Perdón, está vez digo no

Durante cuarenta años, Rubén Ogorek militó en la izquierda sionista israelí convencido de que las concesiones tácticas eran necesarias para frenar el avance de la derecha. Hoy se pregunta si esa estrategia no terminó vaciando de contenido los valores que buscaba defender y si el sionismo, tal como lo conocemos hoy en su expresión hegemónica, sigue expresando las ideas de justicia, igualdad y democracia que alguna vez representó.
Por Rubén Ogorek

Yosi, ante  todo  te   agradezco  por   haberme  obligado  a reflexionar sobre un tema que creía resuelto. Me propusiste que me sumara a Los Democráticos de Yair Golan y mi respuesta fue inmediata: votarlos, sí; enrolarme, gracias por la invitación, pero no.

Ahora quiero explicarte por qué.

Estoy convencido de que hay que hacer todo lo posible para que Netanyahu y el Likud dejen de gobernar. En eso no tengo ninguna duda. El problema es que ese objetivo, por sí solo, ya no me alcanza. También lo proclaman casi todos los partidos del centro y de la centro derecha. Decir solamente “no Bibi” dejó de ser una definición política para convertirse en un punto de partida vacío. No dice qué sociedad queremos construir una vez que él no esté.

Durante años hice concesiones tácticas creyendo que defendía una posición estratégica. Apoyé opciones que no me representaban del todo. Acompañé coaliciones incómodas. Acepté silencios, ambigüedades y medias palabras. Me repetí una y otra vez que había que frenar algo peor, impedir un nuevo avance de la derecha, ganar tiempo para reconstruir una alternativa.

Durante mucho tiempo me convencí de que ese era el único mandato histórico posible. Hoy ya no estoy tan seguro.

Empiezo a preguntarme si, mientras hacía concesiones tácticas, no fui renunciando lentamente a mi posición estratégica. Porque una cosa es ceder en una votación concreta para evitar un daño inmediato y otra muy distinta es pasar cuarenta años aceptando el mal menor hasta descubrir que ese mal menor también contribuyó a construir el desastre que hoy intentamos evitar.

La derecha israelí nunca pensó solamente en las próximas elecciones. Pensó en las próximas generaciones. Nosotros discutíamos listas electorales; ellos transformaban la educación. Nosotros negociábamos coaliciones; ellos construían una nueva hegemonía cultural. Nosotros buscábamos frenar una ley; ellos cambiaban el sentido común del país.

La izquierda hizo táctica. La derecha hizo estrategia.

Por eso hoy no puedo mirar a Bennett como una alternativa inocente. Fue uno de los impulsores de la hadatá, la creciente religiosización del sistema educativo, incluso en colegios del Hashomer Hatzair como aquel donde enseñaba y donde todavía creíamos que la educación podía sostener una cultura democrática y laica. Tampoco puedo olvidar el papel de Ayelet Shaked en la designación de jueces profundamente conservadores para la Corte Suprema. Ni puedo escuchar los discursos de Yair Golan sin percibir ese militarismo envuelto en un lenguaje más sofisticado, esa vieja costumbre israelí de presentar el uniforme como garantía moral.

El problema no es solamente Netanyahu. El problema es una cultura política.

Durante años la lógica del “primero hay que sacar a Bibi” desplazó todas las demás preguntas. Hablar de paz empezó a sonar ingenuo. Hablar de ocupación se volvió casi obsceno. Hablar de igualdad entre judíos y palestinos pasó a interpretarse como una provocación. Defender un programa social fuerte para las capas más débiles quedó reducido a un lujo intelectual para tiempos mejores.

Mientras tanto, la derecha fue definiendo la identidad nacional. Transformó el miedo en una forma de gobierno, la seguridad en un argumento universal y el nacionalismo religioso en sentido común. Nosotros discutíamos cómo administrar la realidad. Ellos discutían cómo cambiarla.

Yo hice ese recorrido.

Lo hice como militante, como educador, como ciudadano y como miembro de un proyecto político en el que creí profundamente. Hace cuarenta años me negué a servir en los territorios ocupados porque entendía que había límites éticos que el Estado no podía obligarme a cruzar. Desde entonces intenté sostener una coherencia personal dentro de una sociedad que se fue alejando, paso a paso, de los valores que considero esenciales.

Cuando miro hacia atrás me pregunto si no fuimos excesivamente tácticos y dramáticamente pobres en estrategia. Hicimos concesiones para frenar a la derecha y terminamos entregándole la sociedad israelí. Después vino la derecha religiosa. Después la ultraderecha. Creíamos que más adelante recuperaríamos el terreno perdido. Nunca ocurrió.

La derrota no fue solamente electoral. Fue cultural.

Fue educativa. Fue moral.

Por eso mi pregunta ya no es electoral. No se trata de si voy a votar a Golan, a Meretz o a cualquier otra lista. Mi pregunta es mucho más profunda: ¿todavía quiero seguir definiéndome como sionista en el sentido en que lo hice durante toda mi vida?

La pregunta me duele porque no viene de un observador distante. Vivo en Israel desde hace cincuenta años. Construí mi vida acá. Enseñé acá. Crié a mis hijos acá. Trabajé, discutí y pagué el precio de mis posiciones acá. No necesito que nadie me explique el valor del compromiso político. Actué. Me equivoqué. Cedí. Resistí. Volví a ceder. Volví a resistir.

Precisamente por eso necesito una respuesta honesta.

Y la honestidad me obliga a admitir que ya no sé si la palabra sionismo sigue siendo capaz de contener los valores que le dieron sentido para mi generación.

El sionismo que abracé estaba asociado a una idea de civilización, justicia social, cultura hebrea, igualdad, recuperación del idioma nacional, vida comunitaria laica y responsabilidad histórica. Tal vez todavía sobrevivan fragmentos de ese mundo en algunas personas y en algunos lugares. Pero una idea no puede vivir indefinidamente de la nostalgia.

Si la mayoría de la sociedad judía israelí acepta la ocupación como un hecho normal, si una parte importante justifica abiertamente el racismo y si la sensibilidad democrática se limita a defender a la Corte Suprema cuando están en juego los derechos propios mientras ignora la dominación cotidiana sobre otro pueblo, entonces tengo la obligación intelectual y moral de preguntarme si quiero seguir perteneciendo a ese proyecto.

Quizás el postsionismo no sea una traición.

Quizás sea el reconocimiento tardío de que una palabra puede dejar de expresar los valores que alguna vez representó.

Tal vez no signifique abandonar este país ni dejar de preocuparme por él. Tal vez signifique exactamente lo contrario: seguir comprometido con esta sociedad, pero sin la obligación de justificarla mediante un relato histórico que ya no coincide con la realidad.

Durante cuarenta años sostuve con mayor claridad mi ética personal que la estrategia política de los partidos a los que apoyé. Fui parte de Meretz durante cuatro décadas y hoy ya no sé si quiero seguir cargando con sus concesiones, sus prudencias y su incapacidad para comprender que la batalla decisiva no era parlamentaria sino cultural.

Estoy seguro de que Yair Golan es preferible a Netanyahu. Pero esa ya no es mi pregunta.

Mi pregunta es si, para salvar un proyecto político, debo volver a renunciar a los principios que durante toda una vida intenté defender.

Y esta vez no estoy seguro de estar dispuesto a hacerlo.