Una situación de guerra continua

Cuando una guerra dura semanas, la sociedad entra en emergencia. Cuando dura años, la guerra se vuelve normalidad. Israel atraviesa hoy una situación inédita: un conflicto prolongado en varios frentes que no solo redefine la seguridad del país, sino también su cultura política, su debate público y la forma misma de pensar el futuro.
Por Rubén Ogorek

Hace más de dos años que en Israel vivimos en guerra.

La discusión pública gira alrededor de la guerra. El conflicto aparece primero en la conversación y después aparece la respuesta militar. La secuencia se repite con una regularidad que empieza a parecer natural.

La guerra se convirtió en el idioma principal de la política.

El lenguaje público gira alrededor de la seguridad, de la operación militar, del frente que se abre, del frente que se sostiene. Los informativos hablan de misiles, de ataques preventivos, de amenazas regionales. El ciudadano escucha ese vocabulario todos los días y termina pensando dentro de ese marco.

Israel nació en una situación de conflicto. La seguridad ocupó desde el comienzo un lugar central en la vida nacional. Las guerras forman parte de la memoria colectiva del país. Las generaciones crecieron sabiendo que la defensa era una condición básica para la existencia del Estado.

Esa realidad pertenece a la historia del país.

Lo preocupante es la forma que tomó esa realidad en el presente.

Israel vivió guerras duras en el pasado. Guerras que duraron semanas angustiantes. Guerras que duraron meses interminables.

Después de cada una apareció una etapa distinta. Un armisticio, un acuerdo, una negociación o una pausa. En esas pausas el país volvía a la normalidad por un tiempo.

La situación actual tiene otro carácter.

Hace más de dos años que Israel mantiene varios frentes abiertos al mismo tiempo. Gaza en el sur. El frente con Hizbolá en el norte. La tensión continua y ahora guerra directa con Irán que atraviesa toda la región. Las operaciones se superponen. Las respuestas militares se encadenan. La agenda política gira alrededor del conflicto y los medios viven dentro de ese mismo marco.

Dos años y medio de guerra continua en varios frentes es una anomalía histórica incluso para un país acostumbrado a vivir bajo amenaza.

El problema principal no es militar. El problema es mental.

Cuando una guerra dura semanas la sociedad entra en modo de emergencia. La vida cotidiana se reorganiza alrededor del conflicto. Después llega una pausa y el país recupera cierta normalidad.

Cuando la guerra dura años ocurre algo distinto. Se vive en función de ella.

La guerra deja de ser una interrupción de la vida cotidiana.

Se convierte en el contexto de la vida cotidiana.

La población aprende a vivir dentro de esa lógica. Las noticias  de  combate  pasan  a  ser  rutina.  Los  programas informativos se extienden. Las discusiones sobre operaciones militares ocupan todos los días la radio, la televisión y las redes sociales.

La guerra deja de sentirse como una excepción y empieza a funcionar como una situación estable y acostumbrable.

Ingeniería de la conciencia.

Ese cambio tiene consecuencias.

Cuando una sociedad se acostumbra a la guerra, la guerra deja de ser una herramienta excepcional y pasa a convertirse en la forma habitual de responder a los conflictos. La política se adapta a esa lógica.

Las prioridades del Estado se ordenan alrededor de la seguridad. La acción militar ocupa el centro de la vida pública. La política civil pierde espacio y con ella se reduce el debate, incluso en un año electoral.

La pregunta principal deja de ser cómo gobernar un país. Pasa a ser cómo resolver un conflicto. Y con el tiempo esa pregunta también se achica. Ya no se discute cómo resolverlo. Se discute cuánto durará.

Ese desplazamiento empobrece el pensamiento político.

Una sociedad democrática necesita más herramientas que la fuerza militar. Necesita imaginación institucional. Necesita dirigentes capaces de explorar soluciones complejas. Necesita una sociedad que pueda discutir problemas sin quedar atrapada en un único reflejo.

Cuando una comunidad se acostumbra a una sola solución pierde la capacidad de imaginar otras.

La diplomacia pierde espacio.

La negociación se vuelve sospechosa.

La prudencia política empieza a parecer debilidad. El proceso ocurre lentamente.

Cada guerra refuerza la idea de que el siguiente conflicto también se resolverá del mismo modo. Cada operación militar confirma el mismo marco mental. La excepción se transforma en costumbre.

Con el tiempo aparece una cultura política simplificada. Un enemigo.

Una operación militar.

Una victoria que siempre queda pendiente.

Ese esquema puede producir eficacia inmediata en momentos de crisis. También produce una consecuencia más profunda. La política se vuelve más estrecha.

Ese cambio se percibe incluso en la forma en que recordamos los acontecimientos recientes.

Hace unos meses se hablaba con orgullo de la destrucción del poder nuclear iraní. En el norte se repetía que Hizbolá estaba debilitado hasta el punto de desaparecer como amenaza. En Gaza se decía que Hamás había sido desmantelado después de la eliminación de la mayor parte de sus dirigentes.

Esos diagnósticos aparecieron muchas veces en la voz del propio gobierno. Hoy esas mismas fuentes hablan de reorganización de los enemigos, de nuevos peligros y de amenazas que justifican la continuación del conflicto.

El resultado es un círculo difícil de romper.

Una guerra comienza con un motivo concreto. Ese motivo puede ser legítimo. Puede tener un apoyo social amplio. El problema aparece cuando el paso del tiempo cambia la naturaleza del conflicto y la guerra continúa funcionando por inercia o por intereses políticos.

Una guerra que comenzó como respuesta a una agresión brutal puede terminar convertida en una condición permanente. Cuando la guerra se vuelve permanente empieza a perder relación con el motivo original que la justificó.

El siete de octubre produjo un trauma profundo en la sociedad israelí. Ese trauma dejó una conclusión emocional poderosa que en su momento pareció lógica.

La idea de que la seguridad solo puede alcanzarse mediante fuerza militar.

Esa conclusión tiene efectos políticos.

Los tratados desaparecen del horizonte público. La negociación parece ingenua. La diplomacia se vuelve sospechosa. El conflicto se presenta como el estado natural de las relaciones con el entorno.

La historia ofrece una lección bastante clara.

Las guerras empiezan con armas. Las guerras terminan con acuerdos.

Incluso las guerras más duras de la historia terminaron con tratados, conferencias y compromisos imperfectos entre enemigos que no confiaban entre sí.

Hoy esa lógica casi no aparece en la conversación pública israelí. La única alternativa es la bélica.

Un enemigo se fortalece. La respuesta es una operación militar. Otro enemigo aparece. La respuesta vuelve a ser una operación militar.

La seguridad empieza a pensarse como una cadena infinita de conflictos.

Ese modelo produce victorias tácticas. También produce desgaste político, social y moral. Una sociedad que vive durante años en estado de guerra permanente empieza a perder la capacidad de imaginar un futuro distinto.

En ese contexto aparece otra conversación. Una conversación más discreta, todavía incómoda en el espacio público.

La sospecha política.

Hace más de dos años que vivimos en guerra. Una guerra que comenzó con un apoyo social enorme. Después aparecieron los comunicados de victoria, los anuncios de control estratégico y las declaraciones sobre el debilitamiento del enemigo.

Después vino otra operación.

Después otra. Después otra más.

Cada vez que parecía que el capítulo se cerraba aparecía uno nuevo. El país escucha que el enemigo del norte está debilitado. Que el enemigo del sur perdió liderazgo. Que el enemigo regional perdió capacidad. Aun así el país sigue en guerra en todos los frentes.

En ese contexto aparece una coincidencia política por lo menos curiosa.

Mientras el país vive en guerra permanente, el primer ministro sigue siendo primer ministro en guerra permanente.

El primer ministro se llama Binyamin Netanyahu.

Antes del siete de octubre la conversación nacional era muy distinta. El país discutía una reforma judicial que dividía a la sociedad. Cientos de miles de personas salían a la calle. El sistema judicial estaba ocupado con procesos que involucraban al jefe del gobierno.

Entre ellos un juicio por corrupción.

Ese escenario desapareció casi por completo del centro del debate cuando comenzó la guerra.

La guerra tiene una propiedad política conocida. Suspende incomodidades.

Las audiencias judiciales pierden visibilidad. Las discusiones institucionales pasan a segundo plano. La agenda nacional se concentra en la seguridad.

Todo eso resulta comprensible en una emergencia.

El problema aparece cuando la emergencia se vuelve permanente.

Cada vez que el país empieza a preguntarse por el final del conflicto aparece un nuevo frente. Cada vez que surge la posibilidad de cerrar una fase militar aparece una nueva amenaza.

En ese paisaje el nombre de Binyamin Netanyahu sigue ocupando el mismo lugar.

La oficina del primer ministro. Es una coincidencia notable.

Mientras la guerra continúa Netanyahu gobierna. Mientras el país vive en estado de emergencia muchas discusiones anteriores desaparecen del centro del debate público.

Un primer ministro en tiempos de paz tiene que explicar muchas cosas.

Un primer ministro en tiempos de guerra tiene que ganar la guerra.

El resto puede esperar.

Las democracias modernas tienen mecanismos para enfrentar amenazas externas y también tienen mecanismos para exigir responsabilidades internas. El problema aparece cuando un mecanismo cubre al otro.

Cuando la guerra se convierte en la estructura permanente de la política muchas preguntas quedan suspendidas.

Israel siempre fue un país militarista pero a su vez siempre fue una sociedad de debate intenso. El país nunca fue famoso por su silencio. Hoy algunas preguntas empiezan a sonar incómodas.

Preguntar cuánto durará la guerra parece impaciente.

Preguntar cuál es el objetivo político final de esta guerra parece ingenuo.

Preguntar cuándo termina el conflicto parece sospechoso.

Mientras tanto el calendario sigue avanzando y el nombre de Binyamin Netanyahu sigue firmando las decisiones del gobierno.

Un país en guerra.

Un primer ministro en juicio. Una guerra que no termina.

Un juicio que no llega a su final.

La política tiene a veces una manera muy particular de ordenar las prioridades.

Y en ese orden extraño aparece la consecuencia más simple y más olvidada.

Las guerras se discuten en despachos.

Las guerras se anuncian en conferencias de prensa. Las guerras se justifican en discursos.

El precio de las guerras siempre lo pagan los pueblos y ese dato tan simple no se discute en ningún fórum.

La guerra se vuelve estrategia para los gobiernos. Para la gente común se vuelve vida cotidiana. Y cuando la guerra se convierte en vida cotidiana, algo empieza a romperse en la política.

Porque una sociedad que solo aprende a vivir en guerra termina olvidando cómo se vive en paz.

Y ese para mi forma de ver es el verdadero peligro.