Los eufemismos de la guerra permanente y la resurrección del imperialismo

La retórica contemporánea de la “guerra necesaria” y la “seguridad preventiva” oculta la persistencia de una lógica que muchos creían superada: el imperialismo. El accionar de Estados Unidos en Venezuela hipernormaliza la violación de las normas del derecho internacional; el alineamiento del gobierno israelí con esa matriz de poder y su uso sistemático de eufemismos para legitimar la guerra permanente contribuyen, además, a borrar de la memoria corrientes antiimperialistas presentes en la historia del sionismo previo a la creación del Estado judío. Esta nota recupera la figura de Rina Aharoni, combatiente anticolonial del LEJI recientemente fallecida, como un recordatorio incómodo de una tradición sionista hoy eclipsada: aquella que supo nombrar al imperio como adversario y no como garante de seguridad.
Por Leonardo Senkman, desde Jerusalén

El espectacular secuestro norteamericano de Maduro y su esposa sigue provocando reacciones de condena jurídica y moral, tales como que Trump ha sentenciado a muerte el derecho internacional, o que EE. UU. no solo ha regresado a una política exterior coercitiva, sino que ha logrado hipernormalizarla.

Una sospechosa reticencia subsiste en la mayoría de los críticos que no llaman por su nombre a esa fuerza poderosa declarada muerta desde hacía tiempo: el imperialismo. Prácticas que antes se asociaban con el imperialismo —estrangulamiento económico, castigo colectivo, listas negras políticas— últimamente se atribuyen a herramientas rutinarias de la diplomacia de potencias hegemónicas. Los analistas de relaciones internacionales, en el mejor de los casos, recordaban al imperialismo para comprender acciones no encubiertas de pillaje en un pasado lejano. Un ejemplo ya olvidado fue el bloqueo naval británico, alemán e italiano, en 1902-1903 a puertos venezolanos para obligar a pagar la deuda externa de Caracas.

Pero hoy el proclamado designio de Trump para atacar Venezuela y administrar sus riquezas energéticas parece a numerosos observadores un imperialismo resucitado mucho más grave que la otrora diplomacia del cañoneo de potencias europeas en el Caribe. Muchísimo más grave aún es que la Argentina haya olvidado hoy la doctrina Luis María Drago, aquel canciller que el 29 de diciembre de 1902 decretó la ilegalidad del cobro a cañonazos de una deuda, «ejercido por grandes potencias en detrimento de Estados pequeños».

Pese a la doctrina del argentino Drago, la Doctrina Monroe garantizaba que América Latina sea tratada menos como una constelación de naciones soberanas que como una zona de extracción de materias primas y de intervencionismo político norteamericano. Nicaragua, Haití y la República Dominicana sufrieron una prolongada ocupación o dominación. Durante la Guerra Fría, EE. UU. apoyó golpes de Estado y dictaduras militares en Chile, Brasil, Argentina —entre otras— en nombre del anticomunismo, aplastando movimientos de izquierda, silenciando a la sociedad civil e instaurando regímenes que torturaron, desaparecieron y asesinaron a fin que prosperase el neoliberalismo del Consenso de Washington. Mucho antes de Vietnam o Irak, EE. UU. financió milicias subsidiarias, escuadrones de la muerte y operaciones encubiertas en toda la región. Las «guerras sucias» de las décadas de 1970 y 1980 dejaron decenas de miles de muertos y sociedades enteras traumatizadas. Pero pareciera que, desde el fin de la Guerra Fría, ¡cataplún!, numerosos analistas han olvidado, repentinamente, que el imperialismo sigue vivito y coleando, después de haber sido condenado por anacrónico y dogmático, y archivado en el desván de la historia.

Esos expertos internacionalistas hoy se sienten aturdidos al escuchar que el desembozado designio imperialista proviene del propio presidente norteamericano, quien se ufana ser un pacificador global: el autoproclamado negociador delirante que se vanagloria haber «terminado» casi veinte guerras para merecer el premio Nobel de la Paz.

Antes, la estrategia imperialista encubría su intervención directa al vender al mundo la falsa «misión de la democracia» norteamericana, una mentira que Trump evita hoy porque su prioridad es geoeconómica. Un estudio realizado en 2018 por Lindsey O’Rourke analizó 64 intentos encubiertos de cambio de régimen respaldados por EE. UU. durante la Guerra Fría, revelando el fracaso de su infalibilidad; se demostró que los esfuerzos para apoyar a disidentes extranjeros lograron derrocar al régimen apenas en el diez por ciento de los casos. Los intentos intencionales de Washington de asesinar encubiertamente a líderes extranjeros —el más notorio,  Fidel Castro— fracasaron repetidamente, aunque algunos líderes, como Ngô Đình Diệm de Vietnam del Sur en 1963, fueron asesinados durante golpes de Estado respaldados por Estados Unidos, según señalan Alexander B. Downes and Lindsey A. O’Rourke en “The Regime Change Temptation in Venezuela”.

Rina Aharoni (1828-1925): valerosa combatiente antiimperialista del LEJI

Ahora bien, pareciera que Israel sigue creyendo en la infalibilidad de lograr objetivos estratégicos al margen del derecho internacional. Su gobierno populista kahanista, en vez de pensar estrategias políticas durante la posguerra de Gaza, sigue confiando en mantener abiertos todos los frentes de batalla, al cabo de dos años de guerras terribles. Al apresurarse a felicitar a Trump por el secuestro de Maduro, Netanyahu comparte con su patrón imperial la bienvenida a la muerte del derecho internacional para obtener objetivos de seguridad nacional; el acólito hebreo aprende del mentor ideológico de la MAGA imperialista que es innecesario respetar fronteras y o la soberanía de países vecinos. Muy probablemente, el sexto libro de la Torá que intentaría legar a la posteridad no será el Acta de Independencia de Israel, sino la doctrina de seguridad nacional calcada del devocionario de los evangelistas fundamentalistas que apoyan a Trump.

Es que gran parte de la opinión pública israelí continúa confiada en que su país está protegido por el Imperio, sin que le preocupe perder todos los días el apoyo internacional ni se le despierten dudas, siquiera, sobre la política imperialista de Trump en Venezuela. Más aún, veteranos israelíes que fueron patriotas antiimperialistas en la Eretz Israel pre-estatal, hoy prefieren olvidar que en su juventud habían calificado de «anticolonialista» su lucha contra las autoridades del Mandato Británico.

Rina Aharoni

Hace pocas semanas falleció, a los 97 años, Rina Aharoni (1928-1925), valerosa excombatiente anticolonialista del LEJI. Muy pocos recuerdan que LEJI era el acrónimo de una organización autoproclamada en hebreo «Combatientes por la liberación de Israel», la más antibritánica de las organizaciones sionistas de resistencia entre 1940 y 1948 en la Palestina hebrea.

La noticia del fallecimiento de Rina Aharoni en diciembre pasado pasó completamente inadvertida, y su recuerdo como luchadora por la libertad de Israel y heroína antiimperialista se conserva solo en los corazones de sus amigos y descendientes del LEJI, tal como testimonia la página de Facebook de la Asociación LEJI.

Ignoro cuántos jóvenes israelíes progresistas leyeron el sentido obituario de Ofer Aderet en Haaretz, titulado «Combatió a los británicos», el 9 de enero pasado. Pero deseo que mi traducción de algunos fragmentos de su necrológica sirva hoy para que el lector latinoamericano sepa que hubo antiimperialistas en la historia del prolongado combate por la creación del Estado judío.

Jirones biográficos de Rina (Blumshtein) Aharoni —se había enrolado desde muy joven en el LEJI— invitan a ser leídos como la respuesta más contundente para quienes niegan hoy que haya habido sionistas antiimperialistas. Nació el 12 de julio de 1928 en Toren, Polonia, y con sus padres hicieron aliáen 1935, para residir en Tel Aviv. De joven se unió a la organización Macabi, y cuando en 1945 se llevó a cabo una intensa campaña para reclutar, tanto en Macabi como en otros movimientos juveniles, activistas que se unieran a la resistencia antibritánica, Rina se incorporó inmediatamente a la división juvenil del LEJI.

Hacía cinco años que su líder fundador Abraham (Yair) Stern se había separado del Irgún, la organización madre clandestina comandada por Menajem Beguin después de rechazar en 1940 su declaración de tregua contra la potencia Mandataria británica en plena Segunda Guerra Mundial. El feroz odio anticolonial de Yair le hizo repudiar ideológicamente la diplomacia sionista probritánica de Jaim Weitzmann, convencido de que había llegado la hora de la lucha armada sin tregua contra los ingleses. Al igual que otros sionistas, también Yair se opuso al Libro Blanco de 1939, que restringía tanto la inmigración judía como la compra de tierras en Palestina. Pero para el antiimperialista Stern, “no existía diferencia entre Hitler y Chamberlain, entre Dachau o Buchenwald y cerrar las puertas de Eretz Israel a los refugiados judíos que huían del nazismo”, tal como consigna Joseph Heller en The Stern Gang. Los combatientes del LEJI consideraban que la misión de resistencia armada era la más importante del momento histórico, y que, si Gran Bretaña no la permitiera, patriotas hebreos de Palestina debían luchar contra los británicos en lugar de apoyarlos en la guerra mundial. En 1940, la idea de la Solución Final aún era «impensable», y Stern creía que Hitler se proponía convertir a Alemania solamente en judenrein mediante la emigración forzada, y no el exterminio.

Las autoridades británicas enjuiciaron a la “banda Stern” como organización terrorista, y encargaron a la Oficina de Seguridad de la Defensa (la rama colonial del MI5) que rastreara a sus líderes. En 1942, tras su arresto, Stern fue asesinado a tiros en circunstancias controvertidas por un inspector del Departamento de Investigación Criminal.

Rina Aharoni no alcanzó a conocer al legendario Yair, pero luego de su desaparición, sí a otros líderes, cuando LEJI se reorganizó dirigido por un triunvirato integrado por Itzjak Shamir, futuro primer ministro israelí, el ideólogo Israel Eldad y el intelectual de izquierda Nathan Yellin-Mor.

Ella ingresó al LEJI, con el alias secreto de Sara, después de una de las acciones guerrilleras antibritánicas más espectaculares, cuando el 6 de noviembre de 1944 fue asesinado Lord Moyne, ministro residente británico en Oriente Medio, el funcionario colonial de mayor rango en la región.

Entre otras acciones, Sara cumplió tareas de enlace, intercambiando información y armas entre miembros de la clandestinidad, fue una atenta observadora que vigilaba los movimientos de los británicos y actuó como paramédica. Nehemiah Ben-Tor, un combatiente clandestino, escribió sobre ella que «La sonrisa nunca abandonó sus labios». Participó en una operación fallida para volar una vía férrea en Qalqilya y, en una oportunidad en que los británicos registraron las armas de los pasajeros del autobús en que viajaba con su esposo, este le entregó la suya a la conocida cantante Shoshana Damari, sentada junto a ellos, logrando escapar así del arresto.

Rina relataría más tarde el odio que había sentido cuando vio cómo los británicos golpeaban a manifestantes judíos, hecho que influyó en su decisión de unirse a la clandestinidad. “Una de las cosas que encendió mi ira contra los británicos fue la manifestación contra el Libro Blanco”, declaró en una entrevista con Peleg Levi en el proyecto «Historia de Israel» de 2018. “Me senté en el balcón y vi cómo jinetes de la caballería montada inglesa golpeaban a los manifestantes”, añadió. También escuchó de sus padres cómo detenían los barcos de inmigrantes ilegales sobrevivientes del Holocausto y los retornaban a Europa. “Despertó en mí una antipatía hacia los británicos y creó una predisposición que me llevó de lleno a la clandestinidad”, agregó. De esa época, también relató en aquella entrevista el miedo que sintió cuando aviones italianos bombardearon Tel Aviv: “Estaba sentada con amigos en el cine Sderot en la avenida Rothschild, cuando, de repente, explotó una bomba. Me asusté muchísimo”. El 10 de junio de 1940, el Reino de Italia declaró la guerra a Francia y al Reino Unido, y cuando la Regia Aeronáutica eligió atacar áreas controladas por Londres en el Medio Oriente, uno de sus blancos fueron las refinerías y puertos de Palestina bajo el Mandato Británico.

Pero la indignación ideológica de su padre laborista fue el acto generador que obligó a la hija militante de la división juvenil del LEJI a ingresar a la clandestinidad: su misión consistía en pegar volantes en una calle de Tel Aviv. El destino quiso que quien la sorprendiera con las manos en la masa fuera su propio padre, miembro de la Haganá laborista y acérrimo adversario del LEJI. La joven Rina huyó y nunca regresó a la casa paterna. “Me llevé el susto de mi vida. No me perdonó hasta el último día”, contaría más tarde. «Este desencuentro entre diferentes ideales obligó a Rina a adoptar una vida completamente clandestina», recordaban sus familiares tras su fallecimiento.

En efecto, el padre la obligó a huir de su casa, a abandonar sus estudios y a mudarse al barrio Hatikva, a una habitación propiedad de la resistencia. Posteriormente, se mudó a Ra’anana y comenzó a trabajar en un internado infantil dirigido por una pareja de miembros de LEJI. El internado servía de escondite y centro de actividades para la organización. Rina trabajaba en vigilancia y de contacto entre los miembros bajo la supervisión del CID. Participó en el curso de paramédicos en Ramat-Gan y durante una operación conoció a su futuro esposo, Ya’acov (Yorem) Aharoni, responsable del suministro de armas. Ya’acov fue trasladado a Haifa, donde se lo puso a cargo de las operaciones en la región. Se casaron en septiembre de 1947, mientras aún se encontraban en la clandestinidad. «Yorem participó en la mayoría de las operaciones importantes y se convirtió en uno de los mejores y más valientes combatientes de LEJI», afirma el sitio web de la Asociación para la Perpetuación del Legado del LEJI.

Representación del saludo de la Organización «Combatientes por la liberación de Israel»

La pareja permaneció en Haifa hasta la creación del Estado de Israel. Rina confesó en aquel reportaje una clave importante de su atracción por la organización antiimperialista: “LEJI era una organización ideológica y no un partido político, y por eso me fascinó. Había comunistas, árabes, religiosos y laicos allí, que lucharon, codo con codo, contra el régimen británico”, según recordó Ofer Aderet en su obituario.

Durante la guerra de 1948, Rina y Ya’acov se trasladaron al campamento Sheikh-Munis y fueron alistados en la Octava Brigada Blindada. Rina fue enviada a un curso de paramédicos, sirvió en el 89º Batallón y participó en todas las operaciones de los soldados hasta su quinto mes de embarazo. Solo entonces fue dada de baja del ejército.

Después de la guerra, Rina se dedicó a ofrecer terapia familiar y asesoramiento legal para familias. Paralelamente, participó activamente en la Asociación de Perpetuación del Legado de LEJI.

Así, la memoria anticolonial y antibritánica de esta intrépida mujer combatiente la acompañó hasta el último día. La sobreviven su segundo hijo Ofer, sus nietos y biznietos. El primer hijo, llamado Dov en memoria de Jacob Granek, su compañero de la clandestinidad, murió en la Guerra de la Independencia.

¡Bendita sea su memoria!

Posdata

Desde que comenzó la última frágil tregua, en octubre, el gobierno israelí sigue utilizando eufemismos para evitar nombrar su decisión táctica de continuar la guerra por otros medios, manteniendo abiertos todos los frentes de batalla: Gaza, Cisjordania, Líbano, Siria, Yemen y, nuevamente, Irán.

El elevadísimo costo militar, económico y social es camuflado con viejos y nuevos eufemismos.

El designio de volver a atacar a Irán continúa utilizando el viejo mantra del «peligro existencial nuclear», pese a que el país de los Ayatollahs se esté derrumbando, económica y socialmente. Un nuevo eufemismo justifica ataques casi diarios violando la soberanía del Líbano y Siria: poder «neutralizar la amenaza antes de que se materialice», en lugar de que Tzahal opere solo después como ocurrió el 7/10. El presupuesto para Seguridad, casi duplicado para el año 2026, también es mencionado ante la opinión pública israelí mediante eufemismos que anuncian pingües beneficios en el mercado de compradores de armamentos ensayados en la última guerra. No se trata de cinismo sino del uso de eufemismos para ocultar el otro precio de las guerras defensivas que pagan reservistas y soldados del ejército más formidable del Medio Oriente: no solo para ganar en «la reciente venta billonaria del sistema de defensa antimisiles de largo alcance Arrow 3 a la Fuerza Aérea Alemana»;también en próximas guerras ofensivas/defensivas necesarias que ratificarán la eficacia de los Arrow 3, además del Iron Beam,a fin de lograr ventas multimillonarias a otros países europeos que refuerzan sus defensas aéreas en respuesta a la invasión rusa de Ucrania.

El eufemismo es una figura retórica que aplaca una expresión violenta, desagradable o malsonante por otra más decorosa o beneficiosa. Hablar de «acciones de fuerza defensiva antinarcotráfico» suena menos odioso que de ataques imperialistas; últimamente, condenar como inmoral la violencia kahanista resulta menos malsonante en Israel que acusar de fascistas a líderes racistas del «Sionismo Religioso», como Smotrich o Ben Gvir.

En próximos días se espera que el presidente Trump presente la «Junta de Paz» para Gaza, otro eufemismo del marco de gobernanza internacional destinado a iniciar la siguiente fase del alto el fuego, pero sin gazatíes —solo con líderes mundiales que coordinarán la reconstrucción del enclave palestino tras una guerra devastadora—.

Pero Israel teme a esa administración de talante imperialista, no porque desconfía del falso pacifismo burocrático de las normas internacionales, sino porque no responde a las «condiciones» que había exigido Netanyahu para prolongar su guerra interminable. El premier israelí acaba de regresar de Washington donde negoció ganar alguna influencia dentro de un marco político supranacional creado en otro lugar, lejos de Jerusalén, por parte del jefe del Imperio.

Y luego de haber prolongado meses el fin de la guerra sangrienta, me pregunto con qué eufemismo el gobierno de ultraderecha camuflará su fracaso al no haber terminado de liquidar a Hamas. ¿Qué eufemismo encubrirá el costo del vacío estratégico pagado con sangre de secuestrados, reservistas y muertos civiles israelíes por su rechazo a poner fin mucho antes a la guerra? Y, además, para rechazar las acusaciones de genocidio y borrar remordimientos morales de conciencia por los crímenes de guerra, ¿qué eufemismo elegirá el Estado judío para desentenderse de su responsabilidad por las decenas de miles de gazatíes civiles inocentes asesinados y los millones de desplazados?

En lugar de resultados políticos que debían negociarse e implementarse, el populista Netanyahu decidió imponer condiciones y prerrequisitos de «victoria bélica total».

No se me ocurre con qué eufemismo va a llamar al fracaso político posbélico de Israel, por más victorias de su infalible fuerza aérea que diezmó completamente a Gaza, pero sin haber podido desalojar a Hamas ni desmilitarizar la Franja, y tampoco impedir que Catar y Turquía sean tomados en cuenta para participar en la Junta de Paz.

Afortunadamente no existen demasiados eufemismos que enmascaren la inmoralidad de los crímenes de guerra, que sufrieron tanto enemigos como ciudadanos de Israel.

No es suficiente, pues, preguntarse qué se logró prolongando la guerra si las condiciones finales se están redactando en otro lugar, y si ni siquiera se están cumpliendo las condiciones mínimas de seguridad de Israel, según señala Jonathan Meta en su nota “When the Board of Peace Is Announced, Israel Will Learn Who Won the War”.

Pero si resulta insuficiente rechazar todos los eufemismos que ocultan la verdad de la guerra permanente de Israel, también hay que terminar con los disfemismos escandalosos con que se sataniza solo a Tzahal por su respuesta bélica a la masacre del 7/10.

Desgraciadamente, vivimos una época regresiva en que la resurrección del imperialismo necesita también resucitar eufemismos para ocultar la genuina responsabilidad ética de las culpas individuales y colectivas, tanto de víctimas como de victimarios.