Como gran parte del mundo, me desperté el 3 de enero con la noticia dramática de una operación estadounidense en Venezuela para secuestrar a su presidente, Nicolás Maduro, junto con su esposa. Muy poco después, me preparé para las acusaciones inevitables de interferencia sionista que seguirían.
Desde el ataque de Hamás del 7 de octubre y la subsiguiente guerra en Gaza, se ha vuelto común ver a Israel posicionado como explicación causal de un amplio espectro de crisis globales no relacionadas entre sí. Desde casos de golpes militares hasta represión indígena y conspiraciones financieras, en muchos medios online de izquierda se apunta como responsable a Israel, y no al historial mucho más largo de colonización, extractivismo y concentración de riqueza que han creado algunas de las sociedades más desiguales de la Tierra.
No pasó mucho tiempo para que mi instinto se convirtiera en realidad. Apenas horas después del secuestro de Maduro, la entonces vicepresidenta de Venezuela, Delcy Rodríguez, afirmó públicamente, sin ninguna reserva, que la operación estadounidense para llevarse a Maduro tiene “tinte sionista”.
Aunque esperaba algún tipo de acusación en este sentido, realmente no me imaginaba -quizá de forma ingenua- que una figura de tan alto nivel fuera la que alimentara la máquina de desinformación.
La declaración de Rodríguez sigue un patrón histórico más amplio, creando una convergencia entre la retórica conspirativa de la extrema derecha sobre los judíos y la de la extrema izquierda sobre Israel. De la misma forma que el antisemitismo operó históricamente como una cosmovisión conspirativa que atribuía causalidad global a un actor colectivo oculto, ciertas formas ideológicas de antisionismo pueden adoptar una forma similarmente totalizante.
En estos discursos, la crítica a Israel no se centra en los bombardeos sobre Gaza o el trato inhumano a los palestinos en los territorios ocupados -políticas que yo también he criticado-. En cambio, el énfasis se desplaza hacia la construcción de una demonología en la que Israel aparece como una fuente única de maldad y la fuerza explicativa clave para comprender lo que sucede.
Apenas días después de la captura de Maduro, dinámicas similares surgieron en Argentina, donde los incendios forestales en la Patagonia fueron culpados no al cambio climático o la deforestación, sino a israelíes que supuestamente tramaban apoderarse del territorio. Fue un eco de la antigua teoría conspirativa del “Plan Andinia”, que afirmaba que judíos buscaban establecer por la fuerza un Estado judío en la Patagonia.
Aunque se distancian del racismo biológico del siglo XX, algunos sectores de la izquierda latinoamericana proyectan sobre Israel tropos antiguos de una “conspiración judía”, en la que el “sionismo” o “Israel” ocupa el lugar simbólico de una fuerza globalmente poderosa, excepcional e ilimitada. Pero hay algo específico en la forma en que el antisionismo y el antisemitismo se encuentran en el contexto latinoamericano.
Este cambio discursivo se desarrolla en una región marcada tanto por una desigualdad estructural extrema como por una larga historia de intervenciones extranjeras, conspiraciones militares y operaciones encubiertas, donde las explicaciones conspirativas encuentran un terreno especialmente fértil. El resultado es un marco en el que problemas estructurales, como la concentración de riqueza y el colapso ambiental, se desplazan hacia un actor externo distante.
Este desplazamiento de la causalidad hacia un actor externo hace eco de mecanismos largamente asociados con la política de extrema derecha, como señala Eva Illouz en su lectura de Theodor Adorno. Para partes significativas de la izquierda latinoamericana, este uso del antisionismo como herramienta metaexplicativa es relevante porque constituye una gramática que distingue entre “ellos” (una fuerza maligna, poderosa y oculta) y “nosotros” (el pueblo real, la clase trabajadora y partes del Sur Global colonizado).
Permítanme aclarar esta dinámica con algunos ejemplos. A principios de 2023, el alcalde de Belém, la ciudad portuaria amazónica que albergó la COP-30 en 2025, declaró al municipio como un “espacio libre de apartheid” y lo alineó con iniciativas de boicot y desinversión dirigidas a Israel. El gesto se desarrolló en una ciudad marcada por algunas de las desigualdades infraestructurales más extremas de Brasil. Según datos recientes, aproximadamente el 49 por ciento de la población de Belém carece de acceso a la recolección de aguas residuales, una de las tasas de cobertura de saneamiento más bajas entre las capitales brasileñas. Belém tiene una pequeña comunidad judía de origen marroquí que data del siglo XIX y prácticamente ninguna presencia israelí, lo que subraya una vez más cómo estas narrativas funcionan como proyecciones simbólicas en lugar de “respuestas” a actores locales concretos.

El acceso al saneamiento en Belém refleja la desigualdad racial de Brasil: los residentes blancos y más ricos tienen muchas más probabilidades de contar con servicios, mientras que las comunidades afrobrasileñas e indígenas carecen desproporcionadamente de infraestructura básica. Más de la mitad de la ciudad vive en condiciones urbanas precarias. Belém también tiene la proporción más alta de residentes de barrios marginales urbanos entre las capitales estatales de Brasil, con más de su mitad de la población habitando estos esapcios.
El punto no es descartar la solidaridad internacional, sino observar un patrón de desplazamiento simbólico. Esta es una ciudad donde los legados de la concentración colonial de tierras y riqueza, la desigualdad racial y el abandono infraestructural son visibles en la vida cotidiana, constituyendo un apartheid de facto. Dado que no hay soluciones fáciles a disposición, la energía se proyecta hacia afuera, hacia un actor geopolítico distante sobre el que el municipio no tiene absolutamente ningún poder de influencia.
En Brasil, como en otros lugares de América Latina, otra capa complica el panorama: la polarización política interna reverbera cada vez más a través del terreno simbólico de Israel y Palestina.
Bajo el expresidente Jair Bolsonaro, esta dinámica se volvió particularmente visible. Bolsonaro, ahora encarcelado tras su condena por obstruir investigaciones sobre su fallido intento de anular las elecciones de 2022 en Brasil, apareció repetidamente en público y en redes sociales enmarcado por banderas israelíes junto a las brasileñas. También se rodeó de símbolos religiosos judíos, como menorot. Fue el representante más prominente de un campo de extrema derecha -que incluye grupos judíos- que aboga por este vínculo, alineando el nacionalismo conservador de Brasil con partes del discurso político israelí y el simbolismo estatal.
Por un lado, la extrema derecha latinoamericana utiliza a Israel como símbolo de “defensa de la civilización” -una lucha moral entre el bien y el mal, anclada en un ethos militar fuerte y un modelo de estado guiado por la religión-. Por otro, sectores de la izquierda movilizan a Israel exclusivamente como símbolo de opresión global, capaz de moldear la política mundial de manera excepcional y desproporcionada. En ambos casos, Israel opera simultáneamente como actor político y como pantalla sobre la que se proyectan conflictos y ansiedades domésticas.
Desde el 7 de octubre, a medida que partes significativas de la izquierda han adoptado retórica que justifica o parece celebrar la violencia contra civiles israelíes como táctica legítima de descolonización, y a medida que la respuesta militar de Israel en Gaza generó indignación global generalizada, ser judío y de izquierda se ha sentido cada vez más fuera de lugar. Ningún grado de crítica al gobierno de Netanyahu o a la ocupación parece suficiente. Cualquier posicionamiento que no adhiera plenamente a consignas como “Desde el río hasta el mar” es descartado como apaciguamiento hacia Israel o denunciado como “sionismo liberal”.
En esta visión, Israel se convierte en un anatema. Como en formas más antiguas de antisemitismo, entender a “Israel” como la fuente de todo mal ofrece un cierre interpretativo seductor y abarcador. En ese movimiento, lo que se pierde no es solo el matiz, sino la política misma.
Al igual que en otras partes del mundo, la política en América Latina se inclina hacia la derecha, con Israel posicionado simbólicamente en el centro de las batallas culturales polarizadas.
En Argentina, el presidente Javier Milei ha abrazado a Israel como aliado civilizatorio, alineándose estrechamente con Benjamin Netanyahu. En El Salvador, el presidente Nayib Bukele, de ascendencia palestina, ha trazado paralelos entre su guerra contra las pandillas y la guerra de Israel contra Hamás. Como resultado, es esperable una mayor polarización en torno a Israel, alimentando esta cosmología conspirativa de interferencia sionista en todas partes.
Para los judíos latinoamericanos, especialmente los de izquierda, esto a menudo significa sentirse atrapados entre fuegos cruzados, repudiando la retórica de choque de civilizaciones que proviene de figuras de extrema derecha locales, que enmarcan a Israel como protagonista de una lucha del bien contra el mal; al mismo tiempo, se niegan a corear consignas que llaman a su destrucción. En pequeñas comunidades judías, como la mía en São Paulo, esa tensión se siente profundamente y no muestra señales de disminuir en el futuro cercano.
* Antropólogo especializado en cambio climático y degradación ambiental en la Amazonía brasileña. Ha enseñado en la Universidad de Princeton y en la Universidad de São Paulo. Es autor del libro The Life and Death of a Minke Whale in the Amazon (Milkweed Editions).