Haaretz, 8/04/26

La guerra de las promesas vacías

El alto el fuego entre Estados Unidos e Irán pone en pausa una guerra sin vencedores claros, que prometía redefinir Medio Oriente pero deja, por ahora, más interrogantes que certezas. En este análisis, el especialista en temas militares del diario Haaretz examina cómo los objetivos estratégicos quedaron incumplidos y las expectativas de una victoria rápida se diluyen en un escenario de creciente incertidumbre política y militar.
Por Amos Harel. Traducción: Bemy Rychter.

El alto el fuego alcanzado la madrugada de este miércoles entre Estados Unidos e Irán detiene la guerra en el Golfo por dos semanas, después de cinco semanas y media de combates. Los resultados hasta ahora no son alentadores, por decirlo con suavidad. Al inicio de la ofensiva, el 28 de febrero, el entorno del primer ministro Benjamín Netanyahu delineó ante periodistas tres objetivos estratégicos para la campaña: derribar el régimen iraní, eliminar el programa nuclear y neutralizar la amenaza de los misiles balísticos. Por ahora, ninguno de ellos fue alcanzado (aunque no puede descartarse que la guerra se reanude en dos semanas, si el alto el fuego colapsa). El régimen se mantiene en pie, los 440 kilogramos de uranio enriquecido siguen sin solución y el programa de misiles sigue activo, al menos parcialmente.

En cambio, la posición de Israel en Estados Unidos sufrió un daño significativo y se espera que deba absorber acusaciones de haber arrastrado al presidente Donald Trump a una guerra innecesaria; la retaguardia israelí sufrió daños considerables, que obligaron a las Fuerzas de Defensa de Israel a hacer un uso extensivo de capacidades críticas para reducir su magnitud; y en el norte nos enredamos en un conflicto militar con Hezbolá que amenaza la seguridad de los habitantes de la Galilea y la reconstrucción de esa región.

Como se escribió aquí en vísperas de la guerra y durante su transcurso, no existe una correlación plena entre alta capacidad militar y un resultado estratégico deseable. Es difícil traducir la superioridad aérea absoluta de Estados Unidos e Israel sobre Irán, y la serie de golpes contundentes que sufrieron los iraníes, en una victoria decisiva. Quizás exista un punto de quiebre más adelante, pero hasta ahora no se vislumbra. Y como ocurrió antes también en Gaza, los partidarios de Netanyahu y sus voceros intentan postergar una y otra vez los plazos, con promesas vacías de que la solución está a la vuelta de la esquina.

El problema se complica aún más cuando el objetivo es un cambio de régimen en un país grande. Según lo que se sabe hasta ahora, el nuevo liderazgo en Teherán -cuya mayoría de predecesores fueron eliminados en atentados israelíes- no interpreta la debilidad militar demostrada por Irán como una derrota. Le basta con haber resistido algunas rondas frente a la maquinaria de guerra estadounidense-israelí para proclamar la victoria y afianzar su control sobre una población que en su mayoría lo rechaza. La difícil situación de los ciudadanos iraníes ocupa un lugar secundario en las prioridades del régimen.

La entrada en guerra contra Irán no careció de justificación. Israel estaba muy preocupado por la creciente amenaza de misiles balísticos y drones, que los iraníes habían vuelto a producir en grandes cantidades -más allá de las estimaciones previas de la inteligencia- tras la guerra de los 12 días de junio del año pasado. En enero de este año estalló una ola de disturbios masivos en Irán que sacudió al país y representó una amenaza directa para el régimen. El propio régimen constituía un peligro claro y constante para Israel, para los vecinos de Irán en el Golfo y para los intereses estadounidenses en la región. Trump y Netanyahu creyeron, al parecer, que un empujón externo volvería a encender las protestas y llevaría a una probabilidad razonable de derribar al régimen.

Pero aquí se manifestaron muchas de las falencias que comparte la actual administración estadounidense con el sistema israelí bajo Netanyahu: tendencia a apostar sobre la base de deseos infundados, planes superficiales y sin madurar, ignorar a los expertos o ejercer presión para que adapten sus posiciones a los deseos del nivel político designado. En un momento oportuno, pocas horas antes de la entrada en vigor del alto el fuego, el New York Times publicó anoche una investigación detallada sobre el proceso de toma de decisiones previo a la guerra. Los autores se basaron en filtraciones amplias del círculo cercano de Trump, hasta el nivel de la ubicación exacta de los participantes en las reuniones alrededor de la mesa. El punto de inflexión, según ellos, ocurrió el 11 de febrero, cuando Netanyahu visitó la Casa Blanca por última vez.

El primer ministro presentó al presidente un plan de acción en Irán, con el director del Mossad David Barnea y altos mandos del ejército participando de forma remota en la discusión en la sala de situación de Trump, a través de pantallas. Los israelíes hablaron de una victoria casi garantizada: el programa de misiles balísticos sería destruido en semanas, el régimen debilitado no lograría cerrar el estrecho de Ormuz y el daño a los intereses estadounidenses en los países del Golfo sería mínimo. Netanyahu incluso se entretuvo con escenarios sucesorios y le presentó a Trump a Reza Pahlavi, hijo del Sha, como posible gobernante futuro de Irán.

Los visitantes trazaron además planes que no llegaron a materializarse: las grandes manifestaciones en Irán se reanudarían y milicias kurdas cruzarían, con el aliento del Mossad, la frontera desde Irak para ayudar militarmente a desestabilizar al régimen. Trump respondió favorablemente a los esfuerzos de persuasión de Netanyahu. Su cúpula se mostró menos entusiasmada: el director de la CIA describió las propuestas israelíes de cambio de régimen como «ridículas», el secretario de Estado las llamó «una estupidez» y el presidente del Estado Mayor Conjunto comentó que «los israelíes siempre exageran».

La investigación del Times es fascinante. Podría ser el golpe más duro al peso de Israel en Washington desde el affaire del espía Jonathan Pollard, hace cuatro décadas. La popularidad de la guerra y del presidente va en descenso en la opinión pública estadounidense. Y el núcleo duro de los seguidores de Trump, los hombres del MAGA, ha desarrollado en parte una desconfianza hacia los motivos de Netanyahu en la guerra.

Es posible que Netanyahu tenga razones para temer por la continuidad de su relación con Trump. Hasta hoy el presidente estadounidense le ha mostrado gran afecto y lo ha respaldado en casi cada disputa y cada giro. Pero Trump no soporta perder, y ciertamente no soporta admitir sus derrotas. Si la campaña en Irán queda retratada en Estados Unidos como un fracaso, buscará a quién culpar. Netanyahu también busca ya un destinatario para trasladar la responsabilidad, como hizo tras la masacre del 7 de octubre. Las frecuentes acusaciones en sus canales de propaganda contra el jefe del Estado Mayor Eyal Zamir -y las insinuaciones, ocasionales, contra el jefe del Mossad- ya están preparando el terreno para lo que sigue, si la guerra se detiene sin logros adicionales.

«¡Un gran día para la paz mundial!»

El único comunicado que publicó de madrugada la oficina de Netanyahu es un breve texto en inglés en el que expresó su apoyo a la declaración de Trump sobre el alto el fuego. Los hebreo parlantes tendrán que esperar. El propio presidente de los EE.UU., menos de un día después de haberle amenazado a los iraníes con la «muerte de su civilización», escribió en su comunicado que esto es «¡un gran día para la paz mundial!¡Habrá mucha acción positiva! ¡Hay mucho dinero para ganar! ¡Esto puede ser la era dorada de Medio Oriente!!!»

Los detalles del acuerdo los dejó, como de costumbre, para otros. Trump puede anotarse un logro: el estrecho se abrió ya con el alto el fuego y no solo como parte de un acuerdo global, como habían exigido inicialmente los iraníes. Con todo, hay que recordar que el cierre de Ormuz -que sorprendió al presidente, quien también reconoció haber creído que la guerra duraría solo tres días- fue practicado en todos los escenarios de guerra estadounidenses durante décadas, y que el estrecho estaba abierto cuando comenzó la guerra. Los iraníes identificaron el punto débil de Estados Unidos -la amenaza a la economía y al mercado mundial del petróleo- y presionaron sobre él de manera que neutralizó, al parecer, parte de la presión militar ejercida contra ellos. Estados Unidos, según se informó, incluso evalúa favorablemente permitir a los iraníes cobrar un peaje de dos millones de dólares por cada barco que transite por el estrecho, ya durante este período de alto el fuego temporal.

En estas dos semanas, con mediación pakistaní, se verá si es posible alcanzar un acuerdo definitivo. Lo que está claro es que ese acuerdo no incluirá la renuncia de los Guardianes de la Revolución y el clero al poder. El cambio de régimen solo llegará como resultado de una guerra, o -con mayor probabilidad- a raíz de sacudidas internas que quizás reaviven las protestas una vez que se conozcan las dimensiones del enorme daño sufrido por Irán en la guerra.

Desde la perspectiva de Israel, queda una pregunta abierta e inquietante: el frente libanés. Durante la noche hubo informes de que el alto el fuego incluía también la guerra contra Hezbolá, pero esta mañana se reanudaron los ataques de las FDI. La incertidumbre sobre la seguridad de los habitantes de la Galilea continúa, mientras las FDI enviaron cinco divisiones -aunque en despliegue parcial- a operaciones terrestres en el sur del Líbano. Este es un gran campo minado político que el gobierno deberá maniobrar, después de las promesas de Netanyahu de tomar una franja de seguridad en el Líbano y permanecer en ella.

Esta noche, al caer la fiesta, los ingenieros de la conciencia recibirán su nueva hoja de mensajes desde el escritorio de Netanyahu. Esta vez, su tarea será más difícil que de costumbre. Hasta hoy Netanyahu logró, mediante complejas maniobras políticas, eludir su responsabilidad por la masacre en el entorno de Gaza -la mayoría de los altos mandos del ejército y del Shin Bet involucrados en el fracaso se fueron hace tiempo-. Esta es la cuarta vez consecutiva -en Gaza, una en el Líbano y dos en Irán- que sus alardes sobre una victoria aplastante y la eliminación de la amenaza existencial quedan expuestos como promesas vacías. Sus afirmaciones de haber convertido a Israel en una potencia «regional, casi mundial» no se corresponden del todo con el atolladero estratégico en el que se encuentra, ni con la realidad de vida de los israelíes, esos que de madrugada salieron de los refugios y los cuartos seguros en todo el país, con la débil esperanza de que fuera la última vez.