Asesinato en París
El 7 de noviembre de 1938, a las 9:45 de la mañana, un joven de 17 años entró en la embajada alemana en París. Herschel Grynszpan había comprado un revólver calibre 6.35mm una hora antes en la tienda «A la Fine Lame» por 235 francos. En la recepción, pidió ver a un funcionario de la embajada, sin nombrar a nadie específicamente, supuestamente para entregar un importante documento. Cuando Ernst vom Rath, Tercer Secretario, lo recibió en su oficina, Grynszpan gritó: «¡Eres un nazi asqueroso! ¡En nombre de 12.000 judíos perseguidos, aquí está el documento!» y disparó cinco veces, alcanzándolo con dos balas en el abdomen.
Vom Rath murió el 9 de noviembre a las 5:30 PM. Esa misma noche, mientras los líderes nazis conmemoraban el Putsch de Múnich, Goebbels pronunció un discurso antisemita incendiario. Su diario del 9 de noviembre revela el cálculo cínico: «Por la tarde se anuncia la muerte del diplomático alemán Vom Rath. Eso es bueno… Informo a Hitler sobre el asunto. Decide: permitir que las manifestaciones continúen. Retirar a la policía. Los judíos deben sentir la furia del pueblo».
Durante lo que los nazis denominaron eufemísticamente «Kristallnacht» (Noche de los Cristales Rotos) -término propagandístico que reduce la violencia sistemática al tintineo de vidrios rotos- se desató el pogrom de noviembre. Este nombre más apropiado refleja la realidad: una explosión de violencia antijudía orquestada por el Partido Nacionalsocialista con la complicidad del Estado. Durante el 9-10 de noviembre, más de 1.400 sinagogas fueron destruidas, más de 90 judíos asesinados, y más de 30.000 hombres judíos arrestados y enviados a campos de concentración en todo el territorio del Reich Alemán, incluyendo la recientemente anexada Austria. Los daños materiales superaron los mil millones de Reichsmarks.
El historiador Raul Hilberg interpretó este evento como un momento crucial en la persecución nazi: el Partido Nazi intentó retomar el control de la política antijudía de manos de la burocracia estatal. El pogrom representó el primer y último gran acto de violencia «espontánea» del Partido antes de que la «Solución Final» fuera sistematizada por el aparato burocrático del Estado.
Mientras tanto, en París, se prepraba el juicio contra Grynszpan. La defensa enfrentaba desafíos casi insuperables: Grynszpan había confesado abiertamente el asesinato ante la policía francesa, declarando motivaciones políticas explícitas. Su postal de despedida a sus padres, encontrada en su bolsillo, confirmaba la premeditación. Según el código penal francés, el asesinato político podía conllevar la pena de muerte. Vincent de Moro-Giafferi, el abogado corso antifascista que lideraba la defensa, necesitaba desesperadamente una estrategia alternativa.
De esta necesidad surgió la propuesta de alegar un crime passionnel, un crimen pasional que en Francia recibía sentencias significativamente menores. Moro-Giafferi propuso argumentar que Grynszpan había tenido una relación íntima con Vom Rath y que el asesinato fue resultado de una disputa amorosa, no de motivación política.
Inicialmente, Grynszpan rechazó categóricamente esta defensa. Insistía en que su acto fue una protesta política contra la persecución de los judíos. Sin embargo, cuando fue extraditado ilegalmente a Alemania en 1940 y enfrentó un juicio nazi diseñado para demonizar al «judaísmo mundial», reconsideró. En Sachsenhausen en 1941, confesó a compañeros de prisión que planeaba usar esta defensa falsa para sabotear el juicio propagandístico nazi.

Cuando los nazis confiscaron los archivos de Moro-Giafferi en París, descubrieron esta estrategia. El 22 de enero de 1942, el secretario de estado Roland Freisler informó a los funcionarios que Grynszpan alegaría homosexualidad. La reacción de Goebbels fue reveladora: «Grynszpan ha inventado el argumento insolente de que tenía una relación homosexual con Vom Rath. Eso es, por supuesto, una mentira descarada; sin embargo, está pensado muy inteligentemente y, si se presenta en el curso de un juicio público, ciertamente se convertiría en el argumento principal de la propaganda enemiga».
El problema se agravó cuando se descubrió que Gustav vom Rath, hermano de Ernst, había sido sometido a consejo de guerra por homosexualidad el 6 de junio de 1941. Esto prestaba credibilidad potencial a la defensa inventada. En mayo de 1942, Hitler canceló definitivamente el juicio.
Esta estrategia proyectaría su sombra mucho después del fin de la guerra. Incluso Hannah Arendt, en su reporte del proceso Eichmann para The New Yorker, dejó entrever ciertas afirmaciones polémicas sobre el tema, sugiriendo que la historia de la homosexualidad podría no haber sido completamente inventada, perpetuando así una ambigüedad que oscurecía las verdaderas motivaciones políticas del acto de Grynszpan.
Un refugiado sin patria
Herschel Feibel Grynszpan nació el 28 de marzo de 1921 en Hannover, Alemania, pero nunca fue ciudadano alemán. Sus padres, Zindel y Rivka Grynszpan, eran judíos polacos que habían emigrado de Radomsko, Polonia, en 1911. Zindel trabajaba como maestro sastre. Según la ley alemana de ciudadanía de 1913 basada en jus sanguinis (derecho de sangre), los hijos de padres extranjeros no adquirían automáticamente la ciudadanía alemana.
La familia incluía a la hermana Esther (Berta), nacida en 1916, y el hermano Mordechai (Marcus), nacido en 1919. Como «Ostjuden» (judíos orientales), eran yiddish-parlantes, religiosamente observantes, y vivían en una relación tensa y ambivalente con los judíos alemanes asimilados. Como documenta Steven Aschheim en «Brothers and Strangers» (Hermanos y Extraños), estas relaciones iban más allá de la simple discriminación: algunos judíos alemanes veían a los Ostjuden como una amenaza a su propia integración, como vestigios embarazosos de un pasado del que intentaban distanciarse. Los Ostjuden representaban todo lo que los judíos alemanes habían luchado por superar: el yiddish en lugar del alemán culto, la ortodoxia religiosa visible en lugar de la aculturación, la pobreza del shtetl en lugar de la respetabilidad burguesa. Al mismo tiempo una generación de jóvenes y algunos intelectuales seculares veían precisamente en los Ostjuden los remanentes de una autenticidad judía perdida y de una vivencia colectiva que parecía ofrecer una alternativa al individualismo decadente de su época. Así, entre el rechazo y la fascinación, convivían estas dos comunidades hermanas mientras la tormenta se cernía sobre ellas.
En septiembre de 1936, Herschel fue enviado a París para vivir con su tío Abraham y su tía Chawa. Entró ilegalmente a Francia desde Bélgica porque los judíos tenían prohibido sacar dinero de Alemania y no podía pagar el visado. Para 1938, se había convertido en apátrida: su permiso alemán había expirado, su pasaporte polaco caducado, y Polonia había aprobado una ley privando de ciudadanía a quienes vivieran más de cinco años en el extranjero. Vivía ilegalmente en París, escondiéndose de la policía, incapaz de trabajar o estudiar, dependiendo de su empobrecido tío.
La Polenaktion: testimonio desde el abismo
El 26 de octubre de 1938, el jefe de la Gestapo Reinhard Heydrich ordenó la expulsión inmediata de todos los judíos polacos de Alemania, temiendo que 70.000 quedaran apátridas cuando Polonia revocara su ciudadanía el 30 de octubre. Entre el 27 y el 29 de octubre, aproximadamente 17.000 judíos polacos fueron arrestados y deportados a la frontera germano-polaca.
Uno de los testimonios más desgarradores proviene del propio Zindel Grynszpan en el juicio de Eichmann (1961): «El 27 de octubre de 1938, jueves por la noche a las ocho, vino un policía y nos dijo que fuéramos a la Región II… Nos llevaron en camiones de prisioneros, unos veinte hombres en cada camión… Las calles estaban negras de gente gritando: ‘¡Los judíos fuera a Palestina!’… Cuando llegamos a la frontera… los hombres de las SS nos estaban azotando, a los que se rezagaban los golpeaban, y la sangre fluía en el camino. Les arrancaban su pequeño equipaje, nos trataban de la manera más bárbara, esta fue la primera vez que vi la barbarie salvaje de los alemanes. Gritaban: ‘¡Corran, corran!’ Yo mismo recibí un golpe y caí en una zanja. Mi hijo me ayudó, y dijo: ‘¡Corre, corre, papá, de lo contrario morirás!'».
En Zbąszyń, en la frontera entre Polonia y Alemania, 12.000 deportados fueron hacinados en un pueblo de 6.000 habitantes. No podían ni regresar a Alemania ni avanzar en el territorio polaco. Los refugiados vivían en establos «todavía sucios con estiércol de caballo» y pocilgas. Emanuel Ringelblum, el historiador judío que viajó a Zbąszyń a pedido del Joint D.C a brindar ayuda, testificó: «No creo que ninguna comunidad judía haya experimentado jamás una expulsión tan cruel y despiadada como esta… Zbąszyń se ha convertido en un símbolo de la indefensión de los judíos polacos».

El 3 de noviembre, Herschel recibió una postal de su hermana Berta desde Zbąszyń:
«Querido Hermann: Sin duda habrás escuchado de nuestra gran desgracia. Déjame describir lo que pasó. El jueves por la noche, circulaban rumores de que todos los judíos polacos iban a ser expulsados de la ciudad. Aun así, nos resultaba difícil de creer. El jueves por la noche a las 9, un policía vino a nosotros y nos dijo que fuéramos a la estación de policía con nuestros pasaportes. Todos juntos, tal como estábamos, fuimos a la estación de policía acompañados por el policía. Encontramos casi todo nuestro distrito reunido allí. Un coche de policía inmediatamente nos llevó al ayuntamiento. Todos fueron llevados allí. Nadie nos dijo qué estaba pasando. Sin embargo, podíamos ver lo que tenían en mente. A cada uno de nosotros se nos entregó una orden de expulsión. Ya no se nos permitía volver a casa. Pedí que me permitieran ir a casa para al menos recoger algunas cosas. Fui, acompañada por un Sipo [Sicherheitspolizei – Policía de Seguridad] y empaqué las prendas necesarias en una maleta. Y eso es todo lo que salvé. No tenemos ni un pfennig. Te contaré más la próxima vez. Saludos y besos de todos nosotros. Berta».
Esta carta detonó su decisión.
El juicio que nunca fue y el testimonio que conmovió
Herschel fue arrestado inmediatamente y mantenido en prisión francesa durante 20 meses sin juicio. En julio de 1940 fue ilegalmente extraditado a Alemania. Los nazis planearon un juicio espectáculo, pero la amenaza de Grynszpan de usar la defensa de homosexualidad -una mentira calculada para avergonzar al régimen- llevó a Hitler a cancelar el juicio en mayo de 1942.
Fue trasladado entre varias prisiones y campos: Moabit, Sachsenhausen (donde compartió celda con Kurt Schuschnigg, al antiguo canciller austríaco y tenaz opositor de Hitler), y Magdeburgo. La última documentación confirmada data de septiembre de 1942, aunque Eichmann testificó haberlo visto «en 1943 o 1944» en la sede de la Gestapo en Berlín.
En el juicio de Eichmann, el testimonio de Zindel Grynszpan causó profundo impacto. Hannah Arendt, quien cubría el juicio para The New Yorker y era generalmente crítica del enfoque de la fiscalía, quedó conmovida por su «honestidad brillante»: «La historia tomó quizás diez minutos contar, y cuando terminó… uno pensó tontamente: todos, todos deberían tener su día en la corte». Esta frase de Arendt es particularmente significativa, dado que una de sus principales críticas al enfoque de la fiscalía israelí era justamente lo que ella consideraba un abuso del testimonio de las víctimas, como buscando cristalizar una memoria histórica para la cual el proceso funcionaba solamente como un vehículo y no una instancia judicial. Pareciera que frente a este testimonio en particular la propia Arendt se vió obligada a reconocer el derecho de las víctimas a contar su historia.
La elección de idioma de Zindel fue particularmente conmovedora. Cuando se le preguntó si prefería testificar en alemán o yiddish, este judío ortodoxo nacido en Polonia respondió que no le importaba: hablar el idioma de los nazis o el idioma de los judíos no tenía consecuencia. Decidió testificar en alemán.
La mayoría de los historiadores creen que Herschel murió en 1942, aunque el misterio permanece sin resolver. En 2016, una fotografía descubierta en los archivos del Museo Judío de Viena mostró a un hombre con 95% de coincidencia facial con Grynszpan en un campo de desplazados en Bamberg el 3 de julio de 1946. Si sobrevivió, nunca contactó a sus padres en Israel, quienes lo declararon legalmente muerto en 1960.
Interrogantes finales
La historia de Herschel Grynszpan y su familia encapsula las múltiples dimensiones de la tragedia del Holocausto. Nos enseña sobre la vulnerabilidad de los apátridas: una familia que vivió 27 años en Alemania pero nunca perteneció, atrapada entre un país que los rechazaba y otro que los abandonaba. La Polenaktion reveló cómo las democracias occidentales fallaron a los refugiados judíos, mientras Polonia y Alemania se los pasaban como peones indeseados.
El acto desesperado de Herschel muestra cómo la violencia estatal puede provocar violencia individual, no como justificación, sino como testimonio del costo humano de la persecución sistemática. Los nazis cínicamente transformaron el grito de protesta de un adolescente en pretexto para el pogrom que marcó la transición hacia el genocidio industrializado.
El padre Zindel sobrevivió para testificar, pero su hijo Herschel desapareció en la maquinaria de muerte nazi. La hermana Berta fue asesinada en 1942. Solo Zinndel, Rivka y Mordechai sobrevivieron para emigrar a Israel.
Su historia también revela el poder y las limitaciones del testimonio. El relato de Zindel en el juicio de Eichmann dio voz a miles cuyas historias nunca se contaron, pero no pudo traer justicia a su hijo desaparecido. Como observó Hannah Arendt, todos deberían tener su día en la corte, pero para Herschel Grynszpan, ese día nunca llegó.
Finalmente, la persistente incertidumbre sobre el destino de Herschel -¿murió en 1942 o sobrevivió hasta 1946?- simboliza las incontables historias incompletas del Holocausto. En ausencia de certeza, queda el imperativo moral de recordar no solo las estadísticas del genocidio, sino las vidas individuales destruidas: un adolescente que recitaba versos en yiddish en los cafés de París, que se sintió impotente frente al sufrimiento de su familia y de su pueblo, y que a los 17 años tomó una decisión que reverberaría a través de la historia.
La familia Grynszpan nos recuerda que detrás de cada número en las estadísticas del Holocausto había una familia con nombres, esperanzas y tragedias particulares. Acaso “peinar la historia a contrapelo” como sugería Walter Benjamin implique el esfuerzo inacabable de rescatar esas historias y darles vida y rostro a los que de otro modo continuarán siendo cifras acumuladas en la fria contabilidad de la muerte.