Tres observaciones sobre la situación (y una cuarta necesaria)

En el contexto de un giro histórico tras el ataque de Israel y EEUU a Iran, Dario Teitelbaum explora cuatro claves para comprender el momento: el impacto regional, los efectos en la política israelí, las dudas sobre la seguridad global y la ventana que podría abrirse para replantear el conflicto israelo-palestino.
Por Dario Gabriel Teitelbaum

«Por la caída de tu enemigo, no te regocijes; y cuando tropiece, no caiga en jubilo tu corazón»

(Proverbios 24:17-18)

La incertidumbre de los últimos meses, semanas y días fue reemplazada por una certeza implacable. Transitamos horas que condensan décadas. El ataque coordinado de Israel y Estados Unidos contra Irán y el ajusticiamiento del ayatolá Alí Jamenei proyectan un eco global inmediato. Luego aparecen los impactos políticos domésticos, incluida la posibilidad de elecciones anticipadas en Israel. Pensar este momento exige serenidad. No euforia. No pánico. Responsabilidad histórica.

Primera observación: el golpe estratégico y el vacío

Durante años, el régimen iraní fue el principal articulador de la proyección militar indirecta contra Israel, mediante milicias y alianzas regionales que sostuvieron un estado de confrontación permanente. Un ataque directo contra su infraestructura y la eliminación de su líder supremo alteran ese equilibrio. Desde una perspectiva militar, se trata de un intento de desarticular cadenas de mando, frenar ambiciones nucleares y restablecer disuasión.

Sin embargo, toda caída de régimen abre una incógnita. La pregunta no es solo si el régimen era cruel, fanático e inhumano, sino qué lo reemplaza. La historia reciente demuestra que los colapsos autoritarios no garantizan transiciones ordenadas. Pueden derivar en fragmentación, luchas internas y guerras civiles o radicalizaciones aún más imprevisibles. El desenlace dependerá menos del ataque en sí que de la arquitectura política que emerja después. Allí se jugará la estabilidad regional.

Segunda observación: la dimensión electoral israelí

Los efectos no serán solo geopolíticos. Si el ciclo militar concluye sin escaladas mayores y la opinión pública percibe que la amenaza fue contenida, el liderazgo que impulsó la operación podría capitalizarlo políticamente. En ese contexto, elecciones anticipadas serían una posibilidad concreta.

La seguridad ha sido históricamente un eje central del voto israelí. Pero la sociedad también atraviesa fatiga institucional, polarización y desconfianza acumulada. Una operación exitosa puede fortalecer a un liderazgo; también puede profundizar divisiones si se percibe como cálculo político. El punto decisivo no será solo quién gane, sino con qué mandato: cohesión o confrontación interna.

Tercera observación: ¿es el mundo más seguro?

La desaparición de un régimen que promovió milicias regionales y avanzó en capacidades estratégicas parece, a primera vista, una reducción de riesgo. Pero la seguridad internacional no depende únicamente de eliminar amenazas concretas.

La cuestión de fondo es el equilibrio del sistema global. Si la caída de Teherán coincide con una concentración creciente del poder en un solo polo internacional, con menor peso de contrapesos institucionales y mayor unilateralismo, el escenario cambia. Los sistemas monopolares pueden ofrecer estabilidad en el corto plazo, pero también generan tentaciones expansivas y menor previsibilidad en el mediano.

La pregunta entonces no es simplemente si el régimen iraní representaba un peligro. Es si un mundo con menos actores hostiles, pero con poder más concentrado resulta estructuralmente más equilibrado. Reducir una amenaza no equivale automáticamente a construir un orden más estable.

Cuarta observación: una ventana inesperada

Existe, sin embargo, una lectura potencialmente optimista. El eje estratégico que durante años sostuvo dinámicas de confrontación permanente en la región podría debilitarse. Si ese respaldo externo disminuye, podría abrirse un espacio político distinto para el conflicto israelí-palestino.

La solución de dos Estados para dos pueblos no es una consigna romántica. Es una propuesta de delimitación soberana destinada a reducir fricción estructural y ofrecer horizonte político. Paradójicamente, una confrontación regional podría desmantelar bloqueos que parecían inamovibles.

Nada garantiza que esa oportunidad sea aprovechada. Las crisis pueden consolidar poder o redefinirlo. Pueden cerrar sociedades sobre sí mismas o empujarlas hacia acuerdos que antes parecían imposibles.

El punto de inflexión quedo por detrás. Lo que aún no está escrito es el uso que se hará de él. En eso se decidirá no solo la correlación de fuerzas, sino la dirección moral y política de la región.

PD: Por lo pronto seguiremos corriendo al refugio que no tenemos. Al igual que el tercio de la población israelí. En su gran mayoría poblaciones debilitadas, kibutzim y moshavim y la inmensa mayoría de la sociedad árabe.