Guerra con Irán ¿fin de la República Islámica o guerra regional?

La guerra contra Irán, lanzada con la promesa de desmantelar la República Islámica, amenaza con transformarse en un conflicto regional de consecuencias imprevisibles. Entre la lógica de la “seguridad permanente” que analiza Yagil Levy y la apuesta de victoria militar de Benjamin Netanyahu, Israel profundiza una estrategia que, lejos de provocar una transición democrática en Teherán, consolida una sucesión conservadora y acelera la regionalización del enfrentamiento. Ataques en el Golfo, en Chipre y Turquía, presión sobre los mercados energéticos y el involucramiento indirecto de Rusia y China delinean un escenario en el que la guerra limitada parece una ilusión y la estabilidad una apuesta cada vez más incierta.
Por Leonardo Senkman, desde Jerusalén

Estados Unidos no quiere aprender nada de su fracaso colosal durante la invasión de Irak en 2003. Pero tampoco Israel parece haber aprendido que la mera ejecución de jefes terroristas no provoca la rendición de milicias como la Guardia Revolucionaria chiita. Mucho menos aún, cuando el gabinete de guerra de Netanyahu decidió liquidar al líder político y ayatola fundamentalista Jamenei, creyendo que era equivalente a la ejecución de Nasralá o Sinwar.

Sorprende a numerosos israelíes que la condena a Netanyahu por haber ordenado la ejecución de Jamenai no provenga de pacifistas de la izquierda: el político y analista laborista Uzi Baram, ex ministro del gobierno progresista de Itzjak Rabin, publicó el 3 de marzo en Ha’aretz su apoyo a la guerra, pero no al asesinato del ayatola: “Se trata de un grave error, precedido por un juicio equivocado. Un Estado que prevé el futuro no asesina a un líder político y religioso de decenas de millones de chiitas (que representan aproximadamente el 15 % de los musulmanes del mundo). Un Estado judío, que actúa con prudencia, no habría atentado de esta manera contra el líder de un Estado musulmán chiita. Le está prohibido a Israel asesinar a un importante líder político y religioso, incluso si fuera la cabeza de la serpiente… Jamenei no es Ismail Haniyeh en términos de estatus. Incluso en un sistema sangriento, deben hacerse consideraciones amplias y racionales, y no solo vanagloriarse de logros militares… Parece que olvidamos por completo nuestro lugar en esta región. Un pequeño Estado judío en el corazón del Oriente Medio árabe. No podemos basar siempre nuestra seguridad en nuestra propia espada”.

El ex ministro y diputado laborista entre 1977 y 2001 recuerda en su columna periodística haber escuchado por primera vez el nombre de Jamenei cuando fue enviado a Buenos Aires por el primer ministro Rabin, inmediatamente luego del atentado a la AMIA en julio de 1994. Después de que el presidente Menem le expresó su pesar, Uzi Baram escuchó, estupefacto, las palabras de un diplomático de EE. UU. que iba a entrevistar al presidente argentino: «En nuestra opinión, se trató de una acción conjunta de Alí Jamenei y Carlos Menem». Jamenei ya era el líder espiritual de Irán en aquellos años, tras haber reemplazado al fallecido Jomeini en 1989 y, de hecho, la máxima autoridad política y líder religioso de millones de chiitas.

Uzi Baram no se equivoca con su advertencia y admonición a Netanyahu: millones de seguidores del régimen decretaron duelo en Tabriz por el asesinato de Ali Jamenei, evocando el martirio de Husáin ibn Ali, tercer imán chiita, a guisa de respuesta fundamentalista simbólica a la Yihad proclamada para vengarlo.

Pero el asesinato del ayatola no es el único error en esta guerra que tiene todos los ribetes de una guerra regional. Tanto EE. UU. como Israel deliran con la posibilidad de que los ataques de su inexpugnable fuerza aérea incitarían a las multitudes a resucitar la protesta reprimida sangrientamente. No cabe duda de que algunos sectores de la oposición acogen entusiasmados la continuidad de los ataques aéreos. Recientemente se observaron expresiones visibles de júbilo en algunas zonas urbanas, lo que refleja la opinión —sostenida por una minoría— de que cualquier golpe de afuera al régimen impulsa la causa del cambio. Sin embargo, este sentimiento no es uniforme ni dominante. La mayoría de las protestas dentro de Irán están motivadas por el colapso económico, la corrupción, la represión y las demandas de dignidad, más que por una alineación geopolítica para voltear al régimen. Incluso entre los iraníes profundamente contrarios a los ayatolas, el nacionalismo sigue siendo una poderosa fuerza moderadora. Muchos manifestantes creen, simultáneamente, que la República Islámica debe caer, pero que la intervención militar extranjera conlleva profundos riesgos. Esta dualidad es crucial porque la coalición extranjera no solo debilitaría el movimiento de protesta, sino que lo reconfiguraría. La acción militar externa fracturaría a los sectores de la oposición en múltiples direcciones. Ideológicamente, la intervención se convierte en una prueba de fuego, en particular, después del impacto contra una escuela primaria en la sureña ciudad de Minab, en la que se han contabilizado al menos 85 muertos, entre alumnas y personal.

Informaciones diversas transmiten que el temor mayor de la población es al caos que provoca el vacío de poder y a la imposibilidad de una transición operativa hacia un nuevo régimen capaz de dictar medidas socio económicas populares.

Un mes antes de que EE. UU. e Israel lanzaran la guerra, el ex analista de inteligencia sobre Medio Oriente en la OTAN y el Pentágono Willam Keenan alertaba en relación a las ilusiones de que una intervención armada cohesione a la protesta ahogada en sangre. Recordaba que los movimientos de protesta triunfan cuando los participantes creen que están forjando su propio futuro, pero cuando los ejércitos extranjeros se convierten en actores decisivos, los manifestantes se ven reducidos a meros espectadores de acontecimientos que no controlan.

Esta erosión de la capacidad de acción socava la legitimidad, la coordinación y la resistencia, cualidades necesarias para mantener la presión sobre un sistema autoritario arraigado en Irán. Tal como señaló en su nota del 18 de enero en Times of Israel, Keenan está convencido de que: “la decapitación del liderazgo, a menudo propuesta como la opción más agresiva posible antes de la guerra, no resuelve estos dilemas. Destituir a altos cargos sin la capacidad de imponer el orden crea un vacío de poder en lugar de una transición. El sistema político iraní no es una dictadura personalista sostenida por un solo individuo; es una compleja red de instituciones clericales, órganos de seguridad, conglomerados económicos y centros de poder regionales. Una decapitación probablemente desencadenaría una peligrosa contienda entre facciones del Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI), redes clericales y comandantes provinciales, mientras que actores externos maniobran para influir en los resultados”.

Resulta prematuro arriesgar pronósticos, pero sin una fuerza de ocupación que supervise la transición —medida que Trump no aceptará—, el resultado de la guerra en Irán probablemente sea la fragmentación o un renovado autoritarismo, no una transición democrática. La expansión de la intervención militar sin una política clara de objetivos agrava estos riesgos. Una vez iniciada la guerra, la presión para intensificarla rara vez cede. Si los ataques limitados no logran modificar el comportamiento del régimen descabezado, se intensificarán los llamados a una acción más amplia.

La reacción interna del régimen descabezado no se hizo esperar: la sucesión del ayatola fue rápidamente controlada por el CGRI (Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica). La Asamblea de Expertos de Irán eligió a Mojtaba Jamenei, hijo del asesinado Ali Jamenei, como el nuevo líder supremo de Irán, en plena guerra con Estados Unidos e Israel. Según el reporte periodístico, su elección fue decidida bajo presión del poderoso IRGC, la organización militar más grande del país. Se trata de una virtual sucesión dinástica. Mojtaba Jamenei se convertiría en el tercer líder supremo de la Revolución Islámica después del fundador de la República en 1979, Ruhollah Jomeini, fallecido en 1989 y reemplazado por Alí Jamenei.

El rápido desenlace hacia una sucesión conservadora clausura cualquier espacio para la protesta popular. A pesar de las reglas formales de la Constitucióniraní, el CGRI ha conseguido desempeñar un papel decisivo, aunque no escrito, en el proceso de elección del nuevo ayatola. El nuevo líder político y religioso va a gobernar junto a esta poderosa fuerza militar, que posee una amplia influencia económica y política. Incluso, la oposición señaló a Mojtaba Jamenei como el responsable de la represión de las protestas contra un fraude denunciado en las elecciones de 2009 y de liderar un grupo paramilitar denominado Basij (oficialmente, «Organización para la Movilización de los Oprimidos»), subordinado a la Guardia Revolucionaria. Esta facción voluntaria y represiva se encarga fundamentalmente de atacar a disidentes y controlar protestas populares.

Tal como señala la nota «Explained: Who will lead Iran now and what happens next?» publicada en Middle East Eye el 1 de marzo, una situación bastante similar se produjo en la revolución de 1989. En aquel entonces, Jamenei fue elegido líder gracias a los esfuerzos de sus aliados conservadores, a pesar de no ostentar el máximo nivel de autoridad religiosa que la ley islámica exige a los candidatos.

Guerra regionalizada en Medio Oriente y guerra permanente en Israel

La estrategia bélica iraní de resistencia a la coalición Estados Unidos-Israel mediante una prolongada guerra regionalizada en Medio Oriente incentivará aún más la estrategia israelí de guerra permanente que se radicalizó luego del 7/10.

Después de ese día, la teoría de la guerra permanente ha sido formulada usando otra categoría analítica: «seguridad permanente», de Yagil Levy, profesor titular de Ciencias Políticas en la Universidad Abierta. El término «seguridad permanente» había sido acuñado por el historiador Dirk Moses para describir la búsqueda de inmunidad por parte de un Estado ante amenazas. La seguridad permanente procuró no solo eliminar las amenazas inmediatas, sino también las futuras, y por lo tanto está sujeta a una conciencia paranoica que crea amenazas, las cuales se hacen realidad. Conforme a esta teoría, la búsqueda de una solución permanente no admite compromisos, ni diplomáticos ni disuasorios, sino que implica el exterminio, la expulsión o el control de una población percibida como una amenaza para la seguridad del Estado. Aplicando esta teoría, Levi sostiene que Israel ha luchado por la seguridad permanente a lo largo de los años, pero en una versión «blanda» que reconocía los límites de la fuerza y ​​el derecho internacional. Esa lógica es simple: la paranoia se traduce en la eliminación de amenazas cuando la capacidad militar lo permite y el gobierno estadounidense es inclusivo. Las limitaciones de la capacidad, o la moderación estadounidense, conducen a una retirada de la seguridad permanente. Así, tras reconocer los límites de su poder en 1973, Levi recuerda que Israel acordó retirarse del Sinaí a cambio de la paz con Egipto. Se retiró a la frontera posterior a 1967, presentada como parte de las «fronteras de Auschwitz», pero precisamente tras ser violada, accedió a cederla.

La lógica de «seguridad permanente» luego del 7/10 es analizada por Levi en un artículo publicado por Haaretz el 3 de marzo que, pese a su extensión, vale la pena leer:

“El límite de la paranoia se vio violado el 7 de octubre, e Israel adoptó una versión «dura» de seguridad permanente. Se percibía como ya alcanzada frente a la superioridad militar y la expectativa de tolerancia internacional. La seguridad permanente relativa, la versión «blanda», se presentó como un remanente del concepto que posibilitó el ataque de Hamás, incluso si el ataque fue causado por un fiasco israelí y no constituyó una nueva amenaza real (…) Por eso, Israel mató a decenas de miles de civiles y destruyó sus hogares de Gaza para perseguir a muchos menos combatientes de Hamás, expandió sus fronteras en la práctica, estableció zonas de amortiguación en los territorios de sus vecinos y se esforzó por lograr una profunda desmilitarización de su entorno. Lo mismo ocurre en el ámbito iraní: Israel rechazó las soluciones diplomáticas que limitan, pero no eliminan por completo las capacidades nucleares y, por lo tanto, actuó militarmente. El éxito y la superioridad permitieron establecer otro objetivo: eliminar la amenaza de los misiles, incluso si Irán no disparaba directamente contra Israel por iniciativa propia. Y como ningún acuerdo elimina por completo la motivación para armarse, la lógica de la seguridad permanente condujo a la aspiración a un cambio de régimen, como una lógica de control, aunque indirecto, sobre otro. La búsqueda de una seguridad permanente implica inherentemente limitar la democracia y frenar a la oposición, preferiblemente de forma voluntaria, como en nuestro caso. No se preocupa por la seguridad de las personas ni de las comunidades, sino que las subordina a un objetivo abstracto de seguridad absoluta. Por lo tanto, las deficiencias en la protección son secundarias, la destrucción de Kiryat Shmona es un daño colateral de la eliminación (temporal) de Hezbolá, y los rehenes son moneda de cambio. Las consideraciones políticas se subordinan a la lógica militar y, por lo tanto, el momento del fin de las negociaciones diplomáticas está determinado por una ventana de oportunidad para la frustración selectiva. Netanyahu no se equivocó al prometer que la seguridad permanente nos llevaría a Esparta”.

Ahora bien: la percepción de amenazas y la seguridad permanente de Netanyahu difiere de la de Trump, quien ya está siendo acusado por republicanos de ser arrastrado a un conflicto expandido cuyos intereses no son los de EE. UU. sino de Israel.

El premier israelí definió como «irreformable» el régimen de los ayatolas, descartando la vía venezolana de EE. UU., y ayer la fuerza aérea bombardeó en la ciudad iraní de Qom el edificio donde un consejo de 88 miembros tenía previsto elegir al sucesor del líder supremo.

Por su parte, el soberbio Trump ignora la lógica de la resistencia iraní. En su comparecencia en la Casa Blanca, al presidente de EE. UU. le preguntaron quién le gustaría que tomara el control de Irán, y respondió: «La mayoría de las personas que teníamos en mente están muertas. Ahora tenemos otro grupo, y según los informes, también podrían estar muertos. Así que se avecina una tercera ola. Pronto no conoceremos a nadie». Trump también se puso, a petición de una reportera, en el «peor escenario»: sería, dijo, que «lograra el poder alguien tan malo como el anterior». «O que en cinco años nos diéramos cuenta de que pusimos al mando a alguien que no es mejor», añadió, según señala Antonio Pita-Iker Seisdedos, el 3 de marzo, en su nota «La guerra extiende el caos por Oriente Próximo» publicada en El País.

En menos de 48 horas Irán regionalizó velozmente la guerra en el Golfo Pérsico y en países de la Unión Europea.

El Ministerio de Defensa de Arabia Saudita confirmó que la embajada estadounidense en la capital, Riad, fue alcanzada por dos drones durante la madrugada del lunes, lo que provocó un incendio y daños materiales menores en el edificio, sin que se reportaran víctimas mortales ni heridos graves. El ataque fue reivindicado indirectamente por la Guardia Revolucionaria iraní como parte de su decimotercera ola de operaciones contra intereses estadounidenses en la región.

Drones iraníes golpearon también la planta de Saudi Aramco en Ras Tanura, una de las más grandes del planeta, y un bote bomba hundió un petrolero en el golfo de Omán. La escalada dispara los precios del crudo y sacude los mercados globales. Los precios de la energía subieron bruscamente; las interrupciones en el tráfico de petroleros a través del punto de estrangulamiento del Estrecho de Ormuz, así como el anunciado cierre de la producción de gas natural por parte de Catar, aumentaron la incertidumbre sobre cómo los ataques estadounidenses e israelíes a Irán afectarían el suministro a la economía mundial.

Pero no solo eso, la regionalización de la guerra ya alcanza a países europeos. Chipre, hasta ahora al margen del conflicto, sufrió un ataque directo. Aunque las autoridades chipriotas no han detallado públicamente el origen ni el alcance exacto de la agresión, se sospecha de drones o misiles lanzados por facciones aliadas iraníes como respuesta a la utilización de bases en la isla por fuerzas israelíes y estadounidenses. El ataque ha generado una fuerte alarma en Nicosia, Bruselas y Londres, dada la presencia de bases militares británicas, y su rol como plataforma logística clave insular para operaciones occidentales en Medio Oriente.

Los proxies regionales de Irán son actores que no necesitan lograr efectos militares decisivos para ser estratégicamente relevantes. Su valor reside en generar presión en múltiples frentes, obligando a Estados Unidos e Israel a reiteradas respuestas tácticas y difuminando los umbrales de escalada. El dilema persiste: responder y arriesgarse a ampliar el conflicto, o absorber los ataques y concentrarse solo en algunos, tal como opera Tzahal contra Hezbollah, no solo para responder a sus cohetes que rompieron la tregua, sino para ingresar militarmente y terminar con su poder en Líbano.

Pero la estrategia de resistencia iraní más poderosa es su capacidad de afectar los mercados energéticos. Irán no necesita cerrar el Estrecho de Ormuz para imponer costos globales; simplemente necesita hacer que el tránsito sea impredecible, como afirma Keenan. Incluso las perturbaciones simbólicas —acoso con drones o crisis de seguros— pueden disparar los precios y socavar la confianza del mercado. En una economía global ya frágil, dicha volatilidad se traduciría rápidamente en presión política interna dentro de Estados Unidos y tensaría la cohesión de la alianza. Esta influencia es asimétrica pero poderosa, y se encuentra en gran medida fuera del alcance de las soluciones militares de precisión. El cálculo de la intervención se complica aún más por la dinámica de las grandes potencias. Irán hoy no es un actor aislado, sino parte de un ecosistema estratégico Rusia-China más flexible. Moscú tiene incentivos para evitar otro colapso de un régimen respaldado por Estados Unidos que refuerce la primacía occidental, especialmente mientras gestiona las confrontaciones en otros lugares. Pekín, aunque cauteloso, tiene fuertes intereses en la seguridad energética y la erosión de las sanciones. Ninguna de las dos potencias necesita intervenir abiertamente para aumentar los costos para Estados Unidos. El apoyo de inteligencia, las transferencias de defensa aérea, las operaciones cibernéticas, la obstrucción diplomática y los recursos económicos son suficientes para transformar una intervención «limitada» en una prolongada contienda por poderes sin un límite claro de escalada.

A diferencia del bloqueo a Venezuela, la guerra Estados Unidos-Israel se lanzó no para afectar el mercado energético sino para la suspensión del programa nuclear y de misiles balísticos y el fin del apoyo a los proxies regionales.

Resulta muy lúcida la advertencia del Real Instituto Elcano sobre el efecto de la guerra en los mercados del petróleo, que dependería de las consecuencias de los ataques en Irán. Si ocasionaran una respuesta pragmática del régimen y la disposición a negociar con EE. UU., a la desestabilización inicial seguiría una desescalada que permitiría una recuperación parcial de la producción y las exportaciones iraníes. En caso de que los ataques indujeran una respuesta agresiva, la inestabilidad regional se haría estructural y afectaría gravemente a los demás productores regionales y al tránsito por Ormuz y la pérdida del suministro iraní sería mayor y más prolongada. Como resultado, la prima de guerra aumentaría de forma estructural y la subida del precio del barril de petróleo podría alcanzar los 15 dólares y resultar más duradera.

Una duración de la escalada de meses en lugar de semanas afectaría severamente a la producción regional, las exportaciones, las infraestructuras y los corredores energéticos, especialmente Ormuz, pero también potencialmente las rutas alternativas que lo evitan: el oleoducto este-oeste saudí que desemboca en el mar Rojo y el oleoducto de Abu Dhabi (ADCOP) que termina en la terminal de Fujairah en el golfo de Omán, según explican Félix Arteaga y Gonzalo Escribano en su artículo «Energía y conflicto en Oriente Medio: viejos escenarios, nuevos riesgos», publicado por el Real Instituto Elcano el 26 de febrero.

Posdata: ¿disfrazarse en Purim de Aman con la careta de Jamenei?

La televisión mostraba ayer, en Purim, a algunos jóvenes disfrazados de Aman con la careta de Jamenei.

Si el carnaval ha sido definido como una fiesta de inversión simbólica de la realidad social, en este Purim 2026 numerosos israelíes desestructuran no el orden social sino la memoria simbólica del antisemitismo persa.

Se festeja esquizofrénicamente la fiesta con disfraces y máscaras no para exorcizar grotescamente la peligrosa realidad sino para alucinar la guerra: como si los israelíes de hoy fuesen desvalidos judíos que necesitaran la estratagema de Mordejai y la reina Esther para salvarse.

Pero el esquizofrénico Purim de hoy está alentado por el trastorno paranoico de desconfianza y recelo extremo hacia los enemigos de Israel, y proviene de su premier, que hace extemporáneas homologaciones. El sábado por la mañana, poco más de una hora después de que Israel y Estados Unidos iniciaran los ataques aéreos contra el régimen iraní, el primer ministro se dirigió a Israel y al mundo en una declaración en video. En su discurso, Netanyahu señaló que el enfrentamiento con el ayatola Alí Jamenei y sus partidarios se producía mientras los judíos se preparaban para conmemorar el aniversario de otra guerra librada contra un funcionario de la antigua Persia. «Hermanos y hermanas, en dos días celebraremos la festividad de Purim», dijo. «Hace dos mil quinientos años, en la antigua Persia, un tirano se alzó contra nosotros con el mismo objetivo: destruir por completo a nuestro pueblo. Pero el judío Mardoqueo y la reina Ester, gracias a su valentía e ingenio, salvaron a nuestro pueblo. En aquellos días de Purim, cayó la suerte, y con ella cayó el malvado Amán. Hoy también, en Purim, cayó la suerte, y el fin del malvado régimen también llegará» (sic).

Hoy es el quinto día de la guerra y nadie sabe si también caerá la suerte del malvado régimen iraní. Pero confieso que hoy extraño mucho el verdadero Purim, aquella fiesta de la alegría de judíos sentenciados que se salvaron como relata la Meguilat Esther; hoy siento nostalgias del Purim Shpil en que nos disfrazábamos para disfrutar de la inversión simbólica y alegre de nuestra sociedad, y poder volver a estar alegres sin sentirnos paranoicos.