Haaretz, 1/4/2026

La derecha coronó a su próximo rey: Ben Gvir

La ley de pena de muerte para terroristas árabes aprobada esta semana en la Knesset, en una de las veladas más vergonzosas que ha conocido el parlamento, es un instrumento populista al servicio de la campaña de Itamar Ben Gvir. Aunque las posibilidades de que la ley se materialice son escasas, no puede exagerarse su daño: lleva al punto culminante el vuelco kahanista en la sociedad israelí. También llevó a Netanyahu, en nombre del cinismo, a posicionarse más allá de los extremistas de la escala.
Por Ravit Hecht. Traducción: Bemy Rychter

Es probable que la ley, diseñada para los palestinos de Cisjordania, sea anulada por el Tribunal Supremo. Ese guion, de hecho, fue escrito de antemano para procurar una doble victoria a Ben Gvir: logró que la abominación fuera aprobada en una demostración de fuerza de la coalición, y además acumulará más munición para atacar al Tribunal Supremo, que será retratado como defensor de terroristas.

No obstante, a pesar de las escasas posibilidades de que la ley se aplique, no puede exagerarse la enormidad de su daño. Su aprobación con el respaldo de la mayoría de la coalición y del partido Israel Beiteinu de la oposición lleva al punto más alto la revolución kahanista que han experimentado la derecha israelí y la sociedad israelí en general. Cuando el primer ministro Benjamin Netanyahu se toma la molestia de acudir al Parlamento para votar a favor de la ley, en contra de la posición de todos los organismos de seguridad; cuando se suman a él figuras como Yariv Levin, Nir Barkat, Avi Dichter y Aryeh Deri, junto a la bancada de Gideon Sa’ar, llamada con irónica desfachatez «la derecha estatal», la victoria del kahanismo se convierte en un aplastamiento. Solo un diputado del Likud no asistió a la votación: Yuli Edelstein, que ya tiene un pie y medio fuera del Likud.

Para comprender la profundidad de la corrupción del partido gobernante, que alguna vez se definió a sí mismo como liberal, y del «moderado» Shas bajo el espíritu del rabino Ovadia Yosef (quien incluso escribió en contra de la pena de muerte), hay que subrayar que los diputados ultra ortodoxos votaron todos en contra de la ley, mientras que los jasídicos se abstuvieron o no se presentaron. Incluso Avi Maoz se retiró antes de la votación por orden del rabino Tau. Pero en nombre del terrible cinismo y del temor a perder votantes jóvenes, Netanyahu y Deri se posicionaron más allá de los extremistas de la escala. La base quiere una soga, la base tendrá su soga.

Y no solo esa velada marcó un abismo moral: consagró como rey al próximo líder de la derecha, mientras la revolución kahanista siga desatada sin que se alce contra ella una fuerza significativa. Ese líder es Itamar Ben Gvir, quien logró transformarse de matón marginal en arquitecto de la ideología de la derecha en los últimos años. Esta ideología no ofrece nada salvo el ejercicio de la fuerza en una espiral hacia el sadismo, la barbarie y el anarquismo que destrozan las instituciones del Estado democrático, con sus mecanismos de control y sus guardianes.

El kahanismo alimenta una paradoja monstruosa, un círculo vicioso que por el momento parece imposible de romper: cuanto más la violencia degrada la situación y hace la vida de los ciudadanos insoportable, la única solución que se pone sobre la mesa es más fuerza y humillación en nombre de una promesa falsa de redención o de una paz utópica. Esto contribuye a la degradación de la situación, y así sucesivamente. Esta concepción siempre ha tenido muchos adeptos, pero el velo de la vergüenza, un componente vital en una sociedad civilizada, les impedía celebrarla a plena luz. De cara a las elecciones, y con mayor intensidad desde el 7 de octubre, se ha instalado en lo más profundo de la corriente principal.

La repugnante imagen de Ben Gvir agitando una botella de champán en el plenario, en una celebración de barbarie en estado puro, fue publicada en la galería fotográfica del sitio web de la Knesset, que en teoría debería informar con sobriedad sobre lo que ocurre en ella. Es la normalización de lo que alguna vez se consideró en la derecha no solo moralmente defectuoso, sino incluso repugnante. Durante semanas, Ben Gvir y sus correligionarios pasearon con insignias de verdugos doradas en la solapa, en una imitación sadista de las insignias de los secuestrados. Según la sintaxis kahanista, este es el futuro que ya llegó: una celebración vulgar de la muerte, desprendiéndose de los últimos grilletes de la humanidad y la civilización, a semejanza de los peores de nuestros enemigos.

Y una palabra sobre la oposición judía: solo Yair Lapid y Yair Golan se pronunciaron públicamente en contra de la ley poco antes de su aprobación. El silencio de los principales candidatos a suceder al primer ministro, Gadi Eisenkot (quien, es cierto, se había expresado anteriormente en contra de la ley) y Naftali Bennett, sin hablar del entusiasta apoyo de Avigdor Lieberman, constituyen una colaboración con la coronación de Ben Gvir. Quien tenga miedo de irritar a los kahanistas acabará siendo pisoteado por ellos.