Hilel el Viejo fue uno de esos nombres que volvieron una y otra vez, como si todavía pudiera decir algo en medio del desastre actual. En uno de los relatos talmúdicos más conocidos se cuenta que un gentil que quería convertirse al judaísmo se acercó a Hilel y le pidió que le enseñara toda la Torá mientras se sostenía sobre un solo pie. Hilel no se ofendió, no lo echó, no convirtió la pregunta en una prueba de obediencia. Le respondió con una frase simple y enorme. Lo que te resulta odioso, no se lo hagas a tu prójimo. Esa es toda la Torá. El resto es interpretación. Ahora andá y estudiá.
Es una de las frases más conocidas del judaísmo y, al mismo tiempo, una de las menos usadas. En Israel la repetimos, la citamos, la admiramos, la ponemos a circular como si fuera una joya moral de la tradición, pero rara vez la dejamos trabajar de verdad sobre nuestras decisiones. Queda hermosa en una clase, en una ceremonia, en una conversación culta, incluso en un discurso político cuando hace falta demostrar profundidad. Después, cuando llega el momento concreto de mirar al otro, de medir el daño que le hacemos, de reconocer su miedo o su humillación, la frase se guarda en un cajón y vuelve a mandar la fuerza.
En esa respuesta de Hilel había algo más que una enseñanza religiosa. Había una teoría de la interpretación. Hilel parecía decir que el mundo no se entiende desde el golpe, desde la imposición ni desde la obediencia ciega. Se entiende desde la capacidad de ponerse un segundo en el lugar del otro, desde ese esfuerzo mínimo y enorme de preguntarse qué daño no soportaría uno recibir antes de provocárselo a alguien más. Parece poco, casi una frase de abuelo prudente dicha en la cocina, pero en realidad es una revolución moral completa. Porque obliga a frenar. Obliga a pensar antes de actuar. Obliga a aceptar que el otro también siente, teme, se humilla, se equivoca, se defiende y quiere seguir viviendo. Que el otro también tiene derecho a interpretar.
La corteza prefrontal del cerebro, esa zona asociada con la razón, la planificación, el freno de los impulsos y la evaluación de las consecuencias, dice algo parecido desde otro lenguaje. Nos recuerda que pensar no es reaccionar de inmediato. Pensar es
abrir un intervalo entre el estímulo y la respuesta. Es interpretar antes de actuar. Es imaginar más de una salida. Es reconocer que la fuerza puede resolver una urgencia, pero destruye la posibilidad de construir una vida común cuando se convierte en la única lengua disponible.
Hilel y la corteza prefrontal, cada uno a su manera, nos dicen que el mundo no viene dado de una sola forma. El mundo se interpreta. Un vecino puede ser una amenaza o puede ser alguien con quien hay que hablar. Una diferencia puede ser una declaración de guerra o una dificultad para resolver. Una discusión puede ser una batalla por la victoria total o una mesa de trabajo. Un error puede ser una vergüenza que se esconde o una responsabilidad que se asume. Una sociedad sana todavía conserva esa capacidad de elegir cómo interpreta lo que tiene delante.
Y tal vez eso sea lo que más se fue perdiendo en Israel. Como si nos hubieran amputado una parte de esa zona prefrontal colectiva, la que todavía permitía interpretar el mundo alrededor de una mesa, con conversaciones, con diálogo, con aceptación, con la idea elemental de que hablar con el vecino no debería ser una obscenidad moral. Se fue instalando una lectura única de la realidad. Todo se interpreta por medio de la guerra, del conflicto armado, de la sospecha, de la fuerza preventiva, de la respuesta dura, del enemigo permanente.
Ya no queda casi lugar para otra interpretación. Esa concepción se metió en la sociedad israelí como una costumbre mental. Frente a cada problema aparece primero la pregunta
militar. Frente a cada miedo aparece primero la respuesta armada. Frente a cada diferencia aparece primero la sospecha de traición o de peligro. Así se achica el pensamiento. Así se seca la conversación pública. Así desaparece el diálogo político. Así un país entero puede terminar convencido de que la vida solo se defiende con armas, aunque en el camino vaya perdiendo la vida que decía defender.

En Israel de hoy no hay más interpretación que por la fuerza. Esa idea se estableció con tanta fuerza que cualquier intento de pensar de otro modo parece ingenuo, peligroso o directamente traidor. Decir diálogo suena sospechoso. Decir acuerdo suena débil. Decir responsabilidad compartida suena obsceno. Decir que el otro también existe, también sufre y también tiene derecho a una vida posible se vuelve casi una provocación. Entonces la política deja de ser una forma de organizar la convivencia y se convierte en una administración permanente del miedo.
Por eso Hilel todavía incomoda. Porque su enseñanza, leída con honestidad, no nos permite refugiarnos en la comodidad brutal de la fuerza. Nos obliga a volver a la pregunta más simple. ¿Qué no querríamos que nos hicieran? ¿Qué dolor no soportaríamos? ¿Qué humillación nos parecería intolerable? ¿Qué miedo nos rompería por dentro? ¿Qué pérdida nos dejaría sin aire? Y desde ahí, recién desde ahí, empezar a pensar qué hacemos con los demás.
Pero cuando una sociedad pierde esa capacidad, cuando la mesa desaparece y solo queda el arma, incluso los gestos más pequeños se vuelven peligrosos. Ya casi no podemos imaginar una vida sin conflictos armados. Nos cuesta pensar una ciudad donde
los autos no funcionen como armas mortales, donde un grupo de pibes de quince años todavía pueda parecer un grupo de la Shomer y no una pandilla que viene a acuchillarte porque les pediste, apenas eso, que no te ensuciaran la pared con la nieve de Yom Haatzmaut de una pizzería.
Ahí se ve la enfermedad completa. No solamente en las grandes decisiones del gobierno, en los discursos de los ministros, en las operaciones militares o en las frases brutales que se dicen por televisión. Se ve también en la vida chica. En la calle. En la pared de una casa. En la reacción desmedida ante un pedido mínimo. En la sensación de que cualquier límite cotidiano puede terminar en violencia. Una sociedad que vive así ya no distingue del todo entre defensa y agresión, entre coraje y brutalidad, entre seguridad y amenaza permanente.
Y lo más grave es que esa forma de mirar el mundo empieza a parecer normal. Uno se acostumbra a vivir con miedo, a desconfiar antes de preguntar, a encerrarse antes de conversar, a suponer que del otro lado siempre hay alguien dispuesto a dañarlo. La sospecha se vuelve educación sentimental. La fuerza se vuelve idioma común. La violencia deja de ser una excepción y pasa a ser el paisaje.
Por eso no alcanza con cambiar un gobierno, aunque cambiar este gobierno sea urgente. Hay algo más hondo que revisar. Una forma de interpretación que se instaló en la cabeza colectiva y que empobreció la imaginación moral del país. Israel necesita recuperar esa parte prefrontal de su vida pública, si se puede decir así. La parte que frena, que piensa, que mide
consecuencias, que escucha, que acepta la complejidad, que no convierte cada problema en una guerra y cada desacuerdo en una amenaza existencial.
También necesita volver a leer a Hilel sin convertirlo en estampita. Leerlo como una exigencia. Como una molestia necesaria. Como una pregunta que no deja dormir tranquilo. Qué te resulta odioso. Qué no soportarías que te hicieran. Qué derecho tenés, entonces, a naturalizar ese daño cuando lo recibe otro.
Quizá la sabiduría judía sirva todavía para eso. No para encerrarnos en una superioridad moral de museo, ni para repetir frases bonitas en actos oficiales, ni para usar la tradición como coartada. Sirve si nos devuelve la capacidad de pensar. Sirve si nos obliga a interpretar el mundo de otra manera. Sirve si nos recuerda que una sociedad no puede vivir eternamente con el arma en la mano y la conversación clausurada.
Perdimos algo más profundo que una política. Perdimos una forma de interpretación. La posibilidad de imaginar que la convivencia todavía puede ser una tarea humana y no una ingenuidad. Y tal vez el primer acto de lucidez sea admitirlo sin vueltas. Nos acostumbramos a leer el mundo desde la guerra. Ahora habría que hacer el esfuerzo, casi cerebral y casi espiritual, de volver a leerlo desde una mesa de negociaciones. Desde una conversación. Desde la responsabilidad. Desde esa vieja frase de Hilel que todos conocen, casi nadie usa y todavía nos mira desde lejos para preguntarnos, con una paciencia bastante más grande que la nuestra, por qué nos cuesta tanto entender lo más simple.