La janukiá de la Argentina democrática, o la memoria que no fue

El primer encendido público de la janukiá en 1984 y el Juicio a las Juntas, un año después, condensaron —alguna vez— una promesa democrática compartida. ¿Qué queda de ese cruce entre memoria judía y memoria nacional? ¿Y qué nos dice hoy, en el cincuentenario del golpe de Estado, su progresiva desarticulación?
Por Damián Setton*

Hay momentos, en el devenir de las sociedades, en que ciertos temas adquieren un lugar destacado en la percepción que la sociedad tiene de sí misma. Conceptos que se imponen y respecto a los cuales, independientemente de las fibras emotivas que activen, es difícil evadirse. Si aceptamos que las sociedades nacionales son comunidades imaginadas, podemos distinguir entre diferentes matrices de imaginación de la nación, cada una con su propio arsenal conceptual. La forma de imaginar la sociedad orientada por la matriz liberal decimonónica dependía de conceptos diferentes a los que activó, entrados al siglo XX, la matriz nacionalista católica. La pregunta sociológica por el lugar de las minorías – étnicas, religiosas, de género, etc.-, y por cómo sus prácticas y referencias identitarias interactúan con el conjunto de la sociedad, implica la pregunta por la matriz de imaginación de la nación prevaleciente en un momento dado.

En los ’80, el concepto de democracia activó nuestra imaginación. La nación se pensó, a sí misma, como un colectivo que apostaba a una democracia plena. Distintos acontecimientos podían ser codificados como avances o retrocesos en ese devenir.

Con la restauración de la democracia, entró en crisis la matriz católica de imaginación de la nación. Se cuestionó la creencia en la equivalencia entre argentinidad y catolicismo. Si bien no faltaron los que resistieron a esta tendencia, la revalorización de la diversidad étnica y religiosa acompañó la producción de una creencia sobre la democracia. La visibilización de minorías religiosas y étnicas fue un proceso que desafió memorias institucionalizadas –pensemos en la puesta en cuestión del relato del “descubrimiento de América”- así como desafió el católicocentrismo que, dicho sea de paso, hoy parece resurgir bajo el ropaje de la islamofobia.

En 1984 se encendió, por primera vez en este país, la Janukiá gigante en el espacio público, un evento que Jabad Lubavitch continúa organizando hasta el día de hoy. Recordar cómo este evento fue incorporado al relato de la democracia puede aportar a comprender cómo lo judío ha resultado un insumo para la producción de representaciones sobre la nación.

Los principales periódicos del país informaron sobre el evento que, en efecto, llamó la atención. Un símbolo del judaísmo se alzaba en el espacio público, visibilizando a una parte de la sociedad cuya argentinidad había sido desafiado desde la matriz de imaginación nacionalista católica, la misma que se identificaba con la reivindicación del pasado dictatorial.

Una nota en particular, firmada por Pablo Giussani para La Razón, merece ser destacada. Bajo el título de “Una señal de que el miedo se acaba”, este intelectual, identificado con el alfonsinismo, llamaba la atención sobre el hecho de que la ceremonia se iniciara en el mismo momento en que se leía el fallo que condenaba a algunos de los responsables de la dictadura. Esta simultaneidad expresaba, para Giussani, la inauguración de un momento histórico. El concepto que organizaba el relato era el del miedo. El golpe de 1930 había instalado “la presencia militar en la vida política del país y una era difícil para los judíos”, los cuales se habían replegado en el espacio privado. La coincidencia del juicio a las juntas con el encendido del candelabro comprendía significados revolucionarios. El mensaje de esa nota que, a su vez, era parte del relato más amplio de la democracia, destilaba optimismo: “El gesto de esta colectividad puede ser visto como la señal que faltaba para completar la evidencia de que la nueva democracia argentina está en camino de consolidarse”. Llamativamente, la ortodoxia judía, en general alejada de lo político, aportaba, más allá de su intención, un insumo al relato de la democracia.

He tenido la oportunidad de escuchar varias veces al director general de Jabad de Argentina, Tzvi Grunblatt, hacer referencia a esa nota. Treinta años después, el rabino recordaba el título con orgullo. Es que el miedo también organiza el relato que Grunblatt hace de ese momento, como cuando recuerda que los dirigentes de la comunidad judía, salvo uno, se habían opuesto a semejante forma de visibilización de lo judío. Pero para Grunblatt, la obstinación que él y otros habían mostrado, y que había resultado en que el evento tuviera lugar, no emana del relato de la democracia sino del relato del mesianismo. La publicización de la mitzvá es, desde la perspectiva de Jabad, un acto destinado a acelerar la llegada del mesías. La democracia, ciertamente, aportaba un escenario propicio al despliegue del relato mesiánico. Mientras que un mesianismo de la desgracia, que parte de la idea de que las penurias son las que, al fin y al cabo, traerán al mesías, hubiera celebrado las “resistencias judías” en la ex Unión Soviética, el mesianismo de la prosperidad sitúa la caída del comunismo, con el consiguiente emplazamiento de una Janukiá en la Plaza Roja, en la trama mesiánica.

Para Giussani, que la sentencia se hubiera pronunciado en la semana de Jánuca, es algo del orden de la casualidad. Para los judíos religiosos, la casualidad no existe. Todo está conectado. La superposición de acontecimientos en un mismo momento contiene mensajes que los humanos podemos develar. No tengo forma de saber si, en 1985, en el salón donde los lubavitchers se ponían a estudiar el Talmud, se llegó a hacer referencia a esa superposición de eventos. Lo que sí podemos saber es el lugar que la misma tiene en la memoria colectiva jabadiana, es decir, de un sector de la población judía. Ese lugar, es prácticamente nulo. En 2025 se celebraron los cuarenta años de ese primer encendido público. Aunque se hizo mención a las reticencias de los dirigentes judíos de entonces, no se recordó que, en la misma semana, la democracia argentina había puesto en escena lo que sería uno de sus actos fundacionales. No se dedujo, de esa coincidencia, ningún mensaje divino.

El juicio a las juntas podía haber sido celebrado como un hito en “la caída” de la dictadura, en el marco de una festividad que celebra la caída de un régimen opresor. Imaginemos si en nuestro presente contexto de reconfiguración de ciertos temas centrales a la memoria de la dictadura, Grunblatt hubiera recordado el juicio a las juntas frente al conjunto de fieles y a los políticos y empresarios invitados al evento. Imaginemos la contundencia que hubiera tenido ese mensaje. Hubiera situado a la ortodoxia en una determinada constelación de memoria en un momento donde, más que nunca, la memoria se encuentra en disputa.

No me considero con derecho a predicar qué se debe decir y que no. La mía no es una intervención normativa. Más bien, me interesa reflexionar sobre el lugar de lo judío en la producción de la memoria nacional. Y, si los recuerdos son una materia sobre la cual se estructura la memoria, también lo son los olvidos y las omisiones, deliberadas o no.

En los ‘80, la celebración de Jánuca fue pensada dentro de una matriz constituida en torno al concepto de democratización. Esta producción de sentido vino desde fuera de la comunidad judía. Pudo haber sido retomada por algunos dirigentes del sector ortodoxo, insertando el juicio a las juntas en una memoria no solo nacional, sino explícitamente judía. No ocurrió.

* Sociólogo.