Haaretz, 18/3/26

La cultura como resistencia: negarse a ver el mundo solo a través del prisma de la guerra

Frente a una realidad que empuja a pensar en términos binarios, una profesora universitaria reivindica la enseñanza, la literatura y el pensamiento crítico como actos de insumisión. El ensayo recupera una pregunta profundamente judía: cómo preservar la humanidad —propia y ajena— cuando todo parece exigir lo contrario
Por Hagar Hajj-Berger*

La luz de la pantalla ilumina mi rostro, frente a decenas de cuadros que componen mi clase de Zoom. Afuera, hay guerra. El aire está cargado de angustia existencial. Así comienzo el semestre con el curso «El retrato de la cultura en el cine y la literatura». La brecha entre el exterior sangrante y la actividad académica suscita preguntas: ¿que derecho a existir tiene la enseñanza de teoría, prosa o cine cuando la tierra tiembla? ¿No es el quehacer cultural acaso un privilegio desconectado, el escapismo de una torre de marfil?
A medida que la guerra se prolonga, vuelvo a Hermann Hesse. En el relato «Si la guerra continuara dos años más», de 1917, en plena Primera Guerra Mundial, Hesse vislumbró una realidad distópica en la que la maquinaria bélica devora toda la existencia humana. El funcionario del sistema declara ante el protagonista: «La guerra es lo único que nos queda! El placer y los logros personales, la aspiración al estatus, la codicia, el amor, el trabajo intelectual, todo eso ya no existe».
Este es el peligro cultural que acecha en nuestra puerta: que la guerra se convierta en la única lente a través de la cual leemos la realidad. Hesse advierte de un estado en el que la guerra se vuelve «eterna» porque elimina toda posibilidad alternativa de pensamiento. Exige que se la vea como la totalidad de todo. Este peligro es hoy más palpable que nunca.
Desde fuera, los académicos israelíes sufren boicots y ostracismo, un intento de silenciamiento que busca reducirnos a una sola identidad política y despojarnos de legitimidad. Y desde dentro, la voz de la guerra exige a menudo alineación, pensamiento uniforme y la supresión de toda visión compleja. Precisamente frente a estas tenazas, el aula debe seguir siendo un bastión de libertad. La enseñanza y el consumo de cultura no son una huida de la realidad, sino la preservación de la cordura y la creación de un espacio necesario de reflexión en medio del caos.
Una perspectiva crítica y humana en situaciones extremas es la herramienta que desmonta las estructuras rígidas del nacionalismo. En diciembre de 1914 ocurrió un acontecimiento histórico: la «tregua de Navidad». En las trincheras del frente occidental, de manera espontánea, soldados británicos y alemanes salieron a tierra de nadie para cantar juntos. Los alemanes colgaron velas en los árboles y cantaron «Noche de paz», y los británicos respondieron con sus propios cánticos. Intercambiaron regalos, cigarrillos, dulces, bebidas y jugaron al fútbol en el barro que se extendía entre ellos.

La acción cultural compartida desmanteló la construcción del «enemigo», les arrancó los uniformes y los dejo en su desnudez humana: jóvenes helados de frío, anhelantes de contacto. El hecho de que los mandos superiores lo prohibieran y bombardearan deliberadamente en los días festivos para evitar el «peligro de la humanización» solo demuestra cuánto amenaza la cultura a la maquinaria de guerra.

En la literatura hay imágenes similares de grietas en el muro. En el relato de Pearl S. Buck «El enemigo», un cirujano japonés encuentra en la playa a un soldado americano herido. El deber patriótico y el miedo a las autoridades le ordenan entregarlo, o dejarlo morir, pero el juramento médico —un código cultural-moral universal— prevalece. Cuando opera al «enemigo» para salvarlo, la categoría nacional se disuelve ante la vulnerabilidad humana. El médico lo ve como «simplemente un hombre herido».

La tendencia a ver en el otro un objeto, un blanco, es el combustible de la guerra. Martin Buber sostuvo que la humanidad se halla en la relación del «yo-tu». La guerra y los boicots, que reducen a una persona a su sola ciudadanía, son ese combustible. La cultura nos devuelve la libertad de elegir ver el «tu» incluso en medio del torbellino.

Miro a mis estudiantes. Están agotados, algunos con uniforme, algunos con familiares en zonas bombardeadas. No leemos literatura para olvidar la guerra, sino para encontrar un ancla en el mar del caos. Sentarse frente a una clase, analizar un texto, permitir la libertad de expresión y de pensamiento frente a un mundo que nos boicotea o nos exige ver solo en blanco y negro: son actos de existencia.

Es la declaración de que nos negamos a ser engranajes en la maquinaria de destrucción. La cultura y la educación son nuestro salvavidas moral. Aunque la guerra continue, como temía Hesse, tenemos la obligación de luchar: no permitir que nos devore toda nuestra existencia y no dejar que se convierta en la única lente a través de la cual miremos al mundo y a nosotros mismos.

* Profesora en la Universidad Académica Ono y asociada interdisciplinaria en el Instituto de Tel Aviv para el Psicoanálisis Contemporáneo


Traducción: Bemy Rychter