¿Será verdad que el siglo XXI marca el fin de las ideologías? ¿Podemos negociar para interrumpir ese desafío vivencial? ¿Qué hemos hecho para merecer esto?
Aquellos preocupados por construir un recorrido coherente con sus vidas lo lamentarán. El GPS individual es diferente para un judío laico o un religioso practicante. Este último conserva una hoja de ruta y un punto de llegada. El resto deberá indagar en la posibilidad de mantener sus principios más allá de las modas.
La elección de una utopía personal no dejaba mucho lugar a dudas en mi época. Haber crecido en Villa Pueyrredón, un pequeño barrio porteño, equivalía a ser dueño simbólico de varias manzanas a la redonda. Sentirse parte del conjunto y confiar en los vecinos -salvo alguna excepción- era lo habitual entre gente conocida, que se ayudaba cuando era necesario. Tener un vecino que llegaba a destacarse en algún trabajo o estudio era un honor para todos. La vida en comunidad es algo que se aprende de chico. Y la utopía elige el socialismo, claro.
¿Cómo se clasifican los períodos históricos y su vigencia a través del arco narrativo que nos une con el pasado? Las etapas transcurridas, a medida que se alejan, van puliendo una mirada cada vez más fantasmal, que exige el anteojo adecuado a su posibilidad de engancharse en una confusa melancolía conceptual: por ejemplo, pretender aplicar en estos años la teoría económica austríaca de fines del siglo XIX a la realidad del avanzado siglo XXI es un delirio que rápidamente revela en los hechos el destino de este disparate que hoy estamos sufriendo los argentinos.
De la utopía al desencanto
Hace pocos años, el notable ensayista Enzo Traverso publicó su libro El final de la modernidad judía donde, entre otros planteos, señalaba que detrás de la “nube” de Facebook e Internet, hay grandes empresas que bajo esa palabrita inocente tienen enormes archivos con millones de informaciones que ya no podrán borrarse, manejados por personas que los comercializan o los utilizan con fines delictivos. Y señala una definición clara para esta época: los judíos “progresistas” han pasado de la utopía a la melancolía. Los que quisieron cambiar el mundo con el principio de la igualdad en el centro hoy tienen menos esperanzas que nuestros abuelos a comienzos del siglo XX. El pasado ya no es un movimiento evolutivo hacia el futuro que inevitablemente será nuestro por las crisis cíclicas del sistema capitalista. Hubo un eclipse general de las utopías de siglos anteriores (Revolución Francesa, Revolución Industrial, Revolución Rusa), hoy cargado de memoria pero incapaz de proyectarse, que absorbe y disuelve tanto el pasado como el futuro. Un mundo sin utopías mira todo el tiempo el atrás y lo reemplaza. Vivimos un “presente perpetuo”. ¿Habría que pasar de la crítica melancólica a una nostalgia cargada de sentido para cargar otra vez las pilas?
“El pasado es un país extranjero”
En un reciente artículo periodístico, la notable escritora Raquel Robles nos entrega una definición reveladora: si había un tren que nos iba a llevar a la victoria, descarriló hace cincuenta años. Hoy hay que ser capaces de soportar la incertidumbre para descubrir qué forma tendrá el futuro, en lugar de seguir esperando, sentados en la estación, a que pase -¿o vuelva?- el tren que alguna vez creímos que nos conduciría a la victoria.
Pocas semanas después, el siempre preciso Jorge Majfud completó el mensaje con una definición impecable: “El pasado es un país extranjero”. En pocas líneas, allí está el meollo de la cuestión.
Como solía decirse en los encuentros educativos de la Juventud Anilevich: “Ahora que tengo todas las respuestas, me cambiaron las preguntas”. La Argentina donde crecimos y la Israel de nuestra juventud ya no existen. Son lugares donde no podemos volver.
Confesión: cuando viajé a Israel para confirmar mi utopía, estaba convencido de que las Federaciones de kibutzim tomarían el control de país en pocos años ¡En mi kibutz ya vivía un diputado de la Knesset! (Parlamento).
Para regresar a nuestra época actual en Argentina, vale recordar que hace poco tiempo, un político que parece presentar problemas mentales anuncia que posee un plan inigualable que llevará al país por una senda virtuosa: en diez años nos pareceremos a Escocia, en veinticinco a España, en treinta a Francia y Estados Unidos y en cuarenta y cinco años seremos la mayor potencia del mundo, dueños del planeta Tierra. Sólo debemos realizar un esfuerzo inicial, confiar en él y luego seremos felices. Esta tonta charlatanería convence, sobre todo, a los varones jóvenes que votan desde los 16 años e, increíblemente, es elegido presidente con más de la mitad de los votos totales.
Pocos advirtieron que la juventud actual es la inversa ideológica de las generaciones pasadas, resultado de una persistente campaña de los grupos liberales. Hace no tantos años los adolescentes se informaban por los libros. Luego por los grandes medios de comunicación, que casi en su totalidad trasmitían teorías meritocráticas y bregaban por la salvación individual, antes que la armonía con el conjunto de connacionales.
Hoy la mayoría de ellos no lee nada ni entiende de teorías económicas, partidos políticos o el devenir del mundo. Y ellos fueron decisivos en el escrutinio de votos. Recién entonces se tomó conciencia de que ahora todo se comunica a través de redes -cada una de ellas preparada para sus oyentes específicos- donde se transmite la necesidad de obedecer a las consignas emitidas.

El nuevo sistema de comunicación -al que hay que adaptarse si se pretende ser aceptado socialmente- fue inaugurado hace pocos años, con la primera elección de Donald Trump en Estados unidos, secundado por su influencer derechista Steve Bannon, un especialista en jugar al borde de la ley para sus designios. En la Argentina macrista de hace unos años, el polémico ecuatoriano Jaime Durán Barba utilizó fake news. Puestas en escena y estrategias similares. Recuerdo que se hablaba en mi barrio sobre el tema de la propaganda individualizada. Parece que durante algunos días el equipo de Durán Barba conseguía copia de los tickets de compra emitidos por los supermercados. Con ellos, estudiaba lo adquirido por las vecinas y, llegado el momento de la elección, les prometía aquello que revelaban sus hábitos de consumo en la propaganda electoral personalizada, a partir de los datos allí extraídos.
También se juega ahora con discursos de odio y situaciones violentas. Dos años después, el país está despedazado y ha entregado sus riquezas al Imperio, transformándose en colonia (al parecer, eso importa a pocos). Hay millones de nuevos pobres, escuelas y hospitales cerrados y sin presupuesto, y el tejido social e industrial destruidos. Y en esta ocasión -en las recientes elecciones- este insano vuelve a recibir más de un tercio de los votos totales.
¿Algo más? En la época de preparación del magnicidio (frustrado) a una vicepresidenta, en una violenta manifestación hacia el Obelisco, una mujer desaforada insistía a los gritos, frente a las cámaras: “¡acá la solución es sencilla: un tiro en la nuca a Cristina!”. En estos días, dos personas diferentes declaran en un programa radial que, aunque durante el gobierno anterior vivían bien y ambos tenían una casa propia, uno de ellos ya duerme en la calle y el otro no puede alimentar a su familia. Pero los dos coinciden, en actitud sacrificial, que prefieren “morir antes que votar a la chorra que se robó un PBI”.
“La peligrosidad de la estupidez”
La Teoría de la Estupidez, durante el ascenso del nazismo, ofrece un marco conceptual para analizar temas contemporáneos como las razones de la obediencia ciega a narrativas simplistas. El profesor Pablo Caramelo ha escrito un jugoso estudio sobre esta cuestión (Página 12, 3 de agosto de 2025). Desarrollada por el teólogo alemán Dietrich Bonhoeffer, antes de ser ejecutado por los nazis en 1945, esa teoría define a la estupidez no como falta de inteligencia, sino como una renuncia moral al pensamiento crítico, una adhesión acrítica a consignas y una susceptibilidad a la manipulación por parte del poder, impulsada por la obediencia ciega a narrativas simplistas y a la presión social. Este fenómeno se propaga en contextos de poder concentrado tanto de regímenes autoritarios como populistas, que lo fomentan para consolidar su control.
Este abordaje -agrega el profesor Caramelo- cuadra perfectamente con fenómenos actuales como el denominado concepto de posverdad, la viralización de fake news y la adhesión irreflexiva a líderes que simplifican problemas complejos y ejecutan medidas económicas dolorosas, que son apoyadas por diversos sectores sin tener en cuenta sus condiciones devastadoras a largo plazo.
El escenario político actual (local e internacional) se caracteriza por discursos disruptivos, con una base electoral que exhibe rasgos de lo que Bonhoeffer llamó “la peligrosidad de la estupidez”, la incapacidad de cuestionar las narrativas dominantes, incluso cuando éstas contradicen muy evidentemente la realidad económica y social dominantes. Un plan que destruye el tejido social sin garantizar un futuro mejor no es audacia, sino insensatez. A diferencia de la maldad, que puede ser confrontada con argumentos, “la estupidez es inmune a la razón”, ya que lo que contradicen los prejuicios son ignorados o descartados por irrelevantes. Eso se amplifica en grupos. La estupidez es una condición mucho más arraigada que la ignorancia, porque suele acompañarse de una seguridad dogmática, resume el autor. A ese activo rechazo a aprender o evolucionar, Bertrand Russell lo definió así: “El problema del mundo es que los estúpidos están seguros de todo, mientras que los inteligentes están llenos de dudas”.
Durante siglos, los filósofos y economistas han tratado -con diverso éxito- de comprender la forma en que las sociedades evolucionan de maneras específicas y en periodos aproximados. Pareciera que el materialismo dialéctico lleva la primacía en el esfuerzo por comprender variaciones de cada formación social, a partir de los modelos de estructura y superestructura que delimitan etapas -esclavitud, feudalismo, revolución industrial, entre otras- concebidas como una secuencia de desarrollo técnico y humano cuyo punto de llegada inevitable sería el comunismo. Cuando hace unos años visité la casa donde nació y creció Carlos Marx en Tréveris, Alemania, en la recepción principal habían construido sobre el piso de madera un enorme mapamundi donde tenían pintado de rojo la numerosa legión de países donde ya funcionaba la forma de vida pregonada por sus teorías. Desde luego, aspiraban a seguir coloreando el dibujo en los años siguientes. A esta altura de la evolución, el trabajoso anhelo de Marx y Engels pareciera descartarse.
Como solíamos decir los muchachos hace unos años, en situaciones similares: “la utopía no se ha realizado”, Ber Borojov ha muerto y Dios no existe: ¿Qué hacemos ahora?
El horror atrae más que el amor
Los cambios producidos en el siglo XXI son capaces de desalentar a cualquiera, por más que haya leído todos los libros de ciencia-ficción. Desde el reinado de Internet, lo que parece la única posibilidad es seguir o incluirse en las modas y preferencias del público. Al final de la Segunda Guerra Mundial, el mundo necesitaba recuperar el sentido de la vida y olvidar el horror del pasado. Comenzaron a aparecer películas cómicas, historias reales y algunos dramas, pero con la condición del “Happy End” (Final feliz). Todo debería ordenarse en el epílogo, para tranquilidad de los espectadores.
Pero, rápidamente, en el posmodernismo del siglo XXI, las ideas comunitarias y los finales felices se invirtieron. En los dramas de hoy, todo se ha vuelto inhabitable y entonces se impulsa la búsqueda de la felicidad propia por el esfuerzo individual, anulando el tejido colectivo social. El horror atrae más que el amor. El neoliberalismo ganó la batalla del sentido. Los libros de horror y las películas de fantasmas son los que mejor responden a esta época. Las utopías casi son una pérdida de tiempo.
Y no se ha mencionado todavía la invención más terriblemente peligrosa: la IA (inteligencia artificial). Este descubrimiento tan aparentemente sencillo y muy solicitado hoy puede -al parecer- desde alargar la vida hasta permitir viajes cósmicos. Pero, también, convertirse en la distopía final que destruya al planeta.
Basta imaginar en esta dirección que la profundización del tema -en su mismo desarrollo- pueda generar una etapa final de” Inteligencia superior total”. Y esta posibilidad está presente, aunque tiene muchos reparos de los mismos científicos, que comienzan a entender los terribles problemas del “poder saber todo”.
Un ejemplo extraño, pero no imposible: un presidente de Estados Unidos, Rusia o China, dispone de un punto de llegada en el que sus científicos han llegado a conseguir la Inteligencia Artificial Total, que le permitiría calcular con mucha aproximación qué sucedería si lanza por sorpresa su arsenal atómico contra el enemigo. Y se tienta, con este ataque, en convertirse en único Emperador del planeta Tierra. ¿Impedirlo sería la nueva utopía posible?