Cuatro intelectuales valientes critican la guerra

Lejos del consenso que domina la escena mediática israelí, algunos académicos se animan a cuestionar la guerra, sus fundamentos estratégicos y sus consecuencias políticas. Sus advertencias no sólo apuntan al conflicto con Irán, sino también al rumbo que podría tomar la democracia israelí en un contexto de militarización y auge del nacionalismo religioso.
Por Leonardo Senkman, desde Jerusalén

En toda guerra existe censura oficial y no sorprende que también haya en Israel, pero la más peligrosa de todas es la autocensura de periodistas israelies y de la oposición política anti Bibi.

Ejemplo cotidiano de censura es la notoria ausencia total de académicos e intelectuales críticos de la guerra en los canales de TV, mientras que la audiencia escucha permanentemente a comentadores y expertos altos oficiales militares retirados (o en la reserva) que no la cuestionan.  El único medio donde afortunadamente es posible leer criticas sustantivas es Ha’aretz; sus notas, comentarios y análisis de intelectuales impugnadores, rompen la unanimidad publica acrítica, con la cual colabora la desinformación y autocensura de presentadores y periodistas de todos los canales con alto ranking.

Me impresiona la lúcida critica aparecida en la modesta sección «Carta de lectores» de Haaretz, el 9 de marzo, firmada por el profesor y economista Joseph Zeira de la Universidad de Jerusalén. Pese a su brevedad, sintetiza tres razones por las cuales el académico acusa a Israel haberse plegado a una guerra no solo injusta, sino delictiva, en vez de negociar un nuevo acuerdo que mejore el firmado en 2015 y violado por Trump por incitación de Netanyahu. Su segunda razón impugna la pretensión de EE. UU. e Israel de lanzar una guerra preventiva, pero, aduce, no existe evidencia alguna «de que Irán se proponía atacar a Israel, mucho menos a EE. UU.». Seguidamente, acusa a estos dos países de cometer un «crimen de guerra» porque un objetivo estratégico parcial de la coalición es atacar al «liderazgo civil y religioso de Irán», sancionado por el derecho internacional y la carta de la ONU. Finalmente, Zeira intenta hacer una interpretación en clave histórica de su denuncia: con la actual guerra, los EE. UU. pretenden culminar el golpe de Estado en Irán del 19 de agosto de 1953, orquestado junto con el Reino Unido para impedir la nacionalización del petróleo. En aquel entonces, el golpe derrocó al primer ministro elegido democráticamente, Mohammad Mosaddegh, a fin de imponer el rey tirano Reza Pahlavi. En la actual guerra, en vez de Gran Bretaña, Israel se asocia a los ataques para derribar el régimen de los ayatola y no oculta su verdadero designio: «obligar a Irán volver al yugo occidental, (…) y quien ve en esta guerra un similar patrón de violencia colonial del siglo XIX no se equivoca», según el mismo Zeira en la publicación de Ha’aretz.

Obviamente, el profesor Joseph Zeira no es invitado a ninguno de los cuatro canales de TV.

Pero tampoco es invitado el Prof. Ariel Porat, presidente de la Universidad Tel Aviv, quien acaba de denunciar —el mismo día que Zeira publica su carta en Ha’aretz— cómo la guerra en Irán es utilizada por el gobierno ultra derechista de Netanyahu para «liquidar a la democracia» hebrea, expresión que forma parte del título de su nota.

Asimismo, y por razones similares, por supuesto no serán invitados dos intelectuales desmitificadores que enseñan en universidades israelíes. El Dr. Sagi Elbaz, investigador de Ciencia Política en la Universidad de Tel Aviv, denuncia no solo los usos políticos de la guerra, sino también cómo algunos jueces absuelven a militantes delincuentes del partido Sionista Religioso (HaTzionut HaDatit).

«¿Una persona que creció bajo el mandato del sionismo religioso pondría en peligro al Estado?», preguntó el juez Alon Gavizon —citado por Sagi Elbaz en otra nota de Ha’aretz del 11 de marzo, «Frenar el asalto del “Sionismo Religioso”»—. El juez Gavizon absolvió hoy al hermano del jefe del Shin Bet, Bezalel Zini, y a otros cuatro acusados de los delitos de complicidad con el enemigo. Esta pregunta no se formuló en el vacío. «El intento de intimidar a Zini, al igual que la frivolidad con la que las fuerzas del orden tratan a los judíos patoteros en Judea y Samaria, demuestra la actitud indulgente del partido Sionista Religioso (HaTzionut HaDatit), que ha tomado los bastiones decisivos del poder en las instituciones estatales», dice Sagi Elbaz. Así empieza su denuncia sobre la impunidad de la que goza el partido político del poderoso ministro kahanista Betzalel Smotrich, que cohabita con el partido del ministro de Seguridad Nacional, el fascista Ben Gvir: ambos lideran el profundo copamiento de posiciones clave de la administración y del Estado de Israel, además de en el ejército y la educación.

Elbaz reproduce la encuesta «Índice de Democracia de Israel 2023», que reveló que el 50 % de este público sionista religioso opina que el componente democrático en Israel es demasiado fuerte, en comparación con el 12 % que cree que el componente judío es demasiado fuerte. Una muestra contundente de la naturaleza antiliberal de ese sector religioso es la cifra según la cual el 67 % de sus miembros está de acuerdo con la afirmación de que los ciudadanos judíos en Israel deberían recibir derechos preferenciales en comparación con los ciudadanos no judíos. Es sabido que la desproporcionada representación de los nacionalistas religiosos en el gobierno y la Knéset sigue creciendo. Sin embargo, la atención prestada a la saturación de los mecanismos ejecutivos en los ministerios gubernamentales por sus representantes es limitada. Elbaz cita a Merav Arlozorov en su artículo publicado en The Marker y denuncia que gran parte del personal administrativo y de reserva joven de la función pública proviene del grupo religioso-nacional. Basa su afirmación acerca de su sobrerrepresentación en el ejército en los estudios de Yagil Levy sobre la composición del cuerpo de oficiales de Tzahal; alrededor del 35 % de los graduados del curso de oficiales de la Primera Academia Militar usan kipá, una cifra tres veces superior a la de la población general. El cuerpo de oficiales religiosos llegó al ejército tras someterse a un proceso de adoctrinamiento religioso-nacional, primero en las yeshivás de secundaria y luego en las yeshivás llamadas Hesder, de Tzahal, que combinan estudios religiosos con el servicio militar.

Elbaz concluye recordando que esa colectividad religioso-nacional ha logrado ascender desde la humilde posición que ocupaba hace unos 20 años hasta la cima de la influencia política en tan solo una década. Una parte significativa de este público no solo desprecia los valores del liberalismo en Israel, sino que también trabaja sistemáticamente para cambiar la imagen democrática y liberal del Estado, amparada en la situación de guerra permanente de Israel.

Innecesario es comentar que esta denuncia de Elbaz nunca la difundirán los canales de TV, y mucho menos las redes sociales. Tampoco el apocalíptico pronóstico posbélico del profesor Dimitri Shumsky, publicado en Ha’aretz el 10 de marzo, cuyo mero título resulta irreverente para el establishment comunicacional israelí: «Antes de que los ayatolas de Sion hereden el papel de los ayatolas de Teherán».

El catedrático en la Universidad de Jerusalén de historia del sionismo, recuerda la ambigüedad del ethos sionista, en el que se basa el yo nacional israelí. Por un lado, en su vertiente nacional-moderna, representa el anhelo del pueblo judío para establecer un marco político de democracia moderna, normalizando a los judíos «en un pueblo como los demás pueblos». Sin embargo, Shumsky advierte que el ethos sionista israelí a la vez está profundamente inmerso en una teología política que no suele respetar «ni las fronteras políticas ni las fronteras morales, sino que genera una agitación revolucionaria constante en el ámbito político y geopolítico, con el objetivo de aplicar en la práctica los mandamientos de Dios».

El académico sostiene que tal componente teológico-político subversivo predomina en la realidad israelí actual frente al elemento nacional-moderno del sionismo, y que peligrosamente se basa en el mismo mecanismo revolucionario de sacrificar el presente en aras de un futuro redentor, «similar al que opera detrás de la revolución islamista iraní». Shumsky alerta que en un escenario posbélico de un Irán derrotado, la Israel triunfalista prepararía a su sociedad militarizada a fin de alcanzar objetivos teológico-políticos, los cuales serían objetivos territoriales y demográficos concretos: «la aplicación de la soberanía israelí en todo el espacio comprendido entre el Jordán y el mar; el fomento de la emigración y la preparación de planes de traslado del pueblo palestino, el primer enemigo teológico de Dios y del pueblo de Israel, ya que su mera existencia nacional socava el derecho del pueblo de Israel sobre su tierra; y tal vez, con la ayuda de la potencia evangélica del otro lado del mar, incluso la ampliación de los límites de la promesa divina en su versión maximalista posible» (sic).

Posdata

La apocalíptica visión de Dimitri Shumsky posiblemente será tomada en cuenta solo por aislados escritores de ciencia ficción bélica. Desafortunadamente en Israel nadie piensa en el día después de la guerra: al contrario, a la inmensa mayoría no le importa que la guerra continúe, pese a los temores que sienten cada vez al oír la alarma y correr a los refugios más próximos.

Y pese a que ninguno de estos cuatro intelectuales será invitado a los canales de TV, al menos consuela el hecho de que haya un grupo de académicos y de escritores como ellos, quienes no forman parte de la extensa cohorte que será mañana acusada de la imperdonable traición de los intelectuales en épocas de emergencia nacional, como la actual situación de guerra regionalizada en Medio Oriente. Una guerra en la que el lenguaje fundamentalista de Yihad en Irán —y su doble sentido de martirio y, en ciertos momentos, de mesianismo sagrado mahdista— se replica en Israel también en su doble eco teológico político: normaliza el costo de la guerra permanente y sacraliza mesiánicamente la espera hasta la denominada «victoria total».