El 7 de octubre de 2023 parecía imposible de narrar. La masacre, transmitida en vivo por sus propios perpetradores, evocó la estética del pogrom y el trauma de la Shoá, tan presentes en la memoria colectiva. Con diferentes objetivos e intereses, actores incluso enfrentados entre sí recurrieron a estas mismas referencias: tanto el gobierno israelí como los familiares de los rehenes que protestan, reprimidos por su oposición al belicismo oficial.
Pero la masacre se explicó en otros términos, destacándose la lucha anticolonial, ya sea para justificar o negar torturas, violaciones y asesinatos, inscribiendo los hechos en una épica global de resistencia de los oprimidos.
No hay una sola narrativa. Múltiples verdades emergen y disputan el modo de leer esta bisagra de la política contemporánea, cuyo impacto es difícil de abarcar. Basta recordar los operativos israelíes contra sus enemigos regionales y socios de Hamas, como el aumento a nivel global del antisemitismo, o la pregnancia del conflicto en la política, como ilustra la candidatura de Zohran Mamdani a la alcaldía de Nueva York.
A un año del 7 de octubre, la sociedad israelí estaba desgarrada y fracturada, y su liderazgo político desprestigiado. Hamas, aún de pie, contaba con menos fuerzas operativas y aliados competentes, gobernando un enclave vadeado por corredores militares israelíes y una población exhausta y desesperada. El conteo de muertos civiles, de combatientes y de rehenes no era menos impresionante, pero había expectativas de rescatar o proteger vidas y espacios de vida hoy irrecuperables. La pregunta ya no es sólo qué ocurrió, sino cómo cambiaron los límites de lo que puede decirse, mostrarse y pensarse.
Lo decible
Si en 2023 el término pogrom tuvo alguna aceptación para referirse a los actos de Hamas, Jihad Islámica y los autoconvocados que los siguieron, el léxico se desplazó a la categoría de genocidio contra Israel a medida que la guerra se prolongaba. El uso de escudos humanos como táctica, por parte de Hamas, se encontró con el expansionismo de un gobierno ultraderechista con tintes mesiánicos.
En 2024, Netanyahu aducía la necesidad de sostener presencia militar para neutralizar a Hamas; ya en 2025, con un enemigo debilitado, sus socios más radicales explicitaban su expectativa colonizadora. El costo para Israel y los judíos de la diáspora es inestimable: por un lado, aislamiento diplomático y desprestigio, por otro, un desvergonzado antisemitismo in crescendo. En el medio, proliferan oposiciones al sionismo no siempre claras ni bienintencionadas.
Las abiertas expectativas de reocupar la Franja no dispensaron costos: un desastre humanitario que socavó el recurso de legítima defensa y el estatuto de víctima de los muertos y rehenes de Hamas, Jihad Islámica y quienes los siguieron. Los rehenes ya no eran una prioridad para el gobierno. Quizás nunca lo fueron. Tampoco le importaron los rehenes a los movilizados por Palestina, gobiernos críticos de Israel o a las tripulaciones de las flotillas. Como si un duelo superara otro, o como si no pudieran ser nombrados conjuntamente salvo por sus propios protagonistas, palestinos e israelíes aún más separados, reducidos a lecturas maniqueas y esencialistas.
Hoy, en cambio, se impone con naturalidad y certeza que lo que ocurre en Gaza es un genocidio. Trasciende esto a distintas esferas: la política, la mediática, las conversaciones de la vida cotidiana. Así lo enuncian organizaciones de la sociedad civil israelíes como B’tselem, que se implicó, en nombre propio, al titular el que probablemente será su informe más citado: Nuestro Genocidio.
Corresponda o no la categoría de este crimen, las responsabilidades políticas son claras.
No obstante, también esgrimen esta acusación quienes ven en ella una oportunidad para expresar su antisemitismo bajo una apariencia de legitimidad moral.
El lenguaje que describe los hechos y procura configurarlos habilita así deslices y ambigüedades.
Lo mostrable
La saturación visual impregnó nuestras impresiones sobre los hechos. En dos años se acumularon imágenes de rehenes liberados, protestas en las calles de Israel, marchas en ciudades de todo el mundo, escenas de hambruna en Gaza, bombardeos sobre instalaciones nucleares iraníes.
El mundo vio en vivo a la Cruz Roja deslucida en su papel de garante de la dignidad de los rehenes liberados por Hamas entre enero y febrero, participando en ceremonias humillantes. En ellas se hizo a los rehenes saludar al público, agradecer y besar a los funcionarios de Hamas, y se bailó sobre la tarima donde yacían los cuerpos de Oded Lifschitz, Shiri Bibas y sus pequeños.
Las justas de discursos de verdad se reavivan al recordarse que la pericia forense del Instituto Abu Kabir determinó que Ariel y Kfir Bibas, junto con su madre, no murieron en un bombardeo israelí sino estrangulados por sus captores. También se descubrió que el ataúd de Shiri Bibas contenía en realidad a una mujer palestina no identificada, igualmente degradada.
La ayuda humanitaria representó otra arena contenciosa. El cese al fuego de enero abrió un respiro y permitió convoyes internacionales, pero desde su interrupción en marzo, el gobierno israelí bloqueó el acceso hasta mediados de mayo. Agencias de Naciones Unidas y otros organismos internacionales alertaron sobre una hambruna exacerbada.

La Fundación Humanitaria de Gaza, con patrocinio americano e israelí, fue criticada en su rol de proveedora de insumos y alimentos a los civiles gazatíes en un contexto de escasez y desesperación. Las entregas a las desbordantes filas se hicieron caóticas y surgieron acusaciones contra soldados israelíes por disparar contra civiles que buscaban alimentos, de las que el ejército se hizo eco iniciando investigaciones.
Las flotillas de ayuda devinieron puestas en escena estrafalarias. En la más reciente se expusieron choques entre activistas LGBT y musulmanes, emergieron acusaciones cruzadas y el gobierno israelí adujo documentos que probaban vínculos de los organizadores con Hamás. Presa de contradicciones no resueltas, la vocación de ayuda se convirtió en una performance de la tribalización del conflicto: tan insuficiente como impasible con los rehenes.
Lo pensable
Los límites de lo pensable también se han corrido. Hoy, que Hamás sea definitivamente desplazado del gobierno de Gaza ya no es una entelequia. La pregunta es, como surge de su respuesta al plan de Trump, si participarán de las instituciones que se diseñen en su reemplazo y cómo; si el desarme se implementará, si aceptarán el exilio.
Habrá que aguardar, pero hasta entonces, Netanyahu llegó a especular con alzar grupos mafiosos como alternativa a Hamás y hasta se imaginó el traslado masivo de los gazatíes. Algunos de estos proyectos, como uno anterior que el propio Trump había sugerido a principios de año, se vieron apoyados por imágenes de IA que retrataron una Gaza convertida en un sitio vacacional de lujo. Ahora, se discuten líneas de repliegue israelí y un rediseño territorial administrado por esfuerzos internacionales para coordinar un escenario de reconstrucción post-guerra y post-Hamás. Experiencias de este tenor, como la de UNIFIL en Líbano, no han sido ni eficaces ni alentadoras.
Anhelamos el fin del conflicto pero no hay garantías. A nivel regional, la “Guerra de 12 días”, así bautizada por Trump, demostró la excelencia de la inteligencia israelí sobre Irán a partir de bombardeos inéditos contra instalaciones nucleares. Teherán respondió atacando ciudades israelíes y Washington se sumó empleando tecnología de descomunal fuerza destructiva. La devastación abrió la imaginación a escenarios no tan fantasiosos de confrontación a futuro.
Más recientemente, pese a las objeciones de la inteligencia, Netanyahu se permitió un gesto también impensable: atacar a negociadores de Hamás en Doha, cuando quien antes había bombardeado Qatar había sido, de hecho, Irán. Al vulnerar la inmunidad de los espacios de negociación, Israel tensionó la arquitectura de una diplomacia delicada.
Entre los efectos no imaginados por el primer ministro tal vez destacan que el operativo no fuera exitoso, que resultara inaceptable para sus aliados árabes al punto de amenazar la continuidad de los Acuerdos de Abraham: recordemos que uno de los objetivos de Hamas el 7 de octubre fue, precisamente, desestabilizarlos. Quizás Netanyahu tampoco previó que esto intensificaría la presión americana para poner fin a la guerra, exigiéndole Trump otro gesto inédito: una llamada de disculpas al emir qatarí.
Los dos imposibles
Si algo revelan estos dos años es la persistencia de dos imposibles. El primero es Hamás. Aun con su aparato militar debilitado y su control territorial desmoronado, el grupo conserva una capacidad de daño simbólico: logró aislar a Israel en el plano internacional, como había previsto. Pero su continuidad como actor político es incompatible con cualquier horizonte de paz. Las manifestaciones reprimidas en Gaza y las ejecuciones sumarias contra quienes se atrevieron a protestar en su contra muestran que la propia sociedad palestina enfrenta a Hamás como un obstáculo vital. En los planes de Trump, en la Autoridad Palestina y en numerosos gobiernos árabes se consolida la idea de que un acuerdo de dos Estados sólo puede constituirse excluyéndolo.
El segundo imposible es Netanyahu y el proyecto mesiánico de sus aliados ultranacionalistas. Su supervivencia política, sostenida a fuerza de represión contra las protestas y de concesiones a sectores que sueñan con un “Gran Israel”, ha tenido un costo devastador. El intento de justificar la presencia militar en el corredor Filadelfia se reveló como un paso hacia la limpieza étnica, cuando la evacuación de toda la Ciudad de Gaza mostró que el objetivo rebasaba un cálculo táctico. El proyecto mesiánico de sus socios tropieza tanto con los límites impuestos por la comunidad internacional como con la resistencia interna. Las multitudes en las calles de Tel Aviv, Jerusalén y Haifa exigiendo su renuncia y la liberación de los rehenes marcan que en Israel tampoco hay consenso para ese sueño: la pregunta es cómo toda la efervescencia de esta oposición movilizada puede representar un límite cuando no hace mella en partidos políticos, y cómo pueden tenderse puentes hacia las minorías de Israel y hacia los palestinos.
En ambos casos —Hamás y Netanyahu— el límite lo señalan no sólo actores externos, sino las propias sociedades civiles israelí y palestina. Israel acumuló victorias militares, pero acentuó sus derrotas diplomáticas y morales. Hambre, enfermedades, y barrios enteros convertidos en ruinas hacen de Gaza un páramo, mientras en Cisjordania los colonos aterrorizan a aldeanos que enfrentan redadas militares y desalojos. El desafío, para israelíes, palestinos y para la comunidad internacional, es no permitir que estos imposibles se normalicen como inevitables.
Epílogo
Dos años después, el 7 de octubre se convirtió en una bisagra histórica. La ampliación de reconocimientos internacionales a la estatalidad palestina ilustra el punto. También la proliferación global del antisemitismo manifiesta en ataques de odio en aumento, y la exacerbación de la islamofobia.
Además, la relación entre las diversas colectividades de la diáspora judía con el Estado de Israel atraviesa un proceso singular de reconfiguración. Desde distintas fuentes intelectuales, ideológicas, teológicas, académicas, se repiensa dentro y fuera de instituciones y comunidades qué significa ser judío.
Todavía no han vuelto todos los rehenes ni han regresado los gazatíes a sus ciudades: en cualquier caso, con sus hogares espiritual y materialmente arrasados, ya no ha quedado a dónde volver. La pregunta de cómo aprehender los sucesos de ese día inspira el mismo interrogante sobre cómo labrar otro porvenir.
Hoy atestiguamos un magma de fragmentación de vínculos y sentidos de pertenencia: algunas respuestas cristalizan y otras aún no terminan de asumir forma. Unos reducen a los actores a esencias totales; otros, a ambos lados de la Franja, levantan imágenes donde los rostros infantiles se intercambian —palestinos con rostros israelíes, israelíes con rostros palestinos—, restituyendo la humanidad perdida.
El plan de Trump es hoy inevitable. Pero estos gestos de duelo compartido componen un acto de resistencia no violenta para una cultura de paz imprescindible. Una que ningún plan político puede decretar.