«Ante los procesos de barbarización y kahanismo en la sociedad israelí, la sensación de náuseas y dolor en el Día del Holocausto resulta insoportable»
Dimitri Shomsky, Ha’aretz,14/4/26
Idéntica sensación de náuseas y dolor que experimentó el catedrático de la Universidad de Jerusalén en el reciente día de conmemoración de la Shoah fue compartido por todos quienes sentimos que la sagrada memoria del genocidio judío es profanada por acciones ignominiosas de Israel.
Las guerras siempre han amparado hechos delictivos de los ejércitos; durante dos años se intentó justificar crímenes de guerra de Tzahal en Gaza, y en la actual guerra en Irán se intenta hacer la vista gorda respecto de pogromos perpetrados con total impunidad en Cisjordania: «Con la violencia contra palestinos en territorios al oeste del Jordán (que nadie intenta frenar), y con la reciente sancionada ley de la pena de muerte, ¿qué hemos aprendido realmente de la Shoah?», nos pregunta el prof. Yechiam Weitz, autor de “The Holocaust on trial”.
Muchos de nosotros agradecemos —al menos, como un impostergable desagravio— la repugnancia y las náuseas de los intelectuales sionistas Shomsky y Weitz ante delitos israelíes de lesa naturaleza de Shoah. Porque además de náuseas y dolor en esta jornada conmemorativa, sentimos profunda preocupación por el recién Informe anual 2025 sobre antisemitismo mundial, que acaba de difundir la Universidad de Tel Aviv en las vísperas del Día de la Shoah.
La propalación de la judeofobia avanza en todo el mundo, a diferencia de años precedentes, atizada por la crisis del orden liberal y por las ondas expansivas de la violencia en Medio Oriente.
Es necesario analizar la vulnerabilidad de los judíos ante la impunidad del antisemitismo global actual en el contexto de tres factores críticos que operan a nivel global desde setiembre 2023, y continúan durante la actual guerra en Irán.
El primer factor crítico es la erosión vertiginosa mundial del orden liberal multilateral que no condena intervenciones imperiales ni, tampoco, discursos de odio. Se trata de un orden liberal democrático a nivel internacional y a nivel local, que funcionaba desde el fin de la Segunda Guerra Mundial y, a pesar de la Guerra Fría, ayudó a ofrecer garantías multilaterales y democráticas contra la discriminación y la difamación antijudías y contra otras minorías étnicas y religiosas.
Crisis del orden liberal democrático
Era un orden liberal democrático, sustrato de la mundialización jurídica para combatir la discriminación, que implicaba un sistema de valores de coexistencia pacífica, independencia judicial, libertad de prensa, alternancia democrática, rendición de cuentas de los gobernantes y penalización de discursos de odio.
Era también un mundo con reglas multilaterales regido por instituciones mundiales como la ONU —la OMC, la OTAN, el Acuerdo de París, la Corte Penal Internacional— un mundo donde las potencias más fuertes debían observar sus propios compromisos institucionales, que obligaban a la consulta y limitaban el margen de maniobra unilateral.
Pero hoy, presidentes como Trump en EE. UU. y Milei en Argentina, que proponen democracias iliberales autoritarias, piensan en términos de acuerdos bilaterales, de transacciones individuales, de presión directa clientelística sin mediación institucional, sin tribunales y sin que les importe la opinión pública local y mundial.
Este nuevo orden iliberal se rige por el autoritarismo político y el proteccionismo, no solo económico, ya que los damnificados confían mucho más en la shtadlanut y en las intercesiones ante el poder, que en las garantías constitucionales de la democracia.
Toda esta erosión crea vulnerabilidad para neutralizar campañas de difamación antijudía y antiisraelí. No es sorprendente que la erosión del orden liberal se sienta mucho más en el Norte Global que en América Latina. Según el reciente «Antisemitism Worldwide Report» de la Universidad de Tel Aviv, el número de víctimas mortales por ataques antisemitas alcanzó en 2025 su nivel más alto en más de tres décadas, con 20 personas fallecidas en cuatro ataques en tres continentes. Entre los ataques mortales se incluyen los perpetrados en Sidney, Washington D. C., Boulder (Colorado) y Manchester (Inglaterra). Estos ataques representan el mayor número de víctimas mortales desde el atentado terrorista de 1994 contra la AMIA en Buenos Aires, que dejó 85 muertos.
Pero el Informe revela otro dato que corrobora la tesis de que la erosión del orden liberal tradicional naturaliza el discurso antisemita en el Norte Global. Los autores del estudio señalan que el «fenómeno más preocupante» del último año fue la «normalización de la retórica antisemita en el discurso político estadounidense»; afirman que el presidente Donald Trump «toleró, como ningún otro presidente contemporáneo, a antisemitas profundamente arraigados y repugnantes dentro de su entorno, y continúa haciéndolo por cínicas razones políticas». Su conclusión es que «el resultado es una nueva cultura de permisividad total que está socavando la seguridad de la que los judíos han disfrutado durante décadas en Estados Unidos».
Guerra permanente en Israel – Antiimperialismo y antisemitismo
El segundo factor crítico a tomar en cuenta para analizar el antisemitismo es la situación de guerra permanente iniciada por Israel y EE. UU. Por primera vez, Israel se lanzó a una guerra regional que se globaliza en alianza estratégica con EE. UU., primera potencia mundial. En 1956, durante la campaña del Sinaí, Israel decidió plegarse a la aventura colonialista liderada por Inglaterra y Francia contra el Egipto de Nasser, en respuesta a su nacionalización del canal de Suez. Pero esa breve guerra, que obligó a Israel retirarse del Sinaí, no provocó ninguna campana antisionista, mucho menos antisemita.
En cambio, 70 años después, en 2026, Israel es acusada por senadores demócratas y también republicanos de Estados Unidos de haber persuadido a su país para que se lanzara a una guerra preventiva contra Irán con el objetivo de destruir el régimen, rompiendo negociaciones sobre armamento nuclear y balístico.
Senadores demócratas y republicanos acusan a Israel de haber “incitado” a EE. UU. a emprender una guerra ilegal e innecesaria. Chris Murphy, demócrata por Connecticut, ha sido una de las voces más críticas, señalando que EE. UU. pierde la guerra, calificando la situación de «desastrosa» y cuestionando la alineación con Israel en la agresión. Chuck Schumer, demócrata por Nueva York, líder de la minoría, ha exigido el fin de la guerra, afirmando que incluso hay republicanos que dudan de la estrategia en Oriente Medio. Resulta significativo que el Senado de EE. UU. rechazara, el 5 de marzo,una resolución para limitar los poderes de guerra de Trump contra Irán por escasos seis votos —53 votos en contra y 47 a favor—. Muy significativamente, el miércoles pasado fueron rechazadas en el Senado, controlado por los Republicanos, dos propuestas de no vender armas a Israel. Pero 40 senadores demócratas —todos salvo siete— votaron a favor de al menos una de las dos resoluciones (JTA 16.4.26)
Las acusaciones de sectores democráticos y de izquierda antiimperialistas en el Norte Global, y también en el Sur Global, mezclan una retórica prejuiciosa y conspirativa contra Israel, utilizando un lenguaje de relaciones internacionales de dudosa objetividad analítica. Sorprende, por el contrario, que jefes de gobiernos de la derecha que simpatizaban con Israel, como Giorgia Meloni, suspenda la renovación de la colaboración militar de Italia.
La Judía entre las naciones, como acertadamente llama a Israel el filósofo francés Alain Finkielkraut, es acusada por la oposición, local y mundial, mediante hipérboles conspirativas, de violar reglas bélicas y normas del derecho internacional.

Antes de que el Sur Global demonice a Israel victoriosa por derrotar a un inminente Irán nuclear que continúa amenazando la existencia del Estado Judío, Israel empieza a ser condenado en el Primer Mundo con odiosos prejuicios responsabilizándolo por una guerra no ganada y de la crisis energética global.Ahora bien: es importante comprender la percepción simbólica de los antisionistas sobre la alianza Israel-EE. UU. en esta guerra. Recordemos que Estados Unidos había intervenido militarmente en Medio Oriente desde los años noventa, pero prácticamente nunca sin el aval o el apoyo de alguna resolución de Naciones Unidas o el respaldo de una coalición de países aliados. Pero, en la actual guerra, parecería que EE. UU. ni siquiera se cuestionó su participación cuando fue presionada por Israel para que, juntos, atacasen a Irán a fin de liquidar su capacidad balística y nuclear.
Estados Unidos tuvo aliados cuando se produjeron las invasiones a Irak, a Afganistán y a Libia, pero lideraba coaliciones donde Washington controlaba la estrategia y la inmensa mayor parte de la logística. Si bien contó con apoyo militar o logístico del Reino Unido, España, Italia, Australia, Polonia, entre otros, estas alianzas solían ser «coaliciones de la voluntad» con contribuciones asimétricas.
Pero en esta guerra Israel no es percibida como mero aliado que apoya de modo asimétrico la campaña militar norteamericana; tampoco los israelíes son percibidos como ciudadanos de un país amenazado de muerte por la República Islámica. En cambio, los judíos israelíes —incluidos los pacifistas— somos vistos como odiosos socios de Trump en una guerra totalmente imperial. Nunca antes, bajo los presidentes Bush, Clinton, Obama, los israelíes fueron vistos tan pronorteamericanos como hoy, que son denunciados como israelíes trumpistas, por la total identificación de Netanyahu y Trump.
Una lección de historia del antisemitismo enseña que su estallido se agudizó durante épocas de guerras civiles y mundiales, en el caldo de cultivo de retóricas conspirativas de derrota militar que fueron acompañadas en el siglo pasado de pogromos violentos.
Al igual que otros estereotipos negativos sobre los judíos en la Primera Guerra Mundial, acusados de «traidores internos» que trabajaban por intereses propios y ajenos, la leyenda de la «puñalada trapera» era creída en Alemania y Austria, a pesar de su absoluta falsedad.
Pese a siderales diferencias que prohíben cualquier analogía, no estaría de más recordar, en la actual situación de guerra generalizada, que en la primera conflagración mundial los judíos fueron acusados de haber iniciado la guerra para llevar a Europa a la ruina económica, condición necesaria para allanar el camino al conspirativo «control» judío.
Y si los derrotados de entonces acusaban a los judíos de explotar la miseria de la guerra para enriquecerse y, a la vez, de ser bolcheviques con el designio de una revolución mundial, ¿resultaría demasiado delirante fantasear con que una victoria israelí sobre Irán acusaría a “la judía entre las naciones” de «hegemonizar» a todo el Sur Global de países petroleros del Medio Oriente?
El tercer factor crítico para comprender el antisemitismo derivado de la actual guerra regionalizada es el agravamiento del mito conspirativo de Israel como punta de lanza del Imperialismo yanqui, mito importante en América Latina.
Como sabemos, desde muchos años antes de la actual guerra, ciertas teorías poscoloniales vienen acusando a Israel de colonialismo, en tanto prolongación en Palestina del colonialismo europeo. La actual alianza militar Israel-EE. UU., unidos en la guerra por el control y la destrucción energética en Irán confirman, para la izquierda latinoamericana antiimperialista, un viejo mito conspirativo acerca de la naturaleza imperialista del sionismo.
Esta alianza para atacar a la República Islámica, país líder icónico del Sur Global, refuerza sin dudas las viejas acusaciones centroamericanas de que Israel operó como el proxy del imperialismo norteamericano para entrenar a las fuerzas contrainsurgentes en Colombia, Nicaragua y en Guatemala durante los años ochenta. Esta participación de algunos militares retirados de Tzahal formó parte de una estrategia israelí más amplia respecto de tener presencia militar en Centroamérica, a veces operando en el marco del escándalo Irán-Contra, según afirmó Itai Segre, en su trabajo Israel and the Contras: A Buried History, publicado en 2023.
Los vínculos militares con Israel fueron fundamentales en la creación de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) y otros grupos paramilitares de ultraderecha, responsables de 45 % de las 400.000 víctimas del conflicto interno colombiano. Carlos Castaño, quien fuera el máximo líder de las AUC, fue uno de los jóvenes colombianos que en 1983 viajaron a Israel para recibir entrenamiento militar.
Posdata
En el día en que conmemoramos la Shoah, nos recordaron este año que a los judíos nos siguen odiando en el Primer y el Tercer Mundo, ya que acusan a Israel de ser la Judía enemiga entre las naciones.
La dramática erosión del orden liberal y la situación de guerra permanente de Israel, agravada por su alianza estratégica con el Imperio de Trump, alimentan los discursos antisionistas y la retórica difamatoria antijudía.
La politización del antiimperialismo contra la actual guerra en Irán y Líbano opera simbólicamente de modo diferente en EE. UU. y en América Latina. En EE. UU., la actual guerra es usada políticamente por la oposición contra Trump sin llegar al ejercicio abierto del antisionismo, amparada la sociedad en la cultura de la permisividad; en cambio, en países latinoamericanos como México, Chile, Brasil, los tropos antisionistas y antisemitas escoltan desembozadamente la retórica antiimperialista.
En Argentina, cuyo presidente Milei apoya abiertamente a Israel en la guerra, cierta oposición política utiliza las simpatías hacia el Estado judío del líder libertario de extrema derecha para combatirlo utilizando esos mismos tropos.
En pocos días festejaremos los 78 años cuando, lamentablemente, los enemigos de Israel la delegitiman y “el estado judío está perdiendo su alma” (Daniel Blatman, Haaretz17/4/26).