Una historia de exilio, no de conquista
El Profesor judeo-alemán, Michael Brenner, alega en su excelente obra Breve Historia de los Judíos que el pueblo judío siempre ha narrado su historia en clave de movimiento: migraciones, expulsiones, retornos. La Hagadá de Pésaj, que cada año se lee en la mesa familiar, es tanto un relato épico como también un mandato de transmisión, en particular de la experiencia del éxodo, del paso de la esclavitud hacia la búsqueda de la libertad.
Pero, en el siglo XIX, en el marco del surgimiento de los movimientos nacionales, con la impronta de la oleada de levantamientos populares en casi toda Europa, con una clara demanda de cambios políticos, sociales y económicos, así como la creación de Estados-nación independientes y el fin del absolutismo, esa memoria milenaria dejó de ser solo espiritual y se volvió política.
El fracaso del proyecto ilustrado de emancipación, los pogroms en el Imperio ruso, el caso Dreyfus en Francia y el antisemitismo de masas en Viena convencieron a Theodor Herzl de que los judíos nunca serían aceptados como iguales en Europa. Su respuesta no fue un proyecto colonial: no había metrópoli, ni imperio que expandir. Fue un proyecto de emancipación nacional: un marco seguro para un pueblo que en todas partes era señalado como extranjero.
Herzl imaginó en su novela Altneuland una sociedad moderna donde judíos y árabes convivieran con igualdad de derechos. El único personaje negativo en esta obra es un rabino fanático, Geyer, que rechazaba esa secularidad igualitaria.
En este programa el sionismo no era una colonia exportada desde Europa, sino la respuesta a una exclusión persistente, convertida en programa político.
El relato poscolonial como gran narrativa
La idea de que el sionismo es colonialismo forma parte de lo que Stephan Malinowski ha descrito como el gran relato poscolonial. Este discurso, con más de medio siglo de historia, opera mediante una simplificación radical: todas las violencias de la modernidad -Auschwitz, Argelia, Vietnam, Gaza, la conquista de América- se funden en una misma cadena donde el “colonizador blanco” es siempre el verdugo y los pueblos colonizados las víctimas eternas.
El juicio de Klaus Barbie en Lyon en 1987 fue un hito de esa genealogía. Allí, Jacques Vergès y su equipo de abogados compararon Auschwitz con los crímenes coloniales franceses en Argelia y con la matanza de Sabra y Shatila, presentando al criminal nazi como parte de un continuo de violencia colonial. La escena condensaba un cruce ideológico sorprendente: anticolonialismo de izquierda, propaganda del FLN, complicidades de viejos nazis reciclados en el mundo árabe y una retórica “antiimperialista” que convertía a los judíos en los nuevos nazis.
Ese marco sigue vivo hoy en numerosos sectores académicos y activistas de la izquierda global. En él, Israel aparece automáticamente como “colonia blanca” y el sionismo como prolongación del colonialismo europeo, sin atender a su contexto histórico específico.
El atractivo de esta narrativa radica en su aparente elementalidad: brinda un relato global y moralizante donde todo encaja como en un mecanismo de relojería. Pero su costo intelectual y político es inconmensurable. Destruye la capacidad de analizar con rigor específico tanto los estragos del colonialismo como la singularidad del genocidio nazi e imposibilita, además, entender la complejidad del conflicto de Medio Oriente.
En lugar de discernimiento y comprensión reproduce sólo un aullido plañidero difuso por “todos los muertos” y genera un marco en el que la historia judía queda silenciada. Sólo subsiste la categoría de un “blanco opresor” vacío, hueco, sin memoria de las persecuciones ni derecho alguno a la autodeterminación.
La banalización como coartada
Ese desplazamiento del análisis hacia el eslogan no queda circunscrito a la Academia, lamentablemente tiene un efecto derrame sobre el discurso público. Ello prepara el terreno para equiparaciones que desfiguran la realidad y terminan asimilando el Holocausto con la tragedia palestina. Hace poco, Martín Caparrós escribió en El País que Gaza sería una reedición del Hungerplan nazi.
No cabe duda de que la situación humanitaria en Gaza es terrible y exige condenarla, pero el Hungerplan no fue una política de bloqueo, sino que constituyó parte de un proyecto de exterminio racial absoluto. Comparar Gaza con Auschwitz no sólo banaliza la Shoah, sino también distorsiona la realidad palestina.

Estas comparaciones no ayudan a la causa palestina porque le roban singularidad a su causa y la convierten en un mero eco de otra tragedia: mucho peor aún abren la puerta a una inversión simbólica que muchos en Europa esperan con ansias -convertir a los judíos en los nuevos nazis-, liberándose así de su propia culpa histórica.
La crítica legítima a Israel no necesita de esos recursos, al contrario, se empobrece cuando los adopta.
Llevado al presente inmediato, el efecto es visible. La guerra en Gaza, con su saldo atroz de víctimas civiles, destrucción y hambre, y el infierno indecible de los rehenes israelíes en manos de los criminales de Hamas desde la masacre del 7 de octubre, han encendido pasiones casi místicas y religiosas en todo el mundo.
Las calles de decenas de ciudades se llenan cada semana de manifestaciones multitudinarias en aparente solidaridad con los palestinos, donde conviven algunas vagas consignas legítimas de justicia y paz con otras que claramente frivolizan y desfiguran un conflicto a través de estereotipos judeofóbicos. El mismo espacio público donde se denuncia el sufrimiento palestino se convierte casi siempre en tribuna de negación o para invertir símbolos hasta el extremo de presentar a Israel como heredero del nazismo.
Estas circunstancias muestran hasta qué punto el gran relato poscolonial funciona como matriz interpretativa (un clásico del posmodernismo) capaz de subsumir cualquier tragedia en un esquema binario de opresores y oprimidos.
Así, la tragedia palestina corre el riesgo de perder su especificidad y la lucha por su justicia de verse degradada en un juego de analogías fáciles. Y así también, el antisemitismo reaparece disfrazado de “antisionismo”, conciencia moral o de solidaridad con los débiles.
Frente a ese delirio discursivo y político, el punto no es negar abusos ni silenciar tragedias, sino afinar el diagnóstico y volver al núcleo del proyecto que hoy algunos cómodamente invocan mientras lo desfiguran.
España un paradigma de la banalización
Las declaraciones recientes de Pedro Sánchez son un ejemplo de cómo este marco poscolonial se traduce en política de Estado. Bajo la retórica de “estar en el lado correcto de la historia”, el presidente español oscila entre una apelación ritual al Holocausto y la acusación frontal de genocidio contra Israel. En ese desplazamiento, Hamás desaparece de la ecuación, y la complejidad del conflicto se reduce a un esquema binario de verdugos y víctimas. No sorprende, entonces, que en España las manifestaciones multitudinarias en apoyo a Palestina se hayan convertido en escenarios donde conviven aparentes demandas de justicia con eslóganes que banalizan la Shoah y reproducen estereotipos antisemitas: desde carteles que presentan a Gaza como “el Auschwitz de hoy” hasta pancartas que glorifican a Hamás como los “combatientes del Gueto de Varsovia”. Como señalé en otro texto, el antisemitismo español arrastra un esquema anquilosado, que mezcla ignorancia histórica, prejuicios católicos y un radicalismo poscolonial. Las declaraciones de Sánchez, lejos de romper con esa tradición, la legitiman y la institucionalizan.
El último informe del Observatorio de Antisemitismo confirma este proceso: en 2024 se registraron 193 incidentes antisemitas en España, un aumento del 321% respecto al año anterior, la cifra más alta desde que existen registros. El antisemitismo dejó de ser marginal para extenderse al ámbito político, educativo, cultural, mediático y deportivo. Universidades con acampadas y acoso a estudiantes judíos y responsables públicos que emplean el lema “del río al mar” en comunicados oficiales, son parte de un mismo paisaje.
La violencia tampoco estuvo ausente: agresiones físicas, pintadas en sinagogas y cementerios, comercios kosher atacados. Todo ello alimenta un clima de miedo entre los judíos españoles, que se sienten señalados como objetivos.
Asimismo, no es casual que las recientes manifestaciones han estado lideradas por colectivos como Al Yudur y Samidoun, prohibidos en Alemania y EE.UU. por sus vínculos con Hamás y el FPLP. En Madrid, estos grupos desplegaron pancartas que llaman a la desaparición de Israel y participaron en enfrentamientos violentos durante la Vuelta Ciclista, con decenas de policías heridos. Su actividad se extiende también a iniciativas como la flotilla rumbo a Gaza en la que han viajado figuras estrechamente conectadas con Hamás y Hezbolá. Que todo esto ocurra sin reacción institucional muestra hasta qué punto este relato se ha convertido en política de Estado.
Recuperar el sionismo democrático
El verdadero problema no está en el origen del sionismo sino en su tergiversación para causas mezquinas. Como ha recordado Michael Brenner, tanto Herzl como Ben Gurión e incluso Jabotinsky -ideólogo de la derecha revisionista- defendían un Estado secular e igualitario. Que hoy Netanyahu y sus aliados religiosos promuevan una política nacional-fundamentalista no convierte al sionismo en colonialismo, en realidad convierte a este gobierno en un destructor de la herencia sionista emancipadora y democrática.
El sionismo nació como respuesta al antisemitismo europeo moderno, no como extensión imperial. Su objetivo consistió en construir un hogar seguro, democrático y plural para el pueblo judío. El desafío hoy no es repetir estereotipos poscoloniales ni analogías banales, sino rescatar ese núcleo democrático y universalista, frente a quienes lo vacían de sentido en nombre del mismo sionismo.
El sionismo no nació como colonia de Europa sino como respuesta política a sus fracasos: al fracaso de la emancipación, al surgimiento del antisemitismo moderno y a la catástrofe de la Shoah. Lo que hoy está en juego no es su origen, sino su supervivencia como proyecto democrático frente a quienes lo pervierten en delirios mesiánicos y fundamentalismo irredentista.