De modo que Abraham se incorporó, y hendió la leña, y se fue,
y se llevó el fuego con él, y un cuchillo,
y mientras estaban juntos,
Isaac el primogénito habló y dijo, Padre mío,
he aquí los preparativos, fuego y hierro,
pero ¿dónde está el cordero para esta ofrenda de fuego?
Entonces Abraham ató al joven con correas y tiras,
y levantó allí parapetos y trincheras, y alzó el cuchillo para matar a su hijo.
Cuando he aquí que un ángel le habló desde el cielo,
diciéndole: no levantes la mano al muchacho,
ni le hagas daño. Mira, he aquí
un carnero, atrapado en el matorral por los cuernos;
ofrece el carnero del Orgullo en cambio.
Pero el anciano no quiso hacer esto, y mató a su hijo,
y a la mitad de la simiente de Europa, uno por uno.[1]
La parábola del viejo y el joven, Wilfred Owen (1918)
Un rostro quebrado por el espejo de la escenografía nos concede la esperada bienvenida al Cabaret. La verdadera recepción, sin embargo, llega apenas unos segundos después, cuando el maestro de ceremonias, con su voz chirriante, anuncia que desde ahora la vida será un circo perpetuo, aun cuando en la roja amplitud de su sonrisa se inscriba el presagio de uniformes caqui y cruces gamadas.
Hoy ingresamos en otro cabaret, distante de aquel que Bob Fosse pintara en su célebre película, pero con el que comparte una singular herida provocada por la sonrisa de un clown que proclama un “aviso de incendio” que el mundo, obstinado, elige no oír.
La muerte de Sócrates
Sobre el austero paisaje desértico se recorta la figura de Assi, un soldado que con paso cansino y tras concluir su período de reserva, regresa del frente a su pequeño pueblo donde viven su mujer y sus hijos. Actor de vocación —en un intento por conjurar los dolores de la guerra— monta por la noche, en el centro comunitario, un modesto espectáculo de vodevil que lidia con la suerte del fracaso por el escaso público que asiste. Su precaria economía depende del trabajo que desempeña como profesor de actuación en la escuela secundaria local. Pero los tiempos actuales no parecen propicios para la enseñanza: los buenos maestros están amenazados por la suerte que en la antigüedad le cupo a Sócrates: la de ser acusados de corromper a los jóvenes por desviarse de lo que “debe” decirse, a lo cual se le suma la posibilidad de venganza que las redes sociales le ofrecen a los propios alumnos como respuesta a su autoridad.
Como beneficio indulgente hacia el presente hemos de reconocer que nadie está obligado hoy a morir bebiendo cicuta, “solo” será excomulgado por una nueva inquisición. Cuando en un ejercicio que realiza como parte del programa de graduación, le corrige la expresión a dos de sus alumnos que llevan adelante un diálogo propio de una pareja de jóvenes que se separa, el castigo no se hace esperar. En el intento de que los protagonistas sean creíbles en su actuación y lejos de cierta visión ingenua que sus alumnos suponen sobre la vida militar en Israel, Assi hace un comentario sobre el enrolamiento y el mundo en el ejército, donde sostiene que la guerra no es tan maravillosa y que si tuviera que volver a vivirla preferiría no regresar al servicio. Al día siguiente, el enojo de sus alumnos queda manifiesto en la filmación de este hecho que, realizada de modo clandestino, ahora recorre el mundo virtual de las redes sociales mostrando lo que “no” se debe decir y que desata la furia de todo el sistema.
La dirección de la escuela y la inspección del Ministerio de Educación le piden que firme una carta de disculpas si quiere conservar su trabajo. Assi se niega, aunque su magro sueldo quede reducido a la nada. Comienza su batalla para montar una obra que refleje el “Cabaret total” en el que estamos. Hay poco dinero y no todos los actores quieren correr el riesgo de oponerse a lo que comúnmente es dado por bueno, a sostener la palabra que agite lo aceptado, incluso si esto último es claramente un engaño. Una primera puesta en escena cosecha todo tipo de insultos, incluso el de antisemita. Las críticas de su obra a la educación se consolidan con inobjetables fundamentos por mucho que dirigentes y directores sostengan el valor de sus políticas porque la enseñanza que defienden parece estar atrapada dentro de un pantano emocional donde poco importan la verdad y el conocimiento. Lo fundamental parece ser no ofender, ante todo a lo que es propio, promoviendo a la vez formas de resiliencia y empatía, conceptos ambos utilizados hasta la náusea y que suenan amables y cordiales pero que son una forma de conservadurismo y estancamiento político[2]. Parafraseando el título del libro de Alain Finkielkraut, la educación en gran parte del mundo actual, no solo en Israel, parece sustentarse en la censura y en la “derrota del pensamiento” por lo que la guerra tampoco puede ser juzgada y por ello simplemente será actuada.
Enemigo del pueblo
Expulsado definitivamente del mundo académico, Assi apuesta todo a su arte, a un gran montaje de la obra que ya no solo crítica la educación, sino que ahora se centra en el drama de una guerra “eterna”. Pero este acto teatral lo convertirá definitivamente en un enemigo del pueblo sin posibilidad de redención. El ayuntamiento está decidido a que la función jamás se realice y la cancela en el mismo momento de su estreno con un artilugio burocrático. Pero la puesta se hace igual, aunque de una manera diferente a la planificada: se convierte en un unipersonal que advierte sobre la tragedia de la muerte banal y la destrucción en un conflicto bélico para el que el gobierno no posee una estrategia de salida, por el contrario, parece promover su continuidad. Y puede que aquí podamos leer un “aviso de incendio” contra la fe ciega de que será el poder militar el que habrá de traer la “calma” al conflicto territorial con los palestinos imponiéndoles la suerte de las colonias en Cisjordania y la destrucción en Gaza.

Llegados a este punto de la reflexión, tomo un atajo personal para recuperar pensamientos que el film de Roy Assaf trajo a mi mente. Se refieren a otra época y a otra guerra por lo cual, lo que exprese, no conlleva ningún valor de tipo histórico, pero sí lo tiene sobre lo social, lo ético y lo estratégico al indicar aquello que se debería evitar hacer. Es una consideración sobre la profunda destrucción social, cultural, económica y política que supone imaginar que los conflictos entre los pueblos y las naciones solo se resuelven por la vía de las armas; las que, por supuesto, son cada vez más sofisticadas y letales.
La Gran Guerra de 1914 comenzó como una fanfarria donde casi todos los gobernantes imaginaron que sería corta y con pocas pérdidas. Pero el frente se estancó y el conflicto bélico se extendió por cuatro años con un nivel de destrucción sobre la vida humana que nadie pudo prever. De este conflicto proviene otro aviso de incendio en la forma de un verso compuesto por Rudyard Kipling como epitafio para la tumba de los soldados muertos o desaparecidos en el frente:
«Si alguien pregunta por qué hemos muerto,
diles que fue porque nuestros padres mintieron»[3]
Recordemos que Kipling en sus comienzos fue un entusiasta de esta guerra y que trabajó en el Buró de propaganda de Gran Bretaña. Su hijo John había sido rechazado por la Royal Navy debido a su miopía. Como hombre influyente en los escenarios del poder y como laureado escritor que era, Kipling movió algunos hilos para que su hijo, con apenas diecisiete años y dificultades en la vista, se alistase como segundo teniente en el segundo batallón de la Guardia Irlandesa. No sobrevivió a su primera batalla ocurrida durante la ofensiva anglo-francesa en las cercanías de la ciudad de Loos. El 27 de septiembre de 1915 fue reportado como desaparecido. ¿Qué pasará con las futuras generaciones de israelíes y palestinos si las mentiras del actual gobierno de Netanyahu prevalecen? ¿Y qué si lo que se impone son las falaces argumentaciones de muchos pensadores que sostienen que toda la desgracia en el Medio Oriente se debe a la existencia de Israel?
Estas preguntas nos llevan a considerar las palabras de Arie Kacowicz que nos permitirán tejer posibles respuestas a estos dos interrogantes. En el libro Sobre los escombros de Gaza escribe:
“La misión que tenemos de convencer a la opinión pública de la necesidad de dos Estados es prácticamente una misión imposible, y también esquizofrénica.
En Europa me tachan de genocida, y en Israel de traidor. La política es el arte de lo posible, y de hecho la única solución real a este conflicto es volver a la lógica del plan de partición de la ONU del 29 de noviembre de 1947, con un esquema (en el futuro) de una confederación, como el modelo europeo.
No nos podemos dar el lujo de tirar la toalla, porque eso significaría un proceso de profecía autocumplida. Desde el estallido de la guerra, hace casi dos años atrás, soy parte de una minoría de intelectuales que hacemos oír nuestra opinión sin temor (todavía) de que nos tiren vivos desde aviones en el Río de la Plata, como en la dictadura militar argentina.
La tragedia de los palestinos y de los israelíes es que parte de sus liderazgos (Hamás y el actual gobierno de Israel) han sido crueles frente a su población. Es claro desde el principio que Hamás estaba dispuesto a sacrificar a 100.000 palestinos por la “causa”. En forma similar, en el caso de Netanyahu, su previa cautela (no quería guerra ni paz) ha sido transformada en los últimos tiempos en una actitud maligna y monstruosa, dispuesto a sacrificar la vida de rehenes, soldados y civiles palestinos para mantener su gobierno y demostrar su corrupto poder.
De Hamás no tengo ninguna expectativa, pero de Netanyahu esperaría una actitud más humana, que no la hay, Netanyahu no es solo un criminal de guerra que debe ser juzgado en La Haya. Es, en primer término, un criminal hacia la sociedad israelí, que debe ser juzgado en Jerusalén.
Al fin y al cabo, presenciamos el momento más trágico en la historia contemporánea de israelíes y palestinos…”[4]
Assi, el personaje interpretado por Roy Assaf, expresa en su sarcástica sonrisa una crítica a la ilusión de que será el poder militar el que impondrá la forma, o, mejor dicho, la imposibilidad de la convivencia. Como corolario final, observemos la fusión del bizarro colorido del Cabaret total con las negras palabras de inspiración bíblica del poema que encabeza este escrito para darnos, contra todo nihilismo, una opción de futuro.
[1] Costa Picazo, Rolando (2015) Tierra de Nadie (Poesía inglesa de la Gran Guerra), Buenos Aires: Miño y Dávila, p.204
[2] Ver el libro del filósofo italiano Diego Fusaro: Odio la resiliencia. Contra la política del aguante.
[3] Kipling, Rudyard (1919) The years between, Londres: methuen and Co. Ltd., p.55.
[4] Arie M. Kacowiz, Arie M. (2025) Sobre los escombros de Gaza, Guillemo Levy(comp.) Buenos Aires: Marea Editorial, pp. 203-204.