En Davos 2026, el presidente Javier Milei no fue a presentar un plan de desarrollo o crecimiento económico sino que fue a predicar. Eligió el Foro Económico Mundial —un ámbito donde la credibilidad se mide en reglas, estabilidad y capacidad de acuerdo— para volver a su esquema favorito: “Occidente” en decadencia, “socialismo” como explicación total, y un llamado a “retornar” a la filosofía griega, el derecho romano y los “valores judeo-cristianos” como salvación. No es una lectura casual sino una intencionalidad manifiesta que se traduce en que cuando la política económica se narra como “renacimiento moral”, el ajuste deja de ser una decisión discutible y pasa a presentarse como destino.
La escena sirve para la épica, pero no tiene impacto positivo para la Argentina real. No necesitamos sermones civilizatorios con falsas premisas sino un programa claro de crecimiento económico con inclusión, productividad, inversión, institucionalidad y una salida durable de la trampa inflacionaria sin condenar a la intemperie a los sectores postergados de siempre. En cambio, Milei insistió en convertir el debate económico en una guerra cultural global. ¿Qué gana Argentina con ese guion? Aplausos de tribuna ideológica, sí. Una sumisión oscura e inexplicable también. Pero Davos —sobre todo el mundo de negocios— intenta escuchar otra cosa: previsibilidad, coordinación, y señales de que el gobierno puede gobernar más allá del “relato” del enemigo permanente.
En su intervención, Milei reforzó la idea de que “América será el faro” que reencenderá a Occidente. El dilema no es acercarse -o someterse- a Estados Unidos o defender el ¿libre comercio? sino reducir la política exterior a una pertenencia identitaria. Cuando se reemplaza el interés nacional por la afiliación cultural (“nosotros vs. ellos”), la diplomacia se vuelve marketing político y la negociación se vuelve subordinación al clima ideológico del momento, el cual no se expresa más que en una profundización de la derechización global.
Argentina comercia, financia y negocia en un tablero mucho más complejo que el eslogan de “Occidente vs. wokismo”. Europa, China, Brasil, Oriente, India: la inserción internacional es plural más allá de la pertinencia de cualquier gobierno. Incluso, y a pesar de la contradicción de no negociar con el comunismo, Milei permanentemente destaca su comercio con China evitando confrontar con Trump, entendiendo el rol estratégico que tiene para la balanza comercial y el salto tecnológico. Evidentemente, hay “izquierdas” e “izquierdas”.
Economía: déficit cero… ¿a qué precio y sobre quién?
El Gobierno exhibe datos que son cuestionables: anunció que 2025 cerró con superávit primario (aprox. 1,4% del PBI) y superávit financiero (aprox. 0,2% del PBI) como caballitos de batalla, así como un considerable descenso de la inflación al 31,5% anual y una baja de la pobreza de los 57% de diciembre de 2023 tras la devaluación. Más allá de como se interpreten y hagan los datos —la economía es una ciencia social, no exacta— el corazón del debate al que Milei intenta clausurar con moralinas es otro: cómo se logra ese equilibrio y quién absorbe el impacto. Porque el “déficit cero” no es una tabla de piedra; es una elección política de prioridades. Y esa elección, en la Argentina del ajuste, tuvo un patrón regresivo: licuar ingresos, apretar consumos, recortar o degradar prestaciones como jubilaciones o el salario, y convertir la vida cotidiana en un ejercicio de supervivencia.
Jubilaciones mínimas en torno a los 240 dólares sin acceso a medicamentos gratuitos, con incremento de alimentos por encima del aumento inflacionario y un gasto en vivienda de más del doble. Salarios con poder adquisitivo atrasado y pauperización de los trabajos menos calificados, incrementando el monotributo y el empleo informal para llegar a fin de mes. Como parte del modelo es trabajar más horas que las que los convenios colectivos establecen —máximo de 48 horas semanales— para convertirlas mediante una reforma laboral en paquetes de horas, falso emprendedorismo y derechos cercenados. Es decir: el equilibrio fiscal puede cerrar, pero la heladera no.
No sorprende, entonces, que el ajuste haya producido conflictividad social y protestas amplias por recortes en áreas sensibles —salud, educación, ciencia, discapacidad, jubilaciones—, con el Congreso convertido en ring permanente. Cuando el Gobierno se vanagloria de que “todo sacrificio vale”, debería responder una pregunta simple: ¿sacrificio de quién? Porque la “motosierra” no cae igual sobre un hogar que vive al día que sobre quienes tienen espalda financiera, cobertura privada y capacidad de reconvertirse.
La religión como blindaje: “no gastarás” y el truco de convertir política en dogma
Hasta acá, podríamos estar discutiendo un programa económico duro, con defensores y críticos, como corresponde en democracia. Pero Milei agrega un ingrediente que degrada el debate: la sacralización. “El déficit cero es un mandamiento”, dijo en 2024. Y el “no gastarás” se instaló como consigna con estética de tabla mosaica, al punto de que la propia prensa lo describió como “dogma”. Este recurso es peligrosísimo por dos motivos.

Primero, porque convierte una decisión pública —discutible, revisable, perfectible— en un imperativo moral. Si el presupuesto es “mandamiento”, entonces el que disiente no es un ciudadano con argumentos: es un pecador. Y esa lógica es incompatible con el pluralismo democrático.
Segundo, porque Milei no se limita a una metáfora genérica: toma elementos del judaísmo y de la Torá para legitimar su programa. En un discurso público de 2025 (Fundación Faro), el propio presidente mencionó la Torá y a Moisés en su narrativa política. En Davos 2026, Milei llevó esta narrativa al extremo al citar la Parashá Bo, que describe el enfrentamiento de Moisés contra el Faraón. En su interpretación, el Faraón es el «símbolo del poder opresor del Estado». Al vincular las plagas de Egipto con las consecuencias de negar la libertad, Milei advierte que la hambruna y la oscuridad son el destino inevitable de las sociedades que abrazan el colectivismo. Esta hermenéutica ha sido calificada en este mismo medio como un «judaísmo grotesco» por Ignacio Rullansky, quien señala que el texto bíblico se utiliza de forma instrumental y revanchista, despojado de su contexto religioso para convertirse en una herramienta de lucha política.
El riesgo de este discurso es el dogmatismo. Al posicionarse como el «mensajero de una verdad revelada» (ya sea económica o divina), Milei cierra el espacio al diálogo democrático, pues quien se opone a sus medidas no es simplemente un adversario político, sino alguien que «no la ve» o que adora al «becerro de oro» de la intervención estatal
Y ahí aparece la contradicción de fondo: si de verdad se invoca la ética judía, no puede omitirse que en nuestra tradición la “tzedaká” no es caridad opcional sino una obligación de justicia y solidaridad con dignidad para quien necesita. Traducido al debate argentino: no se puede citar lo sagrado para justificar un ajuste que expone a jubilados, trabajadores precarizados y familias —con infancias— sin cobertura social; y al mismo tiempo borrar del mapa la responsabilidad social y comunitaria que la propia tradición subraya.
Milei no será ni el primero ni el último en hacer citas bíblicas en el discurso público. Lo novedoso es que busca representar un significante no judío a partir del soporte judío. No remonta a las fuentes más que para reducirlas a frases y extirparle el sentido bíblico en clave revanchista y justificacionista de su política económica.
Incluso, siguiendo las influencias económicas austríacas del presidente, sus exponentes buscan evitar alianzas entre judaísmo y libertarianismo o anarcocapitalismo. Podríamos citar a Murray Rothbard, quien, en su obra Historia del Pensamiento Económico, indica que las manifestaciones sobre cuestiones económicas en el Antiguo Testamento son dispersas, ambivalentes y hasta contradictorias. O a Ludwig Von Mises, máximo exponente de la Escuela Austriaca