A propósito de la política económica del gobierno nacional

Un plan económico “ferpecto”

El modelo económico de Javier Milei lleva en su ADN la semilla de su derrumbe, aunque pocos estén hoy dispuestos a admitirlo. Sectores sociales que gozan del presente en un frenesí de consumo, a la vez que desentendidos del destino colectivo, sustentan una lectura optimista y cortoplacista de los hechos. El individualismo extremo, aquel que considera que “mis éxitos son consecuencia de mis esfuerzos y atributos personales, y mis fracasos son responsabilidad del Estado y de un país condenado al atraso” es un ingrediente más del caldo de cultivo que se viene espesando desde hace décadas, y que permitió la emergencia de gobiernos –dictatoriales o democráticos– con el consenso necesario para reformatear a la sociedad y la economía de nuestro país, en un claro modelo que opera en “dos velocidades”.
Por David Suarez

Con la convicción de un cruzado, Javier Milei proclama que el programa económico de su gobierno vino para “sepultar un siglo de políticas que no hacían más que coartar la iniciativa individual, alimentar a un empresariado prebendario, y sostener a un Estado ineficiente” cuya intervención distorsionaba la “perfección armónica” del mercado. Pero el ajuste estructural, el nuevo ciclo de endeudamiento externo, la apertura importadora y la especulación financiera lejos están de constituir novedad alguna, ni colocan al país en una senda virtuosa. El ingreso de capitales por diferentes vías durante 2024 y 2025 (superávit en la balanza comercial por la caída del consumo local, blanqueo de capitales, emisión de bonos, préstamos del FMI, baja de retenciones para captar rápidamente dólares de la cosecha, y ahora la intervención del tesoro norteamericano en el mercado cambiario) ha permitido al Gobierno mantener el tipo de cambio en valores que no perforan el techo de los 1500 pesos por dólar. La mayoría de los analistas (sea que acuerden o se opongan a las políticas gubernamentales) señalan que el atraso cambiario (con devaluaciones del peso que no acompañaron el ritmo de la inflación) es insostenible en el largo plazo, dado que arrastra consecuencias lesivas para el desempeño de la economía. La explosión de importaciones y viajes al exterior pone en evidencia la conformación de una economía que funciona en dos niveles diferenciados: la de aquellos que por sus ingresos disfrutan de un “efecto riqueza” (comprando bienes “made in” más baratos que los producidos localmente, y disfrutando de sus vacaciones en las playas del Caribe) y los que se ven expulsados de los mercados laboral y de consumo (o que nunca pudieron acceder a él), obligados a subsistir en la informalidad al volante de un Uber o pedaleando a contrarreloj para entregar una pizza. Esta doble dinámica –palpable en el cotidiano de quienes ven que, a pesar de la relativa estabilidad de los precios, su salario cada vez llega menos a fin de mes– se demostró, por el momento, independiente del resultado electoral de octubre pasado. Se da la paradoja de que en localidades y regiones productivas en las cuales el Gobierno ganó las elecciones con comodidad, los cierres de fábricas y comercios son noticia de todos los días. La combinación de oferta de bienes importados y caída del consumo popular resulta letal para la industria local, que no puede competir abiertamente contra las productividades de potencias industriales como China y Brasil. En este sentido, Paolo Rocca, quien claramente no milita en el “campo nacional y popular”, sino que es el CEO de la empresa Techint, lanzó semanas atrás una preocupante advertencia respecto de la situación del sector frente al salto exponencial de las importaciones industriales.[1]

La economía del casino

Entre tanto, la inversión privada –condición indispensable para mejorar la productividad laboral, incrementar el empleo y ampliar la oferta de bienes y servicios– no recupera el nivel de 2023. El primer año de Milei fue de caída abrupta, mientras que en 2025 la recuperación de la inversión estuvo por debajo de lo esperado por el Gobierno: resulta más rentable invertir el capital en los diferentes instrumentos de valorización financiera que en “comprar fierros” para montar una fábrica o mejorar la capacidad productiva instalada. El “dólar planchado” garantiza a los agentes económicos que la ganancia especulativa en pesos pueda ser reconvertida en moneda extranjera, con tasas de rentabilidad en dólares que pocas economías pueden ofrecer. El equipo económico, consciente de que su destino depende de sostener indefinidamente el actual esquema de valorización, se esfuerza por obtener los dólares necesarios para mantener en pie el ciclo especulativo y facilitar, al mismo tiempo, la fuga de las ganancias obtenidas. Todo es válido: desde los auxilios externos hasta las propuestas de enajenación del patrimonio aún en manos del Estado.

Finalmente, en esta somera enumeración de las principales características de la economía bajo Milei, puede computarse como activo que, gracias a los años de paciente trabajo e inversión en Vaca Muerta, el balance energético no sólo es positivo, sino récord histórico. Sin embargo, la cuenta de turismo constituye el exacto anverso de lo acumulado por la exportación de energía: millones de argentinos viajan al exterior aprovechando el dólar barato, comprometiendo reservas que al país le cuesta acumular.

Alerta Espóiler: esto ya sucedió

Correr al Estado de sus funciones (o directamente reducirlo a su mera expresión represiva), abrir la economía para exponer a las empresas locales a una competencia feroz contra bienes importados (producidos por empresas que sí cuentan con el apoyo de sus Estados), y reducir los salarios reales de la clase trabajadora por debajo del nivel de subsistencia, son estrategias que ya se ensayaron en el pasado. Nada hay de original en una política económica que, en lo estructural y con matices, se viene implementando de modo recurrente al menos desde 1976. Repasemos:

El momento fundacional: José Alfredo Martínez de Hoz, ministro de economía de la dictadura cívico-militar presidida por Videla, apeló a los mismos instrumentos, con similares argumentos: liberar a las fuerzas productivas “del intervencionismo estatizante y agobiante de la actividad económica”, desregular el mercado otorgándole centralidad en la distribución de los recursos, y propiciar la apertura financiera y comercial de la economía. La consecuencia directa fue el endeudamiento público y privado (éste último, estatizado en 1982), el sostenimiento de un tipo de cambio atrasado (vale recordar el mecanismo de la “tablita”) que, contra tasas de interés locales muy por encima de las internacionales, habilitó la especulación financiera con altas ganancias en dólares en un proceso que se conoció popularmente como “la bicicleta financiera”; paralelamente, la avalancha de productos importados (desde autos hasta sea monkeys) colocó a la industria local en jaque, lo que condujo al cierre masivo de empresas, a la caída del salario real, y al incremento de la desocupación, todo esto en un contexto de brutal represión política y social.

La afirmación del modelo: El gobierno de Carlos Menem, asumido bajo la promesa del retorno a una Argentina productiva, implementó una reforma que en lo sustancial consolidó las bases establecidas por el Proceso Militar. La Convertibilidad fijó por ley del Congreso el valor del dólar, haciendo explícita la renuncia del Ejecutivo a toda política cambiaria (es decir, cualquier devaluación que mejorase la competitividad de la economía local requería del acuerdo legislativo). Ello se hizo con la intención de otorgar previsibilidad a los agentes económicos, habilitando un nuevo ciclo de valorización financiera. En una primera etapa, el ingreso de divisas para sostener el esquema de “un peso, un dólar” provino de la venta de las empresas públicas. Posteriormente, y en un contexto internacional de alta liquidez de capitales pugnando por inversiones lucrativas en las que se denominaban “economías emergentes”, el pulmotor de la convertibilidad operó mediante el endeudamiento externo. Al igual que una década y media antes, el atraso cambiario y la apertura comercial permitieron el ingreso de bienes y servicios importados que competían agresivamente contra la maltrecha industria local. Se registró en este periodo la tasa de desocupación más alta hasta ese momento (18,6% en 1995).

El rebrote neoliberal: Hacia diciembre de 2015 la deuda externa argentina representaba el 14% del PBI. Cuando finalizó el gobierno de Mauricio Macri, en 2019, esa proporción alcanzaba el 40%, habiendo incrementado la deuda recibida en 100.000 millones dedólares. Hasta que tuvo que solicitar el auxilio del FMI en 2018, el Gobierno argumentó que el atraso cambiario y la apertura comercial permitirían el control de la inflación. Nada de eso sucedió: los precios no detuvieron su alocada carrera ascendente, se registró una elevada mortandad de empresas locales por no poder afrontar la competencia externa, el consumo popular cayó fuertemente, y los instrumentos financieros diseñados por el equipo económico propiciaron un nuevo periodo de valorización financiera y fuga de divisas.

No hay futuro

En algún punto de los tres precedentes históricos recién reseñados, el experimento neoliberal tuvo su “momento dulce”: quienes lograban sortear el cierre de sus fuentes de trabajo veían apreciados sus ingresos en dólares, lo que propiciaba el éxodo turístico al exterior. No se trata de responsabilidades individuales, sino de un fenómeno estructural que, si no es fomentado, tampoco es limitado por las autoridades monetarias. El boom del consumo y de viajes al exterior logra concitar un “consenso social” que, sostenido por un poderoso arsenal comunicativo y mediático, se impone bajo las insignias de “estamos en el camino correcto” y “por fin alcanzamos el Primer Mundo”. El discurso neoliberal permea a una “sociedad punk” que proclama un no future en el goce del tiempo presente, bajo el monopolio de las interpretaciones económicas de parte de economistas neoliberales, legitimados por sus “conocimientos objetivos y científicamente elaborados”.[2]

Causas y azares

En todos los casos, la consecuencias de la implementación de estos planes de gobierno fueron el estallido de una crisis financiera, social y económica, con un tipo de cambio descontrolado y una fuga de capitales resistente a cualquier torniquete de emergencia, la acumulación desquiciada de una deuda externa impagable, déficit fiscal y comercial, sequía de reservas internacionales, contracción del consumo popular, fábricas paradas, con su personal licenciado o despedido, una desocupación creciente, y una pobreza extendida y en crecimiento… ¿Por qué esta vez, al comando de Milei y Luis Caputo, habría de ser diferente?.

En el momento de auge económico, una parte de la sociedad asume como real el espejismo de que la restricción externa, es decir, la imposibilidad estructural y recurrente de la economía local de hacerse de dólares genuinos, por fin ha sido superada. ¿Sobre la base de qué podría decirse que el actual ciclo no chocará con la misma e inapelable muralla? No es necesario ser un prestigioso epistemólogo para comprender que, si las causas se repiten en diferentes periodos históricos, las consecuencias serán las mismas. No se trata de una maldición divina, ni de la “mala fortuna”; aquí no hay azar, sino la implementación de políticas económicas de corto plazo que profundizan la situación de atraso, dependencia y subdesarrollo, tensando a una sociedad cada vez más carente de elementos de juicio para comprender qué y por qué le pasa lo que le pasa, y quienes son los principales responsables de su degradación social progresiva.

Flaco favor le hacen los actores con mayor amplificación de la política al apuntar hacia los responsables equivocados: el Estado y su personal, los sectores productivos que batallan día a día para sobrevivir en un contexto de inestabilidad, los gremios y movimientos sociales que protestan contra el ajuste, los migrantes procedentes de países limítrofes y, cuando no, los pobres que apenas subsisten con alguna ayuda social.


[1] https://www.ambito.com/economia/industria-el-informe-que-paolo-rocca-expuso-la-uia-y-encendio-alarmas-todo-el-sector-n6215807

[2] Aronskind, Ricardo (2007). Riesgo País: la jerga financiera como mecanismo de poder. Capital Intelectual