Hay una forma de poder que no opera mediante la fuerza sino mediante la opacidad. No prohíbe ni ordena, pero desorienta. Sus decisiones no siguen una secuencia reconocible; se anuncian, se corrigen y se contradicen en plazos cada vez más cortos.
El margen de cálculo se reduce no porque la situación sea objetivamente inmanejable, sino porque en algún punto del sistema existe interés en que lo parezca. La incertidumbre deja de ser únicamente un efecto no deseado y se convierte en una verdadera herramienta operativa.
Kafka lo vio antes que nadie, pero lo vio como literatura. Lo que hoy resulta llamativo es que esa misma estructura -sistemas opacos, autoridad sin rostro identificable, reglas que cambian sin previo aviso- describe con creciente precisión el funcionamiento del poder político contemporáneo y no como metáfora sino como método.
Irán como síntoma: la volatilidad como forma de gobierno
La confrontación en torno a Irán no inaugura una crisis, pero constituye una condición que la precipita.
Irán no es un problema geopolítico periférico que se resuelve con una operación quirúrgica y un comunicado. Es un régimen que ha construido durante décadas una arquitectura de desestabilización regional -milicias, proxis, capacidad nuclear en desarrollo- y que ha hecho de la amenaza a Israel su razón de Estado. Eso no admite una gestión administrativa indefinida del problema.
Pero el modo en que esa amenaza se enfrenta revela algo más profundo sobre el estado del poder occidental. Lo que durante un año largo se leyó como imprevisibilidad táctica es algo más estructural: volatilidad como forma de gobierno. Amenazas que se anuncian y se retiran, compromisos que se desarman antes de consolidarse, humillación como método. El principal actor del sistema oscila entre la presión, el repliegue y la improvisación con una velocidad que hace imposible distinguir la estrategia del error.
Las herramientas cambian de función. Sanciones, compromisos de seguridad, respaldo militar: instrumentos diseñados para estructurar un marco se convierten en fichas transaccionales. En ese registro, el objetivo no es sostener un orden sino gestionar una relación de fuerzas en la que todo puede ser renegociado. Para aliados y adversarios, el problema ya no es anticipar qué hará Washington. Es que cada decisión exige ser reinterpretada antes de poder ser procesada.
Lo que se ha perdido no es la estabilidad sino la legibilidad. Y esa pérdida no siempre es accidental: un poder que nadie puede anticipar es un poder que nadie puede contrarrestar. Como señaló David Wallace Wells en el New York Times que tituló su artículo del 23 de marzo “El casino que se está comiendo el mundo.”
La Hagada como tecnología política de supervivencia.
Hay una tentación de leer todo esto como novedad absoluta. Pero la experiencia de vivir dentro de un sistema diseñado para producir opacidad no es nueva. La tradición judía la conoce desde antes de que existiera el vocabulario para nombrarla.
El historiador Yosef Hayim Yerushalmi mostró que la memoria judía nunca funcionó como historiografía. No conserva el pasado para estudiarlo sino para actualizarlo. La Hagadá no es un documento de archivo; es un protocolo de transmisión. Lo que transmite no es información sobre lo que ocurrió sino la estructura de una experiencia que debe poder reconocerse en el presente.
La Hagadá de Pesaj fue construida para una comunidad que ya sabía lo que significa habitar una estructura de poder arbitraria, sin instancia de apelación, donde las reglas cambian según la conveniencia del que manda. El faraón del Éxodo no es simplemente un tirano cruel: es un poder que primero acumula, luego desplaza, luego niega lo prometido, luego endurece las condiciones sin explicación. La opacidad es parte del mecanismo. La desorientación, parte del sometimiento.
Lo que el texto bíblico describe con una precisión que suele pasarse por alto es la secuencia: no hay un decreto único y definitivo, sino una serie de endurecimientos sucesivos.
Cada vez que el acuerdo parece posible, las condiciones cambian. Cada vez que la salida parece próxima, se aleja. El poder faraónico no opera con una lógica de conquista sino de agotamiento. Y el agotamiento funciona porque destruye la capacidad de anticipar, de planificar, de sostener una expectativa.
La respuesta que construye la Hagadá no es el análisis ni la resignación. Es un recurso colectivo de producción de sentido en condiciones de incertidumbre radical. La multiplicación de voces, la obligación de preguntar, el debate que no se cierra, no son pedagogía. Son una tecnología política de supervivencia.
El seder no transcurre en silencio ni en recogimiento individual: es ruidoso, interrumpido, lleno de digresiones. Esa forma no es accidental. Es la respuesta estructural a un poder que opera justamente suprimiendo la voz, homogeneizando la experiencia, impidiendo que el sometido nombre lo que le ocurre.
La Hagadá no resuelve el problema: organiza la experiencia de quienes lo padecen para que no queden disueltos en él.
Eso no es consuelo. Es una forma de resistencia.
Europa: la incertidumbre como condición impuesta
Europa ilustra con particular claridad lo que significa padecer una incertidumbre que otros producen.
La exigencia es conocida: involucrarse más, asumir costos, sostener una escalada que responde a una lógica que no es la propia. «No fuimos consultados al comenzar esta guerra», señaló Friedrich Merz. La frase no expresa una queja protocolar. Describe una estructura: la OTAN como mecanismo de ejecución, no de deliberación. Los aliados europeos son convocados a sostener decisiones en cuya formulación no participaron.

El orden internacional liberal fue, desde luego, un orden desigual. Pero combinaba desigualdad con reglas, y reglas con previsibilidad. Lo que lo reemplaza no es anarquía sino una jerarquía más explícita y más móvil, donde el poder se mide por capacidad de imponer costos y extraer concesiones. En ese marco, Europa enfrenta algo que la gramática atlantista no tiene categorías para nombrar: cuando el protector se vuelve recaudador, el protegido empieza a sentirse rehén. El peaje descompone la alianza.
La soberanía estratégica europea, proclamada con creciente insistencia, choca contra esa realidad. Una arquitectura de seguridad que sigue dependiendo de decisiones tomadas en otro lado y comunicadas, cuando se comunican, después del hecho. El poder que pretende cultivar su propia imprevisibilidad como si fuera una ventaja convierte la previsibilidad ajena en vulnerabilidad. Europa lo sabe. Todavía no ha encontrado cómo responder a eso sin reproducirlo.
Asimetría y supervivencia: la posición israelí en la crisis
En el caso israelí, esta situación no se percibe como una variación más dentro del juego internacional. La memoria de la persecución -y en su forma extrema, la Shoá- no funciona como recurso retórico ni como argumento diplomático. Funciona como calibrador de riesgo. La historia no opera como pasado; opera como advertencia activa.
La amenaza iraní no es un problema geopolítico entre otros. Es la formulación contemporánea de una amenaza existencial sostenida por un sistema que ha convertido el aniquilamiento de Israel en objetivo declarado y permanente, no una retórica circunstancial.
Un régimen que financia milicias, desarrolla capacidad nuclear y proclama sus objetivos con una consistencia que los análisis que la minimizan no logran explicar.
Pero la mera claridad sobre el enemigo no resuelve la pregunta sobre el gobierno que conduce la respuesta. Una población exhausta, que ha pagado un precio inmenso, escucha promesas de «victoria total» -una formulación que no describe un objetivo estratégico sino una necesidad política interna-. La coherencia de la amenaza iraní y la incoherencia de la conducción israelí no se anulan: conviven, y esa convivencia tiene costos propios.
A esto se añade algo que suele silenciarse en los análisis alineados: Israel y Estados Unidos no persiguen los mismos intereses en esta confrontación. Washington tiene sus propios cálculos regionales, sus propias presiones internas, su propia lógica de repliegue cuando el costo sube. Israel no tiene esa opción. Esa asimetría -que no es nueva pero se ha vuelto más visible- define el margen real dentro del cual Israel opera. No como extensión de la política estadounidense, sino a pesar de ella cuando es necesario.
El hijo que no sabe preguntar: saturación, lenguaje y pérdida de sentido
La Hagadá incluye una figura que suele leerse como elemento pedagógico menor: el hijo que no sabe preguntar. En el esquema de los cuatro hijos, es el último, el que queda fuera del intercambio, el que no tiene lenguaje para formular su propia pregunta.
Esa figura merece más atención de la que habitualmente recibe. No describe ignorancia. Describe el efecto de vivir dentro de un sistema que produce saturación sin claridad: información sin marco, eventos sin secuencia, declaraciones sin consecuencia verificable. En esas condiciones, el problema no es la falta de datos. Es la pérdida del lenguaje necesario para formular la pregunta correcta. La experiencia existe; se ha vuelto opaca.
La Hagadá no excluye a ese hijo. Tampoco lo rescata con una respuesta. Le habla igual, sabiendo que el lenguaje debe reconstruirse desde afuera cuando no puede generarse desde adentro. Es una forma de sostener la transmisión cuando el receptor no está en condiciones de recibirla en los términos habituales.
En un sistema de información diseñado para producir exactamente esa opacidad -donde la velocidad de los eventos supera la capacidad de procesarlos, donde cada declaración tiene fecha de vencimiento de horas- esa figura deja de ser un problema de educación y se convierte en un diagnóstico político.
Emmanuel Levinas leyó el Éxodo no como fundamento político sino como fundamento ético: haber sido extranjero en Egipto no es un dato biográfico del pueblo judío sino la condición de posibilidad de la responsabilidad hacia el otro. Desde esa lectura, el hijo que no sabe preguntar no es un problema pedagógico sino una interpelación moral. La Hagadá le habla igual porque la experiencia del sometimiento obliga a no dejar a nadie fuera del intercambio.
El gesto mínimo: hablar cuando todo desorienta
«En cada generación, cada uno debe verse a sí mismo como si hubiera salido de Egipto».
La fórmula no es una invitación a la memoria. Es una exigencia de actualización. No dice: recuerda lo que ocurrió. Dice: reconoce en tu propia experiencia la estructura de esa experiencia. El Éxodo no es un acontecimiento que se conmemora: es una forma de leer el presente.
Eso implica algo incómodo. Si la estructura del sometimiento se renueva en cada generación, también debe renovarse la respuesta. La Hagadá no ofrece una salida garantizada ni un desenlace asegurado. Ofrece una forma para no quedar disuelto en la opacidad del poder que se padece: la obligación de preguntar, la multiplicación de voces, la negativa a dejar que el sentido quede capturado por una única narrativa, o se disuelva por completo en el ruido.
No es optimismo. Es otra cosa: la insistencia en que la experiencia puede organizarse incluso cuando no puede resolverse.
El mundo en que vivimos no ofrece un punto de apoyo estable. Las decisiones se acumulan, los conflictos se desplazan, la incertidumbre se administra como herramienta. Ninguna experiencia histórica garantiza nada.
Frente a eso, sentarse a la mesa con otros a nombrar lo que ocurre no es un gesto menor. Es exactamente lo contrario de lo que el poder que desorienta necesita. El seder lo sabe desde mucho antes que nosotros.