La cultura política conspirativa, muy arraigada en la historia de EE. UU., está cebando a la crítica contra Israel desde que empezó la guerra de Irán con inequívocos tropos de la lógica del complot. Legisladores demócratas y republicanos acusan de «poderosos conspiradores» al lobby pro Israel que aviesamente habría manipulado en secreto a Trump para la guerra junto a Tzahal, en contra del interés nacional de EE. UU. Tal como prevé la teoría política conspirativa, se injuria a los «conspiradores» no solo de «poderosos», sino también de «traicioneros», según señala Kathryn Olmstead en su obra Real enemies: Conspiracy theories and American democracy, World War I to 9/11.
La crítica a la coalición estratégica Israel-EE. UU. no es analizada con categorías de relaciones internacionales sobre el imperialismo respecto a sus proxis y vasallos, sino mediante mitemas conspirativos.
Previsiblemente, en esta guerra la condena a Israel es vituperada no solo contra la judía entre las naciones, sino, además, contra la «punta de lanza sionista del imperialismo». Tal etiquetamiento permite colgarle a Israel el repertorio del sambenito del «judío internacional en las sombras»: la sinarquía judía en Wall Street, el control imperialista en Medio Oriente, el dominio económico de la globalización neoliberal y la hegemonía colonial en el Sur Global.
No sorprende, pues, que la primera dimisión en el Gobierno de Trump debido a la guerra contra Irán sea atribuida al lobby sionista. El director del Centro Nacional Antiterrorista, Joseph Kent, ha anunciado este martes su renuncia, con efecto inmediato, en protesta por la ofensiva de EE. UU. e Israel contra la República Islámica, que, subraya, «no representaba una amenaza inminente contra nuestro país». Las afirmaciones de Kent, un hombre procedente de la derecha más conservadora, desmienten los argumentos de Washington para justificar los ataques y que Donald Trump ha repetido junto con su ministro de guerra y su yerno judío, «el sionista Jared Kushner».
La primera dimisión en el gobierno de Trump por la guerra contra Irán responsabiliza del conflicto bélico a la “presión desde Israel y su poderoso lobby estadounidense”. Kent ha volcado en redes sociales su disgusto que va más allá de una crítica a la política de seguridad del presidente. Nos representa un indicio adicional de las fricciones internas que la guerra ha desatado en la Administración. Al igual que entre legisladores republicanos y demócratas, sus argumentos contra la guerra encuentran un oculto culpable que conspira tras bastidores.
Los demócratas han criticado la influencia que Israel parece ejercer sobre la administración Trump, un argumento que comparten algunos comentaristas conservadores de derecha como Tucker Carlson. «¿Así que ahora Netanyahu decide cuándo vamos a la guerra?», escribió el senador Ruben Gallego en X. Jeff Merkley, otro senador demócrata, ha calificado al gobierno estadounidense de «cachorrito de Israel». Sus opiniones son representativas. Una encuesta de la Universidad de Quinnipiac reveló que el 62 % de los votantes demócratas cree que Estados Unidos apoya demasiado a Israel, en comparación con el 17 % de los republicanos. En general, el 44 % de los votantes opina lo mismo, el porcentaje más alto desde que Quinnipiac formuló la pregunta por primera vez en 2017, según la nota que publicó Walden Bello en Counterpunch el 16 de marzo, «Trump, the Dying Multinational Order and the Global South».
Sin embargo, esa pregunta ya había sido formulada varios años antes, y con mucha más mala leche, cuando el ataque mega terrorista del 11S multiplicó teorías conspirativas que culpaban a Israel en redes sociales e internet.
En EE. UU., esas teorías antisemitas acusaban a lobbies israelíes y a miembros judíos de la administración Bush de estar detrás de los ataques del 11S: La Liga Antidifamatoria-ADL cita como ejemplos a la web Rediscover 9/11, las publicaciones de la American Free Press y a Gordon Duff con su web Veterans Today.
La retórica antisemita del llamado «Movimiento por la Verdad» (el «9/11 Truth Movement») denunciaba que los ataques a las Torres Gemelas formaban parte de una serie de operaciones encubiertas y llevadas a cabo por Israel, conocidas con el nombre de «operaciones de falsa bandera» para culpabilizar a los árabes. Según señaló Alan Sabrosky en Demystifying 9/11: Israel and the tactics of mistake, el designio secreto era que Estados Unidos declarara la guerra a Irak.
Además, los judíos neoconservadores fueron también acusados de incitar al gobierno para invadir Iraq y otros países de Oriente Medio. La columna de James Fetzer «9/11 and the Neo-Con Agenda» alegaba, en 2008, que miembros judíos del gobierno serían más leales a Israel debido a su doble nacionalidad. Michael Chertoff, jefe del Departamento de Seguridad Nacional, desempeñó un papel fundamental en la redacción de la Ley Patriota de Estados Unidos, que amplió los poderes de vigilancia federal tras los atentados del 11S y fue acusado de recortar las libertades cívicas norteamericanas, no por cuestiones ideológicas o políticas, sino debido a su ascendencia judía.
Tropos antisemitas de derecha y de izquierda para criticar la guerra en Irán
Ahora bien: la actual guerra contra Irán está extendiendo el rechazo y la condena de una gran mayoría de la población estadounidense. Incluso figuras clave del movimiento MAGA, como Steve Bannon, Tucker Carlson y Marjorie Taylor Greene, se han quejado de que las recientes acciones de Trump en Venezuela y Oriente Medio representan un incumplimiento de su promesa electoral de no involucrar jamás a Estados Unidos en otra «guerra interminable». De hecho, Carlson ha denunciado la operación en Irán como «la guerra de Israel», en la que Estados Unidos no tiene por qué participar, tal como consignó Yvette A. Miller en su artículo «Tucker Carlson’s Lies About Jews and Israel» de Aish.
Ejemplo inexcusable del uso de tropos antisemitas para denunciar «la sumisión de Trump a Netanyahu» es ofrecida por una figura destacada de la ultraderecha estadounidense: Curt Mills, director ejecutivo de The American Conservative, quien, en un video para The New York Times, opinó:

Trump no le dice que no a Israel porque sea fundamentalmente demasiado complaciente o porque esté fundamentalmente corrupto. Es complaciente. Está demasiado cerca de ellos políticamente. Y creo que sí, creo que les tiene cierto temor. ¿Por qué les tiene temor? Creo que son una sociedad intimidante. Y creo que la gente le teme al Mossad. Creo que la gente teme la influencia israelí en la política exterior, teme lo que pueda hacerles a las carreras de la gente. Sea cual sea la causa o las causas que lo llevaron a dejarse seducir para entrar en una guerra contra Irán, ahora está claro que esta aventura es un error de cálculo garrafal que podría provocar algunas fracturas en su base de apoyo.
Pero si la derecha critica a Israel y a los judíos sionistas porque harían peligrar la estabilidad geopolítica del Norte Global, la crítica anti-Israel desde la izquierda es lanzada con tropos antisionistas y antisemitas enunciados desde el Sur Global, y no solo para atacar la política de alianzas bélicas de Israel con EE. UU.: su condena enuncia un discurso de odio que niega el derecho mismo de existir al Estado judío desde 1948.
«Para poner las cosas en perspectiva, sin embargo, la influencia desmedida de Israel comenzó mucho antes de Trump», sostiene Walden Bello en la nota mencionada más arriba, después de recordar que todas las agresiones de Trump «se dirigen contra países del Sur Global: Palestina, Nigeria, Venezuela, Irán». Pero inmediatamente el autordeGlobal Battlefields: Memoir of a Legendary Public Intellectual from the Global South impuga la legitimidad del Estado judío:
En 1947, Estados Unidos impuso a las Naciones Unidas la creación de la colonia de colonos europeos. Desde entonces, al igual que el monstruo de Frankenstein, la criatura ha llegado a controlar, gradual pero inexorablemente, a su creador a través del poderoso lobby sionista en Washington, hasta el punto de que la sumisión a sus deseos se ha convertido en una característica central tanto de las administraciones demócratas como republicanas.
Lamentablemente, la alianza imperial de Israel junto a EE. UU. en la actual guerra tendrá efectos judeofóbicos, muchísimo más nocivos que la primera aventura colonial israelí durante la guerra del Sinaí cuando se alió a la coalición anglo-francesa en 1956. Tras la nacionalización del Canal de Suez por el líder egipcio Gamal Abdel Nasser en julio de 1956, una armada conjunta anglo-francesa de seis portaaviones destruyó la fuerza aérea egipcia, mientras que las tropas israelíes aniquilaban los tanques egipcios en las arenas de la península del Sinaí. En menos de una semana de guerra, Nasser había perdido sus fuerzas estratégicas y Egipto parecía indefenso ante el poderío abrumador de aquel coloso imperial. Pero para cuando las fuerzas anglo-francesas desembarcaron en el extremo norte del Canal de Suez, Nasser había ejecutado una jugada maestra geopolítica al hundir decenas de barcos oxidados cargados de rocas en la entrada norte del canal. Al hacerlo, cortó automáticamente la principal vía de suministro de Europa a sus yacimientos petrolíferos en el Golfo Pérsico. Para cuando las fuerzas británicas se retiraron derrotadas de Suez, Gran Bretaña había sido sancionada por la ONU, su moneda estaba al borde del colapso e Israel fue obligada por Washington a retirarse inmediatamente de la península de Sinaí.
En 2026, setenta años después de la guerra del Sinaí, los estragos que la coalición Israel-EE. UU. está perpetrando en Irán generan una condena antiimperialista contra Trump, pero los vituperios contra Netanyahu son mechados de giros discursivos de odio antisemita y anti-israelí que no escuchábamos en 1956.
Aquella breve campaña bélica fue distinta. Sobre todo, el acta de acusación anti-israelí por su violencia antiterrorista contra los fedayines palestinos infiltrados desde Gaza fue inmensamente leve respecto de las condenas de genocidio después del 7/10.
Luego de los crímenes de guerra y la destrucción civil en Gaza, la «judía entre las naciones» será odiada aún más si Irán saliera derrotada en una guerra injustificable para el derecho internacional. Peor aún, si la coalición libra una guerra imperial con el objetivo de destruir el régimen político y teocrático de la República Islámica, Israel será acusada de haber mentado su implosión nacional para desintegrar la integridad del país, haciendo que se rebelen las minorías etno-nacionales que conforman el actual estado persa.
Mientras aumentan las presiones económicas y militares para acortar la guerra, EE. UU. e Israel intentan evitar el desembarco de tropas movilizando, en cambio, a las minorías étnicas de Irán, que representan aproximadamente el 40 % de la población del país. Desde el comienzo de la guerra, Netanyahu prometió el apoyo aéreo para que se subleven, no solo los manifestantes de la protesta reprimida, sino los azeríes (azerbaiyanos) en el norte, tribus baluchis en el sureste y otras etnias de pueblos túrquicos; pero ambos, el premier israelí y el presidente americano, necesitan jugar la carta kurda. Sin embargo, la región del Kurdistán iraquí se mantiene al margen de la guerra respetando un acuerdo diplomático de 2023 con Teherán respecto de una frontera pacífica entre Irán e Irak. Y en el sureste de Turquía, el partido kurdo radical PKK ha llegado a un acuerdo con el primer ministro Recep Tayyip Erdoğan y se está desarmando.
Con una población de 10 millones de personas repartidas por las fronteras montañosas de Siria, Turquía, Irak e Irán, los kurdos son el grupo étnico más grande de Oriente Medio sin un Estado propio.
Lejos de mostrar signos de implosión, por ahora los pueblos persas resisten con una fe religiosa fundamentalista que resulta incomprensible para el estándar de derrota militar conforme a la lógica de estrategia occidental.
Posdata
Steven Simon, ex miembro del Consejo de Seguridad Nacional de Estados Unidos, escribió en War on the Rocks:«El escenario que merece más atención de la que recibe no es el colapso de Irán, sino su persistencia: un Irán herido, revanchista e ingobernable con las herramientas que le permitieron ganar la guerra». Por su parte, la dra. Sanam Vakil, experta iraní en Chatham House, afirmó: «Hay algo perverso en todo esto. Lo que Israel y Estados Unidos persiguen, y que me resulta tan insoportable, es que los iraníes no tengan capacidad de decisión, ni elección, ni justicia en este proceso».
Pero los israelíes no perciben ninguna perversión. Sin embargo, los medios silencian el doble drama que implica la escalada de una guerra que se regionaliza día a día: por un lado, la contradicción en los objetivos estratégicos de Tzahal; por otro, el avance de un escenario de revanchismo fundamentalista por parte de un Irán herido y descabezado, que permanece deliberadamente oculto.
Un Irán no derrotado, pero aún resistente y con capacidad logística de ataque, podría intensificar el terrorismo islámico, llevándolo a niveles incluso más extremos que en el pasado
El proyecto bélico israelí de descabezar la cúpula militar y religiosa del estado de los ayatolas, ¿ no provocará una reacción aún más sangrienta que aquella sufrida después de que Israel descabezó a los líderes terroristas no estatales del Hamás y Hezbolla, e inmediatamente reemplazados?
Desgraciadamente, algunos analistas bien informados prevén una revancha sangrienta que podría desplegarse fuera de las fronteras, mediante la ciberguerra y ataques megaterroristas dirigidos tanto contra instituciones judías como contra objetivos israelíes.
Al mismo tiempo, gran parte de la opinión pública simula ignorar naturaleza imperial de esta guerra estadounidense-israelí, tal como la ha caracterizado recientemente, con notable valentía, el académico Dimitri Chomsky en una columna publicada en Ha’aretz.
La pretensión de incitar a los iraníes a salir a protestar contra el régimen de los ayatolás, mientras los ataques aéreos destruyen infraestructura civil, científica y vial, además de recursos económicos, naturales y energéticos, resulta tan hipócrita como justificar una intervención imperial destinada a reemplazar un régimen teocrático por otro que Donald Trump intentaría moldear a su conveniencia, en una lógica que evoca el llamado “modelo venezolano”
Chomsky salva el honor y la dignidad democrática perdidos por años de bibismo ultraderechista al solidarizarse con el presidente del Parlamento iraní, quien calificó de «repugnante» la injerencia de Donald Trump en la eventual elección del próximo Líder Supremo y sostuvo que «solo el pueblo iraní y la Asamblea de Expertos tienen ese derecho soberano».
Pero la mayor lección de democracia que hoy deberían extraer los israelíes de su artículo aparece en su cierre, cuando Dimitri Chomsky exige “detener esta guerra imperialista perdida”, señalando que esa es una “condición indispensable” para que el propio pueblo iraní pueda enfrentar al régimen de los ayatolás. Solo entonces —sostiene—, una vez que cesen la agresión externa y la intervención de los invasores imperiales de Israel y Estados Unidos, podría abrirse un camino genuino de transformación interna.
Y, créanme, Chomsky es un antiimperialista democrático, no alguien que adopte esa postura para salvar las apariencias de un sionismo consecuente.