Entre luces y sombras. Janucá en el Israel de hoy

Ocho velas, ocho preguntas incomodas

Janucá celebra la luz que resiste la oscuridad. Pero desde una perspectiva humanista y laica, ¿qué significa realmente esta luz? Más allá del milagro del aceite, Janucá conmemora una rebelión, una guerra civil, una crisis de identidad. Los Macabeos lucharon contra la helenización forzada, pero también impusieron su propia ortodoxia. Ganaron batallas, pero ¿construyeron la sociedad que soñaban? En el Israel de Diciembre de 2025, estas tensiones no son historia antigua: son nuestro presente sangrante.
Por Rodrigo “Afro” Remenik

Primera Vela

La primera noche nos enfrenta a la pregunta más básica y más divisiva: ¿quién es judío auténtico? Los Macabeos lucharon por preservar la identidad judía frente a la asimilación helenista. Defendieron la particularidad, el derecho a ser diferentes. Pero hoy, esa misma pregunta por la identidad nos divide más de lo que nos une. En el Israel de 2025, después de más de dos años de guerra devastadora, la pregunta se ha vuelto aún más urgente y dolorosa. ¿Quién decide quién es judío «de verdad»? Los ultraortodoxos deslegitiman las conversiones no ortodoxas mientras sus hijos no van al frente. Los seculares que pierden a sus hijos en Gaza acusan a los religiosos de secuestrar el judaísmo. Los judíos de la diáspora que critican las políticas israelíes son acusados de antisemitas o traidores. Las comunidades reformistas siguen sin ser reconocidas por el rabinato. La Ley del Retorno sirve a algunos y excluye a otros. Para Derrida toda identidad se construye por diferencia, de manera excluyente. Si los Macabeos lucharon contra quienes querían imponer una identidad única, ¿por qué hoy diferentes judíos se acusan mutuamente de «no ser suficientemente judíos»? ¿La identidad judía es una casa con muchas habitaciones o una fortaleza con un solo portero que decide quién entra y quién se queda afuera a morir?

Segunda Vela

La segunda noche ilumina una verdad incómoda: los liberadores a menudo se convierten en tiranos. La historia de los Macabeos tiene un giro oscuro que preferimos olvidar: después de liberarse de los seléucidas, la dinastía asmonea se volvió cada vez más autocrática, corrupta, opresiva. Los que habían luchado por la libertad religiosa terminaron imponiendo conversiones forzadas. En 2025, después de las reformas judiciales que finalmente se implementaron parcialmente, después de los intentos de subordinar la Corte Suprema al Poder Ejecutivo, después de las leyes que limitan el poder de las organizaciones de derechos humanos, vemos el mismo patrón. Un gobierno que llegó democráticamente ha logrado debilitar sistemáticamente los controles al poder. La Corte Suprema, última defensa de las minorías, fue neutralizada como «enemiga del pueblo». Los que hablan de «proteger los valores judíos» han concentrado poder sin contrapesos reales. Si  hay algo que hemos aprendido en estos dos años de guerra es que el estado de excepción se ha convertido en nuestro estado normal: la emergencia permanente que justifica cualquier cosa. Los Macabeos resistieron la tiranía helenista pero establecieron su propia tiranía. ¿Cuándo la «defensa de la nación» se convierte en desmantelamiento de todo lo que nos hacía dignos de ser defendidos? ¿Quién vigila a los vigilantes cuando invocan la seguridad o la tradición para legitimar su poder absoluto?

Tercera Vela

La tercera noche nos obliga a enfrentar la guerra de narrativas en la que vivimos. El «milagro» del aceite que duró ocho días no aparece en los libros de los Macabeos, escritos más cerca de los eventos. Fue añadido siglos después por los rabinos del Talmud, que preferían celebrar un milagro divino que una victoria militar sangrienta. La narrativa fue construida, editada, adaptada según las necesidades de cada generación. Hoy, después de más de dos años de guerra en Gaza, después de decenas de miles de muertos, después de que cada bando muestra sus propios videos, sus propias estadísticas, sus propias víctimas, vivimos en universos paralelos de verdad. Cada sector tiene su «verdad histórica»: sobre el 7 de octubre, sobre la respuesta israelí, sobre quién es víctima y quién es perpetrador, sobre qué es defensa legítima y qué es crimen de guerra. La derecha tiene su relato heroico, la izquierda su narrativa de catástrofe moral, los religiosos ven castigo divino o señales mesiánicas, los árabes israelíes viven una realidad de miedo que ni siquiera alcanza los medios hebreos. Y todos acusan a los demás de mentir, de distorsionar, de ser pagados. No hay hechos puros, solo interpretaciones desde posiciones de poder. Si el «milagro del aceite» es una narrativa construida siglos después para servir a ciertos propósitos, ¿qué dice esto sobre cómo construimos nuestras narrativas nacionales hoy, en tiempo real, mientras los eventos todavía sangran? ¿Podemos tener múltiples verdades sin destruirnos? ¿O la guerra de narrativas es ya parte de la guerra real, donde cada bando necesita su versión única para justificar lo injustificable?

Cuarta Vela

La cuarta noche nos enfrenta a la pregunta que nos persigue como un fantasma: ¿quién es el Otro? Los Macabeos vieron a los helenizadores como una amenaza existencial a la identidad judía. Y tenían razón en cierto sentido: la asimilación cultural total hubiera significado la desaparición del judaísmo como lo conocemos. Pero su victoria también significó violencia, exclusión, imposición de su versión del judaísmo sobre otros judíos que pensaban diferente. La pregunta por el Otro se ha vuelto literalmente una cuestión de vida o muerte. Palestinos en Gaza bajo los escombros. Palestinos en Cisjordania enfrentando violencia de colonos con impunidad. Ciudadanos árabes israelíes que deben demostrar su lealtad cada día mientras sus familiares son bombardeados. Trabajadores extranjeros invisibles que mantienen la economía funcionando sin derechos. Para Levinas, el Otro es quien me obliga éticamente antes de cualquier ley o contrato. Su rostro me dice «no matarás» antes de cualquier mandamiento escrito. Los Macabeos vieron a los helenizadores como amenaza existencial. ¿Cuándo el «otro» es realmente una amenaza y cuándo es el espejo que no queremos mirar porque nos muestra lo que nos hemos convertido? ¿Cómo preservamos nuestra particularidad sin deshumanizar a quien es diferente? Y la pregunta más dura: ¿es posible la ética levinasiana del rostro, cuando uno siente que su propia casa, su propia existencia, está en peligro permanente?

Quinta Vela

La quinta noche enciende la pregunta más incómoda de todas: ¿podemos seguir celebrando la violencia? Janucá celebra una victoria militar. Los Macabeos fueron guerreros feroces, no pacifistas soñadores. Mataron soldados seléucidas, ejecutaron judíos helenizados considerados traidores, impusieron el judaísmo por la fuerza en territorios conquistados. La festividad original era nacionalista, triunfalista, militarista. Los rabinos intentaron suavizarla añadiendo el milagro del aceite, pero en el fondo seguimos celebrando a hombres que supieron usar la espada. En el Israel de hoy, somos más que nunca «el pueblo del ejército». La militarización impregna absolutamente todo: educación donde los niños juegan a ser soldados, economía sostenida por la industria armamentística, cultura donde cada canción es sobre soldados caídos, masculinidad definida por el servicio de combate. Estos años de guerra lo ha intensificado todo: reservistas llamados una y otra vez, familias destruidas, una generación entera traumatizada, y el discurso que se repite como mantra: «Ein brerá» (no hay alternativa), «estamos defendiéndonos», «ellos nos obligan», «es nosotros o ellos». Celebramos a los Macabeos por su victoria militar. ¿Nos hemos convertido en una sociedad que solo habla el lenguaje de la fuerza? ¿Cuándo la defensa legítima se convierte en violencia normalizada que ya no nos escandaliza? ¿Cuántos niños muertos son aceptables para nuestra propia seguridad y vida?


Sexta Vela

La sexta noche ilumina el pacto social roto. Los Macabeos exigieron que todos defendieran el pacto, que todos asumieran responsabilidades por la comunidad. La rebelión fue colectiva, el sacrificio fue compartido entre todos los que creían en la causa. No había exenciones para los estudiosos, no había privilegios para los piadosos. En esta guerra han caído más de mil soldados, donde los reservistas han perdido sus trabajos y sus matrimonios por los llamados constantes, el escándalo de los ultraortodoxos se ha vuelto insoportable. Mientras jóvenes seculares de 19 años mueren en túneles de Gaza, las yeshivot están llenas de hombres de 18 a 40 años que nunca vestirán uniforme. Nunca trabajarán. Recibirán subsidios estatales generosos. Tendrán poder político desproporcionado para imponer su visión religiosa a toda la sociedad. Y lo más cruel: muchos de sus rabinos bendicen la guerra mientras sus hijos permanecen seguros estudiando Talmud. Las protestas han sido masivas, las familias de los caídos exigen justicia. ¿Qué sociedad construimos cuando algunos ciudadanos tienen derechos pero ninguna obligación, mientras otros tienen todas las obligaciones pero derechos limitados? ¿Es sostenible una democracia donde diferentes ciudadanos viven literalmente bajo reglas completamente distintas? ¿Cómo se construye solidaridad nacional cuando el sacrificio supremo, dar la vida por el país, no es compartido? ¿Qué le decimos a la madre que perdió a su hijo de 20 años cuando ve a hombres de su edad estudiando tranquilos, protegidos por un sistema que considera sus vidas más valiosas?

Séptima Vela

La séptima noche nos fuerza a mirar la oscuridad económica que ninguna vela puede iluminar realmente. Encendemos velas de Janucá en nuestras casas, pero ¿qué pasa cuando esas casas son cada vez más inaccesibles? ¿Qué significa la luz cuando la mitad de la sociedad vive en oscuridad económica permanente? En Diciembre de 2025 la situación economica es cada dia peor. El turismo colapsó. Las inversiones extranjeras huyeron. Miles de negocios cerraron. Los reservistas perdieron sus empleos. Y lo que ya era insostenible antes de la guerra se volvió imposible: una generación entera no puede comprar vivienda, el precio de un apartamento promedio es 20 veces el salario anual promedio. El costo de vida supera al de la mayoría de países europeos con salarios mucho menores. La brecha entre ricos y pobres se ha convertido en un abismo. Trabajadores pobres que no llegan a fin de mes mientras una élite minúscula acumula riqueza obscena. Pensionistas que eligen entre comida y medicamentos. ¿Qué tipo de sociedad construimos cuando el trabajo honesto no alcanza para vivir dignamente? ¿Cómo hablamos de «luz» y «milagros» cuando hay familias que eligen entre calefacción y comida este invierno? ¿Cuándo madres no pueden comprar pañales? ¿Es la desigualdad extrema una violencia estructural tan grave como la violencia directa de las armas?

Octava Vela

La octava noche, la última, enciende la pregunta que atraviesa todas las demás: ¿dónde están las mujeres en nuestra memoria colectiva? En la tradición de Janucá aparecen mujeres extraordinariamente valientes: Judit, quien sedujo y decapitó al general Holofernes salvando a su pueblo; Jana, madre de siete hijos martirizados uno por uno frente a sus ojos por negarse a la helenización; las mujeres macabeas que lucharon junto a los hombres en las montañas. Pero celebramos a Judá Macabeo, no a Judit. Los héroes que aprendemos en la escuela tienen nombres de varón. Las mujeres son notas al pie, anécdotas, decoración en la narrativa masculina central. En el Israel de hoy, la contradicción es obscena. Por un lado:mujeres soldado que son tan eficientes como los hombres. Por otro lado: mujeres borradas literalmente de los espacios públicos ultraortodoxos, sus imágenes removidas de las publicidades en barrios religiosos, prohibidas de cantar donde hombres puedan oír, obligadas a sentarse atrás del autobús. Y en medio: acoso sexual normalizado en el ejército, feminicidios cada vez más frecuentes, violencia doméstica que explota en tiempos de guerra y trauma. Pero por encima de todo, lo que define la masculinidad israelí es el militarismo. El soldado combatiente es el héroe máximo, el ideal masculino supremo. Las mujeres que luchan por la paz, las que se niegan al discurso belicista, son consideradas traidoras, histéricas, enemigas internas. ¿Por qué recordamos más a Judá Macabeo que a Judit? ¿Qué sociedad construimos cuando el soldado es el héroe máximo y las luchadoras por la paz son consideradas enemigas? ¿Dónde están las mujeres en nuestra memoria colectiva de resistencia? ¿Qué habríamos celebrado, qué tipo de festividad tendríamos, qué valores transmitiríamos, si Judit, no Judá, hubiera sido el símbolo central de Janucá? ¿Una festividad de astucia en lugar de fuerza bruta? ¿De subversión en lugar de dominación? ¿De preservar vida en lugar de tomar vida?

Shamash

Janucá celebra la luz que resiste la oscuridad. Pero después de todo lo vivido, quizás la luz más difícil de encender es la que ilumina nuestras propias contradicciones. Los Macabeos lucharon contra la tiranía y crearon su propia tiranía. Defendieron la identidad judía e impusieron una versión única y autoritaria de judaísmo. Ganaron la libertad religiosa y la negaron brutalmente a otros. Vencieron en la guerra pero perdieron algo esencial en el camino: quizás perdieron su alma. Israel existe contra todo pronóstico histórico, un milagro político y humano. Pero ¿a qué precio? ¿Qué hemos sacrificado en el altar de la supervivencia? ¿Qué estamos construyendo realmente: una sociedad justa o una fortaleza paranoica? ¿Un hogar para el pueblo judío o una máquina de guerra permanente? Estas ocho noches nos invitan no a respuestas fáciles que nos tranquilicen, sino a preguntas cada vez más honestas que nos incomoden. No a la celebración irreflexiva de victorias antiguas, sino a la conmemoración crítica que nos obliga a ver quiénes somos realmente. No a la luz que ciega con su brillo artificial, sino a la luz que ilumina también, y sobre todo, lo que preferiríamos no ver: nuestras víctimas, nuestros privilegios, nuestras violencias, nuestras mentiras.

Estamos en un instante de peligro existencial. La sociedad israelí se fractura irreparablemente. La democracia agoniza. La desigualdad crece hasta niveles insostenibles. La violencia se normaliza hasta volverse invisible. El otro es deshumanizado sistemáticamente. Las mujeres siguen luchando por ser escuchadas en una sociedad que idolatra la masculinidad militarizada. Quizás el verdadero milagro de Janucá no fue que el aceite durara ocho días, sino que después de la victoria militar sangrienta, después de todo el trauma y la violencia, alguien decidió encender una luz pequeña. Una luz vulnerable que el viento podía apagar con un soplo. Pero que se encendió de todas formas. No como negación de la oscuridad, sino como acto de resistencia contra la desesperanza. Cada noche añadimos una luz más. No porque todo esté bien -todo está terrible-, sino precisamente porque todo está oscuro. No como celebración triunfalista, sino como acto frágil de esperanza desesperada. Estas ocho preguntas no tienen respuestas definitivas. No deberían tenerlas. Porque en tiempos como estos, las preguntas honestas son infinitamente más valiosas que las respuestas reconfortantes que nos permiten seguir durmiendo tranquilos.