A la guerra impuesta por Israel y EE. UU., que ya entra en la cuarta semana, la población civil empezó a llamarla «guerra del frente interno sin retaguardia». Si la doctrina de seguridad nacional israelí había previsto que, en esta guerra, el frente iba a ser la retaguardia. Diariamente millones de judíos, árabes o cristianos —ciudadanos, extranjeros o turistas indistintamente— se ven expuestos en el frente interno, llamado así por el «Comando del Frente de la Retaguardia». Entre la señal de rebato preventivo de un minuto y medio y la sirena de alarma, varias veces por días nos previenen: «Obedezcan órdenes», «Muestren resiliencia». Se nos pide aceptar incluso con «orgullo» la devastadora y prolongada alteración de la vida cotidiana; peor aún, «si no hay otra opción, se pide incluso resignación, «por los heridos o muertos», tal como bien resume la nota de Rubik Rosenthal publicada en Ha’aretz el 23 de marzo.
Sin embargo, cuanto mayor es la aceptación civil de la guerra, mayor es la capacidad del Comando del Frente de la Retaguardia para convencer a los israelíes de que, al obedecer sus instrucciones, salvan sus vidas.
Mientras que la inmensa mayoría de los judíos israelíes apoyan la guerra (93 %), el respaldo entre la población árabe es notablemente menor, registrado en torno al 26 %. Las encuestas realizadas por el Instituto de Estudios de Seguridad Nacional (INSS) mostraron un apoyo sólido, con cifras del 81 % a principios de marzo y del 78,5 % poco después. Este apoyo masivo se produce en un contexto de ataques directos iraníes con cohetes balísticos y drones, que ha generado una sensación de amenaza existencial y que galvaniza la unión nacional frente a Irán.
Pero la disonancia cognitiva de quienes apoyan la guerra y, al mismo tiempo, sufren las consecuencias como víctimas indefensas empieza a ser desmitificada en el frente interno de una guerra de donde desapareció la retaguardia. Dice Rosenthal en la nota mencionada: “Los soldados casi nunca resultan heridos en esta «guerra de lujo» que se libra contra Irán, según la desafortunada expresión de Yoram Yuval. Los civiles son los heridos, porque nosotros somos el frente. Y, contrariamente al cliché de la resiliencia, un ciudadano que se traslada siete veces al día para refugiarse, que cierra su negocio a veces sin intención de regresar, que desarrolla síntomas de ansiedad en sí mismo y en las generaciones futuras o que encuentra su hogar destruido, no es un ciudadano imbuido de orgullo y fortaleza, sino un superviviente. No se trata de resiliencia. Se trata de la capacidad de las personas para adaptarse a situaciones sin opción en las que no tienen control sobre su destino”.
La imposibilidad de controlar el propio destino ha comenzado a generar preguntas en la población civil, desde un frente impotente, acerca de una guerra sin perspectiva de ser ganada ni respuesta sobre cuándo va a terminar. A su vez, se trata de una ciudadanía que desconfía de la estrategia militar y política por las incumplidas promesas de Netanyahu de victoria total.
El desastre de una guerra prolongada cuando el frente es la retaguardia
La estrategia de guerra horizontal iraní preveía tomar de rehén a los Estados del Golfo que apoyan a EE. UU. y lanzar una guerra de resistencia de desgaste prolongada contra Israel. Este planteo se está cumpliendo conforme a un plan maestro de estrategia bélica asimétrica de Irán frente a potencias militares desiguales como EE. UU. e Israel. Pese que acepta negociar con EE. UU., Irán procura prolongar la campaña bélica sin una decisión militar clara y mantener la capacidad de gestionar una respuesta sostenida con distintos niveles de intensidad. Su plan pareciera preservar la simple supervivencia y la resiliencia, que se enmarcarían así como una victoria estratégica.
Luego del fracaso del plan estadounidense-israelí de que la decapitación del ayatola Ali Jamenai provocase el colapso del régimen, Netanyahu y Trump se embarcaron en una escalada de ataques aéreos destinados a debilitar toda la base militar e industrial de Irán. Netanyahu es quien más asiduamente exhorta a continuar los ataques aéreos, independientemente de que esto zarandee a los mercados energéticos.
Trump comprendió inmediatamente que la escalada afecta la seguridad en la región en general y dispara el precio del petróleo con consecuencias globales de gran alcance. El ataque israelí contra el yacimiento de Pars, coordinado con Estados Unidos, fue particularmente importante, porque violó una promesa que Trump le hizo a Qatar en septiembre de 2025, según la cual Israel ya no atacaría a ese país. Sin embargo, ese yacimiento de gas es compartido por Irán y Qatar, por lo que el ataque se dirigió contra ambos países. Pese a sus ultimátums y bravuconadas retóricas, Trump procuraba una guerra breve y contundente en un solo round, pero Netanyahu lo arrastró a una guerra prolongada con tal de obtener la victoria total sobre el régimen de los ayatolas.
En efecto, analistas críticos de la guerra en EE. UU. no dudan de que, esta vez, Trump cayó en la trampa tendida por el premier israelí para romper las negociaciones en marcha. Recuerdan que la guerra, en junio de 2025, en cambio, había sido iniciada por Israel, y que el bombardeo de EE. UU. a tres objetivos nucleares apenas duró un día. Y pese a que Netanyahu no estaba seguro de que la liquidación de la cúpula de los ayatolas terminara inmediatamente con el régimen de Irán, no dudó en aventurarse en una guerra prolongada que también favorece a Irán, pero no a los EE. UU., ni mucho menos a los civiles de Israel.
El periodista Chris Hedges, ganador de un Pulitzer, sostiene que el objetivo estratégico de Netanyahu al librar una guerra prolongada contra Irán sería mucho más peligroso que el de Trump, porque mientras este procuraría solo el cambio de régimen de los ayatolas, el premier israelí buscaría la implosión y desintegración del Estado de Irán, no solo ayudando a la protesta civil reprimida, sino también ayudando a la secesión de las minorías étnicas y nacionales del país persa.

Por su parte, John Mearsheimer, distinguido politólogo de la Universidad de Chicago, advierte en The Chris Hedges Report, el 12 de marzo, del poderío balístico iraní de largo y corto alcance, además los drones capaces de ser utilizados contra los estados del Golfo: “Es fácil utilizar esos drones y esos misiles balísticos de corto alcance para causar un gran daño a todos los países del Golfo, incluida Arabia Saudita. Los iraníes también tienen muchos misiles y drones de largo alcance que pueden alcanzar a Israel. Ahora bien, hasta ahora no han hecho mucho al respecto. Es muy importante comprender que, en la guerra de 12 días del pasado mes de junio, los iraníes lucharon casi exclusivamente contra Israel. No atacaron las bases militares estadounidenses de la región, ni atacaron a los estados del Golfo. En esta guerra, están atacando tanto a Israel y a las instalaciones militares estadounidenses de la región, como a los estados del Golfo”.
Pero la advertencia mayor de este politólogo se refiere a la peligrosa capacidad de réplica iraní en caso de extremarse la guerra energética, tal y como ocurre desde que Irán cerró el estrecho de Ormuz. De ahí que considere inevitable una desescalada con la que Trump obligará a Israel a desistir de sus ataques a objetivos energéticos iraníes. Dice Mearsheimer: “Los israelíes y los estadounidenses no han subido tanto en la escalada. Y, en un sentido muy importante, hay indicios de que los estadounidenses están disuadiendo a los israelíes de ir demasiado lejos y demasiado rápido en la escalada, porque sabemos que los iraníes tienen capacidad de contraataque. A los israelíes no les importa demasiado, porque quieren que nos involucremos profundamente en esta guerra y destruyamos Irán. Les gustaría que arrasáramos todas las ciudades de Irán, que desintegráramos el país. Pero Trump, en este momento, no quiere seguir ese camino. Si atacamos la infraestructura energética en Irán, los iraníes atacarán cada vez más infraestructura energética en los estados del Golfo. Si atacamos las plantas desalinizadoras, ellos atacarán las plantas desalinizadoras en lugares como Arabia Saudita y el propio Israel, que tiene cuatro o cinco grandes plantas”.
Ahora bien, la interrupción del ultimátum de Trump de bombardear las usinas de energía eléctrica en Irán no sorprende; sí, en cambio, sorprende que haya aceptado la intermediación del estado musulmán de Pakistán, con poderío nuclear, que demuestra el éxito iraní al responder a la guerra imperialista regional provocando una guerra energética global.
Asimismo, señal de éxito son las declaraciones norteamericanas sobre el levantamiento de las sanciones al petróleo iraní, que actualmente se encuentra en buques cisterna en alta mar: aunque esas declaraciones se hacen principalmente para presionar la baja de los precios del petróleo, revelan que EE. UU. ha sido obligado por la crisis energética a ceder, aliviando sanciones a Irán.
Por su parte, Trita Parsi, experto en temas iraníes, declaró, en un análisis publicado en Responsible Statecraft el 19 de marzo, que cree muy improbable que Teherán ponga fin a la guerra, incluso si Estados Unidos se retirase y declarase la victoria. Por primera vez en años, Irán tiene influencia y buscará usarla a su favor. De todas las exigencias públicas, Parsi cree plausible que Irán juegue la carta del levantamiento de las sanciones para dejar de disparar contra Israel y abrir el estrecho de Ormuz a medida que aumenta el costo de la guerra y las estrategias de escalada se vuelven cada vez más suicidas para Trump.
Posdata
A un tris de ingresar en la cuarta semana de lo que los analistas denominan la Tercera Guerra del Golfo, la gente en Israel la vive como una guerra despiadada, en que la retaguardia es el frente principal. Y las paradojas continúan si comprobamos que, si bien la alianza entre Estados Unidos e Israel está coordinada, al mismo tiempo revela inequívocos objetivos y tiempos muy disímiles.
Irán, por su parte, se desmorona, pero, a la vez, resiste amenazante al haber logrado provocar una guerra energética regional que afecta a la economía mundial de un modo en que no ocurrió en décadas, al extremo que podría provocar una recesión global. Además, Teherán ha deteriorado la infraestructura militar de la región, destruyendo sofisticadas estaciones de radar estadounidenses en el Golfo. Asimismo, ha llevado a cabo ataques exitosos contra bases y puertos estadounidenses, así como contra infraestructuras energéticas, plantas desalinizadoras y complejos diplomáticos. Cuanto más se prolongue la guerra y Teherán no muestre signos de estar interesado en concluir las negociaciones, más se erosionarán los acuerdos de seguridad en el Golfo, basados en la premisa de que Estados Unidos protegerá a los países de la región en caso de conflicto con Irán. Pareciera que los EE. UU. dejaron de ser un fiable aliado protector, aun antes del 28 de febrero, cuando Arabia Saudita firmó un acuerdo estratégico de protección con el Pakistán nuclear.
Al cabo de semanas de correr varias veces día y noche a refugios públicos y habitaciones selladas, la guerra muestra a la gente en Israel las grietas de la seguridad nacional del Estado judío espartano de Netanyahu.
Los padres fundadores de Israel creían que se debía hacer todo lo posible por ir a la guerra únicamente cuando fuera necesario, pero hoy los halcones kahanistas del gabinete de guerra instauraron el estado de guerra permanente desde el 8 de octubre.
Ninguna canción de hace treinta años sobre la paz es cantada hoy por los niños de las escuelas.
En un artículo para Ha’aretz del 24 de marzo, la periodista Noa Landau recuerda, nostálgica, esos temas musicales que entonaba en el colegio y que hoy nadie recuerda: «La paz es una palabra útil», «Nací para la paz», «Una canción por la paz»: “En Israel es relativamente fácil comparar, porque todo se mide por las guerras pasadas, e incluso a principios de los 90, nos sentábamos en las salas «herméticas» durante la Guerra del Golfo esperando misiles. Nuestros padres creían que la cinta adhesiva nos protegería de un ataque químico de Irak. Pero para muchos israelíes, los 90 también fueron años de soñar con la paz, aunque finalmente la rompieron”.
Noa Landau pregunta a sus amigas de infancia qué canciones cantan ahora sus hijos en la escuela, y se detiene especialmente a comentar una llamada: «Padre, gracias», porque le resulta una canción un poco más compleja: “La realidad que describe es «dura», la vida es «un enigma», y quien canta «vuelve a bailar sobre tierra ardiente», pero la conclusión final es la misma: «Puedes elegir ver lo bueno… Padre, gracias, gracias, gracias». Por supuesto, Padre es Dios, y el mensaje siempre es esencialmente religioso, porque la respuesta a todo lo malo es la fe”.
Pero la periodista se apura a informar al lector que la divisoria de aguas no pasa por la religiosidad de las escuelas, ya que, en las escuelas religiosas, en su infancia, también se cantaban canciones de paz, mientras que «Padre, gracias», es actualmente cantada por alumnos de escuelas laicas.
Con un dejo de censura, critica la imagen de paz en la cultura popular de los noventa, «porque era tan religiosa como las canciones de fe de 2026». También desmitifica el pacifismo israelí: “La paz que se les vendía a los niños era una idea abstracta espiritualizada, desconectada de las personas reales con quienes había que llegar a acuerdos de convivencia. Hicimos la paz con dibujos animados de personas montadas en camellos. Pero, por otro lado, a pesar de toda la vergüenza ajena, al menos entonces existía un deseo fundamentalmente bueno”.
Finalmente, Noa Landau formula una pregunta que también hago mía, desde el precario frente interno sin retaguardia de esta guerra: «¿Será posible alguna vez, después de dos años y medio de guerras interminables, que la cultura popular israelí recupere la fe de que algo como la paz es posible?».