Haaretz. 26/2/2026

La batalla por el lenguaje de la memoria

¿Quién decide cómo se nombran las tragedias colectivas? La psicoanalista y escritora Ofra Cohen-Fried sostiene que en Israel se está librando una batalla por el lenguaje con el que se narrará el 7 de octubre y la guerra posterior. Su artículo, publicado en Haaretz, examina cómo las palabras moldean la memoria colectiva.
Por Ofra Cohen-Fried*

La disputa por el lugar que ocupará el 7 de octubre de 2023 en la memoria colectiva de la sociedad israelí no se libra únicamente en los campos de batalla de la seguridad y la política: también se libra en el campo del lenguaje. Es una batalla por los límites del significado: qué será reconocido como hecho, qué recibirá un nombre, y qué palabras tendrán permitido describir lo que ocurrió. Es un intento de determinar qué merecerá ser reconocido y cuáles serán los signos elegidos para ello.

Una primera expresión de esta batalla es el intento liderado por el primer ministro de otorgarle a la guerra un nuevo nombre: Guerra de la Resurrección en lugar de “guerra de las Espadas de Hierro”, que fue el nombre dado en los primeros momentos.

Una iniciativa que busca también reemplazar otros nombres de uso corriente en el público, como guerra de Gaza, guerra del 7 de octubre o guerra del Sábado Negro, y fijar de antemano los límites de la interpretación sobre la guerra misma. Posteriormente, en el debate celebrado en la Comisión de Educación del Parlamento sobre el proyecto de ley para establecer un día de conmemoración por la guerra, se adoptó el nombre Eventos de Simjat Torá: 7 de octubre.

A pedido de la Oficina del Primer Ministro se omitió del título la palabra Masacre, con el argumento de que debe hacerse referencia al conjunto de los eventos. El debate sobre la formulación definitiva aún no ha concluido, pero no hay casualidad ni inocencia en la elección de la fórmula propuesta ni en la supresión de la palabra Masacre. Un ataque de asesinatos, violaciones y secuestros, el más grave que haya conocido el Estado de Israel, es designado con una expresión lingüística que incluye la palabra Alegría (Simjat Torá) y enmarcado como Eventos.

No es la vinculación con la festividad en sí misma lo que resulta problemático: también la guerra de Yom Kipur lleva el nombre de una fecha del calendario hebreo. Pero en el caso de la guerra en la Franja de Gaza el lenguaje no solo señala una fecha, sino que añade alegría a la tragedia y sustituye la palabra masacre por una palabra neutral, casi administrativa, lo que genera una disonancia aguda. George Orwell no lo habría formulado mejor. En paralelo, el Ministerio de Defensa impulsa un proceso para cambiar la inscripción en las lápidas de los soldados de las FDI caídos el 7 de octubre y durante la guerra que siguió, de cayó en combate, elegida en la primera etapa por la urgencia del momento y la ausencia de una fórmula oficial, a cayó en la guerra de la Resurrección.
Se trata de una decisión narrativa que busca moldear la memoria histórica acerca de las circunstancias de la muerte y de la guerra. Un cambio que quedará grabado en piedra, en el cementerio militar, el lugar donde los padres se detienen ante la tumba de sus hijos, las parejas ante sus seres amados, los hijos ante sus padres, asesinados y muertos cuando estuvieron frente a un fracaso y una negligencia que el Estado no había conocido mayores.
El cementerio militar es el lugar donde el Estado escribe la historia. Lo que queda grabado en piedra se convierte en hecho para las generaciones futuras. La inscripción que el Estado pretende grabar en las lápidas no es simplemente una reformulación: es un intento de modelar la conciencia, de borrar y negar que lo que ocurrió ocurrió efectivamente. Una maniobra de apropiación de la muerte de soldados para cimentar un relato de victoria absoluta y resurrección, en lugar de asumir la responsabilidad por el fracaso. Cuando una derrota de liderazgo, política y militar se traduce al lenguaje de la resurrección, eso es un intento de reescribir la historia mediante la piedra misma.

No se trata de maniobras lingüísticas aisladas, sino de una batalla por revelar u ocultar la verdad. El lenguaje no es solo descripción: es poder. Puede ser un poder sanador, que da validez a quienes atravesaron la oscuridad (o se perdieron en ella), y puede ser un instrumento de borramiento que excluye sus vivencias de la memoria histórica y colectiva.

En su ensayo “Tesis sobre el concepto de historia”, Walter Benjamin escribió que semejante exclusión daña tanto la validez ética del concepto como la fuerza epistemológica del registro histórico. En sus palabras: “tampoco los muertos estarán a salvo del enemigo si este vence. Y este enemigo no ha cesado de vencer”. El enemigo es la fuerza que busca controlar la memoria, imponer el relato del pasado y convertir en la conciencia colectiva el fracaso en victoria.

Mientras la batalla por el lenguaje de la memoria continúe, también los muertos estarán en peligro. Estas son maniobras lingüísticas cuyo significado es una muerte adicional de la muerte que ya ocurrió: el vaciamiento de su sentido, el oscurecimiento de sus circunstancias y el silenciamiento de la verdad que yace en ellas. Una lápida es el lugar donde el lenguaje está obligado a arrodillarse ante el dolor y la verdad. Lo mismo ocurre con un día de conmemoración. Una conmemoración en el tiempo y en el espacio que se apoya en un nombre falso o en una inscripción falsa no solo cubre el lugar del último descanso de los muertos, sino también sus vidas y sus muertes. Como escribió Zelda: muchos nombres tiene el ser humano, y uno de ellos se lo da su muerte. El honor al muerto es el honor a la verdad de su vida y a la verdad de su muerte.

* Psicoanalista, autora del libro Y quién recordará a los que recuerdan: padres y madres que escriben sobre los hijos que perdieron en la guerra”

Traducción: Bemy Rychter