Cada vez que una tragedia colectiva irrumpe con fuerza —un incendio, una crisis ambiental, una catástrofe social— reaparece una tentación tan antigua como persistente: la de buscar explicaciones rápidas para fenómenos complejos. En contextos de hastío, impotencia o bronca acumulada, la necesidad de encontrar responsables visibles suele imponerse sobre el esfuerzo de comprender procesos estructurales, responsabilidades múltiples y dinámicas de largo plazo.
En la Patagonia argentina y chilena, atravesada desde hace años por incendios forestales de origen diverso y consecuencias devastadoras, esa tentación volvió a expresarse con particular intensidad. En las últimas semanas circularon videos falsos, imágenes fuera de contexto y relatos sin sustento empírico que atribuyen los incendios a Israel, a “los sionistas” o a supuestos grupos organizados de jóvenes israelíes presentados como agentes de una operación deliberada de destrucción territorial.
No se trata sólo de operaciones malintencionadas. En muchos casos, estas narrativas son reproducidas por personas que no se reconocen como portadoras de prejuicios, sino como sujetos críticos, indignados o comprometidos con causas justas. En su necesidad de protagonismo político, de pertenencia a una corriente “contestataria” o simplemente de canalizar un malestar o hartazgo, terminan adoptando miradas simplistas que circulan con enorme facilidad en el ecosistema digital contemporáneo.
El retorno de viejas conspiraciones
Estas ideas no surgen de la nada. Remiten, de manera más o menos explícita, a una tradición conspirativa de larga data en la Argentina: el llamado Plan Andinia, difundido por sectores de la extrema derecha desde la década del sesenta. Aquella narrativa postulaba la existencia de un supuesto plan secreto judío-sionista para apropiarse de la Patagonia y fundar allí un segundo Estado judío.
Aunque desacreditado una y otra vez, el Plan Andinia nunca desapareció del todo. Hoy reaparece despojado de su formulación explícita, reciclado en clave audiovisual, adaptado al lenguaje de las redes sociales y despojado de su origen ideológico. Ya no se presenta como doctrina, sino como sospecha; no como teoría, sino como “denuncia alternativa”.
El pasaje es significativo: lo que antes circulaba en los márgenes hoy se filtra en espacios más amplios, incluso en sectores que se perciben a sí mismos como progresistas o emancipatorios. El contenido se mantiene, pero el envoltorio cambia.

Uno de los ejes recurrentes de estas narrativas es la presencia de jóvenes israelíes en la Patagonia. El dato real —conocido y fácilmente verificable— es que, tras cumplir el servicio militar obligatorio, muchos jóvenes israelíes realizan viajes prolongados por distintas regiones del mundo. América Latina es uno de esos destinos, y la Patagonia, desde hace décadas, forma parte de los circuitos turísticos habituales. Se trata de un fenómeno cultural y generacional ampliamente documentado.
Sin embargo, ese dato es resignificado de manera conspirativa: los viajeros se convierten en agentes encubiertos, el turismo en avanzada militar y la presencia de esos jóvenes en prueba de un plan deliberado. Videos editados, producidos incluso fuera de la Argentina, sugieren vínculos inexistentes y construyen una narrativa que no busca demostrar, sino instalar verosimilitud.
Esta lógica no se agota en la acusación contra Israel o el “sionismo”. De manera paralela reaparece también la criminalización de comunidades mapuches, presentadas de forma homogénea como responsables de incendios, sabotajes o de una supuesta estrategia de desestabilización territorial. Una vez más, se toma a un colectivo históricamente vulnerado y se lo transforma en explicación totalizante, sin matices ni pruebas, borrando deliberadamente su diversidad interna y su compleja relación con el Estado y el territorio.
La figura del “mapuche incendiario” cumple una función similar a la del “joven israelí agente encubierto”: ofrece un enemigo reconocible, cercano y culturalmente disponible para canalizar miedos, broncas y frustraciones. En ambos casos, se construye una amenaza interna o infiltrada que permite eludir preguntas más incómodas sobre la desidia estatal, la falta de prevención, los intereses económicos en juego o la responsabilidad de actores concretos con nombre y apellido.
No es un fenómeno nuevo. La historia argentina registra una larga tradición de estigmatización de los pueblos originarios, alternando entre la invisibilización y la demonización. En contextos de crisis, esa matriz vuelve a activarse con facilidad, ahora amplificada por las redes sociales y el formato viral de la desinformación. Así, la complejidad del conflicto territorial se reduce a un relato de buenos y malos, donde el incendio deja de ser un problema ambiental y político para convertirse en un acto de guerra cultural.
Verdad vs verosimilitud
Aquí aparece un rasgo central de nuestra época. En la era de las fake news, la verdad ha dejado de ser el criterio decisivo. Fue reemplazada por la verosimilitud: algo no necesita ser cierto para circular; basta con que encaje en una narrativa previa, que confirme una intuición o que ofrezca un enemigo reconocible.
En este contexto, el sionismo se transforma en un significante totalizante, presentado como el mal de todos los males. Ya no se lo discute como una corriente histórica, diversa y contradictoria —como efectivamente lo es— sino como una ideología monolítica, intrínsecamente perversa y omnipotente. Esta deslegitimación absoluta opera, además, como un escudo políticamente correcto: permite decir lo que antes se decía contra “los judíos”, pero ahora bajo una etiqueta que se percibe como legítima, crítica o incluso emancipatoria.

De este modo, acusaciones que carecen de pruebas se vuelven socialmente aceptables. No porque estén mejor fundamentadas, sino porque se inscriben en un consenso tácito: todo lo que apunte contra el “sionismo” queda automáticamente eximido de verificación rigurosa.
Lo que se pierde de vista
Nada de esto implica negar que muchos incendios en la Patagonia sean provocados, ni desconocer la existencia de intereses económicos reales sobre el territorio, la tierra y los recursos estratégicos del sur. La historia patagónica está atravesada por procesos de concentración de tierras, especulación inmobiliaria y apropiación por parte de grandes actores económicos, muchos de ellos efectivamente extranjeros.
El problema es que cuando la explicación se reduce a una conspiración única y personalizada, el foco se corre. Se deja de hablar de responsabilidades empresariales concretas, de ausencia de políticas ambientales, de connivencias estatales y de modelos extractivos que benefician a grandes terratenientes y corporaciones transnacionales. La explicación fácil, lejos de incomodar al poder real, termina protegiéndolo.
La Patagonia no necesita teorías conspirativas para explicar sus tragedias. Necesita debates incómodos, información rigurosa y políticas públicas sostenidas. La proliferación de relatos simplificadores no solo empobrece el debate público: erosiona la posibilidad misma de intervenir políticamente sobre la realidad.
En tiempos de saturación informativa y cansancio social, el pensamiento crítico no consiste en denunciar más fuerte, sino en pensar mejor. No todo lo que circula merece ser compartido. No toda indignación construye justicia. Y no toda explicación que tranquiliza es, por eso mismo, verdadera.
Este análisis no implica justificar ni avalar la política de Israel en Gaza. Tras el aberrante ataque terrorista de Hamas del 7 de octubre, el gobierno israelí desplegó una ofensiva cuyas consecuencias han incluido crímenes graves y de caracter masivo contra la población civil palestina, tal como venimos dando cuenta en Nueva Sion. Señalar y desmontar narrativas conspirativas o prejuicios antisemitas no supone suspender el juicio crítico ni el compromiso ético frente a esas políticas.
La proliferación de estas explicaciones conspirativas no es inocua. No solo falsea la comprensión de los incendios y desvía la atención de intereses económicos, responsabilidades estatales y modelos de apropiación territorial concretos, sino que empobrece el debate público y degrada la práctica misma de la crítica. Cuando la sospecha reemplaza al análisis y la viralización sustituye a la evidencia, la indignación deja de ser una herramienta emancipadora para convertirse en un atajo cómodo. Pensar la Patagonia exige algo más que consignas, enemigos prefabricados y relatos tranquilizadores: exige asumir la incomodidad de la complejidad y la responsabilidad de no confundir lucidez con hastío.