El 27 de enero se conmemora la liberación del campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau.
La pregunta no es qué ocurrió allí —eso está documentado hasta el detalle—, sino qué se decide recordar hoy cuando se invoca Auschwitz y, sobre todo, para qué.
Porque la memoria no es neutra.
Nunca lo fue.
El Holocausto no fue un accidente de la historia ni una explosión irracional de barbarie. Fue un fenómeno político, moderno, organizado, estatal. Requirió administración, consenso social, tecnificación del asesinato y una cultura que aceptara que ciertos grupos podían ser excluidos de la categoría de lo humano.
Eso es lo que debería recordarse.
Sin embargo, buena parte de las conmemoraciones actuales funcionan en sentido contrario: despolitizan el Holocausto, lo convierten en un trauma abstracto, en una tragedia sin responsables estructurales, en una herida cerrada sobre sí misma. Un hecho excepcional, irrepetible, desconectado del presente.
Ese uso de la memoria no incomoda a nadie.
Al contrario: tranquiliza.
El gobierno de Israel y el establishment de nuestra comunidad ha tendido a apropiarse del sentido del Holocausto. No para universalizarlo, sino para particularizarlo. No para interrogar al poder, sino para blindarlo.
El resultado es una memoria identitaria, no crítica.
Una memoria que no pregunta por las condiciones que hacen posible el exterminio, sino que funciona como capital simbólico acumulado.
En ese marco, el Holocausto deja de ser una advertencia histórica y pasa a operar como recurso de legitimación política. Especialmente en relación con el Estado de Israel.
El razonamiento implícito es conocido: dado que hubo Auschwitz, toda política israelí es defensiva; toda acción militar es preventiva; toda crítica es sospechosa; toda comparación es ilegítima. El pasado se convierte así en un escudo absoluto frente al presente.
Pero Auschwitz no otorga derechos especiales.
No concede licencias morales.
No suspende el análisis político.
Cuando el Holocausto se utiliza para justificar políticas de ocupación, la memoria deja de ser memoria y se transforma en ideología. Ya no sirve para evitar la repetición de la violencia, sino para normalizarla.

El problema no es recordar Auschwitz.
El problema es cómo se lo recuerda.
Recordarlo como un punto de llegada inexplicable impide ver los procesos que lo hicieron posible.
Recordarlo como una excepción absoluta impide pensar continuidades.
Recordarlo como patrimonio exclusivo de una identidad impide cualquier lectura universal.
Y sin lectura universal, el Holocausto queda neutralizado políticamente.
En un contexto global de avance de gobiernos autoritarios, nacionalismos étnicos, políticas de exclusión y discursos de guerra permanente, Auschwitz no debería servir para reforzar Estados fuertes, fronteras cerradas y lógicas de enemigo. Debería servir para desarmarlas.
Pero ocurre lo contrario.
El recuerdo institucionalizado del Holocausto convive hoy sin contradicción con campos de refugiados, bombardeos masivos sobre población civil, jerarquización de vidas y justificación del castigo colectivo. La memoria se invoca mientras se reproducen las mismas operaciones políticas: deshumanización, excepcionalidad, necesidad histórica.
Eso no es una traición accidental a la memoria.
Es una consecuencia directa de haberla vaciado de contenido crítico.
Por eso, recordar Auschwitz hoy no debería consistir en repetir consignas ni en rendir homenajes. Debería implicar desconfiar de toda memoria que se vuelva cómoda para el poder. Especialmente cuando ese poder se presenta como heredero de las víctimas.
El Holocausto no enseña a ser fuertes.
Enseña qué sucede cuando la fuerza se organiza sin límites.
No enseña a cerrar filas.
Enseña qué pasa cuando una sociedad acepta que hay vidas descartables.
Si el recuerdo de Auschwitz no sirve para interrogar el presente , entonces no es memoria histórica: es administración del pasado.
Y una memoria administrada, lejos de impedir nuevos crímenes, suele generar las condiciones para que ocurran.