“ya está todo listo, la puerta bien colocada, el aparatito ese que me dejó, se lo puse como Usted me dijo…ah y la garantía que venía adentro se la dejé en la mesita de luz, vio?
Conversación entre paisano, dueño de casa y el albañil (a propósito de la ubicación de la Mezuzá y el fragmento de la Torá)
Si bien mucho se ha escrito sobre la Colonización Agrícola judía en la provincia de Entre Rios, siguen apareciendo libros y reflexiones sobre su creación, su originalidad y devenir. Nos preguntamos entonces: ¿cómo abordar y reflexionar acerca de las colonias agrícolas promovidas por el Barón Mauricio de Hirsch en el siglo XXI cuando se perciben formas nuevas de antisemitismo? ¿Qué implicancias tenía su creación en función del antisemitismo reinante en Europa en la segunda mitad del siglo XIX y en particular en una nueva etapa del Imperio Ruso, donde se producían persecuciones, reglamentaciones, guetos y pogroms frecuentes que atentaban contra la supervivencia de las comunidades? En consecuencia, ¿qué comunidad judía surgió de ese emprendimiento moderno e iluminista para judíos provenientes de pequeñas aldeas urbanas; autodidactas, músicos, atravesados por prohibiciones de habitar ciudades capitales donde podrían acceder a formaciones superiores, especializados en oficios?
Hay múltiples investigaciones, tesis y artículos sobre la historia de la colonización judía en la Argentina. Sin embargo, siempre nos encontramos con nuevas reflexiones y revisiones sobre su significación y repercusión económica, política y cultural, así como también en relación con los vaivenes de la comunidad judía en el devenir histórico.
En este caso nos cruzamos con una autobiografía de un dominguense, que describe la vida pueblerina de una colonia creada en 1891 (una de las primeras de la Colonización judía de Entre Ríos), poniendo el foco en los años 60 del siglo XX, habiendo pasado casi 80 largos años de su creación (desarrollo, esplendor, migraciones de sus descendientes). Se trata de un relato de un habitante contemporáneo que se crio y vivió su adolescencia en el pueblo. Allí nos encontramos con la descripción de una serie de personas que formaron parte de la cotidianeidad del autor.
A lo largo del libro se pone el acento en la singularidad del pueblo con relación a otras colonias que se crearon después. Es sabido que Domínguez fue la tercera colonia fundada después de Moisés Ville, en la provincia de Santa Fe, y de Mauricio, en la provincia de Buenos Aires. Fue además la primera de las colonias establecidas en Entre Ríos y adquirió un significado especial por ser la primera en contar con una estación de tren. En ambas colonias puede advertirse la impronta francesa asociada al entorno en el que vivía el Barón -junto a su familia: su esposa Clara y su hijo Lucien-, cuya visión inspiró el proyecto y orientó a quienes lo financiaban.

Ese imaginario moderno francés, generador de modelos urbanos, puede advertirse tanto en el nombre -en el caso de Moisés Ville- como en el trazado de Villa Domínguez. De hecho, en la calle principal del pueblo puede verse un cartel que la identifica como “Villa Domínguez, la París de Entre Ríos”. Es sabido que su diseño urbano remite a la capital francesa: una plaza central de la cual parten diagonales que estructuran la villa. La muerte temprana de su hijo Lucien, su único hijo, fue la razón del nombre de una colonia Lucienville y luego de una cooperativa que se creó en el pueblo de Basavilbaso.
El proyecto impulsado por el Barón Hirsch se basaba en la creación de una zona de desarrollo agrícola vinculada al crecimiento cultural. En cada colonia se articulaba un fuerte componente económico -promover agricultores y demostrar la capacidad productiva de los colonos- con una dimensión cultural igualmente significativa. Parte del propósito era desmontar el estereotipo antisemita según el cual los judíos no querían trabajar la tierra, cuando en realidad, en las denominadas Zonas de Residencia del Imperio ruso, no se les permitía dedicarse a actividades rurales. Al mismo tiempo, se buscaba sostener y promover sujetos ligados a la cultura.
Así, desde su fundación -en Moisés Ville (Santa Fe), Mauricio (Carlos Casares, Buenos Aires), Villa Domínguez, Basabilbaso, Clara y San Gregorio (Entre Ríos), y ya entrado el siglo XX, Rivera (Buenos Aires) y Lapin (La Pampa)- se desarrollaron en las colonias teatros, bibliotecas, salas de música, espacios para el aprendizaje de instrumentos, coros y, en algunos casos, salas de cine. En este contexto, la educación ocupaba un lugar central, de allí el interés en crear escuelas. La referencia a la lectura y a las bibliotecas aparece de manera recurrente a lo largo del libro.
Orgullo cooperativista
Aizicovich conserva muy buenos recuerdos del lugar donde nació y se crio, y podría decirse que el libro funciona como una expresión de gratitud hacia esa experiencia de vida. Desde ese recuerdo optimista, sereno e inspirador, describe a las personas que formaron parte de su vida cotidiana, configurando una verdadera comunidad. La vivencia temprana del cooperativismo -siendo Villa Domínguez pionera en la creación del emblemático Fondo Comunal- marcó profundamente su trayectoria hasta el presente. El autor transmite con orgullo que aquel cooperativismo inicial fue inspirador para otras colonias y para el desarrollo del movimiento cooperativo en la Argentina en general. Aizicovich rescata esa experiencia como un estilo de vida que define el lazo social del pueblo.
También en los años sesenta pueden observarse cambios significativos que impulsaron un desarrollo sostenido en la región. La tan anhelada creación de la escuela secundaria finalmente pudo concretarse, y en ese período se advierten asimismo los efectos de políticas locales y nacionales de orientación progresista. Si bien la década de 1960 trajo aires de crecimiento y renovación cultural, también es recordada por la reaparición del antisemitismo, tal como señala Raanan Rein al analizar el accionar de grupos como Tacuara[1].
Lamentablemente, Villa Domínguez no estuvo ajena a las formas de antisemitismo que atravesaron a la Argentina, especialmente a partir de la captura del nazi Adolf Eichmann uno de los ideólogos de la Solución Final-y de la reactivación de grupos nacionalistas de derecha. Las mismas expresiones de intolerancia que provocaron la desaparición y muerte de judíos en Buenos Aires en los años veinte también tuvieron eco en el pueblo. Junto con la tranquilidad y la armonía que transmite Aizicovich en su relato, sabemos por Los gauchos judíos de Alberto Gerchunoff y por diversos episodios históricos -como la denominada “semana trágica” de Villaguay en 1921- que también existieron tensiones, conflictos y estallidos de violencia. Al igual que en la capital del país, la persecución fue promovida por la Liga Patriótica local.
Sin embargo, lejos de eclipsar el valor del libro, este contrapunto permite dimensionar todavía más la fuerza de aquello que Aizicovich recupera: la capacidad de las comunidades para sostener proyectos colectivos incluso en escenarios adversos. Por las calles de ripio no idealiza ni desconoce las dificultades, pero sí ilumina con claridad los modos en que la vida cooperativa, la solidaridad cotidiana y la apuesta educativa se convirtieron en pilares identitarios que trascendieron las circunstancias del momento.
Mirado en perspectiva, Por las calles de ripio nos deja una invitación abierta: la de reconocer la complejidad de la historia sin relegar aquello que le da espesor humano. El libro muestra que, aun en medio de tensiones y episodios de violencia, la cooperación, la cultura compartida y los proyectos colectivos lograron abrir un camino propio. Son esas tramas de solidaridad y de trabajo común las que siguen ofreciendo, todavía hoy, un horizonte posible de convivencia y de esperanza.
[1] Raanan Rein, Cachiporras contra Tacuara. Grupos de autodefensa judíos en América del Sur, 1960-1975. Buenos Aires: Sudamericana, 2022, 464 p.