El anti-sionismo judío y la insoportable tentación de pensarse (¿salvarse?) solos

Hoy el anti-sionismo judío ya no discute dónde deben vivir los judíos ni plantea la legitimidad de la autodeterminación y soberanía judia. Discute el derecho a existir como sujeto político colectivo.
Por Dario Gabriel Teitelbaum

Debo admitir: me preocupa el crecimiento de un discurso -especialmente en las redes- que se presenta “en nombre de lo judío” para impugnar el sionismo como si esa posición fuese su consecuencia natural o su expresión más auténtica. No cuestiono el derecho a la crítica -que forma parte de nuestra tradición-, sino el uso de la identidad judía como argumento de legitimación automática.

Cuando el “ser judío” se transforma en escudo retórico más que en punto de partida histórico y ético, el debate deja de aclarar y comienza a oscurecer. Por eso me interesa reconstruir de qué hablamos realmente cuando hablamos de anti-sionismo judío. No es lo mismo hablar desde una identidad judía que hablar en nombre de ella. La primera es una posición situada dentro de una historia compartida. La segunda pretende transformarse en legitimidad automática.

Hablar del sentido de ser judío anti-sionista hoy exige comenzar antes del sionismo mismo. El sionismo fue una de las respuestas posibles -y no la única- frente a la condición judía en la modernidad. Surgió en un momento en que las comunidades judías europeas atravesaban transformaciones profundas: procesos de emancipación incompletos, nuevas formas de antisemitismo político, migraciones masivas, secularización acelerada y la necesidad urgente de redefinir el lugar colectivo de los judíos en el mundo moderno.

En ese contexto coexistieron varias respuestas. Algunas apostaban por la integración plena en las sociedades europeas. Otras por la autonomía cultural en la diáspora. Otras por el internacionalismo social. Otras por la espera mesiánica. El sionismo fue la que propuso soberanía política. No era una respuesta inevitable. Era una respuesta histórica. Durante décadas fue además una posición minoritaria dentro del mundo judío organizado, y solo después de la Shoá y de la creación del Estado de Israel pasó a ocupar un lugar central en la reorganización política de amplios sectores del pueblo judío.

El sionismo fue también, en su origen, un movimiento esencialmente laico y secular. No nació como un proyecto religioso de redención sino como una respuesta política moderna a la vulnerabilidad judía en Europa. Su lenguaje fue el de los movimientos nacionales del siglo XIX, no el de la espera mesiánica tradicional. Esta dimensión ayuda a comprender tanto las resistencias religiosas iniciales al sionismo como las tensiones posteriores entre soberanía política e identidad religiosa dentro del propio mundo judío.

El anti-sionismo judío de fines del siglo XIX no era principalmente moral ni identitario. Era estratégico. Se discutía dónde vivir, cómo organizarse y cómo garantizar continuidad histórica. Las distintas posiciones no discutían si debía existir el pueblo judío como sujeto colectivo, sino cuál era la mejor forma de asegurar su futuro.

Aquí aparece el punto de inflexión decisivo. El sionismo nace como respuesta a una pregunta de supervivencia histórica. Pero con la creación del Estado de Israel en 1948 el eje del debate cambia radicalmente. Antes, la pregunta era si los judíos podían sobrevivir sin soberanía. Después, la pregunta pasa a ser si los judíos tienen derecho a ejercer soberanía.

No se trató de una idea colonialista en su origen histórico. El colonialismo fue un fenómeno impulsado por potencias imperiales que proyectaban poder sobre territorios externos, mientras que el colectivo judío de fines del siglo XIX carecía precisamente de ese poder político, militar y territorial que define a los actores coloniales clásicos. El sionismo surgió, más bien, como una respuesta desde la vulnerabilidad y no desde la expansión. Que hoy el sionismo sea leído con categorías postcoloniales pertenece a una discusión posterior, nacida en otro contexto histórico y político, y dice más sobre las herramientas interpretativas del presente que sobre las condiciones reales en las que ese proyecto tomó forma.

Ese desplazamiento cambia la naturaleza misma del debate. Deja de ser únicamente estratégico y se convierte en normativo. El anti-sionismo judío deja entonces de ser solamente una alternativa dentro del campo de las soluciones posibles para la cuestión judía y pasa a implicar, muchas veces, una discusión sobre el estatuto mismo del derecho colectivo judío.

La experiencia histórica del siglo XX alteró profundamente las condiciones del debate, y muy especialmente luego de la Shoá y de sus consecuencias demográficas, políticas y morales sobre la continuidad judía en Europa. La confianza en la emancipación europea se quebró, la estabilidad de la diáspora dejó de percibirse como garantía suficiente de continuidad y la soberanía dejó de ser una hipótesis para convertirse en una realidad política existente. Desde entonces, el anti-sionismo judío ya no discute únicamente estrategias de supervivencia. Discute la legitimidad de esa realidad. Después de 1967, y con el comienzo de la ocupación de territorios palestinos, la discusión dejó de girar únicamente en torno a la existencia del Estado y comenzó a incluir la forma concreta de su ejercicio de soberanía. A partir de ese momento, parte del debate judío sobre el sionismo dejó de ser exclusivamente existencial para volverse también político en sentido pleno.

En ese contexto aparece también otro desplazamiento frecuente en el debate contemporáneo: la identificación del sionismo con la imagen política del Estado de Israel en su configuración actual. El rechazo a una Israel percibida como crecientemente derechizada, belicista o atravesada por lenguajes mesiánicos suele traducirse entonces en rechazo del sionismo mismo. Sin embargo, esa equivalencia borra la distancia histórica entre el movimiento sionista en sus orígenes y las formas concretas que ha asumido el Estado en determinadas coyunturas políticas, y convierte una crítica legítima a orientaciones actuales en una negación retrospectiva del propio proyecto.

En este mismo escenario aparece además otra tensión menos visible pero igualmente significativa: el impacto del antisemitismo contemporáneo en sus distintas formas sobre la militancia de sectores judíos anti-sionistas. En algunos casos, ese activismo se presenta como una forma de distanciamiento preventivo frente a la identificación automática entre judaísmo e Israel; en otros, como intento de preservar un espacio ético propio dentro de debates crecientemente polarizados. Sin embargo, el resurgimiento simultáneo de antisemitismos clásicos, nuevos lenguajes conspirativos globales y formas de hostilidad política hacia lo judío vuelve más compleja esa posición, porque sitúa nuevamente la discusión sobre la seguridad y la legitimidad colectiva en el centro de la experiencia judía contemporánea.

Aquí aparece la diferencia central entre ayer y hoy. El anti-sionismo clásico preguntaba si la soberanía era necesaria. El anti-sionismo contemporáneo suele preguntar si la soberanía es legítima. No es el mismo debate ni ocurre en el mismo momento histórico.

Desde fines del siglo XIX el pensamiento político judío vive dentro de una pregunta persistente: si puede existir una identidad colectiva judía sin soberanía política. Pero desde 1948 emerge otra pregunta distinta, igualmente decisiva: qué significa ejercer soberanía después de siglos de vulnerabilidad. El paso histórico de la supervivencia al derecho colectivo es el punto donde esa tensión se vuelve visible con mayor claridad.

Sin cuestionar la legitimidad del anti-sionismo judío como posición posible dentro del campo del pensamiento político judío contemporáneo, tal vez la pregunta que corresponde formular hoy no sea únicamente qué rechaza el anti-sionismo, sino a qué pregunta existencial del pueblo judío en el siglo XXI intenta responder.

Y quizás también si ese debate no está ocurriendo en un contexto más amplio en el que, bajo el clima cultural del postmodernismo tardío y de formas contemporáneas de individualismo político asociadas al capitalismo global y a corrientes libertarias radicales, se ha vuelto dominante una intuición distinta a la que organizó buena parte del pensamiento judío moderno: la idea de que la salvación puede ser individual antes que colectiva. Tal vez, incluso sin proponérselo explícitamente, parte del anti-sionismo judío contemporáneo dialogue también con ese desplazamiento silencioso en la manera de imaginar el destino compartido.

En el siglo XXI, también la memoria se ha convertido en un territorio político donde se discute el sentido mismo de la continuidad judía. No solo recordamos el pasado: discutimos desde él cómo debe pensarse el futuro colectivo.

Todo esto vuelve necesaria una revisión constante de la propia “condición judía” como categoría histórica y política, sin anteponer automáticamente el resultado del proceso sionista -ni tampoco su instrumentalización política por parte del Estado de Israel- al análisis mismo. Pensar la condición judía exige mantener abierta la pregunta antes que cerrar sus respuestas.

En ese mismo marco, también resulta evidente que el pueblo judío contemporáneo se define hoy, en gran medida, en relación con el resultado histórico del sionismo. Esa identificación adopta formas distintas: puede expresarse como adhesión incondicional y corporativa al Estado, como identificación crítica que busca influir en su rumbo, o como oposición profunda a su legitimidad política. Pero incluso en sus formas más distantes o conflictivas, esa relación confirma hasta qué punto la experiencia histórica del sionismo se ha convertido en un eje estructurante de la vida colectiva judía en el presente.

Tal vez la pregunta no sea solo qué responde hoy el anti-sionismo judío al sionismo, sino qué responde el pueblo judío contemporáneo a la posibilidad -nuevamente abierta- de pensarse sin un destino colectivo compartido.

PD: En este clima de discusión identitaria preocupa especialmente la reafirmación de la pena de muerte selectiva solo para terroristas palestinos por el régimen de Netanyahu, impulsada por el ministro de Seguridad Nacional, el racista, fascista y mesiánico Itamar Ben Gvir: una deriva discriminatoria, peligrosa y moralmente inaceptable. Me imagino que será combustible que avive las llamas del anti-sionismo judío.