La reconfiguración del Líbano y Siria

Entre el debilitamiento de Hezbolá, la presión internacional sobre Beirut y el inesperado ascenso del gobierno interino en Damasco, Líbano y Siria ingresan en una etapa de transición marcada por oportunidades, riesgos y tensiones aún abiertas, en un contexto que redefine su seguridad, su política interna y su lugar en el mapa regional.
Por Lucas Lipina

Se cumple un año del cese al fuego entre Israel y Hezbolá, pero la situación es contradictoria: aún continúan las operaciones en el Líbano.

Tras la caída del régimen de Bashar Al Assad, Siria ha logrado legitimidad internacional, aunque la estabilidad y la integración de las minorías no son hechos consumados.

Al igual que Gaza, Siria y Líbano son los dos territorios que están atravesando cambios profundos. ¿Cuáles son estas transformaciones?

Líbano y Siria cumplen aniversarios. El primero conmemora el cese de fuego pactado con Israel, guerra que inició el 8 de octubre del 2023 y provocó migraciones internas masivas, la destrucción de comunidades fronterizas y bajas civiles en ambos territorios. Líbano se recupera de una crisis política, pero aún tiene un desafío por delante: el desarme de Hezbolá. El segundo, Siria, festeja la caída de Bashar Al Assad y la invitación de su presidente interino a conversar con los líderes de las potencias occidentales para negociar el levantamiento de las sanciones que limitan su economía. Sin embargo, en las periferias de Damasco y en el interior del país han escalado las tensiones entre el Gobierno y las minorías no sunitas.

Líbano: la posibilidad de una etapa post-Hezbolá

El 27 de noviembre de 2024 entró en vigor el acuerdo de cese de fuego presentado por Israel y aceptado por Líbano. La guerra dejó como consecuencia 4 mil bajas en el Líbano y 120 en Israel. Sin embargo, los términos del acuerdo no se están cumpliendo. Según la Fuerza Provisional de las Naciones Unidas para el Líbano (FPNUL), la mayoría de las violaciones documentadas desde noviembre de 2024 fueron cometidas por Israel. Además, aún mantiene su posición en cinco localidades del sur del Líbano y los ataques selectivos continúan. El último de ellos fue a fines de noviembre: las FDI eliminaron a Abu Ali Tabatabai, el comandante en Jefe de Hezbolá perteneciente a las Fuerzas Radwan, la unidad de élite de operaciones especiales.

Durante la guerra, el grupo chiita recibió dos golpes por parte de Israel, de los cuales no se pudo recuperar: la operación de los beepers y la eliminación de Hassan Nasrallah –Secretario General de Hezbolá durante más de 30 años– junto a la mayoría de la cúpula del brazo armado del “Partido de dios”. Esas operaciones simbolizaron un punto de inflexión que sumados a otros factores regionales –como la caída de Bashar Al-Assad y la fragilidad de Irán tras la guerra de los doce días con Israel–, lo ubicaron en una situación de debilidad. Luego de que el cese de fuego se concretara, el gobierno libanés empezó a ser objeto de la presión externa para obligar al Hezbolá a entregar las armas.

Previo al 8 de octubre, el Líbano ya sufría una crisis financiera y hasta febrero del 2025 el Gobierno permaneció dos años sin presidente. Ahora es Joseph Aoun quien ocupa el cargo y en este momento, tanto Donald Trump como Macrón lo presionan para hacer efectivo el desarme –ambos se respaldan en la resolución 1701 de las Naciones Unidas–. Caso contrario, Aoun no recibiría ayuda internacional para calmar la economía y reconstruir los pueblos del sur. El Banco Mundial estima que el costo de la reconstrucción es de unos 9 mil millones de euros.

Sin embargo, Hezbolá no mantiene una posición pasiva. En la conmemoración del asesinato de Fuad Shukr –alto mando de Hezbolá eliminado por las FDI–, el nuevo secretario general de partido, el Jeque Naim Qassem, se negó a someterse al desarme: “Cada llamamiento a entregar nuestras armas mientras esta agresión continua, equivale ofrecer a Israel lo que constituye la fuerza del Líbano. No jugaremos a eso. ¡No entregaremos las armas a Israel! ¡No a la humillación!”.

Los diputados de Hezbolá en el Parlamento también se mantienen firmes. “El Gobierno, ¿que ha hecho con los ataques israelíes desde el 27 de noviembre, con los prisioneros encarcelados, con las acciones diarias de Israel que impiden a la gente construir sus casas en el sur? Nada. No puede defender a los libaneses actualmente, ¿cómo los defenderá en el futuro?”, dijo el diputado Hussein Hajj Hassan, miembro de la coalición Alianza 8 de Marzo. Incluso los militantes del partido hacen lo suyo. Todas las noches organizan movilizaciones en el sur de la capital, bajo los puentes y en caravanas de motos que sostienen la bandera amarilla y verde.

Según las FPNUL, el desarme ya se encuentra en marcha y el ejército libanés ocupa las posiciones abandonadas por Hezbolá. Aun así, cabe recordar que éste no es solo una organización terrorista y un partido político, sino que tiene también un brazo social que llena los espacios vacíos que deja el Estado por falta de recursos. Un documental de Arte muestra que, en los pueblos sumidos bajo los escombros, como Khiam –de mayoría chiita y fuerte apoyo a Hezbolá– el partido proporcionó ayuda a los desplazados. Lo realizan mediante Jihad el Bina, la organización encargada de la reconstrucción. Ante esta situación, el gobierno libanés intenta asfixiar financieramente a Hezbolá bloqueando las transferencias provenientes de Irán.

La nueva Siria de Ahmed Al Sharaa

La caída de Bashar Al Assad el 8 de diciembre de 2024 fue repentina. Tras dos semanas de una ofensiva relámpago que comenzó en Alepo, las fuerzas de la Organización para la Liberación del Levante o Hayat Tahrir Al-Shams (HTS), tomaron Damasco casi sin resistencia por parte del Ejército Sirio. Las expectativas: el final de una etapa de represión, persecución política, torturas y ejecuciones.

Estos días Damasco permanece de fiesta, sobre todo en la plaza de los Omeyas, donde explota la pirotecnia y se levantan banderas verdes, blancas y negras con las tres estrellas rojas -antes roja, blanca y negra con dos estrellas verdes-. También se perciben algunas mejoras en lo que respecta a la electricidad disponible en la ciudad. “El pasado marzo y diciembre era frecuente ver las calles vacías cuando se hacía de noche porque el alumbrado público no funcionaba. Ahora, a la noche se pueden ver familias enteras paseando”, cuenta en un reportaje el corresponsal español Joan Cabasés.

Este cambio de régimen vino acompañado de un lavado de cara y el recibimiento de brazos abiertos por parte de Occidente. El actual presidente interino es Abu Mohamed Al Golani. En su pasado reciente fue Emir del Frente Al Nusra –la filial de Al Qaeda que operaba en Siria y Líbano–, pero ahora cambió su nombre a Ahmed al Charaa

y fue excluido del listado de terroristas junto al HTS. Su mayor éxito fue ser el primer mandatario sirio en ser recibido en la Casa Blanca. Este no fue un simple acto simbólico, sino que busca derogar la ley César promulgada en 2019 por Estados Unidos contra Assad, la cual concentra un conjunto de sanciones que limitan a la economía siria.

Charaa es un hombre pragmático. Su acercamiento a Donald Trump no fue un impedimento para ser recibido también en el Kremlin e incluso se presentó en la Asamblea General de las Naciones Unidas con el ex director de la CIA, David Petraeus –su carcelero en su época en Irak–. Otros de sus logros, aunque momentáneo, fue evitar volver a caer en una guerra civil. Sin embargo, los signos de violencia son visibles, pero la comunidad internacional continúa legitimando al gobierno interino al notar una estabilidad en el corto y mediano plazo.

Lo que está por dirimirse es qué tipo de gobierno va a haber en Siria. Hay un gobierno interino, con una constitución interina que ha organizado unas elecciones parlamentarias sin sufragio universal. La transformación más tangible es la composición étnica del nuevo gobierno, que pasó de ser una gobernanza alauita a una de mayoría suní. Esa falta de representación de las minorías se refleja en la violencia que estalló a lo largo del año.

En marzo, en la zona costera de Latakia y en la ciudad de Homs fueron masacrados alrededor de 1300 alauitas; en mayo, hubo un enfrentamiento entre sunitas y drusos al sur de Damasco que dejó más de 100 muertos; en junio hubo un ataque contra la iglesia greco-ortodoxa en la capital que dejó al menos 25 muertos; en julio enfrentamientos entre drusos y beduinos en Sueida, donde se produjeron cientos de víctimas. El Gobierno intervino para apagar ese foco de conflicto y hay pruebas de que llevó a cabo ejecuciones sumarias contra civiles desarmados –Amnistía internacional documentó 46 ejecuciones–.

El gobierno sirio tiene además otras tres situaciones pendientes que resolver. La primera: tras la caída de Assad, Israel tomó posiciones en el sur de Siria como medida preventiva ante la hipótesis de un avance de grupos islamistas radicales hacia la frontera. También ha lanzado ataques aéreos contra Damasco con el argumento de proteger a las minorías, sobre todo a la comunidad drusa. Sharaa tiene interés en llegar a acuerdos de Seguridad con Netanyahu, pero no hay reciprocidad hasta ahora.

La segunda situación tiene que ver con el Kurdistán sirio. Las negociaciones de pacificación con los kurdos en el norte de Siria se estancaron. En un principio los kurdos participaron en la caída del régimen de Assad, pero tras unos enfrentamientos en Alepo con el nuevo ejército sirio, el proceso se ralentizó.

Por último, el cambio de régimen en Siria supone el desafío de generar condiciones de absorción para los refugiados retornados. Producto de la guerra civil, alrededor de 6,7 millones de sirios dejaron su país y entre 6,6 –de los cuales el 5% aún permanece en campamentos de refugiados– y 7,4 millones fueron desplazados internamente. Según ACNUR, desde diciembre del 2024, retornaron 1,2 millones de sirios desde el exterior y 1,9 millones de desplazados internos volvieron a sus ciudades.

Los desafíos de Joseph Auon y Ahmed Al Sharaa

Tanto Líbano como Siria presentan transformaciones y tienen grandes desafíos por delante, pero además los acontecimientos del segundo afectaron el devenir del primero. La caída de Bashar Al Assad significó para el Líbano el fin de la transferencia de armas a Hezbolá por la vía siria e Irán priorizó estos meses sus intereses domésticos -tras la guerra en julio- por encima del financiamiento de sus proxis.

Por otro lado, el bloque del que forma parte Hezbolá en el Parlamentó cayó de 71 a 58 asientos en las últimas elecciones en 2022 –se necesitan 65 para ser mayoría– como consecuencia de la baja en el apoyo popular, una tendencia acentuada por la crisis económica, la pandemia y la explosión en el puerto de Beirut. De todas maneras, no hay claridad respecto al futuro. El desarme de Hezbolá podría no ser suficiente para estabilizar el país si el Estado no presta ayuda a los libaneses afectados por la guerra.

En el caso de Siria, el gran desafío es generar un entorno seguro para la permanencia de los refugiados retornados, la recuperación económica y la reconciliación del Gobierno con la sociedad civil tras tres lustros de inestabilidad, muerte y persecución. Sin embargo, no parece que las heridas de la guerra civil vayan a sanar en el corto y mediano plazo. La falta de representatividad de otros grupos étnicos y religiosos, las elecciones sin sufragio universal y las masacres contra las minorías se presentan como una continuidad de la época de Bashar Al Assad. La gran diferencia es el visto bueno de Occidente al gobierno interino.