En abril del 2024, sucedió un ataque incendiario en la ciudad de Hamadan, en Irán. El sitio atacado no fue uno cualquiera, fue uno con un patrimonio histórico incalculable. Ni más ni menos que la tumba de la Reina Esther y de su tío Mordejai. La tumba de los protagonistas de la historia que le da contexto a la celebración de la fiesta de Purim en todo el mundo. Resulta interesante conocer que, a pesar de la existencia de ataques antisemitas, sigue conservándose en buen estado un sitio que representa una historia ocurrida hace aproximadamente 2500 años.
El simbolismo del lugar revela otra realidad que en la diáspora en muchas ocasiones uno omite, la existencia de una comunidad judía que al día de hoy logra sobrevivir a pesar de las dificultades que enfrentan en el contexto de una guerra regional entre el único Estado judío del mundo y el régimen islámico donde residen. Para tratar de entender algo más a esta comunidad, haremos algo de historia.
Lo primero que hay que explicar es que los judíos iraníes se caracterizan por ser una de las comunidades judías más antiguas del mundo fuera de la tierra de Israel. Las clasificaciones típicas de “Ashkenazí” o “Sefaradí” no se aplican a buena parte de la comunidad judía iraní, ya que son los descendientes de los judíos forzados al exilio por los asirios y babilonios. Se los denomina parsim (viene de la palabra hebrea Paras que significa Persia) y son mizrajim (orientales). Una prueba de la antigüedad de esta comunidad la ofrece la propia fiesta de Purim, ya que en la Meguilat Ester –el libro que narra la historia de la festividad de Purim– se hace una descripción que retrata cómo llegaron los judíos a la actual Irán: “un hombre judío había en la fortaleza de Shushán, de nombre Mordejai hijo de Iair, hijo de Shim’i, hijo de Kish, un hombre de la tribu de Biniamin, que fue exiliado de Jerusalem junto con los prisioneros que fueron exiliados con Yejoná, por orden de Nabucodonosor, Rey de Babilonia”.
Del exilio a la tolerancia: el giro del Imperio Persa
Si los asirios y los babilonios fueron símbolo de destrucción, opresión y exilio para el pueblo judío, el Imperio persa representó, en cambio, la liberación. Ciro el Grande conquistó Babilonia y permitió el regreso de los judíos a la Tierra Prometida para reconstruir el Segundo Templo. Muchos volvieron a la actual tierra de Israel, pero otros permanecieron en el territorio que hoy es Irán.
El clima de tolerancia religiosa fue un fiel reflejo de la buena relación entre persas y judíos. Purim es una celebración que no puede comprenderse sin recordar que los acontecimientos narrados ocurrieron en lo que hoy es Irán. La fortaleza donde la reina Ester conoció al rey Ajashverosh se encontraba en ese territorio, en la antigua ciudad de Shushan.
Diversos imperios atravesaron el territorio que hoy es Irán. El Imperio aqueménida fue derrotado por las fuerzas griegas de Alejandro Magno, pero ello no significó el fin de la presencia judía en la región. El dominio griego se extendió por poco más de un siglo, tras el cual se consolidó un nuevo poder que retomó las tradiciones persas: el Imperio parto.
Este imperio también promovió un clima de tolerancia hacia la comunidad judía y, de hecho, obtuvo su apoyo frente a las incursiones del Imperio romano. Los partos veían con simpatía las rebeliones judías contra Roma en Judea, e incluso hubo judíos que escaparon de la persecución romana refugiándose en territorio parto.
El paso del tiempo trajo consigo sucesivos cambios de imperio: del Imperio parto al Imperio sasánida. Con este último comenzaron a registrarse los primeros episodios de hostilidad hacia los judíos, aunque todavía de manera limitada.

La llegada del islam en el siglo VII d.C. introdujo transformaciones profundas en la calidad de vida de las comunidades judías. La instauración de políticas de discriminación estatal hacia las minorías no musulmanas -entre ellas, los judíos- deterioró el clima de tolerancia religiosa. A partir de entonces, y a lo largo de distintas etapas -las invasiones árabes, la conquista mongola y el posterior establecimiento de monarquías persas-, la vida judía en Irán osciló entre períodos de relativa tolerancia y otros de persecución y represión.
El predominio del islam chiita acentuó las exigencias de “pureza” en la fe, lo que restringió aún más la libertad religiosa de las minorías. Recién con la llegada de Reza Shah Pahlavi al poder en 1925 se pusieron freno a las conversiones forzadas y se limitó la autoridad judicial de los clérigos chiitas. Sin embargo, este monarca fue depuesto años más tarde tras una intervención militar conjunta de los Aliados y la Unión Soviética, ante el temor de una posible colaboración con la Alemania nazi.
La dinastía Pahlavi, que gobernó entre 1925 y 1979, tuvo como ejes la secularización y la modernización del Estado iraní, hasta el punto de que, bajo su mandato, el país adoptó oficialmente el nombre de Irán. Este proceso favoreció el progreso de la comunidad judía durante ese período.
Organizaciones políticas como el Partido Tudeh contaron con la participación de numerosos miembros de la comunidad judía, al tiempo que las agrupaciones sionistas desarrollaron una activa presencia. En el contexto de la Segunda Guerra Mundial, Irán recibió entre 5.000 y 6.000 judíos polacos que huían de la persecución en Europa.
Más de 800 niños judíos fueron acogidos en el Teheran Home for Jewish Children, un espacio sostenido con el apoyo de la comunidad judía local y de organizaciones sionistas. Posteriormente, muchos de ellos fueron reubicados en distintos asentamientos judíos bajo el Mandato Británico de Palestina.
De aliados a enemigos: el quiebre de 1979
El establecimiento del Estado de Israel permitió una profundización de los lazos entre los judíos iraníes y el flamante Estado. Algunos hicieron Aliá y además existían vuelos regulares entre Israel e Irán. Algunos israelíes viajaban con fines turísticos o comerciales a Irán antes de la llegada del régimen de los ayatolas. Este nivel de intercambio fue interrumpido abruptamente por la emergencia del integrismo islámico chiita que llevó a la caída del Shah y la creación de la República Islámica de Irán. De la noche a la mañana, Irán pasó de ser un país con un importante nivel de secularización a ser un país donde a los niños se les enseña a cantar “Muerte a Israel”. Esto representó un gran retroceso para la vida judía en una comunidad con más de 2500 años de historia.
Hasta 1979, Irán contaba con una comunidad judía cercana a las 100.000 personas. Tras la Revolución Islámica de 1979, una parte significativa de esa comunidad emigró, principalmente hacia el Estado de Israel y Estados Unidos.
En los primeros años del nuevo régimen, la imposición de una rígida teocracia islámica derivó en la persecución de figuras destacadas de la comunidad judía, bajo acusaciones de vínculos con el sionismo. Con el tiempo, el sistema estableció una fórmula ambigua: permitir la continuidad de la vida judía siempre que esta se mantuviera alejada del sionismo y manifestara lealtad al orden político vigente.
En muchas ocasiones, defensores del régimen utilizan la existencia de la comunidad judía en Irán como argumento para negar acusaciones de antisemitismo. Sin embargo, diversos testimonios de judíos iraníes en el exilio señalan restricciones y temores persistentes, incluyendo dificultades para mantener contacto con familiares que permanecen en el país y denuncias de presiones o extorsiones por parte del Estado, que amenazaría con represalias contra esos familiares en caso de críticas públicas al régimen.
En la actualidad, en Irán reside una comunidad judía de aproximadamente 9.000 personas, con cerca de 100 sinagogas, concentradas principalmente en Teherán, Isfahán y Shiraz. En paralelo, existe una numerosa diáspora: solo en el Estado de Israel se estima que viven alrededor de 250.000 judíos de origen iraní.
Estas comunidades conservan fuertes vínculos culturales con su país de origen: celebran el Nowruz y se sienten tan iraníes como judías. Entre las figuras destacadas de este origen se encuentran la cantante Rita y el ex ministro de Defensa Shaul Mofaz.
Los conflictos en la región ponen a prueba a esta comunidad, pero también evidencian los lazos persistentes con sus raíces. En medios de comunicación, recitales y diversas iniciativas culturales, los parsim han manifestado reiteradamente su anhelo de poder regresar a un país libre. Incluso producciones como la serie Teherán han contribuido a visibilizar su identidad, no solo dentro de Israel sino también entre iraníes no judíos en el exilio.
En este contexto, emerge una oportunidad para resaltar los puntos de encuentro entre la identidad judía y la cultura iraní. En vísperas de Pésaj, es habitual expresar el deseo de que “el próximo año sea en Jerusalén”; sin embargo, para muchos judíos iraníes, ese anhelo adopta una forma particular: poder celebrar el próximo año junto a sus familiares en Irán.
* Año Nuevo Persa
Foto de portada: tumba de la Reina Ester y Mordejai