historia significativa en la propia historiografía judía, que asumió esa premisa como válida.
Así tanto desde perspectivas marxistas -como las de Abraham León, Maxime Rodinson, Isaac Deutscher- como desde el sionismo, se atribuía el antisemitismo a un comportamiento, ciertamente forzado, que ligaba a los judíos al comercio y al préstamo, excluyéndolos de la tierra y la producción. Para ambos horizontes interpretativos, la liberación de los judíos de sus condiciones materiales de vida -junto con sus conductas asociadas, que incluían códigos sociales, profesiones y actitudes idiosincrásicas a las que habían sido forzosamente relegados- los salvaría de ser blanco del prejuicio antisemita. Aunque hoy se presentan como antitéticas y disimiles, las perspectivas sionistas y marxistas no sionistas en el modo en que ellas florecieron a comienzos del siglo veinte compartían aquella premisa que anudaba el antisemitismo con el comportamiento de los judíos. Así, los sueños de regeneración abrigados por el positivismo conservador de Max Nordau se forjaron en un mundo de figuras y representaciones redentoristas no muy lejanas a aquella de los revolucionarios judíos de izquierda. El anhelo era que el “nuevo judío” regenerado, por la vía de configuración que se prefiera, haría desmoronar con su solo nacimiento el antisemitismo ligado al viejo judío del comercio e incluso del judío de “casa de estudio”.

El mismo anudamiento entre antisemitismo y la conducta de los judíos -nuestra conducta- subyace en los discursos actuales sobre Israel. Se dice que el accionar de Israel, o el supuesto silencio de la Diáspora, podría incrementar el antisemitismo. Ese temor atraviesa los discursos contemporáneos y moldea nuestra percepción de la relación que mantenemos con el mundo y con los demás. Como ha mostrado David Nirenberg, incluso Hannah Arendt permaneció presa de esa premisa falsa al atribuir cierta responsabilidad a la población judía europea en su propia catástrofe durante la Shoá.
Curiosamente fue un no judío, a quien Arendt siempre despreció, quien debilitó el fundamento injustificado de aquella premisa al sostener que el antisemitismo era independiente de cualquier comportamiento de los judíos. El pasaje decisivo para esta cuestión es conocido, pertenece a La Cuestión Judía de Sartre: “El judío es un hombre que los otros tienen por judío; he ahí la simple verdad desde donde conviene partir […] es el antisemitismo quien hace al judío[i]. El judío como invención o creación ex nihilo del antisemita implica que su antisemitismo está separado de los atributos reales del judío. Nuevamente, David Nirenberg ha indicado que el antijudaísmo occidental está mucho más ligado a la historia del verbo “judaizar”, sobre todo tal como aparece en la Carta a los Gálatas de San Pablo, que a algún rasgo distintivo de cualquier judío en cualquier época. De hecho, para esta tradición, son los propios cristianos quienes están en riesgo de “judaizar”, más que los judíos.
Junto a los aportes de Niremberg podemos recordar los agudos análisis de Susannah Heschel, quien ilumina las dimensiones afectivas del antisemitismo: lo que ella llama “erotohistoriografía”. La visión «erotohistoriografica” del antisemitismo incluye sentimientos ligados al odio, al resentimiento y a la repugnancia, pero también elementos inmediatos y sensoriales: los sonidos o ruidos de los pogromos -gritos, objetos destrozados, cristales rotos-. Finalmente, Heschel llama la atención sobre la dimensión erótica -que da lugar al prefijo “erotohistoriografía”-, la cual se manifiesta históricamente en los episodios de violación durante los pogromos, ejemplarmente en el desatado en Kishinev en 1903. La relevancia de este aspecto de la violencia antisemita, según muestra Heschel, ha sido eludida o invisibilizada por la historiografía heredada.
Sin que esto signifique una visión constructivista o nominalista del antisemitismo, es decir un antisemitismo sin judíos reales que sostengan estos conceptos y sentimientos, es importante volver a recordar que el antisemitismo es una estructura o mentalidad cuyo régimen de existencia no reposa en la conducta de los judíos reales.
* Docente e investigador en la Universidad de Buenos Aires, Facultad de Filosofía y Letras (UBA-FFYL) en las cátedras de Gnoseología y Problemas Especiales de Gnoseología. Director de la Catedra Libre de Estudios Judíos de la misma Universidad.
[i] “Le Juif est un homme que les autres hommes tiennent pour juif : voilà la vérité simple dont il faut partir. C’est l’antisémitisme qui crée le Juif”