La ultraderecha global lleva dos décadas librando lo que ella misma llama una guerra cultural. Steve Bannon lo formuló sin eufemismos: el objetivo no es ganar elecciones sino controlar el sentido, disputar el relato, ocupar el territorio simbólico antes que el político. Es, irónicamente, una estrategia gramsciana ejecutada por quienes dicen combatir a Gramsci.
En ese contexto, el relato sobre la Escuela de Frankfurt cumple una función precisa. Hay una frase que circula en un video de YouTube con muchos suscriptores, dedicado a explicar cómo seis intelectuales alemanes destruyeron Occidente: «Nadie te va a poder decir que es una teoría conspirativa. Nadie podrá refutar. No es teoría conspirativa, es historia documentada”.
Sabemos que toda teoría conspirativa que intente sostenerse en el tiempo opera exactamente así: blindándose contra la refutación para evitar que cualquier objeción medianamente coherente termine destruyendo de un golpe la debilidad y la incoherencia argumental del mensaje.
Karl Popper -pensador liberal conservador, nada sospechoso de simpatías frankfurtianas- estableció que un argumento que no pueda demostrarse falso tampoco puede demostrarse verdadero. Lo que no admite refutación no prueba más, al contrario, se protege de cualquier prueba, y por lo tanto no es conocimiento sino fe con pretensión de documento. La frase anticipa además la objeción y la desarma preventivamente.
Antes de que el espectador crítico diga «esto parece una conspiración», el video ya le advierte que eso es exactamente lo que dirán quienes no quieren que sepas la verdad. La crítica queda reencuadrada como prueba de la conspiración misma. El círculo se cierra sobre sí mismo y no deja entrada.
El formato tiene su propia retórica, independientemente del contenido: «Hoy vas a conocer los seis nombres que cambiaron Occidente para siempre». El número preciso cumple una función específica: sugiere que la investigación está completa, que el enemigo fue contado e identificado. «Nombres, fechas, instituciones» imitan el aparato de la historiografía seria. Pero la historiografía trabaja con causas múltiples, agencias dispersas, contradicciones internas, callejones sin salida. Este relato trabaja con una cadena causal lineal que va de 1923 a la universidad de hoy sin rozar un solo obstáculo. La forma es pedagógica. El contenido es iniciático: “no te estoy informando, te estoy revelando lo que otros te ocultaron”.
Los seis nombres son Adorno, Horkheimer, Fromm, Wilhelm Reich, Marcuse y Benjamin. La lista se presenta como célula operativa de un plan coordinado. Además, se menciona que los seis eran judíos. El dato se presenta como descriptivo, pero en el contexto del relato -un plan secreto, nombres identificados, una conspiración que «nadie podrá refutar»- el subtexto se instala solo.
Cuando la conspiración choca con la biografía
Pero basta un mínimo de información para que el andamiaje se caiga. Wilhelm Reich fue expulsado del Instituto de Frankfurt y no tuvo relación orgánica con el grupo; terminó sus días en Estados Unidos obsesionado con el «orgón», una energía cósmica que intentaba capturar en cajas de madera, y murió en una prisión federal norteamericana. Erich Fromm fue expulsado del círculo interno por Adorno y Horkheimer, con quienes tenía diferencias teóricas irreconciliables. Si había una conspiración tan precisa y coordinada, la ejecución fue notablemente caótica.
Vale la pena detenerse en lo que el relato borra. Felix Weil convenció a su padre, un comerciante de granos que había hecho fortuna en Buenos Aires, de financiar el proyecto argumentando que sería un instituto dedicado al estudio del antisemitismo. El padre accedió. Probablemente no hubiera dicho lo mismo si su hijo le hubiera presentado un instituto de estudios marxistas. Martin Jay, en La imaginación dialéctica, la historia canónica del Instituto, muestra que lo que nació de esa negociación familiar fue un proyecto atravesado desde el origen por tensiones, compromisos y ambigüedades, no por una estrategia coherente de dominación cultural.
Theodor Adorno pasó los años de la guerra en California, escribiendo con Horkheimer un libro -la Dialéctica de la Ilustración- que es, entre otras cosas, una meditación sobre por qué la razón ilustrada puede convertirse en su contrario. Volvió a Frankfurt en 1949 a reconstruir una universidad destruida por el régimen que supuestamente debía haber combatido si el plan conspirador hubiera existido. Murió en 1969, agotado, después de que estudiantes de izquierda, en medio de la marea estudiantil de 1968, irrumpieran en sus clases y lo acusaran de traicionar la revolución.
Walter Benjamin murió el 26 de septiembre de 1940 en Portbou, en la frontera entre Francia y España, después de que las autoridades franquistas amenazaran con devolverlo a la Francia ocupada. Tenía cincuenta y cuatro años y cargaba una valija con manuscritos. Tomó una sobredosis de morfina. La valija nunca apareció. Sus textos sobrevivieron porque Hannah Arendt cruzó esa misma frontera poco después llevando copias. Difícilmente la biografía de un arquitecto de la dominaciónn cultural.

Herbert Marcuse llegó a Estados Unidos huyendo del nazismo y trabajó durante la guerra para la Oficina de Servicios Estratégicos -los servicios de inteligencia norteamericanos- analizando al enemigo nazi. Enseñó en Brandeis y luego en San Diego, donde se convirtió en referencia para el movimiento estudiantil de los años sesenta. Entre sus alumnos estaba Angela Davis, quien sería despedida de UCLA por Ronald Reagan, entonces gobernador de California, por ser miembro del Partido Comunista, y terminaría en prisión acusada de complicidad en un secuestro. La influencia de Marcuse fue real, pero operó a través de individuos concretos con trayectorias propias y conflictos propios, algo que él mismo miraba con simpatía y ciertas reservas teóricas.
Lo que estas biografías tienen en común es la derrota, el exilio, la muerte lejos de casa. La conspiración exitosa que el video describe no dejó prácticamente ningún conspirador vivo para verla triunfar.
Cómo nace el fantasma de la infiltración cultural
El argumento de fondo sostiene que, frustrados por el fracaso de la revolución bolchevique en Occidente, estos hombres decidieron corroer las sociedades occidentales mediante la penetración cultural. La tesis tiene una fuente identificable: es Gramsci mal leído, o más precisamente, Gramsci leído por sus enemigos. El concepto de hegemonía cultural es gramsciano, pero Gramsci lo desarrolló para entender cómo el capitalismo se reproduce sin necesidad de la fuerza, no como manual de infiltración marxista. El relato conspiranoico tomó el concepto, lo invirtió, y lo convirtió en prueba de un complot.
Hay además un problema cronológico elemental: el Instituto se funda en 1923, el año de la mayor catástrofe económica de Alemania, la hiperinflación que destruyó los ahorros de la clase media y pavimentó el camino al nazismo. No exactamente un momento de prosperidad que adormece al proletariado y frustra la revolución.
Pero el problema más profundo es otro. La Escuela de Frankfurt y el bolchevismo son, intelectualmente, opuestos. La Dialéctica de la Ilustración se escribe en parte como análisis del fracaso del socialismo realmente existente. Adorno nunca fue a Moscú. Horkheimer terminó su vida como pensador profundamente escéptico de cualquier proyecto emancipatorio total. Marcuse apoyó tardíamente y con ambivalencia algunos movimientos de liberación. Si había un plan coordinado con la Internacional Comunista, fue el peor disimulado y el peor ejecutado de la historia del pensamiento occidental.
Hay una paradoja que el video no puede ver porque destruiría su propio argumento. La Escuela de Frankfurt dedicó décadas a analizar exactamente el mecanismo que ese video despliega. La personalidad autoritaria, de Theodor W. Adorno, publicada en 1950, estudia con precisión cómo el pensamiento conspiranoico reduce la complejidad histórica a agencia maligna identificable, cómo necesita enemigos con nombres y apellidos, cómo opera mediante la identificación de un origen siniestro que explicaría todos los males presentes. El video sobre Frankfurt es, sin saberlo, una demostración empírica involuntaria de lo que Frankfurt teorizó. Adorno describió el procedimiento; el canal «La Voz de Scruton» lo ejecuta.
Entre la crítica filosófica y el espantapájaros ideológico
Roger Scruton escribió sobre la Escuela de Frankfurt con argumentos que merecen ser tomados en serio antes de ser refutados. En Thinkers of the New Left (1985) y en textos posteriores, sostuvo que la Teoría Crítica era un proyecto de negación sistemática: sabía muy bien lo que quería destruir -las instituciones, las tradiciones, las formas heredadas de vida en común- pero no tenía nada concreto para ofrecer a cambio. La crítica inmanente, en su lectura, era una coartada intelectual sofisticada para un nihilismo que no se atrevía a declararse como tal. El argumento tiene cierta consistencia. Scruton era un pensador que había leído a estos autores, que conocía las tensiones internas del proyecto frankfurtiano, que podía distinguir entre Adorno y Marcuse. Su objeción más profunda era filosófica: que una crítica que no puede articular lo que defiende termina siendo destructiva por definición, y que la oikophilia -el amor por lo propio, por las formas concretas de vida heredada- era una categoría legítima que Frankfurt no podía pensar porque su universalismo abstracto se lo impedía.
Donde Scruton se equivocaba, y de manera significativa, era en no ver que Frankfurt criticaba precisamente porque amaba algo: la promesa incumplida de la Ilustración, la razón que podía haber sido emancipadora y se convirtió en instrumento de dominio. Adorno no quería demoler la cultura burguesa: quería rescatar lo que en ella había prometido más de lo que cumplió.
La nostalgia de Scruton, en cambio, estetizaba un orden que en su momento de apogeo excluía sistemáticamente a la mayoría, incluidos, conviene recordarlo, los propios intelectuales de Frankfurt.
Hay una distancia enorme entre ese debate y lo que el canal «La Voz de Scruton» hace con él. Scruton discutía con Frankfurt. El canal usa su nombre como etiqueta de autoridad para un relato que Scruton mismo habría reconocido como lo que es: pensamiento conspiranoico con barniz académico. Usar su nombre para este producto es una ironía que él, con su agudo sentido del ridículo intelectual, probablemente hubiera apreciado poco.
La cadena de degradación del argumento tiene estaciones identificables. Andrew Breitbart sistematizó en Estados Unidos la tesis de que «politics is downstream of culture» (La política es consecuencia de la cultura), citando explícitamente -y mal- a Gramsci. Steve Bannon la convirtió en programa político. Desde ese circuito la narrativa viajó al mundo hispanohablante, ya completamente formada, lista para ser consumida sin necesidad de leer una sola página de los autores que supuestamente denuncia.
Milei la recibió en esa forma final, digerida y empaquetada, y la incorporó a su vocabulario político como si fuera análisis. El «marxismo cultural» que menciona en sus discursos no viene de ninguna lectura: viene de YouTube.
Lo que estos relatos hacen, en definitiva, es ofrecer una explicación total y reconfortante de una incomodidad real. Las transformaciones culturales de las últimas décadas son vertiginosas y generan perplejidad legítima. Atribuirla a seis intelectuales judeo-alemanes del siglo pasado no es análisis histórico. Es la forma que adopta una agenda política cuando prefiere un enemigo identificable a una explicación compleja. Así se libran las batallas.