Sin duda, mis prácticas como psicoanalista y escritora se sustentan en la materialidad de la palabra. Como significante, como signo, como ruego, como pieza del rompecabezas fascinante de los sueños, como injuria en la catástrofe que congela toda melodía y la convierte en ruido, en grito monolítico, en piedra que se arroja para provocar refucilos o círculos infinitos en el agua.
Hace poco tiempo miraba la nota que un movilero hacía por TV cubriendo las redadas contra vendedores callejeros (manteros) en el barrio de Once. Se veía a personas que aplaudían el accionar represivo y violento; había quienes expresaban su indignación. El reportero se sobresaltó cuando una mujer enfurecida les gritó a los policías: “Sionistas!”. En medio del estupor (no de la sorpresa) recurrí a las redes para calmar mi angustia. Escribí en Facebook:
“Soy argentina judía. Cuarta generación en mi país. Milei va a terminar la tarea de Hitler: sembrar el odio hacia los siete millones de judíos diaspóricos y hacia la existencia de Israel (donde residen los otros siete millones, no todos fachos como Netanyhau). No se trata solamente de geopolítica. Soy sobreviviente de la dictadura de Videla. Ni los torturadores en sus interrogatorios deliraban tanto sobre el tema judío. Este mamarracho logró lo que ni Biondini ni Cúneo habían conseguido: poner al “judaísmo internacional” en el lugar de enemigo del progresismo. Algunos periodistas de C5n y de Pag.12 se están convirtiendo en representantes por excelencia de los supuestos progres que ven por todos lados conspiraciones judías. Y esto recién empieza”.
Hace poco más de diez años se presentó en la Biblioteca Nacional (por entonces dirigida por Horacio González) mi libro El rechazo a los judíos, religión de Occidente. Arqueología del odio. Se trataba del producto de una investigación que rastreaba, en los cuatro siglos de Inquisición y en el gueto como institución carcelaria, los significantes de “sangre pura” que en el siglo XX culminarían en la naturalización de la Shoá.
La presentación terminó en escándalo; algunos asistentes expresaron su repudio a las “políticas sionistas” del Estado de Israel —tema que no estaba incluido en mi libro— y bloquearon toda posibilidad de debate. Por entonces, pensé en la utilidad de explicar este bochorno valiéndose del maridaje entre discurso y lingüística que conocía de mi práctica como psicoanalista.
En una parte del prólogo, y en homenaje a Foucault, había citado, casi premonitoriamente, una frase de su magistral obra Las palabras y las cosas: “En Las palabras y las cosas, ese monumental libro de Foucault, el autor reconoce su inspiración en un texto de Borges sobre cierta enciclopedia china (del ‘Idioma analítico de John Wilkins’) que, confiesa, ilustra una larga vacilación e inquietud en nuestra práctica milenaria de lo mismo y lo Otro. El texto en cuestión es: ‘Los animales se dividen en a) pertenecientes al Emperador, b) embalsamados, c) amaestrados, d) lechones, e) sirenas, f) fabulosos, g) perros sueltos, h) incluidos en esta clasificación, i) que se agitan como locos, j) innumerables, k) dibujados con un pincel finísimo de pelo de camello, l) etcétera, m) que acaban de romper el jarrón, n) que de lejos parecen moscas’”.
Y concluía el prólogo con estas palabras: “De este remedo de taxonomía es de donde Foucault parte para construir lo que llama pensamiento en el límite del pensamiento o imposibilidad de pensar esto. Esto es, para mí, la palabra ‘judío’: tribu nómada, secta religiosa, raza maldita. La resistencia a instalarme en el confort de la inhibición dio como resultado este libro”.
Herzl: el punto de partida
Teodoro Herzl, considerado del “padre” del Sionismo, fue un periodista y dramaturgo judío nacido en 1860 en Pest (hoy Budapest). Creció en una familia laica y liberal. A los 10 años debió continuar sus estudios en una escuela protestante porque el antisemitismo reinante no le permitió acceder a la educación pública. En su juventud estaba ligado a ideas “asimilacionistas”, hasta que el “caso Dreyfus” y la prohibición de aspirar al cargo de juez en Viena por ser judío lo hicieron reflexionar sobre la cuestión judía. Durante su breve vida (murió a los cuarenta y cuatro años) se mostró escéptico al respecto, reconociendo “el vacío y la inutilidad de tratar de combatir el antisemitismo”.
Conocedor del pensamiento “civilizatorio” de la generación del 80 en nuestro país, hizo vanos intentos para ir más allá de los benefactores (los barones de Hirsch y Roschild) que habían logrado instalar en la pampa húmeda contingentes de judíos perseguidos y hambreados en el Imperio Austro-Húngaro y en las tierras del Zar de todas las Rusias. Los inmigrantes llegados (gauchos judíos) eran pocos y se instalaban en la pampa húmeda, pero no resolvían el problema de aquellos que no lograban salir de sus tierras milenarias en las que no tenían derechos de ciudadanía.

En 1896, Hetzl visitó al Sultán de Turquía para proponerle instalar un Estado judío en la Siria Otomana, ya que toda Palestina estaba bajo el dominio del Imperio Otomano; no lo logró. En Londres, que luego de la Primer Guerra Mundial sería la capital del Imperio que colonizaría el territorio de Palestina – habitado por musulmanes, judíos y cristianos- fue recibido con desaprobación. Herzl muere dejando la pregunta abierta sobre cómo evitar el exterminio sistemático de judíos en Europa del Este.
Tendrán que pasar algunos años (el final de la Primer Guerra Mundial, el exterminio de los armenios en 1919 perpetrado por los turcos), para que un estratega poderoso como Stalin, en el marco de los primeros años de la creación de la URSS luego de la Revolución Bolchevique, advierta al mundo que con los judíos pasaría lo mismo que con los armenios si no se les daba una nación. Armenia ya era parte de la URSS, así que Birobidzhan fue el territorio siberiano al que migraron muchos judíos del mundo, entusiasmados por la posibilidad de ser una república más en la URSS. El proyecto fracasó; la población caía abatida por la hipotermia y el hambre.
Advenida la “guerra fría” y con las heridas de la Shoá que exterminó a la mitad de la población judía del mundo, la recién nacida ONU divide a la Palestina —ya no colonizada por Gran Bretaña— en dos naciones: una judía y la otra árabe. La historia del Estado de Israel está relatada por múltiples historiadores. Me remitiré a recordar que la “Guerra de la independencia” de 1948 comienza cuando los Estados musulmanes ya existentes rechazan y combaten con armas a la población del nuevo Estado, sobre todo a la de los kibutzim socialistas de las fronteras. ¿Nuevo fracaso? Hay quien dice que Ben Gurión llegó a expresar su certeza de lo inviable que era esperar que las naciones musulmanas, que antaño habían cobijado habitantes judíos, aceptaran un pequeño territorio con primacía judía.
El antisemitismo como organización política había florecido en Europa después de la liberación de las cárceles-gueto para judíos, tras más de tres siglos. La Revolución Francesa ya había mostrado la dificultad intrínseca que implicaba otorgar ciudadanía a los judíos. Recién en 1791 se había resuelto que no debían ser indocumentados ni estar a merced del odio instalado por el medievalismo clerical y el aluvión eugenista de los Estados-nación.
En 1807, el Santo Sínodo había acusado a Napoleón de ser el líder de un “Gran Sanedrín hebreo”, y los Rothschild, hijos del gueto de Frankfurt que participaban en las finanzas —y uno de los cuales fue cónsul de Austria—, pasaron a representar al “judío usurero que deseaba apoderarse del mundo”.
En esas épocas comenzó a instalarse el “Protocolo de los Sabios de Sión”, un libelo antisemita presentado como documento probatorio de la conspiración judía mundial (magistralmente novelado por Umberto Eco en su libro El cementerio de Praga). Por esos años, y volviendo al siglo XIX, pasquines como “El Ambiguo”, junto con las profecías de Nostradamus y figuras como el abate Barruel, provocaron una serie de matanzas o pogroms, ya no atribuyendo a los judíos la autoría de las pestes —como en la Inquisición—, sino todo tipo de tropelías y conspiraciones para dominar el mundo.
En 1862, los líderes del antisemitismo político se reúnen en Dresde para debatir soluciones al “problema judío”. Allí suscribieron a documentos figuras como Drumont, de Francia; Géza von Ondy, de Hungría; Adolf Stoecker, de Alemania… y siguen las firmas.
Escenas locales de una historia persistente
Luego de este necesario recorrido para situar diacrónicamente el rechazo a los judíos, haré un breve repaso del antisemitismo en nuestro país, antes de dar forma a mis conclusiones conjeturales.
En nuestra joven nación, de poco más de 200 años, los movimientos independentistas dieron lugar al surgimiento de una casta proveniente del ejército que fue poblando los territorios luego de la persecución y el exterminio de los pueblos originarios; los territorios fueron “loteados” y repartidos de manera siniestra: dos tetas de mujer aborigen “valían” más que una oreja de su consorte para el conteo de las hectáreas.
Consumado el exterminio o la esclavitud disfrazada de trabajo informal, los grupos étnicos afro-rioplatenses ya habían perecido en el frente de batalla o por la epidemia de fiebre amarilla. De modo que el grupo étnico prevalente, a partir de fines del siglo XIX, era el caucásico o el mestizo.
La Generación del 80, a través de mandatarios como Sarmiento, convoca a “todos los hombres de buena voluntad” a poblar los territorios saqueados. La inmigración judía llega escapando de los crímenes del zarismo, fundamentalmente, y sin ciudadanía. Recién la revolución de 1917 dará ciudadanía a los judíos luego de muchas generaciones de parias.
A principios del siglo XX, y como efecto de la Revolución de Octubre, gran parte de los inmigrantes (y entre ellos el 1 % judío) se vuelca a las acciones e ideas comunistas, anarquistas y socialistas. Para quienes están al tanto de los acontecimientos de aquella época, basta con evocar la acción heroica de Radowitzky en 1909 al ejecutar a Ramón Falcón, responsable de los asesinatos de obreros y obreras durante las manifestaciones del 1.º de mayo de aquel año; como también a los mártires ejecutados durante la Semana Trágica por su condición de judíos.
La Liga Patriótica es un grupo paramilitar especialmente dedicado a asesinar trabajadoras y trabajadores judíos. Durante la “década infame” de 1930, pasquines como “Clarinada” promueven consignas anticomunistas y antijudías como “Haga patria: mate a un judío”. Con el advenimiento del peronismo y la clase media surgida de su gestión, se mantienen focos activos de grupos antisemitas, pero “envueltos” en formatos “nacionalistas”, como Tacuara.
Será a partir de la creación del Estado de Israel, en el marco de la “Guerra Fría”, cuando la deriva gramatical-semántica del significante judío se desplaza de “comunista” a “sionista”, bajo la forma del insulto. Por entonces, el antisemitismo era un tema de los “señoritos”, de “Tradición, Familia y Propiedad”.
Más tarde, cuando el reparto del mundo determina, en los años sesenta, que Israel quede bajo la influencia de los Estados Unidos, así como la URSS pasa a tener relaciones privilegiadas con Egipto, Arabia Saudita y otras naciones árabes, comienzan a circular los “nuevos relatos” (o viejos relatos reciclados) sobre el poderío y el peligro que representan para la humanidad tanto la diáspora —que se hace visible solamente en los países donde la población judía se acerca al 1 %— como la existencia misma del Estado de Israel.
De nada valdrá después recordar que, en una población con menos del 1 % de judíos, casi el 10 % de los desaparecidos provenía de esa minoría. La “sinarquía judía internacional” cederá pronto su lugar al “lobby judío de EE. UU.”. Pero aquí el relato, como un talismán, pasa de ser exclusivamente una reliquia de las derechas y de la oligarquía a abrevar en algunos discursos progresistas, esparciéndose como mancha voraz y reciclando delirios paranoides como el del “Plan Andinia”.

El Plan Andinia es un relato conspiranoide y judeofóbico tan argentino como el dulce de leche. Nace en los años sesenta, promovido por nazis y anticomunistas locales, a través de un panfleto: “El Plan Andinia o el nuevo Estado judío”. En ese libelo, difundido en la UBA por el profesor Walter Beveraggi Allende, se acusa a argentinos judíos, complotados con israelíes, de querer apoderarse de la Patagonia argentina.
No es casual que, en las mazmorras de tortura de la dictadura posterior de Videla, las cruces esvásticas proliferaran en el martirio a los presos judíos.
Cuando el lenguaje se congela
Y, para finalizar, volvamos a la escena televisiva que mencioné al comienzo. A partir de los acontecimientos actuales en Medio Oriente, y nutridos de desinformación, fanatismo y odio, retornan —ya casi exclusivamente desde sectores progresistas— las viejas banderas de la oligarquía argentina.
Los manifestantes de toda causa progresista no se privan de dar un guiño a la paranoia antijudía, como en casi todos los centros intelectuales del mundo. No se trata de protestar por el accionar del ejército israelí: la palabra “sionismo”, traída del siglo pasado, se vuelve injuria, escarnio, insulto.
Por efecto de un contagio gramatical, que siempre viene bien llevar en el bolsillo del caballero y en la cartera de la dama, el “sionismo internacional” reverbera en todas las bellas almas, aun sin conocer la historia de Palestina (o tal vez por eso).
El judío que no haya cambiado preventivamente su apellido debe salir al paso y defenderse (como en El proceso) de una posición que se le adjudica por su sola existencia.
El psicoanálisis conoce estos artilugios lingüísticos. Al calor de la pasión y del contagio en la elección de un enemigo común, los gritos que se propalan son atronadores; el deslizamiento significante que permite la dialéctica de los decires se congela.
Estamos frente a la holofrase, en el momento trágico en que el significante, por un instante y para siempre, coincide con el signo. Se trata de la dupla JUDÍO-SIONISTA.
La cadena diacrónica de la historia cobra nuevos bríos: asesinos de Cristo-raza impura-creadores del caos bolchevique-capitalistas usureros- asesinos de niños palestinos. Todo cabe en ese congelamiento que nace casi junto con Occidente.
Los delirios mesiánicos del gobernante de turno refuerzan esa certeza por la que alguien puede amar a su delirio más que a sí mismo y a sus semejantes: los judíos estamos, estuvimos y estaremos siempre del lado del Mal.
Cuando propongo resemantizar el término “sionismo” no reniego de la evidencia de barbaries y matanzas militares o civiles perpetradas por ciudadanos israelíes. Pretendo (sin ninguna esperanza) que el término “sionismo” retorne a su origen histórico y se descongele de ese instante eterno en que deja de ser un significante y se convierte en signo, blasfemia, injuria. En deseo de aniquilación.
* Psicoanalista y escritora nacida en Buenos Aires en noviembre de 1954. Recorrió la ensayística, la novela y la poesía. Actualmente es profesora de Psicoanálisis en el Posgrado de la Universidad Nacional de Rosario. Reside en Buenos Aires.