Propuesta de paz entre Israel y Hamas

Un final que finalmente se asoma

Un terremoto diplomático con origen en la Casa Blanca nos ubica cada vez más cerca al fin de la guerra más larga de la historia de Israel. Pero todavía hay preguntas relevantes que quedan abiertas y un camino por recorrer antes de poder cantar victoria.
Por Kevin Ary Levin

El lunes pasado, Netanyahu y Trump anunciaron en una conferencia de prensa conjunta que el primero aceptaba la propuesta de paz presentada por Washington. El plan, de 20 puntos, exige al lado palestino un futuro “desradicalizado y libre de terrorismo”: la entrega de armas por parte de Hamás, la destrucción de su infraestructura -incluidos los túneles- y la aceptación de un escenario en Gaza sin ningún rol para Hamás ni para otras organizaciones terroristas. En esta etapa inicial, el gobierno quedaría en manos de una administración tecnocrática temporal, mientras la seguridad estaría a cargo de una Fuerza de Estabilización Internacional, hasta que la Autoridad Palestina complete las reformas necesarias y se forme una nueva fuerza policial en Gaza.

A cambio, se liberarían todos los rehenes -vivos y muertos- en un plazo de 72 horas, Israel iniciaría una retirada gradual de la Franja, y se excarcelarían 1.950 prisioneros palestinos, entre ellos 250 condenados a cadena perpetua. El acuerdo también prevé un aumento significativo del ingreso de camiones con ayuda humanitaria y el lanzamiento de un “Programa de Desarrollo Económico Trump” (sic) para Gaza. Los líderes de Hamás que acepten deponer las armas recibirían amnistía e incluso salvoconductos para emigrar. Israel, por su parte, se compromete a no ocupar ni anexar la Franja, mientras que los gazatíes que decidan emigrar tendrían garantías de poder regresar al enclave cuando lo deseen.

Hay tres puntos hacia el final de la propuesta que llaman especialmente la atención. En el punto 17, se establece que, en caso de que Hamás rechace el acuerdo, este avanzará de todas formas en las “zonas libres de terrorismo”. En el punto 18, se propone iniciar un “proceso de diálogo interreligioso” destinado a “cambiar las mentalidades y narrativas de palestinos e israelíes”. Y en el punto 19, en lo que podría ser un caso histórico de promesa deliberadamente opaca, se afirma que, una vez cumplidas todas las condiciones anteriores -incluidas las reformas de la Autoridad Palestina-, “es posible que finalmente se den las condiciones para una vía creíble hacia la autodeterminación y la creación de un Estado palestino, que reconocemos como la aspiración del pueblo palestino”.  Esta última formulación resulta particularmente reveladora si se considera que proviene de un Netanyahu que acaba de declarar que no habrá un Estado palestino.

Algunas de las estipulaciones de la propuesta son más claras que otras. Sin embargo, vale mencionar que el plan es escueto en varios puntos importantes, particularmente en lo que refiere a plazos y condiciones a los que se compromete Israel. Un mapa posterior publicado por Washington llega a definir las delineaciones territoriales de la retirada gradual israelí de Gaza.

El fin del aval incondicional de Washington

El plan representa un abandono formal del apoyo de Washington a la postura del gobierno israelí, que insistía hace ya meses (y frente a la creciente crítica internacional) en que sería la presión militar, y no un acuerdo con Hamas, lo que llevaría a la liberación de los rehenes y el fin de la guerra. La continuidad de esa política a lo largo de 24 meses produjo la grave crisis humanitaria en Gaza, la erosión de la imagen de Israel a nivel mundial, especulación sobre el futuro de acuerdos de paz existentes (como el que Israel tiene con Egipto hace más de cuatro décadas, pilar de su política de defensa), tensión sin precedentes entre la administración Trump e Israel y amenazó con desplomar la economía y el tejido social israelí. De forma interesante, produjo un intenso esfuerzo diplomático de países árabes, como Arabia Saudita y Qatar, cuya pluma es notable en las propuestas que formalmente provienen de la Casa Blanca.

En particular, como revela el periodista Chaim Levinson, Qatar parece haber sido exitoso en convencer a Hamas de que la liberación de los rehenes no debería ser una última instancia para terminar la guerra, sino una de las primeras, dado que su libertad y el creciente aislamiento diplomático de Israel privaría a Netanyahu de toda legitimidad y apoyo para continuar el combate. Podríamos estar entonces ante un cambio tectónico de la dinámica de poder en el Medio Oriente y del acceso de estos países a los espacios de toma de decisión en Washington. Sería difícil pensar en este cambio de posición estadounidense sin la constante movilización de la sociedad civil israelí, que comenzó cada vez más a hablarle a Trump directamente e insistiendo en que el único camino hacia la paz y la vuelta de los secuestrados pasaba por él, ante la negativa del gobierno israelí de escucharlos. La iniciativa internacional liderada por Arabia Saudita y Francia en las últimas semanas, por el reconocimiento de un Estado palestino, sin dudas también cumplió un rol, como también lo hizo el error estratégico de Netanyahu de atacar a líderes de Hamas en territorio qatarí a principios de septiembre.

De la victoria prometida al repliegue obligado

El primer ministro israelí se vio obligado a publicar un video en el que intenta presentar la propuesta como el resultado de sus acertadas decisiones militares. Pero todos saben que el rey está desnudo: esta no era la solución que Netanyahu buscaba. Israel debió cesar toda maniobra ofensiva en Gaza, incluso antes de que Hamás aprobara formalmente el acuerdo, ante la amenaza de perder el apoyo de Trump. Todo indica que el peor escenario para Netanyahu ya se ha concretado: Estados Unidos le presentó un plan demasiado detallado, y ya no le queda combustible político para negociar las condiciones de fondo. Solo podrá apuntar a los detalles. Ahora Netanyahu se ve obligado a confrontar a sus aliados en el Gobierno y a su propia base electoral, a quienes les prometió durante dos años la “victoria absoluta” contra Hamas. Hoy debe convencerlos de apoyar un acuerdo que parte de ellos ve peligrosamente parecido a Oslo.

Su negativa a ponerle límites a sus socios en la coalición de gobierno y la dinámica que tomó la guerra estos últimos meses llevaron a Smotrich y a Ben-Gvir a soñar a lo grande: imaginaron la concreción de objetivos informales que poco tienen que ver con la seguridad, como la emigración forzada de los gazatíes, la presencia permanente de Israel en Gaza o la construcción de asentamientos civiles. Todos esos planes quedarían cancelados con la implementación de este acuerdo. Referentes de la oposición israelí ya advirtieron que están dispuestos a concederle a Netanyahu una “red de seguridad”, en caso de que la necesite, para evitar que el plan caiga por el colapso del gobierno en caso de que sus socios de extrema derecha abandonen la coalición.

El acuerdo no está cualitativamente lejos de otros que estuvieron durante meses sobre la mesa de negociación en Qatar. Lo que sí cambia es la resolución de Estados Unidos de ejercer presión real sobre el gobierno israelí -tal vez por primera vez desde que comenzó la guerra-, y de involucrar a los países de la región como la plataforma necesaria para dejar a Hamas fuera de la decisión si es lo que hace falta para terminar las hostilidades. Duele pensar cuántas vidas se perdieron hasta que se llegó a esta decisión y cuánto tiempo requerirá la reconstrucción de Gaza.

Tras el ultimátum de Trump, que amenazaba a “hacer descender el infierno” sobre Hamas en caso de no responder afirmativamente para el domingo 6 de octubre, la organización terrorista respondió con una especie de “sí pero”: reafirmó en principio la idea de ceder el control de Gaza y liberar a los secuestrados (posicionamientos que ya había expresado públicamente antes de la propuesta), pero fue ambiguo sobre otros puntos del plan, particularmente la idea de entregar las armas y de permitir el ingreso de una fuerza internacional. Ahora comienzan las negociaciones intensas: oficialmente para definir los puntos poco claros del plan, pero en la práctica para persuadir al gobierno estadounidense y sus socios árabes de mover el plan en una dirección u otra. El riesgo es que hay sectores dentro de Hamas y dentro del gobierno israelí que pueden aprovechar ese proceso para hacer caer una propuesta que les resulta inconveniente, y que Trump no es un estadista caracterizado por mantener la misma postura demasiado tiempo, particularmente en lo que refiere a asuntos internacionales.

Mientras tanto, una multitud de más de 100.000 personas se congregaron en Tel Aviv (y muchos miles en otros puntos del país) con una exigencia clara: ni Netanyahu ni Hamas deben boicotear este acuerdo. Está claro que la mayoría de los israelíes y palestinos aprueban esta propuesta, incluso si la ven imperfecta, ambigua o propensa a caer en el medio. La guerra más larga de la historia de Israel debe terminar, los rehenes deben regresar y los gazatíes deben tener la oportunidad de retomar el control de su futuro. Ese final parece hoy más cerca que nunca.