“Una generación nativa digital está derribando y reconstruyendo las tácticas del activismo en tiempo real. Son jóvenes, están conectados y comparten una profunda indignación… para gran parte de la juventud hay una sensación compartida de que el futuro corre peligro. Este movimiento está impulsado por una profunda desconfianza en las élites, una creciente precariedad económica y el poder sin precedentes de las redes sociales para movilizar y coordinar…”.
Mariano Chaluleu describe en su nota “Nepal, Perú, Marruecos, Madagascar…”, publicada en Alternativa el 7 de noviembre, lo que buena parte de los jóvenes de la “generación Z” sienten sobre un mundo que no solo no los contiene, sino que no le ofrece certidumbres sobre un futuro que sienten como amenaza.
Movilizados detrás de la bandera del anime japonés One Piece, la calavera sonriente bajo un sombrero de paja se ha convertido en símbolo global de una generación que identifica en el protagonista de la serie que cuenta con más de 1000 capítulos; el capitán Monkey D. Luffy, un emblema perfecto de la resistencia anti-establishment con un mensaje claro y directo: “no aceptamos lo que nos impone el poder sin cuestionarlo”.
Escrita e ilustrada por Eiichiro Oda describe “un mundo de islas controlado por un gobierno mundial; contra ese control los piratas intentan vivir al margen de la ley”. Luffy es el “capitán de los piratas del sombrero de paja”, y lidera un ejército variopinto donde “cada personaje se aferra a sus sueños”, luchando obstinadamente con los “obstáculos que la vida presente con la única esperanza de alcanzarlos”.
Fue en las “protestas propalestinas en Reino Unido e Indonesia”, señala el New York Times en una columna del 1º octubre de este año, donde comenzó a ondear la bandera de la calavera y tibias (huesos) cruzados sobre un fondo negro con el sombrero de paja distintivo del animé, siendo adoptada luego como símbolo en las protestas estudiantiles y de transportistas que aún sacuden Indonesia.
Emblema de esta generación de “nativos digitales”, la enseña “pirata” comenzó a ser común en las protestas que se suceden a lo largo y lo ancho del planeta. La llevaban los jóvenes marroquíes que salieron en Casablanca, Rabat Marrakech o Tánger a protestar contra el deterioro de los servicios públicos y la falta de inversión en Educación y Salud bajo la consigna “Menos Mundial y más hospitales” y los de Perú, donde reclaman contra la reforma al sistema de pensiones que aprobó el congreso.

Es el hilo conductor, más allá de la pertenencia etaria, que une las masivas movilizaciones que han llevado a la caída de los gobiernos de Nepal y Madagascar. Flamea sobre las cabezas de quienes toman las calles en Kenia “contra el abuso policial y el aumento del costo de vida”, con los que lo hacen en Filipinas para enfrentar la “corrupción del gobierno” o en Paraguay para pedir “más inversión para la educación, salud y seguridad”.
Son parte de los másde 1.600 millones de jóvenes de entre 15 y 25 años que representan aproximadamente el 20 % de la población mundial. Nacidos en el siglo XXI, son “la primera generación nativa digital” y tienen como denominador común la ruptura de un contrato social que, para ellos, dejó de funcionar. En palabras del politicólogo y analista Daniel Zovatto “el ascensor social se ha detenido”. Estos jóvenes ven que “las promesas del progreso y la meritocracia se desvanecieron” y en cambio solo encuentran desesperanza y frustración.
Víctimas involuntarias del nuevo “capitalismo de aplicaciones”, “tecnofeudalismo” en palabras de Yanis Varoufakis, donde “las grandes empresas tecnológicas actúan como los señores feudales modernos, controlando plataformas digitales, datos y mercados en línea, mientras que los usuarios son como los siervos”. Atónitos contemplan como el “dios mercado” arrasa con todo a su paso, dejando un tendal de excluidos, desechados en realidad, por un sistema que solo busca maximizar ganancias y obtener rentabilidad al costo -humano incluso- que sea.
Como explica Chistrian Dürr, “la profundización, la radicalización del capitalismo: la mercantilización total y forzada de la comunidad y la construcción de una sociedad meritocrática, elitista y autoritaria, que promete la posibilidad de ascenso social para todos, sabiendo que solo unos pocos podrán alcanzarlo y que los mejores puestos ya están tomados… un sistema que ya no tiene la capacidad de promover una supervivencia digna ni, mucho menos, una buena vida”.
Byung-Chul Han llama a esto “La sociedad del cansancio”, un mundo integrado por individuos alienados, impulsados por “un estado de autoexplotación continua”, que persiguen la búsqueda desenfrenada de logros bajo la presión del rendimiento y la autoexigencia, en la cual “el individuo se convierte en su propio opresor”. Un mundo donde las mayorías, especialmente los jóvenes, no tienen lugar.
Las distopías literarias del siglo XX -“1984” de Orwell; “Un mundo feliz” de Huxley; “Fahrenheit 451” de Bradbury; “La naranja mecánica” de Burgess- nos contaban, desde la ciencia ficción, cómo los poderosos ejercerían un control extremo sobre la vida de los ciudadanos, apelando a la violencia, al uso de psicotrópicos manipulando el pasado y el lenguaje hasta llegar a controlar el pensamiento. Un mundo donde pocos eran dueño de casi todo. Un mundo donde la mayoría, especialmente los jóvenes, no eran dueños siquiera de su futuro.
El capitalismo en su versión siglo XXI nos muestra que las distopías ya no son solo literarias. Frente a este panorama, incierto y desesperanzador, son los jóvenes quienes salen a reclamar su lugar bajo el sol. Lo que está en juego es su futuro.
Muchos bajo la bandera de One Piece, otros haciendo suyo el “hagan lío” del Papa Francisco, pero todos, parafraseando al Manifiesto Comunista, convencidos que “no tienen nada que perder…. tienen, si es que lo hay, un mundo nuevo por ganar”.