El primo Hérshele

Un primo mayor, una imaginación desbordada y un barrio entero como laboratorio. En este entrañable cuento, Ricardo Feierstein reconstruye, con humor y melancolía, la épica doméstica de los inventores sin destino y de una infancia atravesada por sueños tan brillantes como fallidos.
Por Ricardo Feierstein

A Guga Kogan *

Era el mayor de la banda de los primos (tal vez lo sea todavía y, ya muy veterano, ande por el mundo allí promocionando sus nuevas creaciones).

Sí, el primo Hérshele dirigía la orquesta de nuestra generación por autoridad de la edad y sabiduría de su desenfrenada imaginación. Que, apenas superada la adolescencia, pasó de navegar por las aguas cristalinas de juegos infantiles a tratar de aprovechar esos sorpresivos ramalazos de ingenio -que lo acometían como una gripe escondida- para mejorar la humilde situación económica de su extendida cofradía de inmigrantes, luchando por sobrevivir entre sastres y zapateros.

-Yo salvaré a esta familia- dijo. Y comenzó a pensar. En forma sistemática, con ojos entrecerrados, incursionó en los vaivenes de la vida cotidiana, las necesidades elementales, todo aquello que permitía mejorar la vida del barrio. Inventar era para él una

prótesis del vivir, con ese aire de preocupación propio de los insomnes. Y poseía la capacidad de imaginar que solo portan los elegidos.

Su primera ocurrencia fue el peine-navaja (algo que se vería después), en los años setenta, pero cuando se le ocurrió a Hérshele el siglo XX recién arribaba a su quinta década).

Lo presentó después de una cena familiar, cuando la noche desplegaba pliegues de su sábana sobre la terraza de la casa de los abuelos. El modelo original –que había logrado después de muchos ensayos- incluía un peine común, con alargados dientes de plástico.

Pero en la parte superior, sobre la pequeña joroba que los alineaba, él adosó dos láminas paralelas apenas separadas- también del mismo material- mirando hacia el lado opuesto, donde encajó una hojita de afeitar, de las utilizadas habitualmente en esa época. En un solo instrumento, entonces, incluyó tanto el corte de cabello, como la posibilidad de peinarse luego.

Hubo un gran revuelo, comentarios, exclamaciones. Llevado a términos industriales de producción, esa iniciativa podría ser la salvación económica de todos.

Como el menor de la serie generacional, fui elegido para someterme a una prueba con el aparato. Sentado en una silla, con una servilleta anudada al cuello e inmóvil soporté pacientemente que Hérshele comenzara a pasar ida y vuelta su instrumento, desde la coronilla hasta la nuca, para demostrar su eficacia. Rastrilló así un caminito de unos dos centímetros de ancho, desde arriba hacia abajo.

-¡Funciona! ¡Maravilloso! – gritaron todos. Entre nosotros, claro, no había ningún peluquero que podría quedarse sin trabajo.

En los días siguientes, mi identificación barrial cambió. En lugar de “el rusito” -como había sido hasta entonces-, los vagos de la esquina me pusieron “el pibe Canaleta”. Llevé ese apodo hasta la mayoría de edad.

El primo mayor no se inmutó. Los ojos afiebrados descubrían, cada semana, otro invento que cambiaría al mundo. Una linterna cuya luz traspasaba las paredes. El juego de espejos que, colocados estratégicamente alrededor de la cintura, lograban que uno caminara bajo el sol sin proyectar ninguna sombra. Una escuadra de plástico con un botoncito que, al oprimirlo, avanzaba un centímetro exacto y eliminaba la necesidad de medición en los planos. Flores rociadas con cloroformo que ayudaban a dormir a los insomnes. Un lápiz de labios que emitía reflejos. Terrones de azúcar redondos para disolverse más fácilmente.

Casi todas las viviendas de esa época poseían un patio, a veces de buen tamaño, en la planta baja.

Lavarlo era motivo frecuente de discusiones sobre el elegido para hacerlo. Hérshele lo transformó en un juego. Primero baldeó con agua todo el piso. Luego, debajo de cada zapato se ató con piolín un jabón blanco, grande y rectangular, con los que se lavaba la ropa en la pileta. Desde la puerta de la cocina, comenzó un patinaje hacia el otro extremo, dejando estelas blancas sobre el líquido previamente esparcido.

Pero no tomó en cuenta alguna ley física: el cuerpo resbaladizo adquirió creciente velocidad y terminó estrellándose contra la pared opuesta. Debió recomponer su larga nariz y renunciar a la idea.

Más tarde, su hobby favorito pasó a ser aeromodelismo, pensado como estrategia industrial. Estuvo semanas y semanas construyendo un pequeño avión de prueba con madera balsa, pieza por pieza, armado de una paciencia infinita. Calculó la extensión de las alas, el peso, hasta copió el modelo “Tigre” -de moda en ese entonces en las revistas de aeronáutica- y fue pegando pequeñísimas tiras de madera más oscura, en el fuselaje.

El fin de semana siguiente fuimos a probar el modelo de aparato. Yo recibí el título de “asistente” del piloto. Llegamos hasta los bosques de Palermo, buscamos un lugar bastante abierto y la preparación fue rápida. Hérshele verificó la dirección del viento mojando el índice de su mano derecha y levantándolo en el aire. Se acomodó, ensayó un par de veces, hizo una pequeña carrera y lo lanzó. La frágil construcción planeó algunos segundos, avanzó pocos metros, fue perdiendo fuerza y cayó. En un lugar, no previsto, de altos pastos, por los que quedó semicubierto por la vegetación.

-¡Asistente! – gritó el piloto- ¡Recupere la nave!

Fui corriendo hasta allí. Era la hora del crepúsculo y la visión no resultaba la mejor.

Busqué hacia un costado, el otro y, de pronto… !crash!. Mi pie aplastó parte del fuselaje, escondido entre los yuyos.

Volví con los restos del aparato. Hérshele se volvió loco.

-¡Estúpido!- gritó. Y me aplicó un soberbio cachetazo.

Renuncié apenas volvimos a casa y nunca más me interesé por sus inventos. Todavía debe deambular por alguna esquina del mundo, su imaginación sobresaltada por aquella ocurrencia que lo sacaría de pobre y lo haría famoso.

* Guga Kogan falleció en el Kibutz Lehavot Habashánhace unos meses.