A pesar de que me sentí aliviado y muy feliz por ver regresar a los rehenes a casa, y con la impresión de que el país comenzaba por fin a recuperar cierta normalidad, me resultó extraño -casi inquietante- leer el texto del alto el fuego como si se tratara de un manual de instrucciones. Veinte puntos numerados, plazos de 72 horas, secuencias cuidadosamente ordenadas: primero el cese de fuego, luego el intercambio de rehenes y prisioneros, más tarde la desmilitarización progresiva, la llegada de una fuerza internacional de estabilización, la creación de un comité tecnocrático palestino, la instalación de una “New Gaza” reconstruida y próspera bajo tutela de un Board of Peace supervisado por Donald J. Trump. Solo después, en el punto diecinueve, aparece una frase pudorosa que habla de “condiciones” para una posible autodeterminación palestina.
Sobre el papel, el mundo después de Gaza ha sido descrito con una precisión casi obsesiva. Pero mientras escribo estas líneas, lo único que está realmente claro es otra cosa: el cese del fuego es frágil y reversible; la mayoría de los rehenes israelíes vivos, y casi todos los muertos, han regresado, pero sin que ello traiga cierre ni justicia; nadie sabe cómo implementar de verdad el desarme de Hamás; no está definido quién integrará el cuerpo internacional supervisor ni con qué mandato, y la promesa de una reconstrucción masiva se sostiene más en comunicados que en compromisos presupuestarios.
El contraste entre la minuciosidad del texto y la parálisis de los hechos dice mucho sobre el tipo de racionalidad que guía este “plan Trump”. En sus primeros puntos, Gaza aparece como un espacio para erradicar la violencia y pacificar: una “zona libre de terror” que debe dejar de ser una amenaza para sus vecinos. Más adelante, se la imagina como problema de infraestructura y gerencia: restablecer agua, electricidad, hospitales, panaderías; remover escombros, abrir caminos, asegurar la entrada de ayuda “sin interferencia de las partes”. Después viene el lenguaje de la gobernanza (el principal dolor de cabeza): un comité palestino “apolítico y tecnocrático”, supervisado por una instancia internacional que se encargará de “atraer inversiones”, crear zonas económicas especiales y convocar a expertos en “ciudades milagro” del Oriente Medio. Por último, el plan se eleva hacia la pedagogía espiritual: procesos de “diálogo interreligioso” para cambiar mentalidades y narrativas, mientras en un futuro impreciso se abriría un horizonte de “coexistencia pacífica” y, tal vez, de Estado palestino.
Lo que no aparece por ninguna parte es un reconocimiento básico: Gaza no es solamente un territorio devastado que hace falta gestionar, sino el epicentro de un conflicto nacional y político irresuelto. No es solo un problema de seguridad, de erradicación del terrorismo islamista y de reconstrucción física; tampoco se trata de un mero contenedor de población “traumatizada” que un equipo de tecnócratas internacionales debe acompañar hacia la paz. Cuando el plan habla de “New Gaza” como si se tratara de un producto de marketing, los palestinos y los israelíes reales, con sus miedos, sus traumas, sus memorias y sus aspiraciones políticas, desaparecen detrás de una pantalla de conceptos ambiguos.
Técnicamente, aparenta ser un guion muy sofisticado: prevé desarme supervisado, programas de “compra de armas” y reintegración, fuerzas policiales palestinas “depuradas”, una fuerza internacional que asuma los riesgos iniciales. Pero la pregunta decisiva queda sin responder: ¿desde qué legitimidad, desde qué pacto mínimo, se imagina que ese diseño pueda funcionar más allá del papel?
La sensación, vista desde Europa, es que el “plan Trump” no pretende tanto describir un escenario posible como tranquilizar a determinados públicos que necesitan creer en la existencia de una estrategia clara para el día después; que quieren oír que Gaza ya no será “un problema de seguridad” sino un espacio de oportunidades; para quienes siguen convencidos de que los conflictos políticos se resuelven en la mesa de ajedrez, con fondos de reconstrucción y una buena campaña de relaciones públicas.
No es la primera vez que se escribe un guion para el día después. La diferencia, esta vez, es que el guion está casi completo y, sin embargo, el escenario sigue vacío.
El espejismo moral poscolonial
En el extremo opuesto del tablero, el llamado marco poscolonial propone otra versión del “mundo después de Gaza”, no menos cerrada que la del plan Trump.
No se presenta en forma de documento de veinte puntos, sino como parábola moral: el siglo XXI como época en la que el “poder blanco” paga la cuenta de sus crímenes coloniales y en la que los pueblos sometidos devuelven, por fin, el golpe. Gaza deja de ser un conflicto concreto entre dos pueblos y pasa a funcionar como juicio final de la historia contra Occidente, alegoría del poder blanco frente a los oprimidos de la periferia.
En ese relato, la política concreta se vuelve prescindible. Si todo puede explicarse como último capítulo de una historia de “blancura” y colonialismo, ya no es necesario discutir fronteras, arreglos de seguridad, instituciones o actores capaces de sostener acuerdos. El conflicto se eleva al plano del mito y, en ese salto, pierde justamente aquello que lo haría transformable: su carácter negociable, su dimensión de disputa entre sujetos que no encajan del todo en las casillas de víctima y verdugo.

Algo de esta lógica se ve en la reciente polémica en torno a Peter Beinart y el boicot académico. Invitado a hablar en la Universidad de Tel Aviv sobre “Trump, Israel y el futuro de la democracia estadounidense”, Beinart se justificó diciendo que quería interpelar a judíos que no piensan como él. El brazo académico de la campaña de boicot (PACBI) lo acusó de “blanquear” el genocidio en Gaza y de legitimar una institución “cómplice”; pocos días después, Beinart pidió disculpas y prometió no volver a intervenir en universidades israelíes “mientras persista la situación actual”. Es decir: aceptó que el boicot valiera más que el diálogo directo con una audiencia estudiantil crítica en Tel Aviv.
Shaul Magid leyó esa secuencia no como lo que es –una capitulación política ante un veto cruzado–, sino como síntoma de un “cisma judío” de proporciones históricas. Gaza habría abierto, según él, una ruptura entre un campo judío que mantiene al Israel/sionismo como eje identitario y otro que abandona ese pilar y construye nuevas instituciones postsionistas, tomando el voto de jóvenes judíos neoyorquinos por candidatos críticos de Israel como termómetro casi exclusivo de la historia judía contemporánea.
El precio es claro: la disculpa de Beinart se recicla como credencial profética y el mapa de Magid se reduce a dos polos. De un lado, los sionistas, asociados a ocupación y expulsión; del otro, una izquierda judía antisionista que encarnaría la nueva verdad moral. Desaparece así el espacio para corrientes críticas que siguen defendiendo la existencia de Israel, pero cuestionan su deriva etnocrática. Otra vez tenemos un mundo sin política, con herejes y ortodoxos, pero casi sin voces protagonistas.
Europa atrapada entre la tutela, los colonos y el apocalipsis
Visto desde Europa, estos dos marcos –el plan tecnocrático de Washington y el moralismo poscolonial– no son meras abstracciones. Estructuran, de maneras distintas, la mirada sobre Gaza y sobre Israel, tanto en los gobiernos como en las sociedades. La Unión Europea, en particular, oscila entre la comodidad de delegar y la tentación de moralizar.
Esa oscilación se vuelve todavía más problemática si la situamos junto a la principal preocupación de Europa hoy: la agresividad rusa y la guerra en Ucrania. Desde su regreso a la Casa Blanca, Trump ha dejado claro que no concibe la defensa de Ucrania y de Europa como un interés vital de Estados Unidos. Su “plan” para poner fin a la guerra significa, en la práctica, una capitulación de Ucrania: prevé, entre otras cosas, la cesión de territorio ucraniano a Rusia, la reducción de su ejército y la renuncia a una futura pertenencia a la OTAN. Son puntos que se perciben como una amenaza directa a la soberanía y a la seguridad de Ucrania y del continente en su conjunto, porque implican una concesión unilateral a Moscú. Para Trump todo es un “deal”: detrás de sus planes siempre se esconde un negocio al estilo “me das, te doy”, y los platos rotos los terminan pagando otros.
En este caso, sin embargo, los Estados europeos han recibido el plan estadounidense para Gaza con una mezcla de alivio y de distancia calculada. Se aceptó la lógica general del cese de fuego negociado, del regreso de los rehenes israelíes y la liberación de terroristas palestinos, de la necesidad de una fuerza internacional de estabilización y de un compromiso de reconstrucción. Se valora el lenguaje de “eliminar el terrorismo islamista” como condición de seguridad para Israel. Pero casi nadie se atreve a hablar públicamente sobre el impacto negativo de estas abstracciones meramente voluntaristas: el tutelaje prolongado sobre Gaza, la exclusión de los verdaderos actores políticos, la conversión de la Franja en un banco de pruebas de políticas de seguridad y de desarrollo a control remoto.
A esa ambivalencia se suma un elemento que el propio plan trata como si fuera un asunto secundario, pero que en realidad opera como bomba de relojería: el avance de los colonos en Cisjordania y la ola de ataques pogromistas contra aldeas y comunidades palestinas. Mientras se discute en abstracto sobre “New Gaza”, sobre la International Stabilisation Force o sobre el Board of Peace, en el terreno se consolidan hechos consumados: expulsiones, incendios, carreteras vedadas de facto, impunidad para las milicias de colonos irredentistas.
Estamos en presencia de un sabotaje consciente de cualquier posibilidad de alcanzar un acuerdo político. Cuanto más se profundiza la colonización y la violencia en Cisjordania, más vacía suena la fórmula de “dos Estados para dos pueblos” y más fácil resulta presentar cualquier compromiso territorial como capitulación.
Europa conoce esta dinámica. La documenta en informes, la condena en resoluciones sanciona simbólicamente a algunos individuos, pero el “después de Gaza” que se imagina en los comunicados convive con una realidad en la que, día a día, se destruyen las condiciones materiales de posibilidad de ese futuro.
Por otro lado, en el espacio público europeo, en particular en el ámbito de la cultura y el arte, se ha instalado, como se expresa reiteradamente líneas más arriba, el prisma poscolonial. En las manifestaciones por Gaza, en los campos universitarios, en tribunas de opinión, el conflicto se lee como ejemplo manifiesto de la hipocresía occidental y de su supuesto racismo estructural.
Ese doble movimiento expone a las comunidades judías de Europa al peligroso crecimiento del odio antisemita. Muchos de sus miembros no se reconocen en el proyecto político de Netanyahu ni en la erosión de la democracia israelí, pero tampoco en un relato que los iguala con una supuesta “mayoría blanca” y los convierte en emblema de un sistema civilizatorio que históricamente los persiguió.

Menos aún se identifican con la retórica de algunas derechas europeas que se declaran “amigas de Israel” mientras alimentan y se alimentan de la xenofobia anti inmigratoria y de otras formas de odio y exclusión.
La sensación de desamparo político que los borra como minoría vulnerable, es cada vez más palpable.
No es casualidad que buena parte del debate europeo sobre Gaza gire en torno a la memoria. En Alemania, sobre todo, el recuerdo de los crímenes nazis sigue siendo la lente a través de la cual se hace referencia al antisemitismo y a Israel. En otros países, la memoria dominante es la del colonialismo y la descolonización. En ninguno de los dos casos se trata solo de historia: lo que está en juego es quién puede hablar en nombre de la víctima absoluta y quién queda fijado en el lugar del “culpable por antonomasia”.
Gaza se convierte así en pantalla donde se proyectan culpas, miedos y coartadas europeas, más que en un espacio donde se piense cómo articular, en serio, justicia para los palestinos y seguridad para Israel.
En ese escenario, el “después de Gaza” no se decide únicamente en Jerusalén, Ramala o Washington, sino también en Barcelona, Berlín o París: en un aula universitaria o en un consejo de ministros donde se aprueba otro comunicado que insiste en la “solución de dos Estados” sin preguntarse quién puede aún sostenerla; en una sinagoga donde se discute cómo seguir siendo judío en Europa cuando “Israel” se ha convertido, a la vez, en refugio, pero también en un gran interrogante.
En este clima, la nueva Estrategia de Seguridad Nacional presentada en Washington el jueves 4 de diciembre último ha confirmado el mayor temor de muchas capitales europeas: que la Casa Blanca MAGA no solo replantee la OTAN o Ucrania, sino que se disponga a intervenir abiertamente en la política interna europea, apoyando a fuerzas “patrióticas” iliberales y euroescépticas.
Europa se descubre así atrapada entre una Rusia revanchista y un aliado histórico que empieza a tratar a la integración europea y a la democracia liberal como adversarios a debilitar, no como socios a proteger
¿Qué hacer?
En este sentido, quizá podamos identificar algunos límites y ciertas exigencias mínimas.
La primera exigencia es política: no hay “después de Gaza” sostenible si el futuro de los palestinos sigue siendo administrado como asunto de seguridad y de gobernanza tecnocrática. La reconstrucción material es indispensable, pero no puede soslayar el tema central del conflicto: dos Estados para dos pueblos. Esto no se sostiene con promesas vagas de un Estado palestino atadas a reformas interminables y a condiciones definidas desde fuera, que solo pretenden disimular la falta de convicción y de resolución. Mientras persista el vaciamiento de la democracia israelí, la colonización de Cisjordania no se detenga y la vergonzosa violencia de los colonos mesiánicos quede impune, la apelación a la “solución de dos Estados” es apenas una fórmula vacía.
La segunda exigencia es de seguridad, en un sentido no apocalíptico: no hay “después de Gaza” si los judíos –en Israel y en la diáspora– siguen percibiendo que cualquier compromiso implica una renuncia a seguir existiendo.
Mientras la amenaza de destrucción física no sea abordada seriamente, los discursos de derechos humanos se escucharán como sermones abstractos. Aquí la responsabilidad no es solo israelí: también concierne a quienes, en nombre de la causa palestina, banalizan o justifican el antisemitismo, y a quienes, en Europa, aceptan que judíos e israelíes sean tratados como un bloque culpable.
La tercera exigencia es jurídico-moral: si el derecho internacional solo se activa contra determinados enemigos y se suspende ante determinados aliados, la noción de crimen de guerra se vuelve solo un instrumento retórico, el lenguaje de los derechos pierde densidad. Reconocer crímenes y abusos concretos, estén donde estén, no equivale a igualar todas las situaciones ni a borrar contextos; es una condición mínima para que el lenguaje normativo no se hunda en el cinismo.
Ninguna de estas exigencias se resuelve con un plan firmado en Washington ni con una diatriba elegante publicada en una revista de Londres o Nueva York. Requieren actores palestinos capaces de representar algo más que facciones enfrentadas, actores israelíes capaces de desafiar el paradigma de la fortaleza asediada y del mesianismo de los colonos, sociedades civiles dispuestas a ver al otro no solo como peligro o como metáfora, sino como sujeto político.
Desde Europa, la tentación de moralizar sin arriesgar es fuerte. El “plan Trump” ofrece la comodidad de delegar la responsabilidad en un dispositivo tecnocrático y militar; el “mundo después de Gaza” del poscolonialismo ofrece la comodidad de condenar globalmente al Occidente blanco. Ambas son formas declamatorias, pero vaciadas de contenido político concreto.
Quizá el aporte más honesto que puede hacer una mirada europea hoy no sea ofrecer soluciones, sino desmontar estas ilusiones: recordar que ningún Board of Peace puede sustituir la negociación entre adversarios reales, y que ninguna teoría del poder blanco puede absorber la historia judía ni la experiencia palestina. Entre el guion imposible y el espejismo moral, el “después de Gaza” seguirá siendo, durante mucho tiempo, un territorio disputado. La cuestión es si queremos habitarlo como espectadores satisfechos de nuestra propia lucidez o como ciudadanos dispuestos a asumir la incomodidad de una política sin garantías.