Durante décadas, la relación entre Estados Unidos e Israel fue uno de los pocos consensos estables en la política exterior estadounidense. Republicanos y demócratas, con algunos matices, coincidían sin embargo en algo básico: Israel era un aliado estratégico, una democracia en una región inestable, y su seguridad formaba parte del interés nacional de Estados Unidos. Aunque ese consenso no ha desaparecido del todo, sí se ha erosionado de forma importante. Y lo que antes era una diferencia de énfasis, hoy empieza a parecer una diferencia de visión. Por ejemplo, la prestigiosa encuestadora Gallup encontró en 2023 que, entre los demócratas, 49% decía simpatizar más con los palestinos y 38% con los israelíes. Sin embargo, para 2025, la brecha se amplió de forma significativa: 59% simpatizaba más con los palestinos y solo 21% con los israelíes. Eso ya no es un matiz, es un corrimiento político visible.
La casa encuestadora Pew muestra algo parecido, pero desde otro ángulo. En octubre de 2025, solo 18% de los demócratas tenía una opinión favorable del gobierno israelí, mientras 77% tenía una opinión desfavorable. En el mismo estudio, 70% de los demócratas decía tener una opinión favorable del pueblo palestino. Además, 60% de los demócratas sostenía que Israel estaba yendo “demasiado lejos” en su forma de conducir la guerra, 10 puntos más que el año anterior.
Por su parte, el Partido Republicano, liderado por Donald Trump, ha reforzado una postura de apoyo casi incondicional al gobierno israelí, especialmente en su versión más reciente. No se trata solo de respaldo estratégico, sino de una identificación ideológica más amplia: Israel es visto como un bastión de Occidente frente a amenazas comunes, desde Irán hasta el islamismo político. En ese marco, las decisiones del gobierno israelí tienden a ser defendidas, incluso cuando generan tensiones internacionales. La política se vuelve simple, y esa simplicidad tiene ventajas electorales claras.
El Partido Demócrata, en cambio, se mueve en un terreno más incómodo. El apoyo a la existencia y seguridad de Israel sigue siendo mayoritario dentro del liderazgo del partido (aunque no necesariamente entre sus simpatizantes), pero convive con una crítica creciente hacia sus políticas, especialmente en relación con los territorios palestinos ocupados. Esta tensión no es nueva, pero se ha intensificado en los últimos años, impulsada por sectores progresistas que cuestionan no solo decisiones específicas, sino el marco general de la relación.

Es importante mencionar que una parte importante de esa erosión tuvo que ver con una decisión política de Netanyahu: dejar de cuidar la relación bipartidista con Washington y alinearse de manera cada vez más abierta con Donald Trump y el Partido Republicano. El punto de quiebre simbólico fue su discurso ante el Congreso en 2015, organizado por los republicanos a espaldas de la Casa Blanca para confrontar a Barack Obama sobre el acuerdo con Irán. Después, durante la presidencia de Trump, Netanyahu profundizó esa apuesta y convirtió beneficios concretos, como Jerusalén, el Golán y los Acuerdos de Abraham, en una asociación casi personal y partidaria. El problema es que lo que podía rendir tácticamente en el corto plazo debilitó algo más importante: la idea de que Israel debía ser una causa compartida por demócratas y republicanos por igual.
Aquí aparece un punto que suele simplificarse en exceso: no estamos ante un partido “pro-Israel” y otro “anti-Israel”. La realidad es más compleja. En el liderazgo demócrata tradicional persiste un compromiso claro con la alianza, basado tanto en consideraciones estratégicas como en afinidades históricas. Pero ese liderazgo enfrenta presiones internas que reflejan cambios generacionales, identitarios y políticos dentro del propio electorado.
El resultado es una relación que ya no es completamente bipartidista en su expresión pública. Y eso tiene implicaciones. Israel ha sido históricamente más fuerte en Washington cuando su apoyo no dependía de un solo partido. Convertir la relación en un tema de disputa interna estadounidense no fortalece a Israel, aunque pueda ofrecer ventajas tácticas a corto plazo.
Hay, además, un problema más profundo. Cuando el vínculo se vuelve automático en un lado, y condicionado en el otro, se pierde algo esencial: la capacidad de tener una conversación honesta. El apoyo incondicional elimina incentivos para la autocrítica; el apoyo condicionado puede derivar en exigencias que ignoran las complejidades de seguridad que enfrenta Israel. En ambos casos, el resultado es una relación más frágil de lo que parece.
Para la comunidad judía en Estados Unidos, esta evolución tampoco es menor. Históricamente alineada con el Partido Demócrata, se encuentra ahora en una posición de tensión entre identidad política y vínculos emocionales con Israel. No es una ruptura, pero sí una incomodidad creciente. Y esa incomodidad, como suele ocurrir, termina reflejándose en el debate público.
En el contexto de Pésaj, la historia adquiere una resonancia particular. La salida de Egipto no es solo un relato de liberación, sino también de responsabilidad. La libertad implica tomar decisiones, incluso cuando no son cómodas, y sostenerlas frente a presiones externas e internas. Quizás esa sea una clave para entender el momento actual: ni el apoyo ni la crítica automáticos ofrecen una salida clara.
Lo que está en juego no es solo la relación entre dos países, sino la manera en que se piensa esa relación. Si se reduce a un instrumento de política interna estadounidense, pierde profundidad. Si se la idealiza hasta volverla inmune a cualquier cuestionamiento, pierde credibilidad. Entre la alianza y la incomodidad hay un espacio más difícil de habitar, pero también más honesto.
Y es ahí donde probablemente se juegue el futuro de esta relación.