Javier Milei estuvo el lunes en un acto de Jabad Argentina en el Palacio Libertad. Se supone que fue a honrar al Rebe de Lubavitch y se quedó a predicar.
«El capitalismo de libre empresa es el sistema que Dios preparó», dijo desde el atril. No lo inventó el hombre, aclaró, el hombre simplemente lo descubrió al obedecer los mandamientos. El mercado como revelación divina. La mano invisible como un dedo del más allá.
Milei no improvisa cuando mezcla economía y teología: desarrolla un nuevo tipo de integrismo, construye un sistema en el que la desregulación se vuelve mandato sagrado y el Estado benefactor es un pecado. Estamos frente a una operación conocida en la historia del pensamiento restaurativo: tomar una doctrina secular y ungirla con el aceite de la sacralidad.

Ya lo hicieron los calvinistas con el éxito material, los evangelistas con la prosperidad, la Iglesia Católica justificando los golpes militares y la cruzada franquista, ahora un libertario con Hayek y los diez mandamientos.
Hay que recordar que el jasidismo nació en el siglo XVIII en la Europa del Este como una rebelión contra el racionalismo rabínico frío y la exclusión de los pobres del mundo espiritual. El Baal Shem Tov, su fundador, predicaba que Dios estaba en todas partes, incluso -y sobre todo- en la alegría, en la danza, en el llanto del ignorante. Escuchar a Milei invocar esa herencia para justificar que el Estado no tiene obligación con los que quedan atrás es una infamia.
El problema no es que Milei aparezca en un acto judío. El problema es lo que hace allí: convertir una comunidad religiosa en caja de resonancia de un extremismo ideológico.
El rabino Grunblatt lo presentó como «amigo del pueblo judío» -un honor, dijo, del que no hay que avergonzarse-. El pueblo judío reducido a aval de la gestión libertaria.
Milei sabe lo que hace en estos escenarios. La foto en el Ohel de Queens días después de ganar las elecciones, los estudios de Torá con Axel Wahnish, la presidencia argentina de la IHRA: construye una marca de filo-judaísmo que le sirve de escudo ante cualquier cuestionamiento moral y de pasaporte en ciertos círculos internacionales. El apoyo irrestricto a Israel se convierte en moneda de cambio simbólico.
En esta maniobra, la comunidad judía queda cautiva y se convierte en utilería de un escenario en un acto de campaña anticipada.