Haaretz, 12/3/2026

Cuando el hogar se vuelve siniestro: judaísmo liberal-progresista, Israel y el malestar en la cultura política

El psiquiatra y psicoanalista israelí Eran Rolnik examina la encrucijada del sionismo progresista en la diáspora y el malestar que atraviesa hoy a sectores del judaísmo progresista. En un clima político cada vez menos dispuesto a tolerar la complejidad, las posiciones que buscan conciliar crítica a Israel y pertenencia judía quedan sometidas a una presión creciente.
Por Eran Rolnik*

Las declaraciones del embajador de EE.UU. en Israel, Mike Huckabee, en el sentido de que Israel tiene derecho a apoderarse de territorios «desde Egipto hasta el río Éufrates», ilustran cuán fácil resulta hoy para quienes sostienen una visión nacionalista-etnocéntrica apoyar a Israel, y cuán difícil es encontrar respaldo internacional para la idea de una «Israel diferente» que aspire a la paz, la justicia y el reconocimiento de los derechos nacionales de los dos pueblos entre el mar y el Jordán.
Los judíos nacionalistas se identifican sin vacilación con una soberanía judía basada en la fuerza que no requiere justificación moral ni política. En cambio, los judíos progresistas que pretenden sostener una soberanía judía justa dentro de las fronteras de la Línea Verde, reconociendo al mismo tiempo el derecho palestino a un Estado propio, se encuentran tartamudeando, disculpándose y distanciándose de Israel, precisamente cuando el Israel liberal lucha por su supervivencia.
El estereotipo de la «doble lealtad», que presentaba a los judíos de la diáspora como sospechosamente vinculados a Israel, se invierte hoy por completo. Israel ya no es el objeto de una identificación compleja por parte de los judíos liberales, sino un símbolo de nacionalismo forzado ante los ojos de la derecha populista global, a veces a expensas de los propios judíos liberales que viven fuera de él.
En los últimos años, con creciente intensidad desde el 7 de octubre, muchos judíos sionistas de izquierda en la diáspora descubren que las posiciones que sostenían se han vuelto casi de la noche a la mañana indefendibles. No porque su contenido haya cambiado, sino porque los lenguajes en los que podían expresarse —el liberal-universal y el sionista crítico— han dejado de garantizarles un hogar. Entre el embate del nacionalismo israelí que ve en toda crítica una traición y un discurso progresista-liberal que no logra distinguir entre la crítica a Israel y la negación de la legitimidad de la existencia colectiva judía, el sionismo de izquierda en la diáspora se encuentra ante una encrucijada histórica.
Hasta el 7 de octubre aún era posible sostener la posición sionista de izquierda desde la distancia. Los judíos liberales de la diáspora podían ver en Israel un objeto de crítica, a veces intensa, sin que su sentido de pertenencia se viera amenazado. Incluso los preocupantes desarrollos en la arena política israelí —el golpe institucional, la radicalización religiosa-nacionalista y el deterioro de la democracia— eran percibidos como una crisis interna que podía enfrentarse desde lejos en nombre de valores compartidos. Las protestas de Kaplan llegaron incluso a crear por un momento una sensación de cercanía entre los judíos progresistas y los críticos no sionistas del Estado.


El 7 de octubre y la guerra que lo siguió quebraron el frágil equilibrio entre crítica y lealtad. El ataque terrorista y el trauma que desencadenó, junto con la destrucción y la matanza continuas en Gaza, barajaron de nuevo las cartas. Los judíos con una crítica incisiva hacia Israel se encontraron atrapados entre el compromiso moral de reconocer el agravio infligido a los palestinos y la destrucción de su identidad nacional, y la negativa a renunciar al derecho judío a la autodeterminación y a un hogar nacional. En un mundo que pierde la paciencia con la complejidad, una posición así resulta difícil incluso de formular.
Aquí se produce una fractura que no es solo política, sino también lingüística y psíquica. La crítica a Israel, que antes se apoyaba en un sentido de pertenencia y en la presunción de que «en nuestro propio campo todo puede decirse», se vuelve de pronto sospechosa. No porque su contenido haya cambiado, sino porque el auditorio ha cambiado. Las mismas frases, pronunciadas antes en el espacio interno judío, resuenan ahora ante oídos ajenos y a veces hostiles, y pierden el ancla de lealtad desde la que fueron emitidas. Los judíos sionistas de izquierda se ven obligados a renunciar a la crítica o al vínculo con Israel, a disculparse o a elegir bando.

En un mundo que pierde la capacidad de tolerar la complejidad, la crisis de la izquierda sionista en la diáspora ya no es un problema marginal de la historia judía.

Es posible describir esta experiencia mediante lo que Freud denominó das Unheimliche —lo siniestro—: el momento en que lo familiar y lo seguro se vuelven extraños y amenazantes precisamente por su proximidad. Para muchos judíos progresistas de la diáspora, el espacio en el que se educaron y con el que se identificaron no se derrumba desde afuera, sino que se vuelve extraño desde adentro. Conceptos como justicia, derechos humanos y universalismo regresan en una versión distorsionada que no logra reconocer el miedo y el sufrimiento judío, ni el derecho a la autodeterminación. No se trata de una simple alienación, sino de una experiencia mucho más perturbadora: el propio hogar ha dejado de ser un hogar.
A esta experiencia de lo ominoso se suma, en el último año, una vivencia renovada de antisemitismo: no necesariamente en su forma manifiesta, sino como una postura emocional-política que se infiltra por las grietas del lenguaje liberal. Ya no se trata de un odio directo hacia los judíos, sino de la disposición a ver en el miedo judío una reacción exagerada, en la particularidad judía una desviación moral y en el vínculo con Israel algo sospechoso. El antisemitismo aquí no siempre es declarado; a veces se manifiesta como ausencia de empatía o como la expectativa de que el judío renuncie al componente étnico de su identidad para poder pertenecer al orden liberal.

A diferencia del antisemitismo clásico, basado en la imagen del judío como un ser ajeno y amenazante, el antisemitismo en los espacios liberales contemporáneos opera a veces en nombre de la moral universal. No niega los derechos humanos en sí mismos, sino que sostiene que los judíos no tienen derecho a aferrarse a ellos como colectivo. Así, el miedo judío es percibido como histeria, el vínculo nacional como una insistencia privilegiada y la necesidad de seguridad colectiva como una falla moral. Precisamente porque está formulado en el lenguaje de los derechos y el universalismo, resulta difícil de identificar y se presenta a sí mismo como una postura moral ilustrada.
Esta perturbación se encarna también en las imágenes culturales que acompañan la crisis del liberalismo. Así puede entenderse la intensidad con que se cubre el affaire Jeffrey Epstein: no solo como la exposición de crímenes graves, sino a veces también como una alegoría sobre una élite global que utiliza el lenguaje de los derechos y la libertad como cobertura de una podredumbre moral. La estructura cultural es conocida desde la historia: la fantasía sobre un poder oculto y desarraigado, que a veces se asocia con imágenes judías antiguas. En un espacio así, la crítica a Israel y a los judíos corre el riesgo de perder su carácter concreto y convertirse en una proyección de las ansiedades de sociedades liberales que atraviesan una crisis de valores.
Ya antes del Holocausto, pensadores críticos europeos identificaron que el fracaso de la emancipación y el liberalismo podría dejar a los judíos ante una única solución: el sionismo, no elegido desde la libertad política, sino impuesto por el colapso de las alternativas. En este sentido, el sionismo se revela no solo como la realización de un ideal, sino también como una respuesta trágica a un mundo que había perdido su capacidad de sostener la existencia colectiva judía.
El discurso progresista-liberal contemporáneo tiende a explicar la violencia a través de las relaciones de poder. El lenguaje poscolonial nació de un impulso moral por exponer la injusticia y proteger al débil, pero apenas deja espacio para el acontecimiento, la masacre o la responsabilidad que no se vea inmediatamente subsumida en el «contexto» histórico. El conflicto israelí-palestino socava sistemáticamente tales dicotomías.
Precisamente el lenguaje progresista predominante, que organiza la realidad según las categorías de «fuerte» y «débil», no logra comprender lo ocurrido en Israel en los últimos años. El Israel nacionalista y forzado no mostró fortaleza, sino debilidad militar y moral: el fracaso en la protección de sus ciudadanos y la preferencia por una prolongada guerra de venganza sobre la santidad de las vidas judías, como quedó de manifiesto también en el abandono de los rehenes.
Para un discurso que identifica el poder con el dominio y la vulnerabilidad con la debilidad, resulta difícil imaginar tal realidad. El resultado es una ceguera no solo ante el sufrimiento palestino, sino también ante el de los ciudadanos judíos que viven bajo una soberanía que ha perdido su capacidad de proteger sus vidas, y a veces también bajo la sensación de que el contrato civil se erosiona cuando los grupos con poder político no asumen la plena carga cívica. Un discurso así pierde matices políticos y tiene dificultades para reconocer la vulnerabilidad humana, reforzando con ello precisamente las fuerzas que pretende criticar.
Esta perturbación perceptual se manifiesta también en el campo académico y psicoanalítico internacional. En espacios profesionales que deberían contener la ambivalencia y la sensibilidad hacia las identidades híbridas de los colegas judíos e israelíes, crece a veces la expectativa de una alineación moral unidimensional. La capacidad de sostener una crítica a Israel desde la identificación y la pertenencia judía es percibida hoy como una postura problemática en sí misma, señal adicional de que la crisis no es solo política, sino que afecta también a los lenguajes fundamentales de la comprensión y el pensamiento.


En un contexto más amplio, Amit Vershitzky señaló recientemente que la crisis del liberalismo es una crisis interna de significado, pertenencia y ethos, y no solo un fracaso institucional o político (Haaretz, 20.2). Esta distinción ilumina la situación del sionismo de izquierda en la diáspora: cuando el liberalismo deja de ofrecer un marco moral y emocional convincente, las identidades políticas que buscan sostener la complejidad, la duda y la aparente doble lealtad quedan sin ancla. En el caso judío, este colapso tiende a deslizarse rápidamente desde el cuestionamiento legítimo de la política israelí hasta el cuestionamiento de la legitimidad misma de la existencia colectiva judía. En el curso de este proceso, el antisionismo deja de ser una postura política diferenciada y se convierte en un lenguaje de negación: uno que ya no busca la corrección o la distinción, sino que anula la posibilidad misma de una soberanía judía moral.
En los últimos años se multiplican los intentos de formular el alejamiento de los judíos del sionismo liberal-progresista, a veces como un fracaso histórico inevitable y otras como prueba de que ha agotado su camino. Una versión más radical del discurso en la izquierda judía sostiene que no se trata de una desviación del sionismo desde un proyecto secular-liberal hacia un mesianismo autoritario, sino de una crónica cuyo final era conocido de antemano. La aceptación plena de la tesis de que «el sionismo es racismo» renuncia a la distinción entre un sionismo que busca limitar su poder y establecer una soberanía justa, y un nacionalismo etnocéntrico que ve en el poder el bien supremo. Para la izquierda sionista en la diáspora, esa distinción es condición para la continuidad del pensamiento político y la responsabilidad moral.
Hace más de una década propuse una postura según la cual vivir fuera de Israel no es necesariamente una regresión del sionismo, sino que puede constituir una postura político-sionista legítima e incluso constructiva (Haaretz, 11.9.2014). Lo que entonces se percibía como una posición atípica o como la racionalización de una preferencia egoísta, se ha vuelto hoy casi una condición de existencia para élites señaladas por el actual gobierno como blanco legítimo de hostigamiento y ataque. Precisamente por eso, el sionismo de izquierda en la diáspora no expresa nostalgia, sino una exigencia de responsabilidad: un empeño tenaz por devolver a la política conceptos de límite, mesura y santidad de la vida. Insiste en la posibilidad de pensar y distinguir incluso cuando el lenguaje se fragmenta, y de sostener un hogar incluso cuando el hogar se vuelve extraño.
La existencia judío-progresista no está destinada a proporcionar serenidad psíquica, sino a sostener la incomodidad moral como postura existencial. Es la antítesis de la promesa que ofrece hoy el Israel oficial: una existencia judía que busca acallar la duda y la angustia mediante la fuerza, una identidad rígida y un sentido de justicia absoluta. Esta es una postura que se enfrenta tanto al nacionalismo judío como al progresismo moral puritano que busca liberarse de la incomodidad mediante la certeza ideológica. La existencia judío-liberal no ofrece consuelo, sino responsabilidad. En un mundo que pierde la capacidad de tolerar la complejidad, la crisis de la izquierda sionista en la diáspora ya no es un problema marginal de la historia judía. Quizás se trate de un caso de prueba para la posibilidad de corregir la gran crisis en que se encuentra el liberalismo en su conjunto.

* Psiquiatra y psicoanalista

Traduccion: Bemy Rychter.