Estoy escribiendo esto desde un refugio en un hospital. Tengo que correr con mi suegro de 87 años y esconderme junto a cientos de desconocidos que, como nosotros, sienten miedo y aburrimiento y preocupación. Afuera acaban de sonar las sirenas otra vez, y en algún lugar no tan lejos se escuchan las bombas explotar. La semana que viene es Pésaj, y yo estoy aquí sin saber bien si estoy escribiendo algo coherente o simplemente tratando de no enfrentar la realidad.
La semana que viene, si todo va bien, mojaré mi dedo en el vino diez veces y salpicaré una gota por cada plaga que sufrieron los egipcios. Es algo que aprendí en la tnuah: la copa no puede estar llena cuando otros están sufriendo. La reducimos porque somos humanos, y los humanos recuerdan que la alegría propia tiene como límite el dolor ajeno.
Pero hoy me pregunto cuántas gotas tendría que derramar. Pienso en los niños de Gaza. En las familias del sur del Líbano que tampoco eligieron estar en el medio de esto. En los palestinos asediados por los colonos. En los jóvenes iraníes que viven bajo un régimen que no votaron, que tal vez escuchan los aviones israelíes y tampoco saben cómo explicarle a sus hijos lo que está pasando. Pienso en todo eso y la copa se me vacía sola antes de que pueda empezar el Séder.
Hay una idea que me persigue hace más de treinta años desde que la escuché por primera vez en una peulá de mis primeros madrijim David Preiss y Tamara Fishman: cuando el rostro del otro me mira, estás automáticamente convocado. Antes de cualquier argumento político, antes de cualquier cálculo estratégico, el rostro humano dice algo que ninguna ideología puede borrar. Y lo más incómodo es que esa obligación no depende de que el otro también me reconozca. No espera reciprocidad. Es mía. Asimétrica. Incondicional.
La Hagadá nos pide algo raro, cruel y hermoso: que en cada generación nos veamos a nosotros mismos como si hubiéramos salido de Egipto. No nuestros antepasados. Nosotros. Yo. En este país en guerra. La semana que viene. Todas las semanas. Siempre saliendo de Egipto.

Está idea es un cruel ejercicio masoquista de autoviolencia. Un hermoso ejercicio de empatía radical. Simone Weil, una filósofa judía que murió durante la guerra consumida por una desnutrición voluntaria, negándose a comer más de lo que comían quienes sufrían la ocupación, lo llamaba decreación: para que el otro exista plenamente, el yo tiene que borrarse. No es un gesto generoso. Es una violencia que uno se hace a sí mismo. No es sentir compasión desde la distancia sino dejar que el dolor del otro entre y te cambie. Y si realmente lo hago —si realmente mastico el maror y siento el amargor en la garganta— entonces no puedo reducir a categoría abstracta al hombre que también huye, a la madre que también busca a sus hijos entre el polvo.
El problema es que la memoria del sufrimiento tiene una tentación muy oscura: la de convertirse en justificación permanente. En coraza que ya no deja entrar nada.
Convertimos al otro en el Pueblo de Amalek, en el Régimen de los Ayatolás, en el Eje del Mal (todo con mayúsculas). Todas formas de borrar el rostro. De hacer del otro algo que ya no mira, que ya no interpela, que ya solo es una amenaza.
La Torá ordena amar al extranjero (Guer) treinta y seis veces. Más que ningún otro mandamiento. Como si el texto supiera de antemano cuánto nos iba a costar recordarlo.
No tengo respuestas limpias y desconfío profundamente de quienes las tienen. Sé que el 7 de octubre ocurrió (sigue ocurriendo) y que sus heridas no cicatrizan. Sé que hay inocentes muriendo mientras escribo esto, y que ninguna explicación geopolítica hace que eso deje de ser una tragedia. La pregunta que este Pésaj no me puedo callar, aquí con las sirenas afuera y mi suegro dormitando en una silla del hospital, es esta: ¿estamos usando el poder para construir algo distinto, o solo para perpetuar el ciclo que ya conocemos demasiado bien?
La semana que viene disminuiré la copa. Por los que murieron el 7 de octubre, por los soldados que no volvieron, y por los niños de Gaza y las madres del Líbano, por los jóvenes iraníes y tantos otros. La copa disminuida es la memoria obstinada de que el otro también sangra.