Comunidades judías de EE.UU. frente a la persecución a los inmigrantes

Un día en febrero con sonidos de Shofar

En pleno invierno de Washington, el sonido del Shofar irrumpió frente a la sede de ICE y convirtió una manifestación convocada por organizaciones judías en un llamado espiritual y político contra las redadas migratorias. Crónica en primera persona de una movilización que interpela a la comunidad judía estadounidense frente a la polarización y al desafío de alzar una sola voz.
Por Victoria Wigodzky, desde Washington

Los sonidos del Shofar, el 11 de febrero a las 13:30, en pleno invierno de Washington, DC, parecían fuera de lugar. Por momentos, la escena resultaba confusa y desorientadora: los cantos, los silbatos y los toques de unas 500 personas congregadas no en septiembre, en un templo y en vísperas de los Yamim Nora’im (“Días Temibles”), sino frente al imponente edificio de US Immigration and Customs Enforcement (ICE) —la agencia estadounidense encargada del control fronterizo y migratorio—, se transformaron en un poderoso despertador, en un llamado espiritual y político a la acción.

Confuso y desorientador: como todo lo que está ocurriendo en este país, donde emigré hace más de 30 años, todos los días.

La manifestación coincidió -no casualmente- con la Parashá (sección de la Torá) de la semana, donde se recuerda «No maltratarás ni oprimirás al extranjero, porque extranjeros fuisteis vosotros en la tierra de Egipto» (Éxodo 22:20).

Las personas que no tenían un Shofar soplaban silbatos. Esos mismos —a esta altura icónicos— silbatos cuyos gritos agudos vienen irrumpiendo el silencio en distintas comunidades de EE. UU. para alertar a la población durante las redadas de migrantes.

Desde mediados del 2025 estas redadas vienen ocurriendo en múltiples ciudades de Estados Unidos: Atlanta, Boston, Chicago, Denver, Los Angeles, Miami, Newark, Nueva York, Philadelphia, Portland, San Diego, Seattle, y Washington, D.C., entre otras. Según el American Immigration Council, dichos operativos se han caracterizado por un aumento significativo de arrestos «generalizados» (diríamos, entre nos, “¿al por mayor”?) en las comunidades, con un aumento del 600 por ciento. Han culminado en un aumento del 2.450 por ciento en el número de personas sin antecedentes penales detenidas por ICE en un día determinado. Las corporaciones privadas, como Signature Aviation y Target, han sido particularmente señaladas como contribuidoras a la estrategia de ICE y denunciadas en múltiples espacios de protesta.

Las recientes imágenes de las calles de Minneapolis, que mostraron la crueldad y la violencia de agentes de ICE, y a la vez la defensa valiente e infatigable de decenas de miles de personas, tuvieron un efecto disparador que impulsó, finalmente, la protesta social dentro de la comunidad judía.

Convocada por las organizaciones T’ruah – The Rabbinic Call for Human Rights[1] y Bend the Arc, junto con más de 60 instituciones judías, sinagogas y organizaciones que luchan por la justicia social, la manifestación logró reunir —durante un par de horas y en plena jornada laboral, un detalle nada menor en una ciudad particularmente volcada al trabajo y en una sociedad poco proclive a tomar las calles— a una multitud significativa de personas de distintos movimientos y generaciones que no siempre confluyen en acciones conjuntas.

Cuando le pregunté a Hadar Susskind, el presidente de la organización New Jewish Narrative, qué había hecho posible y qué consideraba particularmente especial de este momento, en un contexto de polarización en la comunidad judía luego de la tragedia del 7 de octubre,remarcó la importancia de haber convocado no sólo a los “sospechosos progresistas habituales”, sino también a un número importante de organizaciones e individuos sin afiliación alguna que no siempre se exponen públicamente. Mientras que muchas de estas organizaciones y activistas generalmente participan en eventos sobre Israel (desde distintos lugares del espectro político), tienden a evitar manifestaciones o declaraciones públicas sobre cuestiones de política interna estadounidense.

¿Y el porqué de este poder de convocatoria? Simplemente enfrentarnos como comunidad con la atroz realidad política de este momento en el ámbito migratorio, y la imposibilidad de mantener el silencio. Según Susskind, “Este fue un ejemplo de cómo muchas personas de la comunidad judía reconocieron los desafíos de este momento, y que es diferente al pasado. Es un momento que exige acciones y narrativas diferentes. Es necesario alzar la voz como judíos y como una sola voz judía contra las atrocidades”.

Bajo un mismo talit

Una de las imágenes más emotivas de la protesta fue la de un inmenso talit (manto de oración) extendido desde el escenario sobre gran parte de los manifestantes. Al revisar la lista de organizaciones, sí: fueron muchas las que se sumaron. Pero no pude dejar de advertir la ausencia de varias entidades clave, especialmente de sectores más conservadores que suelen canalizar su “judaísmo político” a través de posicionamientos en torno a Israel, antes que animarse a luchar por valores judíos más amplios, como los evocados en la Parashá. Sin pecar de ingenuidad, qué importante sería que la próxima manifestación sobre este tema —o sobre tantos otros que hoy amenazan la democracia y los derechos humanos— nos obligara a buscar un talit todavía más grande para, literalmente, “ampliar la carpa”. Es una lucha que nos interpela como comunidad: por nuestra historia, por nuestros valores, por nuestras creencias y tradiciones.

La única otra —y última— protesta en la que participé bajo una “bandera judía”, y en la que experimenté una sensación similar, mezcla de orgullo, unión y solidaridad entre comunidades y causas, fue la movilización masiva de agosto de 2023 para conmemorar el aniversario 60 de la Marcha a Washington, DC de Martin Luther King, Jr. Fui con mi marido, mis hijos de entonces 10 y 12 años, y mi mamá de 80 años. Recuerdo una alegría y una energía electrificante y contagiosa proveniente de distintas generaciones, movimientos, comunidades. Ese momento, simbólico y real a la vez, de interseccionalidad de causas, ocurrió solo 2 meses antes del 7 de octubre, la mañana en la cual sentí casi intuitivamente que se desmoronaría o al menos quebraría significativamente.

Los polos y la polarización subyacente, que no han hecho más que profundizarse en los últimos años, parecieron suspenderse —al menos por unas horas y con inusitada intensidad— aquel 11 de febrero. Le pregunté a Susskind si este tipo de protesta o acción conjunta era sostenible y si lograría superar las divisiones —o, a veces, el ombliguismo— que caracterizan a la colectividad (y, huelga decirlo, no solo a la judía). “¿Es sostenible? Yo creo que es inevitable. Hay una necesidad abrumadora y un verdadero clamor por este tipo de acción. Existe una división generacional en lo referente a Israel, sí, pero la indignación frente a la erosión de la democracia en este país y en el mundo trasciende generaciones. ¿Qué significa ser un judío estadounidense progresista? ¿Qué implica ser sionista y, al mismo tiempo, crítico del gobierno israelí?” Son preguntas que interpelan desde hace años a la diáspora judía estadounidense. Y, me atrevo a decir, a todas las diásporas.

¿Y bastará para abordar las divisiones? Susskind opina: “Las divisiones en la comunidad siempre han existido. Pero, ya sea [que una organización o una persona se identifique con pensamientos] de derecha o de izquierda, nos debemos preguntar: ¿estamos luchando desesperadamente para aferrarnos a las viejas ilusiones organizativas sobre cómo debería ser el mundo? Estamos frente a una realidad diferente y necesitamos vivir -y actuar- en esa nueva realidad”.

Las protestas quizás no cambian la política, al menos no en el corto plazo. Pero ser parte de un movimiento, de una comunidad, de múltiples colectividades, que se unen en distintas partes del país, que se nutren entre sí para sostenerse y para generar presión, una calle y un silbato a la vez, sí importa, y aporta. Cómo judíos, el silencio nunca ha sido, y no es hoy, opción.

Democracia, Teshuvá y responsabilidad pública

El 11 de febrero, no hubo silencio. Hubo Shofar, gritos, silbatos y, sobre todo, canción.

El concepto de Teshuvá -retorno, arrepentimiento, contrición- de los Yamim Nora’im nos recuerda que aquellas personas (léase instituciones, autoridades, gobiernos) que cometieron errores durante el año tienen oportunidad de remediarlo. Frente al edificio de ICE – inspirados por la canción que se originó y se hizo viral en Minneapolis semanas antes- se escuchaban las estrofas conmovedoras de “It’s ok to change your mind” (Puedes cambiar de opinión…). Quiero creer que al menos algunos de los rostros borrosos que aparecían detrás de los ventanales de las oficinas, mirando hacia la calle, también escuchaban y se dejaban emocionar y contagiar por un sentido de humanidad más fuerte que las lógicas burocráticas y el “obedecer órdenes”. Y que esos sonidos de la calle los animarán, algún día, a ejercer presión interna hacia el cambio.

Los Yamin Nora’im son días de reflexión e introspección para el pueblo judío. Suelen ocurrir con mayor intencionalidad en septiembre —ya que muchos dicen que no podemos vivir con ese nivel de intensidad todos los días del año—. Sin embargo, en el actual contexto político, la tragedia que está ocurriendo en Estados Unidos con la inmigración, demanda ese tipo de reflexión e introspección, seguida de la acción, de manera sostenida y constante. Es lo que nos toca como pueblo judío —de donde sea nuestra tierra originaria o lugar de residencia— y como ciudadanos del mundo. 


[1] “El llamado rabínico por los derechos humanos”