50 años del golpe de estado

Quien salva una vida

A partir de testimonios directos y reconstrucciones minuciosas, Gabriel D. Lerman narra cómo, en los primeros años de la dictadura iniciada en 1976, diplomáticos, rabinos y redes informales desplegaron estrategias urgentes para localizar desaparecidos y facilitar salidas del país. En ese entramado, emergen también los dilemas ético-políticos de actuar bajo el terrorismo de Estado: negociar con represores, intervenir contrarreloj y sostener, en condiciones extremas, la premisa de que salvar una vida es salvar al mundo entero. En ocasión de los 50 años del golpe que inauguró ese período, el autor decidió dar a conocer a través de Nueva Sion esta investigación realizada años atrás
Por Gabriel D. Lerman *

Quien salva a una vida salva al mundo entero.

Mishná 4:5

“La primera impresión que hubo, después del ambiente de la Triple A, que se había vivido angustiosamente, fue de cierta distensión. Pero en cuanto empezaron a golpear las puertas y nos enterarnos de cómo era realmente la dictadura militar, la distensión se convirtió en angustia, en una situación de terror. Porque muy poco tiempo después empezaron a llegar a la Embajada padres de chicos desaparecidos».

Así lo recuerda Susana Poch, secretaria del embajador Ram Nirgad. El golpe militar del 24 de marzo de 1976 había acaecido apenas dos meses después de su ingreso a la Embajada de Israel en Buenos Aires[1].

“Se acercaban, tenían entrevistas con el cónsul -puntualiza Poch-, pedían ayuda. Fue un momento bastante caótico al comienzo, no se sabía muy bien dónde estábamos parados. Pero inmediatamente Nirgad tomó el asunto en sus manos, se ocupó mucho y se empezaron a mover las relaciones, las influencias, los contactos para tratar de ubicar en primer lugar a los que habían sido detenidos. Más adelante cuando se aclaró el panorama, se supo exactamente qué era lo que estaba ocurriendo. Por la información que llegaba a la Embajada, por medios del exterior, periódicos y cables. Muy poco después ya no hubo ninguna duda de cuál era la orientación del gobierno militar”.

El edificio de la calle Arroyo y Suipacha mantenía el aire apacible de sus mejores tiempos, típica tranquilidad del codo aristocrático, antiguo Palacio Mihanovich. En su libro de memorias, el primer embajador israelí en Argentina, Jacob Tsur (1949-1953), lo cuenta así: «La casa había pertenecido a un potentado de Buenos Aires, descendiente de una de esas familias que antes de la Primera Guerra Mundial solían viajar en el verano a Europa en vapores de lujo y llenar los balnearios de moda de la costa francesa. Los días de grandeza de esas familias habían pasado y quien vivía últimamente en la casa era un anciano solitario que tenía a su disposición un lujoso edificio de tres pisos»[2].

Pasaron muchos años, y ahora la Embajada vivía el riesgo de 1976.

«Las tareas que tenía que hacer yo -dice Susana Poch, secretaria del embajador- eran contactos permanentes con el Estado Mayor del Ejército y la Marina, la Armada más que nada. Y también con el comando de Córdoba, el contacto telefónico y entrevistas y encuentros de Nirgad con informantes, con autoridades. Era continuo y permanente, y no me cabe ninguna duda que era para tratar de ubicar gente. Porque cada vez que iba a una de esas entrevistas yo tenía que confeccionar listas de nombres de detenidos o de desaparecidos. Yo recibía indicaciones de con quién me tenía que comunicar en cada momento, y esto era continuo. Todo el día, prácticamente, las actividades estaban centradas, te diría que un ochenta por ciento, dirigidas a tratar de conectarnos con los comandos y los ayudantes y las bicicleteadas que te decían llame mañana, llame a las once, llame a las doce. Y era un trabajo infernal conseguir una entrevista».

 En junio de 1976, el empresario periodístico Fernando Sokolowicz, es uno de los miles de jóvenes que temen por su vida, en condiciones de riesgo de continuar en Argentina. Se acerca a Marshall Meyer, rabino de la Comunidad Bet-El de Buenos Aires: «Yo lo fui a ver a Marshall -dice Fernando-. Y me indicó a un funcionario de la Embajada. Un muchacho joven, de unos veinticinco, treinta años. Y él, en seguida, me hizo una reunión con Daniel Recanati, de Sojnut, la Agencia Judía. El trámite duró algunas semanas. Eran trámites normales de una inmigración. Marshall era la persona que uno veía con más aptitud. En marzo del 76, gente que hable democráticamente en la sociedad argentina eran pocos. Dirigentes políticos que hablen en nombre de la democracia eran pocos. Marshall era un ejemplo».

Rabino Marshall Meyer

El trayecto que describe Sokolowicz es una muestra del modo en que más de un millar de jóvenes judíos bajo amenaza, familiares de perseguidos o víctimas de allanamientos clandestinos, se acercaban a rabinos y dirigentes comunitarios en búsqueda de amparo, de asilo, de seguridad. El señalamiento del rabino Marshall Meyer como referente de este trabajo de ayuda humanitaria es insoslayable. Sus convicciones religiosas y morales, su amplitud cívica, le permitían ubicarse en una posición de diálogo y de asistencia con quienes requerían, numerosas veces, una intervención inmediata. Frente al terror, las gestiones individuales y extraoficiales requerían una celeridad inversamente proporcional al carácter siniestro del accionar represivo. Domicilios particulares violados, detenidos por doquier sin las mínimas garantías del Derecho, en una vida pública con férrea censura periodística, obligaban a actuar con coraje y decisión.

 Nirgad y Meyer tenían una relación personal. La vinculación que había entre ellos era afectuosa. Los dos estaban de acuerdo en el enfoque, en la estrategia a seguir, porque la impresión que daban era que se consultaban permanentemente. No era un vínculo social el que estaban desarrollando en ese momento. Marshall Meyer podía visitar detenidos, que el embajador no lo hacía, aunque sí un cónsul. «La visita de detenidos -continúa Susana Poch- estaba a cargo del cónsul y de un diplomático que en aquel momento estaba a cargo del tema de los desaparecidos. Se llamaba Ran Kuriel. Era agregado de prensa, oficialmente, pero en sus funciones efectivas estaba el tema de los desaparecidos. Los ficheros, las reclamaciones, todo pasaba por sus manos. Era una persona muy joven. Este muchacho, aparte de trabajar en cuestiones diplomáticas y de prensa, su quehacer diario era recibir padres, atender padres, visitar detenidos, tramitar el derecho a opción para salir. Todas las tareas vinculadas con los detenidos. Lo más importante, la metodología era que había que ubicar al detenido o al desaparecido, mejor dicho, en las primeras cuarenta y ocho horas. Pasado ese tiempo era muy difícil, ya se encarajinaba todo y se hacía muy difícil localizarlo. Una vez que estaba ubicado, si lograban que pasara a estar detenido oficialmente había cierta certeza de que iba, por lo menos, a conservar la vida. Y después todo el trámite cuando lograban el derecho de opción para salir del país. Había toda una serie de recursos legales para lograr que un detenido saliera del país: laisser passer, pasaporte, derecho a opción».

 En los casos en que la persona no había sufrido aún una detención sino amenazas, o intimidaciones de otra índole, la acción de los delegados israelíes era una cuestión de horas. Diversos testimonios mencionan la intervención de la Sojnut, la Agencia Judía en Argentina, en gestionar la salida inmediata del país, en cuestión de veinticuatro o cuarenta y ocho horas, de personas cuyas familias habían sido víctimas de allanamientos de grupos comandos identificados como pertenecientes a las Fuerzas Armadas. La Sojnut garantizaba el traslado a ciudades como Montevideo (Uruguay) o Asunción (Paraguay), y una vez allí se concretaba el viaje a Israel. Este mecanismo de enlace entre funcionarios diplomáticos y funcionarios de la Agencia Judía, se aplicó en cientos de casos.

 La figura del judío en apuros ejercía su peso por encima de diferencias ideológicas. «Salvar una vida es salvar a la humanidad», sugiere el precepto, y al judío en apuros no se le preguntaba otra cosa que sus datos personales para sacarlo del país. Muchos de los jóvenes que llegaban a Israel lo hacían con una posición política singular, quizá con prejuicios o rechazo sobre el proyecto sionista. Esto implicaba, quizás, el descubrimiento de un modelo de vida que podía ser compatible con sus ideales de solidaridad y de cooperativismo o se convertía en una oportunidad de estudio universitario o en una inserción profesional. A veces, simplemente era un salvoconducto para salvar el pellejo y emigrar a un tercer país.

Con el tiempo, y bajo el impulso del profesor Efraim Zadoff, entre otros, se lograron realizar registros, documentaciones y reclamos en la institucionalidad israelí, tendientes a ponderar la problemática de los desaparecidos argentinos de origen judío. También hubo reclamos para considerar la experiencia particular del rescate de perseguidos, de manera oficial. A cincuenta años del golpe de 1976, todavía está pendiente el reconocimiento pleno de la Agencia Judía y el Estado de Israel al salvataje bajo la dictadura de centenares de jóvenes, y a la figura del asilo político otorgado, así fuese temporario.

«Nuestro caso era un poco especial -explica Fernando Sokolowicz-. Mi ex mujer era refugiada de Naciones Unidas en la Argentina, porque ella era uruguaya y había vivido en Chile. Cuando fue el golpe en Chile vino a la Argentina como refugiada política. Esto hizo que, a Ezeiza, nos acompañara la gente de Naciones Unidas. El rol que cumplió Israel es aceptarnos de ir para allá, y darle, en el caso de ella, un documento. Como refugiada, no tenía pasaporte. Fuimos a un centro de absorción en Beersheva. En Israel tenías seis, siete ciudades para esto. Jerusalén, Tel Aviv, Haifa, y otras. Eran conglomerados de gente que venían, aparte de los países socialistas, de países con la misma situación de países como Argentina, Uruguay. Sobre todo, lo que más los distinguían era que, generalmente, eran matrimonios mixtos. Podía ser uno solo judío, podía ser el hombre judío, podía ser la mujer. No había ninguna distinción. Decenas de amigos de todos lados. De Chile, de todos lados. En general, lo único que se priorizaba era si eras judío. Sos pueblo judío, y se acabó. Pero desde el punto de vista dejudío en apuros. No te preguntaban si eras trostkysta, comunista. Una de las defensoras del tema de derechos humanos era una diputada del Likud, Geula Cohen. Era conocida justamente por lo halcona que era contra los palestinos y al mismo tiempo defensora en el tema judíos y derechos humanos de América Latina. Y de los judíos soviéticos».

¿Cuántos fueron los jóvenes judíos que lograron salir del país rumbo a Israel?

La Embajada de Israel, de la calle Arroyo

«La verdad es que no podría decirlo exactamente -dice Fernando Sokolowicz-, pero creo que más de mil, seguro”.

«Yo creo que la Embajada hizo lo máximo -señala Ana Nirgad-, que su acción estuvo signada por la entrega total y la honestidad total, y apuntada a realizar un máximo de esfuerzo dentro de las posibilidades de acción y de maniobra existentes. Al principio no había ninguna posibilidad. Fue tan violento que no había lo que hacer. Pero luego, despacito, se abría alguna ventana. Es la naturaleza de las dictaduras en todo el mundo. A mí este mundo tampoco me gusta. Los militares argentinos eran grandes asesinos».

Posdata

En las denuncias contenidas en el informe de la CONADEP de 1984, se destina un capítulo al ensañamiento de la represión con los detenidos desaparecidos de ascendencia judía y se mencionan algunas decenas de casos. El Movimiento Judío por los Derechos Humanos, encabezado por Marshall Meyer y Herman Schiller, había sido uno de los puntales en dictadura de los primeros reclamos y las denuncias por detenciones ilegales. Hacia finales de los años noventa, la DAIA realizó un nuevo informe en el que enfocó el tema y concluyó que «sobre 10.024 casos denunciados, 1296 se refieren a judíos, es decir el 12,43%». Esa magnitud, en un país en que la demografía judía nunca superó el 1%, se convirtió en un poderoso llamado de atención. Con el tiempo, esa cifra fue una pregunta, un interrogante lleno de sentidos quizás acallados, ensordecedores. Al menos uno de cada diez detenidos desaparecidos argentino era, es, será de ascendencia judía.

*  Escritor y docente (UBA-UNPAZ).


[1] El relato se basa en hechos históricos reales, que sin embargo se conocen poco. Se ha decidido preservar la identidad de alguno de los protagonistas, para facilitar la comprensión y proteger la integridad de las familias involucradas. Utilizamos libremente algunos fragmentos de testimonios reproducidos en un texto institucional del ICAI (Instituto Cultural Argentino-Israelí) sobre las relaciones diplomáticas, políticas, culturales y sociales entre ambos países, editado en Buenos Aires en 1999. El trabajo que se presenta aquí es el apartado de una investigación sobre la época de mayor alcance.

[2] La Legación de Israel se instala en 1950. Adela Eshel y Vera Tsur, la mujer del cónsul, convocan arquitectos, transitan negocios y contratan obreros. Diariamente trabajan, y en poco tiempo queda alzada la casa de la calle Arroyo 910, a escasa distancia de las embajadas de Brasil y Francia. Se destina un piso a las oficinas, un piso para recepciones y el tercero para residencia del embajador.