“En el paranoico común la elección de la víctima no es libre, sino que obedece a las leyes de su enfermedad. En el fascismo esa actitud es embestida por la política: el objeto de la enfermedad es determinado según criterios prácticos; el sistema alucinatorio se convierte en norma racional en el mundo y la desviación se vuelve neurosi”.
Max Horkheimer y Theodor W. Adorno, Dialéctica del iluminismo (Buenos Aires, 1987)
Trump cumple un año de su segundo gobierno. La política exterior es agresiva y expansionista, el conflicto internacional en modo todo o nada y el clima interno se polariza. La tensión con Europa por Groenlandia, con amenazas de tarifas, instaló una lógica de extorsión que hasta hace poco era impensable entre aliados. La invitación a Putin a integrar un “Board of Peace”, con Trump como presidente, completa el cuadro. No son episodios sueltos ni caprichos de un presidente imprevisible. ¿Estamos frente a un nuevo fascismo o frente a una mutación autoritaria que usa materiales fascistas sin necesitar el uniforme?
En una columna publicada el 14 de enero de 2026 en el New York Times, Michelle Goldberg sostuvo que los argumentos que durante años permitieron negar el carácter fascista del trumpismo se desmoronaron en cuestión de días. Durante el Trump I se argumentaba que Trump no era fascista porque carecía de una fuerza paramilitar propia o porque no perseguía una política de expansión territorial.
Pero ese razonamiento se volvió insostenible cuando agentes federales armados, encapuchados y sin identificación operan en Minneapolis; cuando se formula la amenaza abierta de apropiarse de Groenlandia; cuando Estados Unidos pasa, en palabras de Goldberg, de aliado a depredador. Todo eso marca un punto de inflexión. No se trata de excesos aislados, sino de señales anticipatorias en un proceso de degradación autoritaria que ya no puede explicarse como anomalía ni como simple retórica populista.
En este manifiesto deterioro de la salud democrática de EE.UU., el antisemitismo -como el canario en la mina, indicador temprano de peligro- dejó de ser un fenómeno lateral en MAGA y pasó a ocupar un lugar estructural.
Debe quedar muy claro: no es solo odio, es un mecanismo de interpretación, una forma de leer el mundo como conspiración. Una explicación total, una gramática política que convierte crisis, cambios y derrotas en la obra de un poder oculto.
Lo que antes podía presentarse como una excentricidad hoy ocupa espacios vecinos al gobierno, a la comunicación oficial y al círculo de influencia de Trump.
El caso Tucker Carlson–Nick Fuentes fue apenas la última ilustración anecdótica de esa dinámica. Carlson invitó a Fuentes a su programa y lo trató como si fuera un interlocutor respetable, aunque Fuentes sea un neonazi de manual. Niega el Holocausto, elogia a Hitler y repite sin variaciones el repertorio clásico de una supuesta dominación judía de la sociedad estadounidense. El hecho puso sobre el tapete la evidencia de que cuando un extremista alcanza el mainstream, el dato central no es el extremista, sino quien lo apalanca.
En un movimiento tan heterogéneo como MAGA, las posiciones racistas, la misoginia, la violencia verbal contra inmigrantes, la obsesión por imponer jerarquías de género y el desprecio general por las reglas de una convivencia democrática es materia de crónicas periodísticas diarias.
El racismo y el antifeminismo siguen funcionando como cemento identitario. El antisemitismo, en cambio, es un problema solo cuando se desemboza. MAGA tiene una relación doble con el antisemitismo. Una parte importante del espectro rechaza el antisemitismo demasiado explícito, el que pueda significar costos políticos y electorales, pero convive y alienta sin problema sus variantes codificadas, las que circulan camufladas en el lenguaje de “elites”, “globalistas”, “medios”, “burócratas”, “financistas”, “ingeniería social”. La teoría conspirativa del mundo no desaparece, apenas cambia de ropaje.
George Soros es el ejemplo más evidente. Soros no es el centro real de la política estadounidense, pero cumple una función narrativa. Su nombre permite decir “hay alguien detrás”, “hay manos invisibles”, “esto está coordinado”. En una cultura política habituada al conspiracionismo, el trumpismo reactivó el mito del judío como poder oculto sin pronunciar la palabra “judío”. No hace falta. El público entiende el código.
“Globalistas” opera en el mismo registro. Suena técnico, hasta razonable, pero en boca de ciertos actores se vuelve una contraseña. Designa a un enemigo abstracto, cosmopolita, omnipresente, que supuestamente desarma naciones, destruye valores, manipula elecciones y promueve el caos. Cambian los formatos, pero se conserva la estructura.
Trump jugó con ese discurso borroso muchas veces. Habló de judíos “desleales” por votar a los demócratas, recurrió a estereotipos literarios como Shylock, evitó condenas claras cuando se le preguntó por figuras extremas y usó el comodín del “no lo conozco”, incluso cuando el vínculo era público. En entrevistas recientes dijo no querer antisemitas en su movimiento. La frase suena bien. El comportamiento político dice otra cosa. Nunca quiere enemistarse con quien lo apoya. Ese cálculo es el ADN de MAGA.

En ese terreno, el antisemitismo se expresa como espíritu de época. Zeitgeist, diría Hegel. En paralelo, la radicalización religiosa se volvió más explícita y más organizada. JD Vance encontró un espacio propio dentro del trumpismo: un cristianismo militante, de tono agresivo, con ambición de disciplinar la esfera pública. Su alianza simbólica con Erika Kirk, viuda de Charlie Kirk y nueva CEO de Turning Point USA, reforzó el hostigamiento de profesores y de estudiantes en los claustros. En ese ecosistema evangelista, el apoyo a Israel suele descansar menos en una solidaridad histórica que en una teología de fin de los tiempos: Israel como pieza del mapa profético, con el pueblo judío reducido a instrumento.
Esa misma matriz convive, sin problema, con clichés antisemitas: el judío como élite oculta que controla universidades, medios, Hollywood y fundaciones; la cultura “woke” como artefacto diseñado por “judíos seculares” que luego se vuelve contra ellos. El resultado es una combinación en la que se declara amor por Israel mientras se recicla, en clave contemporánea, el viejo mito del poder judío. (Richard C. Schneider, Der SPIEGEL, 23.10.2025)
De este modo se instala un lenguaje de “pureza”, “obediencia”, “nación”, “misión”. En ese registro, consignas como “Christ is King” circulan como marca tribal. En ese fuego cruzado de agitadores irredentos, el judío podría representar las antípodas de ese imaginario lunático.
Esa tensión convive con el apoyo de sectores evangelistas a Israel, que no surge de un reconocimiento histórico del derecho del pueblo judío a tener su Estado propio, sino que responde a una teología mesiánica y a un cálculo geopolítico en el que Israel se acomoda dentro de su mapa profético.
Todo este cuadro se vuelve más peligroso en el Trump II por una razón básica: MAGA gobierna. No opera desde afuera. The Guardian relató esta semana un hecho inquietante: la administración Trump exigió a la Universidad de Pensilvania una lista de judíos -con nombres y datos personales, incluidas direcciones- invocando la lucha contra el antisemitismo. Una forma de vigilancia presentada como protección. (The Guardian, 20.01.2026).
Por supuesto que este clima persecutorio y represivo, en particular contra los inmigrantes, se expresó con crudeza en Minneapolis. El 7 de enero de 2026, una ciudadana estadounidense, Renée Good, fue asesinada por un agente de ICE durante un operativo en plena calle, a la vista de todos, con videos circulando casi en tiempo real.
Ello constituye una cisura profunda, una inversión del sentido. El monopolio de la violencia mata y además acusa a quienes protestan por el crimen.
Por eso se insiste: en ese clima crispado, el antisemitismo encuentra un terreno ideal. Crisis, polarización, sensación de asedio, necesidad de culpables. Las peleas internas del trumpismo se vuelven más feroces y más doctrinarias, porque el movimiento necesita mantener disciplina mientras se expande y crece. Vance intenta caminar entre dos mundos: el establishment republicano que todavía necesita ganar elecciones en algunos Estados y conservar alianzas, y el subsuelo radical que exige pureza ideológica, obediencia cultural y enemigos claros.
Todo esto se conecta con el frente externo. La disputa con Europa por Groenlandia muestra un rasgo común: la política como extorsión permanente. La invitación a Putin al “Board of Peace” agrega un componente adicional, el gusto por la escena teatral de un orden mundial diseñado como club, con membresía, veto y jerarquías definidas desde Washington.
Un poder así necesita relatos que simplifiquen el mundo. Necesita enemigos que expliquen las crisis, las resistencias, las derrotas. El antisemitismo como fenómeno de la modernidad desde el siglo XIX se manifiesta de diversos modos: como nostalgia restaurativa, e invento de una tradición, como relato de reemplazo demográfico, como defensa obsesiva de una “civilización” aparentemente amenazada. En su versión explícita, se ve en grupos y agitadores que hablan sin filtro. En su versión adaptada, se ve en la paranoia sobre inmigración y en la idea de que existe un sistema diseñado para humillar a los blancos y convertirlos en minoría cultural.
No importa si la teoría es absurda. Importa especialmente porque programa y organiza el resentimiento, el miedo, la venganza, sobre todo, el odio.
MAGA es una coalición heterogénea, pero tiene un orden emocional. Une evangélicos nacionalistas, tecnócratas autoritarios, empresarios del caos digital, conspiracionistas, militantes antiwoke y jóvenes radicalizados online. No comparten un programa fino. Comparten una sensación: les robaron el país y alguien debe pagar. Ese “alguien” cambia según el momento. El judío suele ocupar un lugar privilegiado porque ofrece un culpable sofisticado. No hace falta inventar demasiado. El mito ya está escrito.
La historia enseña algo simple y persistente. Cuando el antisemitismo se normaliza, nunca queda encerrado en “lo judío”. Funciona como síntoma de degradación general, de alarma general. Expresa que una sociedad dejó de aceptar la pluralidad como condición de la vida democrática y empezó a verla como amenaza. Señala que la mentira se vuelve herramienta aceptable y que la violencia simbólica empieza a preparar el terreno para cosas mucho más graves.
Un año después de su regreso al poder, los escándalos con nombres propios van a seguir apareciendo. A veces será un neonazi invitado a un programa. Otras será un código repetido con tono de sentido común o una medida estatal que convierte a un grupo en enemigo interno.
En el Trump II, ya no se trata de mensajes en redes. Se trata de gobierno. Cuando el odio deja de ser el combustible de campaña y se vuelve materia prima del poder, la cuestión más importante es saber qué mundo se está fabricando con ese material. Lástima que no haga falta esperar para saberlo.