El pasado sábado 15 de noviembre se convocó a una protesta a través de redes sociales, principalmente TikTok. Por su origen digital y por el clima internacional que enmarca la movilización -al margen de otras protestas juveniles como las de Nepal- se la catalogó como la marcha de la Generación Z. Incluso el símbolo de la bandera de One Piece, que se hizo famoso en las protestas nepalesas, reapareció como emblema central del movimiento en México.
Las manifestaciones se tornaron violentas en el Zócalo, la plaza principal de la capital donde se ubica el Palacio de Gobierno. En ese contexto apareció la pintada “Puta judía” en una de las puertas del edificio. Por su parte, la presidenta y los políticos del oficialismo -el partido Morena- acusaron que las protestas habían sido organizadas y financiadas por grupos de la oposición. Si bien es cierto que sectores opositores se sumaron e incentivaron a los jóvenes a participar, ello no implica necesariamente que la marcha haya sido fraguada por sectores de derecha operando en las sombras.
Las razones de la protesta son múltiples. El detonante reciente fue el asesinato del presidente municipal de Uruapan, en el Estado de Michoacán. La violencia es justamente uno de los principales reclamos del movimiento, junto con la desigualdad, la corrupción y la pobreza: demandas presentes en la sociedad mexicana desde hace más de 25 años, desde la llegada de la alternancia política tras más de siete décadas de dominio del PRI. Sin embargo, ningún partido en el poder ha logrado resolver estos problemas y, en varios casos, la situación se ha agravado.
La marcha del sábado reunió a alrededor de 17 mil jóvenes -una cifra repetida en medios, aunque no confirmada oficialmente-. Antes de la movilización, el gobierno capitalino instaló barreras metálicas entre el Zócalo y el Palacio para proteger el recinto de posibles agresiones. Es una medida común en las numerosas protestas que se realizan en ese espacio: desde las marchas feministas del 8M hasta movilizaciones sindicales o de organizaciones campesinas. La violencia escaló cuando un grupo de manifestantes rompió el cerco, lo que derivó en enfrentamientos directos con la policía, con un saldo de 100 agentes y 20 civiles heridos, y 17 personas detenidas. Además, se realizaron múltiples pintas en el Palacio, incluido el mensaje abiertamente antisemita.

Para analizar específicamente ese mensaje -y el antisemitismo tanto en la protesta como en México en general- resulta útil abordar dos dimensiones: la identidad de la presidenta Claudia Sheinbaum y lo que este caso ejemplifica sobre la lógica del antisemitismo en el país.
Claudia Sheinbaum Pardo es, sin lugar a dudas, de ascendencia judía, y durante su infancia formó parte de instituciones comunitarias. Está documentado que su familia fue miembro del Centro Deportivo Israelita, probablemente el espacio más diverso y amplio de la comunidad judía mexicana. Sin embargo, su familia -de ideología de izquierda- no mantuvo muchos otros lazos comunitarios y, con el tiempo, esos vínculos se fueron debilitando. A lo largo de su carrera política, Sheinbaum nunca se ha autodenominado judía. Para conocer su identidad habría que preguntarle directamente; en lo público no se presenta como tal, aunque tampoco reniega de sus raíces.
A partir de esto se hace evidente un rasgo característico del antisemitismo en México: su doble estándar. Sheinbaum no es llamada “la judía” cuando sus decisiones o acciones son positivas o neutrales. Ese rótulo aparece únicamente para descalificarla en momentos de crítica. En ese instante, la Claudia agnóstica o atea se convierte en la “Puta judía”. Este doble estándar atraviesa tanto a sectores de derecha como de izquierda: si hay un reproche que hacerle, será su -supuesta- parte judía la que cargue con la culpa, incluso cuando ella misma no se identifica públicamente como tal. Paradójicamente, también dentro de la comunidad judía mexicana ha sido objeto de este juicio identitario: fue acusada de traicionar a su pueblo al entregar credenciales diplomáticas a la embajadora de Palestina y reconocer al Estado palestino.
Este episodio refleja el tipo de antisemitismo que existe en México: tenue, intermitente y generalmente latente, pero real. Suele aparecer en momentos de tensión. En marchas propalestinas también se han visto svásticas y otros mensajes que cruzan la delgada línea entre antisemitismo, antisionismo y un discurso indigenista propio de sectores de izquierda y del llamado “Sur Global”. Curiosamente, la comunidad judía mexicana ha reaccionado con mayor contundencia frente a esas expresiones que ante lo ocurrido el sábado.
Pese a su innegable existencia, el antisemitismo suele diluirse en el ruido general del debate público. Por ello, muchos judíos mexicanos perciben estas expresiones de manera normalizada, casi cotidiana: un antisemitismo “descafeinado”. La pintada del sábado en el Palacio es una muestra clara de ello. En pocos medios se mencionó el mensaje antisemita. Por su parte, la embajada de Israel y las instituciones centrales de la comunidad judía sí emitieron comunicados condenándolo.