Hace unos meses enfermé gravemente. Tuve que someterme a una cirugía de urgencia y a una internación prolongada que me dejó incluso más mortificado que la cirugía. Cuando asomaba el alta, el cuerpo aún débil y achacoso, entendí que volver a mi casa era un disparate. A duras penas lograba tenerme en pie; alguien debía ayudarme a bañarme, a vestirme, a comer. Con dos hijas, una perra y un estudiante de intercambio que había llegado hacía tan sólo unas semanas de Polonia (y que aún no entendía las palabras “tumor”, “absceso”, “enfermedad” o, simplemente, “está al borde de la muerte”), no podía pretender que mi esposa se hiciera cargo de mí. Decidí entonces, de manera unilateral, que lo más pertinente era volver, siquiera por unas semanas, a lo de mis padres.
Nótese que empleo deliberadamente el verbo “volver” para que no me confunda, querido lector, con esa parva de adolescentes tardíos que nunca han abandonado el hogar paterno a pesar de estar pisando los cuarenta; esos seres lascivos que continúan apegados a conductas muy poco aconsejables para la edad madura; verbigracia: el sexo, el humor y, tal vez lo más inadmisible, la libertad de espíritu. No, señores, quien suscribe estas líneas ha renunciado a todas aquellas procacidades hace tiempo. Verá: hace acaso dos décadas dejé la querencia y, valga decir, también el deseo. Me casé, tuve hijas, conseguí un trabajo estable y, a fin de confirmar mis aptitudes para cortar de cuajo con los síndromes edípicos en todas sus variantes, viví muchos años en el Exterior (digo “Exterior”, así, con mayúscula y de un modo abstracto, casi abstruso, para que nadie me acuse de sionista, apátrida y –de conocer el último país del prontuario— de insano o lunático).
La cuestión es que, a pesar de ser un hombre probadamente adulto y circunspecto, en estas circunstancias lo mejor era volver adonde mis padres, que en mi caso se reduce a una sola palabra o acaso a un guarismo que guarda resonancias esotéricas, cuando no cabalísticas: el Once. Tan sólo respirar el aire del barrio —o, mejor dicho, sus vahos inclasificables, producto del sincretismo de fenómenos como el hacinamiento, la podredumbre, el orín en las calles y la frutería de la esquina— despertó en mí sensaciones insondables. Volví a conocer un torrente de pulsión vital, una enjundia soterrada, que quizás sólo experimentan los leones cuando son soltados de nuevo en la selva por los emisarios de la National Geographic. Esos ánimos exorbitantes se intensificaron aún más cuando sentí las fuerzas necesarias para abandonar mi postración y resolví –después de varias semanas— salir a dar una vuelta, asido del brazo de mi madre, por las calles de Balvanera, como le gusta decir a ella. Con tan sólo poner un pie fuera me vi embargado por el deseo irrefrenable de besar al borracho perenne de enfrente (siempre es el mismo, aunque todas las noches cambie de voz y de semblante); al judío ortodoxo que, murmurando sus oraciones por lo bajo, avanzaba a toda prisa sosteniendo su sombrero con una mano y sus libros sacros con la otra (¿en cuál de las dos habría de sostener a su candoroso dios?); a la linyera que se sienta como Jonás a la vera de un árbol junto al almacén y, fiel a la doctrina del profeta, calumnia con sus tres o cuatro dientes sanos a quienes dadivosos le extienden uno o dos billetes.

De regreso, exangüe o quizás extasiado ante toda esa barahúnda de estímulos y sensaciones, me vi obligado a arrojarme sobre la cama que mis ya envejecidos pero abnegados padres habían preparado para mí. Observé desde mi lecho el cuarto de mi infancia, los rincones atestados de trastos y libros y más trastos, y las paredes pintadas con el color de la nostalgia. Un grito asolado rasgó el aire aquietado, como envuelto por un manto de añoranza: la vecina de arriba, que debía de acercarse a la edad en la que murió Moisés, continuaba chillando con el mismo vigor que en mi juventud. Su voz, sin embargo, me sonó dulce, casi beatífica, como si me devolviera a un tiempo perdido (sí, durante mi convalecencia no paré de evocar al convaleciente Proust; no paré de compararme con él y de maldecirme por no poder escribir algo tan bueno en el transcurso de esas semanas).
Un pensamiento surcó mi mente y sentí el corazón contrito. Ya no pensé en el literato francés sino en el patriarca Abraham: habrá sido el cóctel de medicamentos diarios lo que me llevó a hacer esa asociación aparentemente inconexa. Vislumbré al paladín bíblico cruzando valles, ríos y romerías en busca de su destino. Le vi llorando mientras abandonaba el hogar paterno, los pies abrasados por la arena del Levante, el alma doblegada por la certeza de que jamás habría de volver. Se me reveló, como en una epifanía, el precepto que el patriarca jamás se avino a escuchar: “Regresa, Abraham; regresa a tu tierra, a la comarca de tu nacimiento, a la casa de tu padre”. Si tan sólo hubieras sido producto de la pluma de Homero en lugar de la reminiscencia de un celoso dios; si tan sólo hubieras podido retornar como Ulises, pensé, a los brazos de Téraj, tu progenitor. De pronto me sentí culpable, acaso un verdadero apóstata al saberme más venturoso que el patriarca, y evoqué como ofrenda expiatoria las palabras de ese poeta romántico que Proust seguramente conocía, pero cuyo nombre –en cambio— yo no logro recordar:
Siempre estoy buscando el camino a casa;
siempre estoy volviendo a la casa de mi padre.
* Rabino de Comunidad Betel